La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 14: Un almuerzo diferente

El reloj de la pared marcó con claridad el inicio de la hora del almuerzo. Al instante, los pasillos de la academia comenzaron a llenarse de movimiento: puertas de aulas que se abrían y cerraban, risas que resonaban por todos lados y el sonido de cientos de pasos dirigiéndose hacia la cafetería, el patio o los rincones más tranquilos del edificio.

—Entonces nosotras vamos por la comida —anunció Ayaka con decisión, ajustando un poco el borde de su falda—. Hoy me toca invitar, así que no se hable más.

—Yo también voy con ustedes —agregó Shiori, sonriendo con esa calma que la caracterizaba mientras recogía sus cosas.

De pie junto al grupo, con su imponente figura que ya destacaba entre la multitud, Goro dio un paso adelante sin decir nada al principio.

—Las acompaño —dijo finalmente con su voz grave y pausada.

Ayaka levantó una ceja, un poco sorprendida.

—¿Nos acompañas? ¿Por qué? No hace falta que cargues nada.

Goro dirigió la mirada hacia el final del pasillo, donde se veía la entrada de la cafetería con una fila que ya se extendía casi hasta la puerta.

—Habrá mucha gente —explicó con total seriedad—. Si voy primero, será más fácil pasar y encontrar un lugar.

Shiori tardó apenas un segundo en comprender a qué se refería, y cuando se dio cuenta, no pudo evitar una pequeña sonrisa. De hecho, en cuanto comenzaron a caminar, el resto también lo entendió perfectamente.

A medida que avanzaban hacia la cafetería, los estudiantes que esperaban su turno levantaban la vista, miraban primero a las dos chicas, y luego fijaban la mirada en la figura inmensa que las seguía. Como por arte de magia, la fila comenzó a abrirse sola, dejando un pasillo libre sin que nadie tuviera que pedir permiso.

—Pasen… pasen ustedes —decían algunos, apartándose rápidamente.

—No hay problema, adelante —añadían otros, sin atreverse a protestar ni a reclamar nada.

Desde una esquina, un grupo de alumnos observaba la escena con asombro.

—Creo que ya contrataron guardaespaldas oficiales —comentó uno en voz baja.

Su compañero asintió con total convicción.

—Tiene todo el sentido del mundo. La presidenta, la vicepresidenta y Shiori-san son las más populares de toda la escuela; necesitan alguien que las proteja de tanta gente.

Otro negó con la cabeza, mirando a Goro con una mezcla de admiración y diversión.

—Yo diría que no es así… más bien parece que él protege a toda la escuela de ellas.

La frase provocó risas contenidas entre los más cercanos, aunque nadie se atrevía a decírselo en voz alta.

Mientras tanto, Goro caminaba con paso firme, aparentemente ajeno a todos los comentarios y miradas. Sin embargo, si se fijaban bien, su espalda estaba un poco más erguida y su postura más recta que apenas unos minutos antes.

Ayaka lo miró de reojo, luego intercambió una mirada con Shiori, y ambas tuvieron que girar la cara hacia el otro lado para no soltar una carcajada en pleno pasillo.

—Está encantado de que lo noten —susurró Ayaka con una sonrisa contenida.

—Y muy orgulloso, además —añadió Shiori en el mismo tono—. Se le nota hasta en la forma de caminar.

En ese momento, Goro se giró ligeramente hacia ellas, con esa expresión inmutable de siempre.

—¿Ocurre algo? ¿Hay algún problema?

—Nada en absoluto —respondieron las dos al unísono, casi sin respirar.

—Muy bien —contestó él, y volvió a mirar al frente, aunque ahora caminaba todavía más erguido que antes.

Aquello terminó de romper la poca compostura que les quedaba, y ambas tuvieron que taparse la boca con una mano para no reírse en voz alta.

Mientras tanto, en una de las bancas de madera del patio, bajo la sombra de un gran árbol, Yuuto permanecía sentado junto a Kaito. A su alrededor, el bullicio del almuerzo llenaba el aire: risas, conversaciones, el sonido de las bandejas y los pasos de quienes paseaban, pero entre los dos reinaba una calma tranquila y cómoda, como si el ruido exterior no pudiera alcanzarlos.

Yuuto abrió despacio su libreta de tapas duras, tomó el lápiz y escribió con trazo suave y ordenado. Cuando terminó, giró el cuaderno hacia Kaito para que pudiera leerlo:

“Al principio, Goro da un poco de miedo, ¿verdad?”

Kaito leyó la frase y soltó una risa suave, moviendo la cabeza de lado a lado.

—Te aseguro que a todo el mundo le pasa lo mismo. La primera vez que lo ves, piensas que va a romper todo lo que encuentre a su paso.

Yuuto volvió a escribir sin perder tiempo, y mostró la nueva línea:

“Pero en el fondo es muy amable. Y más aún con las chicas.”

La sonrisa de Kaito se volvió más serena y sincera, y asintió con firmeza.

—Eres de los pocos que se da cuenta de eso desde el primer día. La mayoría solo ve su tamaño, su cara seria y su voz grave, y no se detienen a mirar más allá.

Le devolvió la libreta y señaló con la mirada hacia la entrada de la cafetería, donde podían ver a Goro esperando pacientemente, bloqueando con su figura cualquier posible aglomeración para que Ayaka y Shiori pudieran pedir su comida con tranquilidad.

—Siempre ha sido así —añadió en voz baja—. Se preocupa por los demás, pero no lo dice con palabras. Lo demuestra con lo que hace, aunque casi nadie lo entienda.

Yuuto levantó de nuevo el lápiz, pensó un instante y escribió:

“¿Lo conoces desde hace mucho tiempo?”

—Desde que éramos niños —respondió Kaito con una sonrisa nostálgica—. Somos vecinos de toda la vida, así que prácticamente crecimos juntos. Jugábamos, estudiábamos y nos metíamos en líos como cualquier otro par de amigos.

Yuuto levantó un poco la vista, con los ojos muy abiertos, como si esa información le pareciera algo increíble.

Kaito soltó una risa divertida y lo señaló con el dedo.

—Ya sé exactamente qué estás pensando.

Yuuto negó rápidamente con la cabeza, intentando disimular, pero lo hizo con tanta prisa que solo consiguió llamar más la atención.




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