La casa permanecía en silencio. A esa hora de la mañana solo se escuchaba el suave tic-tac del reloj del comedor y el murmullo del viento moviendo las hojas de los árboles del jardín.
Aoi estaba sola. Había terminado de ordenar la cocina hacía varios minutos, pero seguía sentada frente a la mesa con una taza de té ya casi fría entre las manos. Su mirada descansaba sobre la ventana, pero su mente estaba muy lejos de allí.
Yuuto había vuelto a aquella escuela. Había tomado esa decisión por voluntad propia, y aunque ella respetaba profundamente la elección de su hijo, no podía evitar que la preocupación le apretara el pecho. Después de todo lo que había vivido, después de verlo regresar destrozado unos días antes, después de sostenerlo entre sus brazos mientras lloraba de agotamiento y dolor, ahora volvía a caminar por esos mismos pasillos.
Aoi dejó escapar un largo suspiro y una pequeña sonrisa melancólica apareció en sus labios.
—De verdad eres igual de terco que todos los hombres de esta familia...
Era una terquedad que conocía demasiado bien. Primero la había visto en Hiroshi, su difunto esposo, y mucho antes de él, en Kenji, su suegro. Los tres eran exactamente iguales: cuando tomaban una decisión, no había fuerza en el mundo que los hiciera cambiar de opinión.
Aquello hizo que un recuerdo antiguo, pero tan vivo como si hubiera ocurrido ayer, comenzara a abrirse paso lentamente en su memoria.
Muchos años atrás, la cocina estaba llena del aroma cálido y reconfortante de una sopa que hervía lentamente sobre la estufa. Aoi removía la olla con una cuchara de madera de forma rítmica, mientras a su lado, sentado cómodamente junto a la mesa, un hombre mayor cortaba verduras con una calma y destreza que revelaban años de experiencia.
—Ya le dije que se quede descansando en su habitación —repitió Aoi con tono de suave reproche—. El médico fue muy claro: debe guardar reposo completo.
Kenji Kanzaki soltó una pequeña risa grave y amable, sin dejar de mover el cuchillo con precisión.
—Y yo te respondí que todavía tengo manos para sostener un cuchillo y piernas para caminar hasta aquí. Si me quedo encerrado mirando las cuatro paredes, me voy a oxidar antes de tiempo.
Su cabello era completamente blanco, peinado con esmero hacia atrás, y aunque la edad ya comenzaba a dibujar líneas profundas en su rostro y a ralentizar un poco sus movimientos, seguía teniendo esa mirada brillante y viva que lo caracterizaba.
—Es igual de terco que Hiroshi, ¿verdad? —comentó Aoi negando con la cabeza, pero con una sonrisa en los labios.
Kenji dejó de cortar por un instante y la miró con una expresión de orgullo divertido.
—¿Igual? —repitió con tono de broma—. Hiroshi aprendió todo de mí, y ahora parece que Yuuto también está siguiendo nuestros pasos.
Ambos rieron con complicidad, pero en ese momento unos pasos rápidos y ligeros comenzaron a escucharse por el pasillo, acercándose cada vez más con energía.
—¡¡Mamá! ¡Abuelo!
Una voz infantil, clara y llena de curiosidad, llenó toda la cocina.
Un niño de unos ocho años apareció corriendo en la entrada, con las mejillas sonrosadas y la respiración un poco agitada por la prisa, pero sin rastro de miedo ni angustia, solo una emoción mezclada con sorpresa.
Se detuvo frente a ellos y se llevó inmediatamente una mano a la frente, como si quisiera mostrarles algo muy importante.
—¡Miren! ¡Miren lo que me salió!
Aoi dejó la cuchara sobre la encimera y se acercó con dulzura.
—¿Qué te pasa, mi vida? ¿Te golpeaste?
Yuuto negó con energía, levantó un mechón de su propio cabello oscuro y lo sostuvo entre sus dedos para que pudieran verlo bien.
—¡No! ¡Miren mi pelo! ¡Se está poniendo del mismo color que el tuyo, abuelo!
Aoi frunció ligeramente el ceño, se agachó hasta quedar a su altura y apartó con mucho cuidado el resto del cabello oscuro. Entonces lo vio: un fino mechón de color completamente plateado, brillante y limpio como la plata pulida, que nacía justo en la raíz, entre el resto de su cabello negro. No parecía una cana común, ni un cambio por enfermedad; era un tono uniforme y luminoso, algo que no había visto jamás en nadie de su edad. Sintió cómo el corazón le daba un pequeño vuelco. Aquello no era normal.
Antes de que pudiera decir nada, Kenji ya había dejado el cuchillo y se había puesto de pie con la agilidad que le permitían sus años. Se acercó despacio, se agachó frente a su nieto y, con una mano grande y cálida, tomó con muchísima suavidad el mismo mechón para observarlo con atención.
Lo miró durante unos segundos, en silencio, y luego esbozó una sonrisa amplia, tranquila y llena de ternura, sin dejar ver ninguna duda.
—Vaya... qué cosa tan interesante —dijo con voz suave, sin apartar la vista de Yuuto.
El niño levantó la mirada rápidamente, con los ojos muy abiertos, buscando alguna respuesta en el rostro de su abuelo, en quien confiaba más que en nadie.
—¿Está mal, abuelo? ¿Me pasará algo?
Kenji negó con la cabeza con firmeza, y con su mano libre le acarició suavemente la mejilla, con ese gesto que siempre lograba calmarlo al instante.
—Claro que no está mal. No tienes por qué preocuparte en absoluto.
—¿Entonces por qué cambió de color? —preguntó Yuuto, inclinando un poco la cabeza con curiosidad.
—Simplemente parece que tu cabello decidió cambiar un poquito su aspecto, nada más —explicó el anciano con paciencia—. Algo parecido me pasó a mí, aunque en mi caso fue porque pasaron muchos años y me fui volviendo mayor.
Yuuto soltó una pequeña risa, aliviado.
—¡Entonces yo también me estoy volviendo viejo!
Kenji rio con él, una risa profunda y alegre que llenó la habitación.
—¡Todavía te falta muchísimo para eso, pequeño! A ti te quedan muchos años de cabello oscuro y de correr, jugar y crecer fuerte.
Le revolvió el cabello con mucho cariño, despeinándolo un poco, y añadió: