La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 11: el peso del apellido Ayanami

Nadie lo esperaba.

A las 8:15 de la mañana, cuando los portones se abrieron por completo y los estudiantes comenzaron a llenar los pasillos como cada día, un rumor se esparció como fuego en hojas secas.

—¿Viste a la presidenta y la vicepresidenta afuera?

—Estaban esperando a alguien.

—No… estaban esperando a Yuuto Ayanami.

El nombre cayó como piedra en el agua.

Muchos no lo recordaban.

Otros fingían no saber quién era.

Pero todos sabían lo que había pasado.

Un chico que desapareció.

Un rumor sucio.

Un silencio colectivo.

Y ahora… estaba de vuelta.

No solo eso.

Las dos chicas más imponentes del colegio lo esperaban con una caja de almuerzo y una sonrisa.

Una sonrisa.

Aquello era… impensable.

Ayaka Kamizaki. Perfecta, seria, inquebrantable.

Reika Tsukishiro. Distante, elegante, afilada como el hielo.

Nunca habían sonreído así. Ni siquiera a los profesores.

Mucho menos a un chico sin estatus, sin amigos, sin voz.

Pero lo hicieron.

Y él, cubierto hasta el cuello, aceptó el almuerzo sin decir una sola palabra.

Eso bastó.

Durante el primer recreo, el ambiente en la escuela se volvió espeso.

Grupos cuchicheaban.

El silencio en la sala de profesores fue más denso que nunca.

—¿Se trata de algún proyecto del consejo estudiantil? —preguntó un profesor, incómodo.

—¿Un caso especial de integración? —aventuró otro.

—¿Tal vez… presión de los padres?

Nadie tenía respuestas.

Algunos alumnos especulaban:

—Seguro es chantaje.

—¿Y si es su primo?

—¿Están enamoradas de él?

Nadie lo decía en voz alta, pero lo pensaban todos:

Si él podía volver… y ser mirado así… ¿qué significaba eso para todos los demás?

Los reyes del aula comenzaron a sentirse inseguros.

Los que callaron antes ahora se preguntaban si deberían haber hablado.

Y los que habían reído… se encontraban observando sus propios gestos con vergüenza mal disimulada.

Durante el almuerzo, lo volvieron a ver.

Sentado con Ayaka y Reika en el patio interior.

No hablaba.

Apenas comía.

Pero estaba ahí.

Presente. Visiblemente invisible.

Y cuando Ayaka le ofreció agua y Reika le limpió una mancha de arroz del uniforme con un gesto automático, el silencio se volvió total.

Era demasiado.

El mundo se había dado vuelta.

Y nadie sabía cómo detenerlo.

La puerta del despacho se cerró con un golpe seco.

El director Aoyama caminaba de un lado a otro, el ceño fruncido, los papeles arrugados en su mano como si pudieran ofrecerle una excusa razonable para lo que acababa de ocurrir.

—¡¿Quién autorizó esto sin pasar por mí?! —espetó, su voz ronca de contención.

—Director… fue una decisión legal. La señora Ayanami retiró formalmente la solicitud de rechazo. El sistema no puede negarse —respondió una de las subdirectoras, nerviosa.

Aoyama apretó los dientes.

—Claro que puede. Con motivos suficientes, y con antecedentes…

—No hay antecedentes registrados —interrumpió la subdirectora—. De hecho, usted solicitó que los registros del caso de Yuuto Ayanami fueran… "discretamente omitidos".

El silencio cayó como plomo.

Aoyama lanzó los papeles al escritorio y se sentó. Sus dedos tamborileaban con furia apenas contenida.

—Y encima esto… —murmuró.

Abrió su tablet y volvió a reproducir por décima vez la imagen de esa mañana, captada por una cámara de seguridad del portón principal.

Ayaka Kamizaki y Reika Tsukishiro.

De pie. Esperando.

Y luego, la entrega del almuerzo.

La sonrisa.

La nota.

“Quiero mis onigiris.”

El director casi escupió el aire por la nariz.

—¿Qué demonios se creen que están haciendo? ¿Reescribiendo el orden de esta escuela con sonrisas y arroz?

Sabía que la presencia de Yuuto no era lo peligroso.

Lo verdaderamente peligroso era quiénes lo estaban legitimando.

Ayaka, la intocable.

Reika, la mirada de hielo.

Ambas, esperándolo como si el mundo girara en torno a ese chico que, para el sistema, debía haber desaparecido hace un año.

Aoyama abrió una carpeta de datos internos. El nombre Ayanami brillaba como una vieja herida.

Aoi Ayanami.

Una madre que no bajó la cabeza.

Que había escrito reportes semanales de acoso.

Que había amenazado con demandas.

Que cuando su hijo intentó quitarse la vida, juró que, si alguna vez se levantaba de nuevo, ella estaría detrás.

Apoyando.

O destruyendo, si era necesario.

Y ahora lo había hecho.

Había retirado la solicitud de rechazo.

Y su hijo había vuelto.

No como víctima.

Sino… como alguien que podía ser visto.

Aoyama se puso de pie.

—Convóquenlas. A las dos.

—¿A quiénes, director?

—A Kamizaki y Tsukishiro. Esta misma tarde. Quiero saber exactamente qué pretenden con esto.

—¿Y el estudiante Ayanami?

—Él no me interesa.

—Mintió.

Porque sí le interesaba.

Demasiado.

El reloj marcaba las 16:00 exactas cuando Ayaka Kamizaki y Reika Tsukishiro entraron al despacho del director.

No golpearon. No pidieron permiso.

Simplemente entraron.

Como quien sabe que ya no tiene que justificar su existencia.

Aoyama levantó la vista, severo.

—Tomen asiento.

Ellas no se movieron.

—Prefiero estar de pie —dijo Ayaka, con tono neutro.

—Yo también —añadió Reika.

Un silencio tenso se instaló en la sala. El director cerró el archivo frente a él y entrelazó los dedos.

—¿Puedo saber qué creen que están haciendo?

—Lo que usted nunca hizo —respondió Reika sin titubear—. Ver.

Ayaka no apartó la mirada.

—Lo que hicimos esta mañana no fue un acto simbólico, ni un capricho. Fue un reconocimiento.

Aoyama apoyó los codos sobre el escritorio.




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