La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 19: Un paso fuera del refugio

La estación no estaba particularmente llena esa mañana, pero el flujo constante de personas generaba un murmullo continuo: pasos apresurados, fragmentos de conversaciones, el anuncio metálico de los trenes que resonaba por los altavoces. Un ruido habitual, que para la mayoría pasaba desapercibido, pero que para alguien acostumbrado al silencio podía resultar abrumador.

Ayaka apoyó ambas manos en la baranda metálica, mirando el reloj digital con impaciencia.

—Llega tarde.

Reika, a su lado, mantenía los brazos cruzados y la espalda recta, aunque su mirada recorría la entrada con más frecuencia de lo que solía hacer.

—No ha pasado ni un minuto desde la hora acordada —respondió con calma, aunque también esperaba con atención.

—Para alguien como él, un minuto es una eternidad —insistió Ayaka.

Reika no lo negó. Sabía que tenía razón.

Durante un año entero, la vida de Yuuto se había reducido a una línea recta y sin variaciones: solo casa y escuela, sin desvíos, sin salidas, sin nadie con quien compartir el tiempo. Nunca había salido a pasear, ni a comer fuera, ni a visitar lugares que no fueran obligatorios.

Y hoy… por primera vez, había aceptado acompañarlas.

—¿Cómo crees que vendrá vestido? —preguntó Ayaka de pronto, rompiendo el breve silencio.

Reika ladeó levemente la cabeza.

—¿A qué te refieres?

—Pues si usará el uniforme, o esa ropa enorme que siempre lleva, que parece hecha para ocultar todo lo que hay debajo.

Reika pensó unos segundos, recordando cómo se cubría incluso en los días más calurosos.

—Lo más seguro es que traiga algo amplio, como siempre. Es su forma de sentirse seguro.

Luego añadió con una sinceridad que meses atrás no habría admitido:

—Aunque… me gustaría verlo distinto alguna vez.

Ayaka sonrió con suavidad.

—Sí. A mí también. No es curiosidad, ¿verdad? Es como si quisiéramos conocerlo por completo, sin barreras.

Antes de que Reika pudiera responder, el flujo de personas en la entrada se abrió lo suficiente para dejar ver una figura que avanzaba con pasos cortos e inseguros, como si cada paso fuera un pequeño reto que debía superar.

Ambas lo reconocieron al instante, pero al mismo tiempo se quedaron paralizadas.

Era Yuuto, sin duda… pero al mismo tiempo, no era el mismo que veían cada día.

El impacto fue inmediato.

Seguía llevando su cubrebocas negro, sí, y un gorro ajustado que le proyectaba sombra sobre la frente, además de unos lentes oscuros que le cubrían los ojos. Seguía intentando ocultarse, tal como siempre hacía. Pero la ropa que llevaba… no tenía nada que ver con lo habitual.

En lugar de esas prendas anchas y sin forma que le cubrían hasta las muñecas, llevaba unos vaqueros de corte recto que delineaban unas piernas largas y delgadas, casi frágiles a la vista. Una camiseta ajustada y una chaqueta ligera de cuero que se ceñía levemente a su espalda y hombros, revelando la silueta de su cuerpo en lugar de borrarla. Y lo más llamativo de todo: su cabello plateado, que siempre mantenía recogido o escondido bajo la capucha, caía libre y suelto, largo hasta la cintura, brillando bajo la luz del sol de la mañana como si estuviera tejido con luz de luna.

Cualquier persona que pasara por allí sin conocerlo habría pensado que se trataba de una chica joven y de rasgos muy delicados, que intentaba pasar desapercibida entre la multitud.

Yuuto se detuvo frente a ellas, manteniendo la cabeza baja y apretando su libreta negra contra el pecho con ambas manos, como si fuera la única protección que le quedaba.

Fue entonces cuando Ayaka y Reika entendieron de golpe todo lo que él les había contado, y todo lo que los informes médicos habían explicado. Porque al verlo así, sin capas de ropa que lo ocultaran, no quedaba ninguna duda: la forma de su cintura, la delgadez de sus brazos, y ese leve contorno que se marcaba incluso bajo la tela de la camiseta al apretar el cuaderno contra sí mismo… todo encajaba. Su cuerpo se había desarrollado siguiendo un camino que no correspondía a lo que todos esperaban, mucho más marcado de lo que se veía en cualquier caso habitual.

Ambas se quedaron en silencio, no por sorpresa negativa, sino por la claridad con la que por fin veían la realidad de su condición. Ya no era solo palabras ni explicaciones teóricas: estaba ahí, delante de sus ojos, y quedaba claro que no mentía, que su diferencia era mucho más profunda de lo que nadie imaginaba.

Yuuto notó el silencio y se puso aún más tenso. Sus dedos comenzaron a jugar nerviosos con el borde de la manga, y sus hombros se encogieron levemente, como si esperara que le dijeran que estaba mal, o que se veía extraño.

Ayaka fue la primera en recuperar la voz, con un tono suave y sin rastro de juicio.

—Yuuto… —dijo acercándose un paso despacio—. ¿Por qué… viniste vestido así?

Yuuto no levantó la mirada. Solo abrió su libreta con manos un poco temblorosas, escribió rápido y le mostró la hoja.

“Nunca he salido a pasear con nadie. No tenía ropa para esto.”

Reika sintió que algo se le apretaba en el pecho.

Él siguió escribiendo, con trazo un poco más lento.

“Todo lo que tengo es muy grande. Esto es lo único que me quedó que no me queda enorme.”

Dudó un segundo antes de añadir la siguiente frase, como si le costara admitirlo.

“Mi madre me ayudó a elegirlo. Insistió mucho en que me lo pusiera.”

Ayaka ladeó la cabeza con ternura.

—¿Solo te ayudó a elegir?

Yuuto escribió de nuevo, y esta vez las letras se veían un poco más inestables.

“Se veía muy contenta. Incluso emocionada, cuando me vio salir de la habitación.”

En ese instante, el corazón de ambas se ablandó por completo. Entendieron perfectamente a Aoi: después de años viendo a su hijo ocultarse bajo montones de ropa, cualquier cosa que le permitiera salir sin esconderse tanto era motivo de alegría.

—Claro que estaba emocionada —dijo Ayaka con una sonrisa cálida—. Llevaba mucho tiempo esperando que quisieras salir y mostrarte tal cual eres.




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