La noche ya había cubierto por completo la ciudad, envolviendo cada calle y cada casa en una calma profunda. La vivienda de los Kanzaki permanecía en silencio, como siempre ocurría cuando el día llegaba a su fin.
Aoi terminaba de acomodar unas tazas en la cocina cuando escuchó el timbre de la puerta. Se detuvo un instante, sorprendida; no esperaba más visitas aquella tarde. Se secó las manos con un paño y caminó despacio hasta la entrada.
Al abrir, encontró a una joven con el uniforme escolar impecable, una maleta colgada del hombro y un libro que sostenía con mucho cuidado entre ambas manos. Era Shiori.
La muchacha hizo una pequeña reverencia respetuosa.
—Buenas noches, señora.
Aoi le devolvió el saludo con una sonrisa amable.
—Buenas noches.
Shiori guardó silencio unos segundos, como si buscara las palabras más adecuadas para no molestar.
—Solo quería saber… —bajó ligeramente la mirada— ¿cómo está Yuuto?
Aoi la observó con atención. No había en esa pregunta ni curiosidad malsana ni interés ajeno; solo preocupación sincera, sin segundas intenciones.
—Está descansando —respondió con suavidad.
Shiori soltó un suspiro muy leve, casi imperceptible, pero que revelaba todo el alivio que sentía.
—Me alegra mucho escuchar eso.
Apretó un poco más el libro contra su pecho.
—No quería molestarlo, ni obligarlo a hablar, ni siquiera pedir verlo. Solo… quería saber si se encontraba bien.
Al escucharla, Aoi sintió cómo algo dentro de ella se relajaba y se suavizaba. Shiori extendió entonces el libro hacia ella.
—Este ejemplar acaba de llegar a la biblioteca. Estoy segura de que le gustará. ¿Podría entregárselo cuando despierte?
Aoi lo tomó con cuidado, miró su portada un instante y luego asintió.
—Claro que sí.
Shiori sonrió: una sonrisa pequeña, pero honesta y tranquila. Hizo otra reverencia y se dio media vuelta para alejarse. Antes de desaparecer por la esquina, levantó una mano en señal de despedida.
—Buenas noches.
—Buenas noches.
La puerta volvió a cerrarse, y Aoi se quedó inmóvil en el recibidor, con el libro todavía entre las manos. Durante largos segundos no se movió, solo observó la cubierta mientras sus pensamientos daban vueltas. Primero habían llegado Ayaka y Reika; poco después, Shiori. Tres personas, tres estudiantes muy distintos entre sí, y las tres habían venido por el mismo motivo: no por obligación, ni por cumplir una regla, ni porque nadie se lo hubiera pedido. Habían venido porque Yuuto les importaba.
Esa idea hizo que una pequeña sonrisa apareciera en sus labios. Quizá… solo quizá… había juzgado demasiado pronto a todos los que rodeaban a su hijo.
Lentamente dirigió la mirada hacia la mesa del comedor, donde descansaba su teléfono. En la pantalla seguía visible la solicitud de traslado que había enviado hacía unos días, todavía pendiente de confirmación. Por primera vez desde que la había redactado, una nueva posibilidad cruzó su mente: tal vez aún no era demasiado tarde para cancelarla.
Respiró hondo, tomó el libro y comenzó a subir las escaleras. El pasillo del piso superior permanecía en un silencio absoluto. Se detuvo frente a la puerta de la habitación, golpeó suavemente tres veces y llamó:
—Yuuto.
Esperó unos segundos y, al no recibir respuesta, entró despacio.
La estancia estaba casi a oscuras; solo la luz plateada de la luna se filtraba por la ventana, dibujando contornos suaves en las paredes. Yuuto seguía acostado bajo las sábanas, completamente cubierto hasta la cabeza, como solía hacer siempre.
Aoi se acercó con pasos muy suaves, dejó el libro sobre el velador y habló con voz baja y tranquila:
—Shiori vino hace un momento. Te trajo esto. Dice que cree que te gustará leerlo.
El bulto bajo las mantas apenas se movió, casi sin que se notara. Aoi sonrió con ternura y se sentó en el borde de la cama. Permanecieron en silencio unos minutos, hasta que finalmente decidió hacerle la pregunta que llevaba rondándole la cabeza desde hacía horas.
—Quiero preguntarte una sola cosa —dijo con calma—. ¿Estás seguro de que quieres volver?
El silencio volvió a llenar la habitación, profundo y pesado. Pasaron varios segundos, hasta que, muy despacio, el bulto bajo las sábanas se movió lo suficiente para asentir una sola vez. Fue un gesto pequeño, pero firme y decidido.
Aoi cerró los ojos un instante, sintiendo que esa respuesta era más que suficiente. No necesitaba escuchar palabras; conocía demasiado bien a su hijo. Cuando tomaba una decisión así, nada en el mundo podía hacerlo cambiar de opinión.
Fue entonces cuando algo le llamó la atención. Miró hacia el velador y frunció ligeramente el ceño. Faltaba algo. Siempre había allí una fotografía: una en la que Yuuto aparecía sonriendo junto a su abuelo Kenji. Nunca la movía de su sitio, jamás.
Volvió la mirada lentamente hacia la cama y comprendió al instante. La fotografía no había desaparecido; estaba escondida bajo las sábanas, entre los brazos de Yuuto. Sonrió con una mezcla de tristeza y cariño. Desde pequeño hacía exactamente lo mismo: cada vez que tenía miedo, cada vez que debía enfrentarse a algo difícil, cada vez que sentía que le faltaban fuerzas, se abrazaba a esa imagen, como si el abuelo que tanto había querido siguiera estando ahí para protegerlo.
Un pequeño nudo se formó en su garganta, pero no dijo nada más. No hacía falta. Se levantó despacio, caminó hacia la puerta y apagó la luz, dejando solo la claridad suave de la luna.
Iba a salir cuando escuchó un sonido muy leve: el roce de un papel deslizándose sobre la madera del suelo. Se volvió de inmediato y vio cómo una pequeña hoja doblada aparecía lentamente desde debajo de la cama.
Aoi se agachó para recogerla con mucho cuidado y la abrió. Solo había una frase escrita con letra conocida:
Aoi recogió con cuidado la pequeña nota del suelo y la abrió lentamente. Solo había una frase escrita con esa letra que conocía tan bien: