La cerradura giró con un chasquido suave.
Fue un sonido pequeño, casi insignificante, pero Yuuto siempre lo esperaba con una ansiedad difícil de explicar. Durante todo el camino de regreso desde la escuela había sentido esa presión invisible en el pecho, esa sensación de estar siendo observado incluso cuando nadie lo miraba directamente. Sin embargo, en el instante en que la puerta se cerró a su espalda, algo dentro de él se aflojó.
Como si por fin pudiera respirar.
El aire del departamento olía a arroz recién hecho y a sopa caliente. A hogar.
—¿Yuuto? —se oyó desde la cocina—. ¿Ya llegaste? Lávate las manos, la cena casi está lista.
La voz de su madre era igual que siempre: tranquila, cálida, sin preguntas escondidas.
No sonaba preocupada, solo cansada.
Pero… normal, como si estuviera acostumbrada, eso era lo que más dolía a veces.
Y lo que más lo salvaba.
Dejó la mochila junto a la pared y entró a su habitación. Allí, con la puerta cerrada, comenzó el pequeño ritual que repetía todos los días: quitarse el mundo de encima.
Primero la chaqueta grande, uego la mascarilla, espués la capucha. Cada prenda caía sobre la cama como si pesara más de lo que debería. Como si no fueran tela, sino armadura.
Cuando terminó, el espejo le devolvió una imagen que casi nadie más conocía solo su madre.
Después de cambiarse a una ropa más casual, un pijama sencillo de algodón claro. Las mangas cortas dejaban ver sus brazos delgados, suaves, demasiado finos para alguien de su edad. El pantalón ligero marcaba la línea esbelta de sus piernas. Su cabello plateado, suelto, caía por su espalda hasta la cintura, brillando bajo la luz cálida del techo.
Y bajo la tela del pecho, el leve volumen que tanto intentaba ocultar.
Nada exagerado.
Pero imposible de ignorar.
Se acomodó el sostén con una pequeña mueca. Le molestaba. Siempre le molestaba. Aun así, sabía que lo necesitaba ya que a pesar de todo, no podía negar lo que su cuerpo era, pero no por eso se sentía menos incomodo.
Suspiró.
Luego salió.
Su madre ya estaba sirviendo la mesa.
No lo miró con sorpresa, para ella no había nada extraño en su cuerpo, lo conocía desde siempre y aun que el mundo tal vez no lo aceptara por no estar dentro de lo norma.
Para ella solo estaba su hijo.
—Siéntate, antes de que se enfríe— el obedeció como siempre
Ella hablaba de cosas simples: la vecina, el trabajo, una oferta en el supermercado. Yuuto respondía con su libreta negra, escribiendo frases cortas y mostrándoselas con timidez.
Ese había sido su idioma durante un año entero.
Grafito.
Papel.
Silencio.
A veces pensaba que, si seguía así, olvidaría cómo sonaba su propia voz, la idea le apretaba el pecho, pero no sabía cómo romperla.
Entonces llegó la pregunta de cada noche.
Su madre apoyó los codos en la mesa, sonriendo con suavidad.
—¿Cómo te fue hoy en la escuela?
Yuuto tomó el lápiz casi por reflejo.
Escribió:
“Normal.”
Ella asintió.
—Ya veo. Me alegra.
Siguió comiendo.
Como si fuera suficiente.
Como si ese “normal” no significara soledad.
Como si no doliera, el bajo la vista pensando en los últimos días, su momento en la azotea, sus dos amigas quienes lo acompañan siempre. Ayaka regañándolo con esa falsa dureza de alguien que esta acostumbrada a mantener el orden. En Reika tirándole de las mejillas por no haber resuelto un problema correctamente, aunque dolía, se sentía cálido.
Había sido distinto.
No “normal”.
Su garganta se tensó.
Sintió la palabra atorada.
Pesada.
Oxidada.
Como una puerta que no se abría desde hace años.
No tomó la libreta.
No escribió nada.
Solo respiró.
La escena se aleja lentamente de la mesa.
La cámara cruza la ventana.
El barrio está en silencio.
Solo el viento nocturno.
Y sobre la oscuridad aparece una frase.
Como subtítulo.
Como texto suspendido en el aire.
Sin sonido.
Sin voz.
Solo palabras.
「Fue divertido」
Nada más.
La frase se desvanece.
Regresamos al interior.
La cuchara de su madre golpea el plato.
Sus ojos se abren de golpe.
—… ¿eh…?
Se queda inmóvil.
Como si el mundo se hubiera detenido.
Porque lo escuchó.
Después de un año entero.
Lo escuchó.
No el roce del lápiz.
No el papel.
No el silencio.
La voz.
Débil.
Temblorosa.
Un poco ronca.
Pero suya.
—Yuuto… —susurra, llevándose la mano a la boca.
Las lágrimas aparecen antes de que pueda detenerlas.
No son lágrimas tristes.
Son las de alguien que recupera algo que creía perdido para siempre.
Él la mira, confundido, ligeramente sonrojado, como si hubiera hecho algo indebido.
Solo había dicho una frase.
Solo eso.
Pero para ella…
Era todo.
Se levanta y lo abraza con fuerza, escondiendo el rostro en su hombro.
—Gracias… —murmura entre sollozos— gracias… gracias…
Yuuto tarda un segundo en reaccionar.
Luego, muy despacio, la abraza también.
Y por primera vez en mucho tiempo, la casa no se siente silenciosa.
Se siente viva.
“Lo que una madre no olvida”
La casa quedó en silencio poco después.
Yuuto subió a su habitación con la libreta apretada contra el pecho, murmurando un tímido “buenas noches” escrito a mano antes de desaparecer por las escaleras. La puerta se cerró con suavidad, como siempre, casi pidiendo permiso para no molestar.
Ella se quedó sola en la mesa.
Los platos seguían allí.
El arroz a medio terminar.
La sopa ya fría.
La cuchara caída dentro del tazón, exactamente donde la había soltado cuando escuchó esa voz.