Siete días.
A simple vista no parecía mucho tiempo. Pero para alguien que había pasado dos años enteros viviendo en silencio, aislado y caminando solo por los pasillos, esa semana había sido como cruzar hacia un mundo completamente nuevo.
Las mañanas ya no comenzaban con esa sensación pesada de incertidumbre, preguntándose si tendría que atravesar todo el camino hasta la escuela sin encontrar a nadie conocido. Porque, casi siempre, ya había alguien esperándolo.
—¡Buenos días, Yuuto!
La voz clara y alegre de Shiori lo saludaba desde la esquina de la calle, donde lo esperaba con su mochila al hombro y una sonrisa suave. Vivía lo suficientemente cerca como para que, al principio, sus encuentros fueran pura casualidad… hasta que, sin necesidad de decírselo, comenzaron a salir un poco antes para caminar juntos.
Shiori nunca le hacía preguntas incómodas ni lo presionaba para que hablara. Iba contándole cosas sencillas: de los libros que había leído, de cómo cambiaba el clima según la estación, de los gatos callejeros que solían ver en las aceras o de cualquier detalle pequeño que le pareciera curioso. Y cuando no tenía nada más que decir, simplemente caminaban en silencio. Lo más sorprendente era que ese silencio nunca se sentía vacío ni incómodo; al contrario, resultaba relajante y seguro.
La biblioteca también dejó de ser solo un lugar lleno de estanterías y libros para convertirse en un refugio más. Yuuto seguía visitándola todos los días, y Shiori siempre lo recibía con la misma calidez.
—¿Ya terminaste con este también? —le preguntaba a veces, levantando el libro que acababa de devolver con una expresión de sorpresa divertida.
Yuuto asentía con la cabeza, y ella soltaba un leve suspiro, negando con la cabeza.
—Empiezo a creer que tendré que pedir más ejemplares de novelas solo para ti. A este ritmo se me van a agotar en un mes.
Yuuto tomaba su libreta y escribía con calma:
“No me molestaría en absoluto.”
—Ya me lo imaginaba —respondía ella riendo bajito—. Vamos, buscaremos algo que te guste.
Y así recorrían juntos los pasillos entre estanterías, recomendándose historias o simplemente mirando las portadas, sin prisa.
Si Shiori representaba la tranquilidad, Ayaka era todo lo contrario: energía, movimiento y un carácter decidido que no pasaba desapercibido.
—¡Yuuto! —lo llamaba en cuanto lo veía aparecer por cualquier pasillo, y él ya sabía que, en cuanto escuchaba esa voz, algo iba a pasar.
—Ven conmigo un momento —le decía, y aunque a veces no entendía bien el motivo, siempre terminaba siguiéndola.
Ayaka era una persona distinta según con quién estuviera. Para el resto de la escuela seguía siendo la vicepresidenta estricta, seria y capaz de hacer que todo un pasillo se detuviera con una sola mirada. De hecho, cuando los estudiantes la veían sonreír con esa expresión tranquila pero firme, solían susurrar entre ellos:
—Kamizaki-sama está sonriendo…
—Eso significa que alguien hizo algo mal…
—¡Mejor corramos antes de que nos toque a nosotros!
Porque esa sonrisa, para todos, solo anunciaba que había encontrado al culpable y que el castigo o la explicación correspondiente estaba por llegar.
Pero con Yuuto todo cambiaba. Con él, esa sonrisa se volvía genuina y juguetona. Su único objetivo era hacerlo relajarse, verlo más tranquilo o, si tenía suerte, arrancarle una pequeña sonrisa, aunque fuera por unos segundos. Para eso se le ocurría cualquier tontería, contaba anécdotas exageradas o incluso hacía comentarios que terminaban por avergonzarlo un poco, pero sin ninguna mala intención.
Y la situación se volvía aún más animada cuando aparecía Kaito.
—¡Yuuto! ¡Te encontré! —gritaba desde lejos, y por más que Yuuto intentara pasar desapercibido, Kaito siempre parecía tener un radar especial para ubicarlo.
En cuanto llegaba, no paraba de hablar:
—¿Sabías que una vez Goro intentó subir a un árbol para rescatar un gato y casi se lleva la rama entera por delante? —o bien—: ¿Te conté lo que pasó ayer en clase de educación física? ¡Fue para morirse de risa!
Ayaka, por supuesto, se sumaba de inmediato, y parecían ponerse de acuerdo sin necesidad de palabras para convertir cualquier momento en una broma.
Ante tanta atención, Yuuto solía retroceder un paso o dos, buscando instintivamente dónde esconderse… y siempre terminaba pegándose a la espalda de Goro, asomando solo la cabeza por un lado, detrás de la figura inmensa del chico.
Entonces era cuando Goro intervenía: se ponía entre los tres con su calma habitual, levantaba una mano grande y serena, y decía con su voz grave y pausada:
—Basta. Ya lo están acorralando.
Ayaka y Kaito se quedaban en silencio un segundo, y luego soltaban una risa, bajando el tono.
—Está bien, está bien —decía Kaito, levantando las manos en señal de paz—. Solo estábamos hablando.
—Sí, no te preocupes —añadía Ayaka, sonriendo con más suavidad—. Ya nos calmamos.
Y Goro, sin decir nada más, se quedaba allí, como un muro protector, dejando que Yuuto se sintiera seguro detrás de él hasta que recuperaba la compostura.
Con el paso de los días, Yuuto había descubierto algo muy curioso: casi todos en la escuela le tenían un poco de miedo a Goro por su tamaño y su expresión seria, pero en cuanto lo conocías, era imposible no quererlo y apreciarlo. Siempre estaba dispuesto a ayudar, cargaba las bandejas de todos durante el almuerzo sin que nadie tuviera que pedírselo, escuchaba a Kaito hablar durante horas sin interrumpir y nunca juzgaba a nadie por cómo era.
Otro lugar que había cambiado para bien era la enfermería. Minori-sensei, la enfermera, siempre encontraba alguna excusa para que pasara a verla:
—Solo vine a revisar si estás durmiendo bien —le decía un día.
Otro, le ofrecía una caja pequeña:
—Creo que te vendrán bien estas vitaminas, se nota que te cansas con facilidad.