Despacho del Director
El despacho del director tenía un olor inconfundible: mezcla de café recalentado, tinta vieja y el polvo acumulado en estanterías llenas de libros que casi nadie abría. Pero por encima de todo, había otra sensación más pesada: era el olor de la autoridad, de ese tipo de lugares donde las decisiones se toman pensando solo en la apariencia, sin mirar a los ojos a quienes realmente afectan.
Detrás del amplio escritorio de madera oscura, el director Aoyama permanecía sentado con la espalda muy recta y una expresión que revelaba el cansancio de quien lleva años convencido de que el orden y la reputación son lo único que importa en una institución. Frente a él, con una postura impecable y serena, estaba la enfermera escolar: Minori-sensei.
Había llegado al Instituto Seiryuu hacía apenas un mes, y aún había muchas cosas que no conocía a fondo: todos los nombres, todas las jerarquías y, sobre todo, todas esas “reglas no escritas” que a veces eran más estrictas que las propias normas del reglamento. Pero precisamente por ser nueva, por no tener alianzas ni deudas pendientes, para el director resultaba alguien útil.
Aoyama se quitó las gafas y las limpió con el borde de su camisa, soltando un suspiro como si fuera a tratar un asunto administrativo de poca importancia.
—Minori-sensei… gracias por venir tan rápido.
Ella inclinó la cabeza con educación, sin perder la compostura.
—Por supuesto, director. ¿Ocurre algo con algún estudiante?
El hombre la observó unos segundos en silencio, midiendo cada palabra antes de pronunciarla.
—Así es. Se trata de un alumno… que está generando cierta inquietud.
Minori mantuvo su expresión neutra, pero en su interior algo se tensó al instante. Sabía perfectamente de quién hablaba. Desde hacía unas semanas, Yuuto Kanzaki solía acercarse a la enfermería, ya fuera por un pequeño malestar o simplemente para descansar un rato en silencio. Habían hablado en varias ocasiones, y en cada conversación ella había encontrado en él a un chico educado, tranquilo y respetuoso, nada que ver con lo que se susurraba por los pasillos.
Aoyama abrió un archivador y sacó una carpeta muy delgada, demasiado delgada para contener hechos reales, pero ideal para guardar rumores y suposiciones.
—Yuuto Kanzaki —dijo en voz alta, como si ese nombre por sí solo fuera suficiente para justificar todo lo que venía después.
Minori parpadeó una sola vez, sin mostrar sorpresa.
—Últimamente —continuó el director con un tono que quería sonar profesional—, la presidenta del consejo, Reika Tsukishiro, y su vicepresidenta, Ayaka Kamizaki, se le han visto demasiado cerca. Esa cercanía está generando comentarios, y en mi opinión, crea un ambiente… poco adecuado para la disciplina y el equilibrio de la escuela.
Minori entrelazó las manos con suavidad sobre su regazo, sin perder la calma.
—¿Poco adecuado… para quién exactamente? —preguntó con voz suave pero firme.
Aoyama ignoró la pregunta, como si fuera un detalle sin importancia.
—Minori-sensei, usted es nueva aquí, así que quizás no entienda bien cómo funciona el Instituto Seiryuu. Esta escuela tiene una reputación que mantener, una estructura clara y un equilibrio que no podemos permitir que se altere.
Hizo una pausa y cerró la carpeta con cuidado, como si estuviera guardando un problema en un cajón para que no molestara más.
—Y ese chico… sencillamente no encaja.
Al escuchar esas palabras, Minori sintió una punzada de disgusto en el pecho. No era sorpresa, ni miedo, sino una sensación de rechazo ante la forma en que se juzgaba a alguien sin conocerlo. Pero no dejó que nada de eso se notara en su rostro.
—¿No encaja por qué razón? —insistió, manteniendo el mismo tono tranquilo.
El director apoyó los codos sobre el escritorio y la miró con cierta impaciencia.
—Ya sabe cómo es. Su apariencia, su forma de cubrirse siempre, su actitud reservada… y los antecedentes que nos llegaron de su escuela anterior. Los rumores no surgen de la nada, ¿verdad?
Minori asintió despacio, como si aceptara la explicación, aunque por dentro sabía muy bien lo peligrosa que era esa frase: sonaba razonable, sonaba lógica, y por eso mismo era capaz de condenar a alguien sin necesidad de pruebas, sin ensuciarse las manos.
—Entiendo su punto de vista —respondió ella con suavidad.
Aoyama relajó los hombros, satisfecho al creer que había sido comprendido.
—Me alegra. Por eso la llamé: quiero que hable con Reika y Ayaka. Recuérdeles su posición dentro del instituto, la responsabilidad que tienen como representantes de los alumnos. Hágalas entrar en razón.
Minori volvió a asentir con calma.
—Comprendo. ¿Y qué es lo que se supone que debo decirles exactamente?
El director esbozó una leve sonrisa, como si le diera la instrucción más obvia del mundo.
—Simplemente, que no deben acercarse demasiado a ese alumno. Que alguien con su historial podría desviarlas del camino correcto y afectar su buen nombre.
La palabra “correcto” resonó en el aire como un golpe sordo, definido solo por lo que la institución quería mostrar al exterior.
Minori se levantó lentamente de la silla, manteniendo siempre la cortesía y la distancia adecuada.
—Entendido. Lo haré tal como me lo pide.
—Excelente —dijo Aoyama, con aire de confianza—. Confío plenamente en su criterio.
Minori inclinó la cabeza una última vez y se dirigió hacia la puerta. Pero justo cuando su mano tocaba el pomo, el director añadió una frase más, como si fuera un comentario sin importancia:
—Ah… y Minori-sensei. Un consejo: no se involucre demasiado en estos asuntos. Este tipo de estudiantes, por lo general, solo traen complicaciones.
La puerta se cerró detrás de ella con un clic suave y seco.
El pasillo afuera estaba en silencio, iluminado por la luz suave de la tarde que entraba por las ventanas altas. Minori caminó unos pocos pasos y se detuvo en seco, asegurándose de que nadie la viera. Su expresión seguía siendo la de siempre: tranquila, profesional, sin mostrar ninguna emoción visible. Pero en su mente, el pensamiento era claro y nítido como el cristal: