La biblioteca seguía oliendo a papel viejo y a calma.
Ese lugar tenía algo que Yuuto no encontraba en ningún otro rincón del Instituto Seiryuu:
nadie lo miraba como si estuviera a punto de hacer algo malo.
Solo… lo dejaban existir.
La luz de la tarde entraba inclinada por las ventanas, pintando de oro los lomos de los libros. En el fondo, el leve sonido del reloj marcaba el tiempo como una respiración tranquila.
Yuuto había vuelto a su lectura, pero sus dedos no pasaban las páginas con la misma firmeza de antes.
El corazón le latía demasiado fuerte para un lugar tan silencioso.
Ayaka lo notó.
No era difícil.
Yuuto siempre intentaba parecer “normal” después de decir algo importante…
como si el peso de su confesión fuera un error que debía borrar.
Ayaka apoyó el mentón en su mano, mirándolo con esa expresión que parecía una mezcla peligrosa de curiosidad y cariño.
—Entonces… —susurró, como si hablar fuerte pudiera romper el momento— ¿desde los diez empezó todo?
Yuuto bajó la vista, y asintió.
Reika, sentada frente a él, se mantenía tranquila, pero sus ojos se movían como si estuviera ordenando información en su mente. No era solo lógica. Era… cuidado.
—No debió ser fácil —dijo ella con su voz suave—. Cambiar así… sin entender por qué. Y encima soportar a gente inventando historias.
Yuuto apretó el lápiz.
Escribió:
“No era lo peor.”
Ayaka parpadeó.
—¿No era lo peor? —repitió, incrédula.
Yuuto escribió una segunda línea.
“Lo peor era que nadie preguntara.”
Ese golpe fue silencioso, pero exacto.
Ayaka sintió la garganta cerrarse.
Reika bajó la mirada un instante, como si hubiera recibido una bofetada invisible.
Porque era verdad.
La mayoría no lo odiaba por algo que hizo.
Lo odiaban por lo que decidieron creer.
Ayaka respiró hondo y forzó una sonrisa, como si quisiera cambiar el aire antes de romperse.
—Bueno… —dijo, estirándose un poco— si el mundo te inventó historias, entonces nosotras también podemos inventar una.
Reika alzó una ceja.
—¿Qué historia?
Ayaka se inclinó hacia Yuuto con brillo travieso en los ojos.
—Que en realidad eres un príncipe maldito.
Y que tu cabello plateado apareció porque te besó una bruja en la frente.
Reika se quedó mirándola… y luego suspiró.
—Eso es ridículo.
Yuuto escribió sin levantar la vista:
“Es más creíble que los rumores.”
Ayaka se quedó en silencio.
Y entonces estalló.
—¡¿VES?! ¡YA HACE HUMOR! —se tapó la boca para no reír demasiado fuerte, pero igual temblaba de emoción— ¡Esto es progreso!
Reika, sin querer, sonrió.
Era una sonrisa pequeña, pero real.
Yuuto miró el cuaderno unos segundos… y escribió otra frase.
“No grites.”
Ayaka hizo un saludo militar exagerado.
—¡Sí, señor príncipe maldito!
La encargada de la biblioteca, la alumna de tercer año, los observaba desde su escritorio.
No se acercó.
No dijo nada.
Pero en su mirada había algo suave, como si estuviera viendo una escena que no encajaba con el Seiryuu de siempre.
Una escena que parecía imposible:
El chico de la capucha… riendo en silencio.
Después de unos minutos, Yuuto cerró el libro lentamente.
Reika lo notó de inmediato.
—¿Cansado?
Yuuto escribió:
“Un poco.”
Ayaka se inclinó, bajando la voz.
—Yuuto… ¿te arrepientes de haberlo dicho?
Él tardó más en escribir esta vez.
Como si le doliera.
Como si cada palabra tuviera que atravesar un muro.
“No.”
Una sola palabra.
Pero Ayaka entendió que ese “no” significaba muchas cosas.
No se arrepentía de confiar.
No se arrepentía de ser visto.
No se arrepentía… de existir.
Reika se puso de pie primero.
—Entonces vámonos. Antes de que alguien venga a molestar.
Yuuto asintió.
Ayaka se levantó también… y sin pensarlo demasiado, se acercó un paso a Yuuto.
No lo tocó.
Solo le habló con esa voz más suave que solo usaba cuando era completamente sincera.
—Gracias por contarlo.
No porque lo necesitáramos para aceptarte…
sino porque significa que nos dejaste entrar.
Yuuto se quedó quieto.
Luego escribió, con letras pequeñas.
“No se vayan.”
Ayaka sintió un pinchazo en el pecho.
Reika, sin cambiar su expresión, respondió con una firmeza tranquila:
—No lo haremos.
Y en ese instante, Yuuto comprendió algo que le pareció casi aterrador:
esa promesa… era real.
[despacho del director]
El despacho del director tenía un olor particular.
No era solo el aroma del café viejo o del papel acumulado.
Era el olor de la autoridad.
De esa clase de lugares donde las decisiones se toman sin mirar a los ojos a quienes afectan.
El director Aoyama estaba sentado tras su escritorio, con la espalda recta y la expresión cansada de alguien que llevaba años creyendo que el orden era lo único importante.
Frente a él, con una postura impecable, estaba la enfermera escolar.
Minori-sensei.
Había llegado hacía apenas un mes al Instituto Seiryuu.
Aún no conocía todos los nombres.
Aún no entendía todas las “reglas no escritas”.
Y por eso mismo… era útil.
Aoyama se quitó las gafas y suspiró, como si estuviera a punto de hablar de un problema administrativo menor.
—Minori-sensei… gracias por venir tan rápido.
Ella inclinó la cabeza con educación.
—¿Ocurrió algo con algún estudiante?
El director la observó unos segundos antes de hablar, midiendo cada palabra.
—Sí. Un estudiante… problemático.
Minori no cambió su expresión.
Pero por dentro, algo en su estómago se apretó.
Porque ya sabía de quién hablaba.
Aoyama abrió un archivador y sacó una carpeta delgada.