La cafetería había recuperado su ritmo habitual.
Las conversaciones volvieron a fluir entre las mesas, el sonido de las tazas regresó a su lugar natural dentro del ambiente y el murmullo general se transformó otra vez en ese fondo constante que acompañaba a cualquier lugar lleno de gente.
Pero las miradas seguían ahí.
Era inevitable.
Varias personas ya habían presenciado el momento en que Yuuto, sin darse cuenta, se había quitado el cubrebocas y los lentes mientras comía el pastel. Aunque ahora volvía a estar cubierto, el impacto de aquel instante seguía flotando en el aire como una curiosidad imposible de ignorar.
Aun así, Yuuto no reaccionaba como lo habría hecho semanas atrás.
No se encogía.
No escondía la cabeza.
No evitaba moverse.
Simplemente permanecía sentado junto a Ayaka y Reika, escuchando la conversación con atención.
Su mirada no se desviaba hacia las otras mesas.
No buscaba comprobar quién lo observaba.
Estaba concentrado en ellas.
—Te juro que el profesor de historia disfruta hacernos repetir trabajos —decía Ayaka mientras jugaba con la cuchara de su bebida—. No puede ser casualidad que siempre pida correcciones justo antes de vacaciones.
Reika bebió un sorbo de su café frío antes de responder.
—No es casualidad.
Ayaka levantó una ceja.
—¿Ah no?
—Control.
Ayaka suspiró.
—Sabía que ibas a decir algo así.
Yuuto escribió algo en su cuaderno.
Giró la libreta hacia ellas.
“Tal vez no quiere que se relajen demasiado.”
Ayaka abrió los ojos.
—¿Tú también?
Reika dejó escapar una pequeña risa.
—Argumento válido.
Y fue entonces cuando una voz nueva apareció junto a la mesa.
—Vaya… qué coincidencia.
Las tres cabezas levantaron la mirada.
Minori.
La enfermera escolar estaba de pie a un lado de la mesa, sosteniendo un vaso de café, observándolas con una mezcla curiosa de sorpresa y diversión.
—No esperaba encontrar a las dos figuras más ocupadas del Instituto Seiryuu pasando la tarde aquí —comentó con una sonrisa ligera.
Ayaka se reclinó en la silla.
—Los líderes también necesitan descanso.
Reika inclinó ligeramente la cabeza en saludo.
—Buenas tardes, Minori-sensei.
La enfermera respondió al gesto con naturalidad… y entonces notó a la tercera persona sentada con ellas.
Sus ojos se detuvieron un momento en la figura frente a ella.
Cabello plateado largo.
Sombrero.
Cubrebocas.
Gafas oscuras.
Una presencia que llamaba la atención incluso sin mostrar el rostro.
—¿Y tu amiga? —preguntó con curiosidad tranquila.
Ayaka sonrió.
—Ah, sí. Ella es—
Reika respondió antes.
—Una amiga.
Minori asintió con amabilidad.
—Encantada.
Yuuto tomó su cuaderno.
Escribió rápidamente y giró la página hacia ella.
“Mucho gusto.”
La enfermera bajó la mirada hacia la libreta.
Y en ese instante algo cambió.
No fue una reacción exagerada.
No fue sorpresa abierta.
Fue reconocimiento.
Sus ojos recorrieron la escritura con calma.
La inclinación de las letras.
La presión del trazo.
La manera particular en que ciertas curvas se cerraban al final de las palabras.
Una pequeña sonrisa apareció lentamente en sus labios.
—Ya veo…
Levantó la mirada hacia el rostro cubierto.
Luego hacia el cabello plateado.
Luego otra vez hacia la libreta.
—Kurosawa.
Ayaka dejó escapar un suspiro silencioso.
Reika cerró los ojos un segundo, como si hubiera esperado exactamente eso.
Yuuto parpadeó detrás de los lentes.
Minori señaló la libreta con un gesto leve.
—Reconocería esta caligrafía en cualquier parte.
Apoyó el vaso de café sobre la mesa sin dejar de observarlo.
—Además, eres el único estudiante que conozco que usa una libreta como voz.
El silencio que siguió no fue incómodo.
Porque su tono no tenía juicio.
Ni reproche.
Solo una comprensión tranquila.
Minori observó con más atención a Yuuto.
Y entonces, lentamente, empezó a entender.
El cabello largo.
La figura delicada.
La manera en que escondía el rostro.
La tensión que todavía existía en sus hombros incluso estando sentado con personas de confianza.
Era fácil imaginar lo que aquello significaba dentro de una escuela llena de estudiantes.
Pero también era evidente otra cosa.
Ayaka y Reika no estaban actuando por capricho.
Había una razón.
Minori tomó asiento en la silla libre junto a la mesa.
—Bien —dijo finalmente, apoyando los codos sobre la superficie—. Creo que ahora entiendo un poco más.
Ayaka y Reika intercambiaron una breve mirada.
Minori continuó, su voz tranquila pero directa.
—Sé que ustedes dos han tenido problemas con el director Aoyama últimamente.
Sus ojos se movieron entre ambas.
—Y también sé que ese problema tiene un nombre.
Miró a Yuuto.
—Kurosawa.
No era una acusación.
Era una constatación.
Luego añadió con sinceridad absoluta:
—Ahora puedo entender por qué.
Sus dedos se entrelazaron sobre la mesa.
—Pero quiero escucharlo de ustedes.
Miró primero a Ayaka.
Luego a Reika.
Y finalmente a Yuuto.
—Porque antes de decidir si voy a involucrarme directamente…
—quiero saber exactamente qué está pasando.
La cafetería seguía llena de murmullos.
Las miradas seguían existiendo.
Pero alrededor de aquella mesa el ambiente había cambiado.
Porque lo que estaba comenzando allí no era solo una conversación.
Era una decisión.
Y dependiendo de lo que escuchara…
Minori podría convertirse en algo mucho más importante para Yuuto que solo la enfermera de la escuela.