La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 17: el día que cambio todo

El sol de la tarde ya no quemaba con tanta intensidad, sino que se filtraba suavemente entre las ramas de los árboles, dibujando manchas de luz y sombra que se movían lentamente sobre el suelo de grava. El aire llevaba el olor dulce de la hierba recién cortada y el suave aroma de las flores de los arbustos que bordeaban el parque.

Los tres caminaban despacio por la vereda que llevaba hacia la estación, pero al desviarse hacia el área de juegos, el ruido de la calle se fue apagando poco a poco, reemplazado por un ambiente más tranquilo. Las cadenas de los columpios chirriaban con un sonido rítmico y sordo, impulsadas por la brisa que corría entre los árboles. A lo lejos, se escuchaban las risas claras y agudas de los niños que corrían detrás de una pelota, mezcladas con la voz suave de sus madres conversando en las bancas de madera.

Ayaka fue la primera en sentarse en uno de los columpios, deslizando las manos sobre las cuerdas de tela gastada. Reika la siguió, acomodándose a su derecha, y Yuuto ocupó el del centro, apoyando los pies en el suelo para mantener el equilibrio. Por un momento, solo se movían al compás del viento, mecidos suavemente, como si el tiempo también quisiera ir más despacio allí.

—Yuuto... —rompió Ayaka el silencio, con una voz que sonaba baja, casi confidencial, para no romper la calma del lugar.

Reika levantó la vista de inmediato, sintiendo que la atmósfera cambiaba. El sonido de las risas a lo lejos pareció alejarse un poco más, como si el parque mismo guardara silencio para escuchar.

—Ayaka, no creo que sea el momento —dijo Reika con suavidad, mirándola con advertencia.

—No tienes que responder nada —aclaró Ayaka enseguida, girando levemente hacia Yuuto—. Ni ahora, ni nunca. No quiero presionarte, ni obligarte a decir nada que no quieras.

Negó despacio, mientras sus dedos jugueteaban con la cuerda del columpio.

—Pero Sakura ya empezó a investigar —continuó, y sus palabras sonaron más claras, aunque seguían siendo suaves—. Tarde o temprano intentará descubrir por qué siempre te cubres, por qué te escondes. Y lo que no entiende, lo inventa. No quiero que nadie más escriba tu historia antes de que tú tengas la oportunidad de contarla si así lo decides.

Yuuto permaneció inmóvil. Sus manos se cerraron con suavidad sobre la tapa de su libreta, como si aquel cuaderno fuera el único refugio seguro en medio de todo lo que tenía que decir. El viento movió un mechón de su cabello, pero él no se movió para acomodarlo.

—No te lo pregunto por curiosidad —añadió Ayaka con más calor en la voz—. Lo hago porque quiero entenderte de verdad. Porque si algún día alguien usa esto para hacerte daño, necesito saber la realidad para defenderte bien, sin equivocaciones.

Reika suspiró, pero no insistió más. Sabía que Ayaka tenía razón, y también sabía que la decisión final era solo de Yuuto.

—Pero si no quieres hablar —terminó diciendo Ayaka bajando un poco la mirada—, lo entenderemos perfectamente. De verdad. No volveremos a mencionarlo.

El parque volvió a llenarse de sus sonidos habituales: el crujir de las hojas al moverse, el canto lejano de un pájaro, el suave golpeteo de los pies de los niños contra el suelo. Pero para los tres, todo parecía estar en suspenso.

Yuuto mantenía la vista fija en la libreta sobre sus rodillas, con la espalda ligeramente encorvada, como si llevara sobre sí el peso de años de silencio. Pasó casi un minuto entero, un minuto que pareció mucho más largo bajo la luz dorada de la tarde.

Reika sonrió con ternura, intentando aliviar la tensión.

—Olvídalo, en serio. No tienes que hacer nada. Ya nos has confiado demasiado estos días. No queremos apresurarte ni hacerte sentir mal.

Entonces, Yuuto levantó lentamente la cabeza. Negó con un movimiento leve pero firme, una sola vez. No era un rechazo, sino todo lo contrario: una forma de decir que estaba listo.

Con manos tranquilas pero decididas, abrió la libreta y tomó el lápiz. Escribió despacio, muy despacio; cada trazo parecía salir de lo más profundo de su interior, como si estuviera sacando palabras que había guardado en un lugar muy oscuro durante mucho tiempo.

Cuando terminó, giró la hoja para que ambas pudieran leerla claramente:

“Ayaka tiene razón.”

Las dos lo miraron con atención, sin interrumpir. Yuuto siguió escribiendo con la misma calma.

“Si alguien más cuenta mi historia, la contará a su manera. Pondrá sus propias palabras, sus propias conclusiones, sus propios miedos. Y lo que resulte será mentira.”

Hizo una breve pausa, tomó aire profundamente, y agregó una última línea en esa página:

“Prefiero que la escuchen primero de mí.”

Se quedó unos segundos mirando la hoja en blanco que seguía, con la punta del lápiz tocando apenas el papel. No sabía muy bien por dónde empezar; aquello era algo que nunca había explicado a nadie fuera de su familia, ni siquiera a su maestra de confianza. El viento sopló más fuerte por un instante, trayendo consigo el olor de la tierra y haciendo mecer los columpios con más fuerza.

Volvió a respirar hondo, y comenzó a escribir.

Reika y Ayaka esperaron en silencio, dejando que el sonido del parque los envolviera sin distraerlos.

Cuando llenó la primera página, giró la libreta hacia ellas.

“Lo que tengo se llama Insensibilidad Parcial a los Andrógenos. Los médicos lo llaman PAIS.”

Ayaka leyó lentamente, susurrando casi para sí misma el nombre, para grabarlo bien en su mente. Reika mantenía toda su atención fija en el texto, con la mirada atenta y tranquila.

Yuuto siguió escribiendo, con trazo más seguro ahora.

“Cuando nací, nadie notó nada extraño. Era un niño como cualquier otro. Tenía el cabello negro oscuro, y mi cuerpo crecía y se desarrollaba al mismo ritmo que el de todos los demás.”

Su mano tembló apenas al escribir la siguiente frase.

“Todo cambió cuando cumplí diez años.”




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