La estación no estaba particularmente llena esa mañana, pero el flujo constante de personas era suficiente para que el ruido de pasos, conversaciones y anuncios se mezclara en un murmullo continuo que nunca se detenía.
Ayaka apoyó las manos en la baranda metálica mientras observaba el reloj digital del andén.
—Llega tarde.
Reika, a su lado, cruzó los brazos bajo el pecho con la naturalidad que siempre la caracterizaba, aunque su mirada se movía con más frecuencia de lo habitual hacia la entrada.
—No ha pasado ni un minuto desde la hora acordada.
—Para alguien como él, un minuto es una eternidad —respondió Ayaka.
Reika no discutió eso.
Porque era verdad.
Durante un año entero, Yuuto Kurosawa había vivido encerrado en una rutina mínima:
casa — escuela — casa.
Sin desvíos.
Sin salidas.
Sin amigos.
Y ahora…
Hoy era la primera vez que aceptaba salir.
Un pequeño silencio cayó entre ambas.
—¿Cómo crees que vendrá? —preguntó Ayaka de pronto.
Reika ladeó apenas la cabeza.
—¿A qué te refieres?
—Ropa —dijo Ayaka—. ¿Vendrá con su uniforme? ¿O con esa ropa gigante que usa siempre?
Reika pensó unos segundos.
—Probablemente con algo que lo cubra.
Luego añadió, con una sinceridad que no habría admitido hace meses:
—Aunque… me gustaría verlo diferente.
Ayaka sonrió apenas.
—Sí. A mí también.
No era curiosidad superficial.
Era algo más.
Era la sensación de querer conocer a alguien completo.
De repente, el flujo de personas frente a la entrada se abrió lo suficiente para revelar una figura que caminaba con pasos inseguros, como si cada uno fuera un pequeño desafío.
Ambas lo reconocieron al instante.
Yuuto.
Pero…
No.
Algo era distinto.
Muy distinto.
El impacto visual llegó primero.
Llevaba cubrebocas, sí.
Un gorro de ala ancha que proyectaba sombra sobre su rostro.
Lentes oscuros.
Seguía intentando ocultarse.
Pero la ropa…
Jeans ajustados que delineaban unas piernas delgadas y largas.
Zapatillas limpias, combinadas con el tono de la camisa.
Una prenda superior ligera que, lejos de ocultar su cuerpo, lo revelaba más de lo que él mismo parecía notar.
Y su cabello…
No estaba recogido.
Caía libre.
Plateado.
Largo hasta la cintura.
Brillando bajo la luz de la mañana como un hilo de luna.
Cualquiera que lo viera habría pensado lo mismo:
una chica hermosa intentando pasar desapercibida.
Yuuto se detuvo frente a ellas.
Y entonces ocurrió algo raro.
Por primera vez desde que lo conocían…
Ayaka y Reika se quedaron en silencio.
No porque no tuvieran palabras.
Sino porque necesitaban procesar lo que estaban viendo.
Yuuto bajó ligeramente la cabeza.
Sus manos jugaron nerviosas con el borde de la manga.
Incomodidad.
Vergüenza.
Expectativa.
Todo junto.
Ayaka fue la primera en reaccionar.
—Yuuto…
Se acercó un paso.
—¿Por qué… viniste así?
No había juicio en su voz.
Solo sorpresa.
Yuuto abrió su cuaderno.
Escribió rápido.
Les mostró la página.
“Nunca he salido con amigos.”
Reika sintió algo apretarse dentro del pecho.
Yuuto continuó escribiendo.
“No tengo ropa casual.”
“Esto es lo único que encontré.”
Yuuto dudó unos segundos antes de escribir.
Sus dedos se movieron con más lentitud esta vez.
“Mi madre me ayudó un poco.”
Ayaka inclinó la cabeza.
—¿Un poco?
Yuuto escribió otra línea.
“Insistió.”
Reika alzó apenas una ceja.
Yuuto continuó.
La tinta se volvió ligeramente irregular.
“Parecía… emocionada.”
“Cuando me vio salir.”
Algo dentro del pecho de ambas se suavizó al instante.
Ayaka sonrió con ternura.
—Claro que estaba emocionada.
Reika asintió, con una calma casi solemne.
—Tu madre llevaba mucho tiempo esperando este día.
Yuuto bajó la mirada.
Luego añadió una última frase.
“No podía decirle que no.”
“Lo siento si es raro.”
Ayaka abrió los ojos.
—¿Raro?
Reika suspiró con suavidad, casi imperceptible.
—Yuuto…
Dio un paso más cerca.
Lo suficientemente cerca como para ver el leve temblor en sus dedos.
—No es raro.
Ayaka apoyó las manos en sus caderas.
—Es adorable.
Yuuto se quedó inmóvil.
Procesando.
Confundido.
Entonces escribió de nuevo.
“Me siento incómodo.”
Reika respondió sin dudar:
—Es normal.
Ayaka asintió.
—Pero viniste.
Ese era el punto.
Yuuto bajó la mirada.
El viento movió ligeramente su cabello plateado.
Había vergüenza, sí.
Pero también…
Orgullo pequeño.
Muy pequeño.
Entonces escribió una última frase.
La tinta tembló un poco.
“No quería decirles que no.”
El silencio que siguió fue distinto.
No pesado.
No incómodo.
Era cálido.
Porque ambas entendieron algo al mismo tiempo:
Yuuto había tenido miedo.
Pero aun así…
Había venido.
Ayaka sonrió con una energía que siempre arrastraba el ambiente consigo.
—Entonces no hay problema.
Reika ajustó ligeramente sus gafas.
—Hoy salimos.
Ayaka levantó el brazo con entusiasmo.
—¡Primera misión oficial como amigos!
Yuuto parpadeó.
Confusión.
Pero también…
Una emoción nueva que aún no sabía nombrar.
Y por primera vez desde que salió de casa esa mañana…