El edificio del Comité Disciplinario permanecía tan silencioso como siempre, casi como si el tiempo fluyera a un ritmo distinto al del resto de la academia. A diferencia de los pasillos principales, llenos de risas, pasos apresurados y conversaciones entre estudiantes, aquí reinaba un orden casi estricto, casi militar. Las puertas de madera oscura estaban perfectamente alineadas, los archivadores metálicos brillaban por su limpieza y cada expediente estaba clasificado, numerado y guardado en su lugar exacto. En la pared del fondo, un gran reloj de pared marcaba el inicio de la jornada con una precisión absoluta, sin que el menor ruido rompiera la calma.
Mizuki Saegusa caminó por el pasillo con paso firme y medido, llevando contra su pecho una carpeta marrón de cuero con el sello oficial de la institución. Tenía 17 años, cursaba el tercer año de la clase A y, como miembro del comité desde hacía dos años, se movía por esos espacios con la misma soltura que en su propia habitación. Su cabello de un tono azul oscuro, casi índigo, caía en dos largas coletas ordenadas sobre sus hombros, y unos lentes de montura fina le daban un aire aún más analítico y atento. Vestía el uniforme reglamentario impecable: saco oscuro con el escudo bordado en el pecho, camisa blanca, corbata a rayas y falda recta, todo complementado con guantes negros de cuero que nunca se quitaba mientras trabajaba. Su mirada, de un violeta intenso, no perdía detalle de nada a su paso, y su expresión se mantenía seria, fría y reservada, tal como correspondía a su cargo.
Se detuvo frente a la puerta del despacho principal, levantó una mano y golpeó suavemente tres veces, siguiendo el protocolo establecido.
—Presidente Takamura.
Desde el interior llegó una respuesta tranquila, grave y firme, sin rastro de prisa.
—Adelante.
Mizuki giró el pomo y entró.
El despacho era amplio, con paredes cubiertas de estanterías llenas de libros de derecho, reglamentos escolares y tomos de criminología. En el centro, tras un escritorio de madera maciza perfectamente ordenado, se encontraba Ryouji Takamura, presidente del Comité Disciplinario. Con 17 años, también de tercer año de la clase A, era la máxima autoridad del organismo estudiantil. Su cabello negro estaba algo desordenado, con mechones que caían ligeramente sobre su frente, y sus ojos de un gris frío y penetrante parecían capaces de analizar cualquier situación en cuestión de segundos. Vestía el mismo uniforme, pero con un saco más largo y elegante, guantes negros ajustados y la placa de identificación del comité bien visible en el bolsillo del pecho. Su postura era erguida, seria y distante; a primera vista parecía inalcanzable, alguien que no se dejaba llevar por emociones ni juicios precipitados.
En ese momento tenía frente a sí varios informes apilados, revisándolos con una concentración absoluta, sosteniendo una pluma estilográfica de tinta dorada entre los dedos. Al oír entrar a su compañera, no levantó la vista de inmediato, limitándose a hacer una pequeña marca al margen de un documento antes de hablar.
—¿Qué ocurre, Mizuki? ¿Algún incidente que requiera nuestra atención?
La joven se acercó al escritorio y depositó la carpeta marrón justo en el espacio libre frente a él, con un movimiento preciso.
—No es un caso habitual, presidente. Hace apenas unos minutos llegó esta solicitud directamente desde la oficina del director Aoyama. Sin pasar por la recepción, sin intermediarios: vino firmada y sellada por él mismo.
Esa frase hizo que Takamura detuviera por completo lo que estaba haciendo. Levantó lentamente la cabeza, y sus ojos grises se fijaron en la carpeta con mayor atención. No era nada común que el director enviara órdenes o peticiones directamente al comité; por lo general, se limitaba a aprobar las decisiones que ellos mismos tomaban.
—¿Directamente de él? —repitió, con un tono que denotaba sorpresa, aunque manteniendo la compostura—. Eso sí es inusual.
Extendió una mano enguantada, tomó la carpeta y la abrió con cuidado. En la primera página solo figuraba un nombre escrito con letra clara: Yuuto Kanzaki.
Comenzó a leer despacio, deslizando la mirada por cada línea con esa minuciosidad que lo caracterizaba. Primero revisó los datos básicos: historial académico, notas, asistencia a clases. Todo estaba en orden, sin retrasos, sin faltas injustificadas, sin ningún registro de sanciones, amonestaciones o infracciones al reglamento.
—Sin llamadas de atención, sin altercados, sin incumplimientos —murmuró para sí mismo, pasando a las hojas siguientes.
Llegó entonces al apartado de observaciones: “Mantiene una conducta aislada. Evita el trato con sus compañeros. Existen rumores constantes sobre su actitud y su apariencia. Su presencia genera inquietud en algunos sectores del alumnado.”
Y finalmente, al final del documento, la petición expresa: “Se solicita al Comité Disciplinario que observe detenidamente al alumno Yuuto Kanzaki durante el periodo siguiente, analice su comportamiento y determine si representa un mal ejemplo para la buena convivencia y la imagen de la institución. En caso de considerarlo necesario, colaborar con el Consejo Estudiantil para encauzar la situación con la mayor brevedad posible.”
Takamura terminó de leer, cerró la carpeta con suavidad y apoyó los codos sobre el escritorio, entrelazando los dedos frente a su rostro. Permaneció en silencio unos segundos, procesando cada palabra.
—¿Eso es todo lo que dice? —preguntó finalmente, mirando a Mizuki.
Ella asintió con la cabeza, ajustándose un poco los lentes.
—Así es. No hay anexos, no hay declaraciones de testigos, no hay pruebas concretas. Solo el resumen que el propio director redactó. Y nos pide que empecemos a vigilarlo desde hoy mismo.
Takamura frunció ligeramente el ceño, un gesto casi imperceptible pero que revelaba su desacuerdo con lo que leía. Volvió a abrir la carpeta y repasó una vez más las primeras páginas, buscando algo que se le hubiera escapado. Nada: ni una sola falta, ni un solo hecho que pudiera ser motivo de sanción.