La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 11: el peso del apellido Kanzaki

La oficina del director permanecía completamente en silencio. Solo se escuchaba el zumbido constante del aire acondicionado y el tictac rítmico del reloj de pared, que marcaba el paso de los segundos con una precisión implacable.

Detrás de su enorme escritorio de madera oscura, Ryuuji Aoyama no apartaba la vista de la pantalla del monitor. Una y otra vez reproducía la misma grabación tomada por las cámaras de seguridad en la entrada principal. El video apenas duraba tres minutos, pero ya lo había revisado más de veinte veces, analizando cada gesto, cada mirada, cada movimiento con una minuciosidad casi obsesiva.

Primero aparecían Ayaka Kamizaki y Reika Tsukishiro, esperando inmóviles junto al portón. Luego, al final de la calle, surgía la figura de Yuuto Kanzaki, caminando despacio, encorvado, oculto bajo ropa demasiado grande. El muchacho se detenía, sacaba un pequeño papel, lo entregaba. Reika lo leía, Ayaka sonreía y le entregaba una caja envuelta con cuidado. Finalmente, los tres atravesaban juntos la verja como si nada fuera de lo común.

Aoyama detuvo la reproducción. Su reflejo quedó dibujado sobre la pantalla negra, y por primera vez en mucho tiempo, la máscara de calma y autoridad imperturbable se desdibujaba levemente. No había rabia descontrolada ni gritos, sino algo mucho más frío y profundo: una molestia calculada, contenida con esfuerzo, que le apretaba el pecho.

—Esto no debía ocurrir —murmuró en voz baja, sin dejar de mirar su propia imagen en el cristal.

Se quitó los lentes con movimientos lentos y precisos, los dejó sobre el escritorio y se levantó. Comenzó a caminar por la habitación con pasos firmes y medidos, cada uno sonando seco sobre el suelo de madera pulida.

Para él, la Academia Seishin no era solo un edificio con aulas y profesores: era una obra construida con años de esfuerzo, sacrificio y una visión muy clara. No había llegado a ser una de las instituciones más prestigiosas del país por casualidad. Sus alumnos obtenían los mejores promedios, accedían a las universidades más exigentes y destacaban en todos los ámbitos, porque allí se enseñaba algo más que materias: se enseñaba orden, jerarquía y responsabilidad.

Y el orden, según su forma de ver las cosas, no se mantenía solo con reglamentos escritos en libros. Las reglas explícitas servían para los casos evidentes; pero lo que realmente garantizaba el funcionamiento de toda la estructura era lo que él llamaba la disciplina silenciosa.

—Para que una institución funcione —se dijo a sí mismo, como si repasara una lección que consideraba irrefutable—, todos deben saber hasta dónde pueden llegar. Destacar está bien… pero solo si se hace dentro del molde. Quien se sale de los límites, quien se niega a adaptarse, pone en riesgo el equilibrio de todos.

El miedo, pensaba, no era algo negativo ni cruel: era la herramienta más eficaz para educar. Un alumno que comprendía que había consecuencias al actuar de forma distinta, no solo se corregía a sí mismo, sino que servía de ejemplo para cientos de compañeros que observaban y aprendían. Y eso era exactamente lo que había ocurrido con Yuuto Kanzaki.

Aoyama se detuvo frente al gran ventanal y miró hacia el patio. Abajo, los estudiantes caminaban en grupos ordenados, con uniformes impecables, sin ruidos innecesarios, respetando cada espacio y cada horario. Todo estaba en su lugar, tal como debía ser.

—Él nunca rompió una norma —admitió con frialdad, reconociendo el hecho—. No hay faltas, no hay peleas, no hay daños materiales. Solo se escondía, no hablaba, se aislaba del resto. Pero precisamente por eso era perfecto.

Para él, el problema no era lo que Yuuto hacía, sino lo que representaba: una diferencia que, si se toleraba, podía sembrar dudas. Así que había tomado la decisión que consideraba más lógica y beneficiosa para el conjunto: no intervenir. No había dado órdenes para que lo excluyeran, no había difundido mentiras, solo había dejado que la dinámica natural de la escuela hiciera su trabajo. Los rumores aparecieron solos, las miradas de rechazo surgieron por sí mismas, y poco a poco el aislamiento se convirtió en su realidad.

Y el resultado había sido exactamente el esperado. Durante un año entero, los demás alumnos aprendieron la lección sin necesidad de que nadie se la explicara: “No seas diferente. No llames la atención. Si te alejas del grupo, te quedas solo”. El efecto fue inmediato: menos conflictos, más obediencia, mayor rendimiento académico. Todo funcionaba como un reloj perfecto.

Hasta esa mañana.

Aoyama apretó lentamente los puños a los costados de su cuerpo. No le importaba el destino del muchacho en sí, ni sentía odio personal hacia él. El verdadero problema era el mensaje que acababa de enviarse a toda la escuela con aquella escena.

Volvió a mirar la pantalla donde se congelaba la imagen: Ayaka y Reika, las dos figuras de mayor influencia estudiantil, esperándolo, recibiéndolo, dándole la bienvenida frente a todos. Con un solo gesto, habían destruido un año entero de trabajo silencioso.

—El mensaje ya no es el mismo —susurró, comprendiendo la gravedad de lo que veía—. Antes, ser distinto significaba quedarse solo. Ahora… parece que incluso alguien que se ha aislado durante tanto tiempo puede ser aceptado, puede tener apoyo, puede volver.

Y eso, en su lógica, era infinitamente más peligroso. Si los estudiantes empezaban a creer que podían salirse del molde sin consecuencias, si comenzaban a hacer preguntas sobre por qué ocurrían las cosas, si dudaban de las reglas no escritas… entonces todo el sistema que había construido con tanto cuidado empezaría a resquebrajarse.

—No puedo permitirlo —afirmó con convicción, como si tomara la decisión más responsable para el bien de la academia.

No pensaba expulsarlo: una expulsión oficial generaría preguntas, levantaría sospechas, podría llevar a investigaciones o quejas por parte de los padres. Eso sería contraproducente. Lo que necesitaba era que la salida de Yuuto pareciera algo natural, voluntario, sin intervención de la dirección. Todo estaba planeado para que su madre pidiera el traslado, y así el caso se cerraría en silencio, sin dejar huellas.




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