La Maldicion De Ser Visto

Capitulo 8: en espera de un nuevo mañana

La noche ya había caído cuando Ayaka y Reika abandonaron finalmente la casa de los Kanzaki. Ninguna habló durante los primeros minutos; simplemente caminaban bajo la luz tenue de las farolas, dejando que el aire fresco despejara un poco sus mentes, aunque no lo suficiente para ordenar todo lo que habían vivido. En muy poco tiempo habían pasado demasiadas cosas: la dura conversación con el director, la visita llena de tensión, las palabras de Aoi y, sobre todo, esas pocas frases que Yuuto les había hecho llegar desde el otro lado de la puerta.

Ayaka soltó un suspiro largo y profundo.

—Siento que acabamos de aceptar una responsabilidad enorme —comentó con voz tranquila.

Reika esbozó una sonrisa cansada, pero sincera.

—¿Te arrepientes?

—Jamás —respondió Ayaka sin dudarlo ni un segundo—. Aunque quisiera, ya no podría.

Continuaron caminando unos metros más mientras las luces de la ciudad iban encendiéndose poco a poco, dibujando destellos dorados en el asfalto.

—Cuando empezó todo esto pensé que solo venía movida por la culpa —siguió diciendo Ayaka—. Y claro que me siento culpable, muchísimo. Pero después de verlo, de escuchar a su madre y de todo lo que pasó hoy… ya no creo que sea solo culpa.

Reika la miró de reojo, con curiosidad.

—¿Entonces qué es?

Ayaka sonrió con más calma, como si acabara de darse cuenta de algo claro y sencillo.

—Quiero conocerlo. De verdad. No al chico que inventan los rumores, ni al que se esconde bajo la capucha para protegerse, sino a la persona que sigue levantándose cada mañana a pesar de todo lo que ha tenido que aguantar. Quiero conocer al verdadero Yuuto.

Reika guardó silencio unos instantes, reflexionando sobre sus propias sensaciones, y luego asintió con una sonrisa leve.

—Yo también.

Ayaka soltó una risa suave, más relajada.

—Aunque…

Reika ya conocía ese tono de voz.

—¿Aunque qué?

—Sigo pensando que tiene un rostro increíblemente hermoso.

Reika no pudo evitar soltar una pequeña risa.

—Como le digas eso en cuanto pueda verte, se va a esconder bajo la capucha durante un mes entero.

Ambas se imaginaron la escena: Yuuto ocultándose por completo, escribiendo con rapidez en su libreta como si estuviera protestando en silencio, y sin darse cuenta comenzaron a reír con una risa pequeña, pero honesta y muy necesaria después de todo lo vivido.

Ayaka aprovechó el momento para seguir con la broma.

—Aunque ahora que lo pienso bien…

Reika suspiró, fingiendo fastidio.

—No me gusta nada esa pausa.

—¿No será que alguien se enamoró a primera vista?

Reika se quedó completamente inmóvil. En cuestión de segundos, sus mejillas se tiñeron de un rojo intenso que no podía ocultar.

Ayaka abrió mucho los ojos, sorprendida y divertida.

—¡No puede ser!

—¡Ayaka, cállate!

—¡Te pusiste roja como un tomate!

—¡No es verdad!

—¡Claro que sí!

Reika apartó la mirada, completamente avergonzada.

—¡Solo dije que quiero conocerlo, nada más!

Ayaka siguió riendo con más ganas.

—¡Ajá! ¡Eso dicen todas al principio!

—¡Ayaka Kamizaki, te voy a matar!

—¡Está bien, está bien! Ya paro —dijo entre risas, aunque la sonrisa no se le borraba del rostro.

Reika resopló, todavía con las mejillas encendidas.

—Eres insoportable.

—Lo sé.

Y así, entre bromas y comentarios ligeros, siguieron caminando hacia sus casas. No es que el dolor o la preocupación hubieran desaparecido por completo, pero por primera vez sentían que no todo estaba perdido. Habían recibido una pequeña oportunidad, y con ella la esperanza de que, poco a poco, podrían llegar a conocer realmente a Yuuto. Y por ahora, esa esperanza era suficiente para seguir adelante.

Las risas fueron apagándose poco a poco mientras ambas seguían caminando por las calles iluminadas por los faroles de la ciudad. El ambiente se mantenía tranquilo y, por primera vez en varios días, ninguna sentía ese peso opresivo en el pecho que las había acompañado durante tanto tiempo. Todavía había dolor, mucho dolor, pero ahora había algo más: un hilo de esperanza que comenzaba a crecer en medio de todo lo vivido.

En ese momento, una figura apareció caminando desde la vereda de enfrente. Llevaba el uniforme escolar impecable, una maleta colgada del hombro y un libro apretado contra el pecho. Ayaka fue la primera en reconocerla al instante.

—¿Shiori?

La joven levantó la vista y sonrió al verlas.

—Qué casualidad encontrarlas aquí.

Reika miró a su alrededor, un poco confundida.

—¿Qué haces por esta zona tan tarde?

Shiori alzó ligeramente el libro que llevaba en las manos.

—Me vine en cuanto terminaron las clases. Cuando vi que Yuuto no asistía hoy, me preocupé de inmediato y pensé que tal vez podía hacer algo para ayudarlo. Incluso le traje esta novela que acaba de llegar a la biblioteca; estaba segura de que le gustaría.

Su sonrisa se desvaneció un instante mientras bajaba la mirada hacia las páginas cerradas, y luego volvió a fijarse en ellas con atención.

—Las vi entrar a su casa hace un rato, así que preferí esperar. Me quedé sentada en ese pequeño parque de allá, al otro lado de la calle, todo este tiempo.

Ayaka y Reika intercambiaron una mirada rápida y comprensiva. Shiori dio un paso más cerca, y su expresión se volvió totalmente seria y decidida.

—Díganme la verdad —preguntó con voz firme—. ¿Necesito intervenir?

La pregunta era sencilla, pero ambas entendieron perfectamente lo que significaba: si Yuuto seguía destrozado, si no había ninguna posibilidad, ella actuaría sin dudarlo, sin importarle quién tuviera enfrente o qué consecuencias pudiera tener.

Reika esbozó una sonrisa suave y negó despacio con la cabeza.

—No.

Shiori esperó alguna explicación, pero Reika no habló de lo que habían dicho, ni de las notas deslizadas bajo la puerta, ni de los silencios compartidos en el pasillo. Solo miró de reojo a Ayaka, y una pequeña sonrisa se dibujó en sus labios.




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