Las clases de la mañana transcurrían con aparente normalidad. Los profesores continuaban sus lecciones, escribiendo en la pizarra y explicando los temas con la misma rutina de siempre. Los estudiantes intentaban concentrarse en sus cuadernos, aunque en el fondo todos tenían la mente puesta en lo que había ocurrido a primera hora. Y mientras tanto, los rumores seguían recorriendo los pasillos con la misma rapidez que el viento, transformándose y creciendo a cada paso.
De repente, el sistema de altavoces de toda la academia emitió ese sonido agudo y característico que anunciaba un comunicado oficial.
—Se solicita la presencia inmediata de la presidenta del Consejo Estudiantil, Ayaka Kamizaki, y de la vicepresidenta, Reika Tsukishiro, en la oficina del director. Favor presentarse sin demora.
El anuncio resonó en cada rincón del edificio, y en todas las aulas comenzaron los murmullos.
Ayaka levantó lentamente la vista desde su pupitre, apartando la mirada de sus apuntes. Reika hizo exactamente lo mismo al instante. Las dos se cruzaron con una sola mirada, apenas un segundo, pero fue suficiente. No hacía falta preguntar el motivo ni intercambiar palabras: ambas sabían perfectamente por qué las llamaban.
Pocos minutos después, las enormes puertas de madera de la oficina del director se cerraban con un golpe suave pero firme detrás de ellas.
Ryuuji Aoyama permanecía de pie frente al gran ventanal, de espaldas a la entrada. No las invitó a sentarse, no las saludó con la amabilidad habitual, ni siquiera se dio vuelta de inmediato. Mantenía las manos entrelazadas detrás de su espalda, observando el patio con una calma que parecía demasiado forzada.
—Supongo que ya imaginan por qué las llamé —dijo finalmente, sin volverse todavía. Su voz sonaba tranquila, controlada, pero tenía un matiz helado que no se le escapó a ninguna de las dos.
—Sí —respondió Ayaka con la misma serenidad, sin vacilar.
Entonces el director giró lentamente sobre sus talones para mirarlas de frente. Su expresión seguía siendo impecable, la de siempre: autoritaria, seria, sin rastro de emociones visibles, como si aquella conversación fuera un trámite administrativo más.
—Entonces ahorraremos tiempo.
Caminó despacio hasta el escritorio, tomó una tableta electrónica y la dejó sobre la mesa para que pudieran ver la pantalla. Allí se reproducía de nuevo la grabación de las cámaras de seguridad de esa misma mañana: la imagen de Ayaka y Reika esperando en la entrada, luego la llegada de Yuuto, el intercambio de la nota, la entrega de la caja con comida y, finalmente, los tres cruzando juntos el portón principal.
—¿Podrían explicarme exactamente qué fue esto? —preguntó con tono neutro, aunque su mirada se había vuelto más aguda.
Ninguna respondió de inmediato. El silencio se prolongó durante varios segundos, denso y pesado.
Fue Reika quien habló primero, con voz firme y medida.
—Recibimos a un estudiante que regresaba a clases.
Aoyama soltó una risa seca, sin ninguna alegría.
—No. No es tan sencillo. Recibieron a ese estudiante.
Su mirada se volvió más fría y penetrante.
—Quiero saber por qué. ¿Por qué decidieron hacer algo que altera todo lo que hemos construido aquí?
Ayaka sostuvo su mirada sin apartarla ni un instante.
—Porque es un alumno registrado de esta academia, con todos sus derechos y obligaciones al día.
—No se hagan las ingenuas —replicó el director, dejando la tableta con un golpe leve sobre la madera—. Las dos saben perfectamente que Yuuto Kanzaki representa un problema para esta institución.
Reika frunció ligeramente el ceño, sin mostrar miedo.
—¿Un problema? ¿En qué sentido?
—Su sola presencia altera el ambiente escolar —explicó Aoyama con seguridad, como si repitiera una verdad indiscutible—. Genera rumores, incomodidad entre los compañeros, confusión. Los estudiantes no saben cómo actuar frente a alguien que se aísla, que no habla, que se mantiene al margen de todo.
Ayaka cruzó lentamente los brazos sobre el pecho, manteniendo la compostura.
—Los estudiantes no saben cómo actuar porque durante todo un año nadie hizo nada para detener esos rumores. Nadie los desmintió, nadie explicó la verdad, nadie intervino para que se respetara su espacio.
La expresión del director apenas cambió, pero sus ojos se estrecharon levemente.
—Los rumores existen porque él mismo decidió aislarse del resto. No es culpa de nadie más que de su propia actitud.
—No —respondió Ayaka con una firmeza que no admitía discusión—. Los rumores existen porque todos permitieron que crecieran sin control. Y nadie tuvo el valor de cuestionarlos.
El silencio volvió a instalarse en la habitación.
Aoyama desvió lentamente la mirada hacia Reika, cambiando de tema con la misma naturalidad de quien conoce todos los detalles.
—También tengo entendido que la señora Kanzaki retiró la solicitud de traslado que había presentado hace dos días.
Reika mantuvo la espalda recta y la mirada serena.
—Así fue.
—Y esa decisión ocurrió justo después de que ustedes dos fueran a visitar su casa, ¿verdad?
Ninguna de las dos respondió con palabras, pero su silencio y su postura eran ya una respuesta suficiente.
El director respiró profundamente, dejando salir el aire con calma.
—Entonces ustedes intervinieron para cambiar las cosas.
—Fuimos a hablar con Yuuto, y con su madre, para entender su situación —aclaró Ayaka sin intentar negar nada.
—Ya me lo imaginaba.
Aoyama comenzó a caminar lentamente alrededor del escritorio, dando vueltas cortas, como si estuviera midiendo cada palabra antes de pronunciarla.
—Y cometieron un grave error. Uno que puede tener consecuencias serias para el orden de esta escuela.
Se detuvo justo frente a ellas, a pocos pasos de distancia.
—Ese muchacho debe abandonar esta academia. Es lo mejor para todos.