El pastel resultó ser más dulce y suave de lo que parecía a simple vista.
Ayaka fue la primera en probarlo, exagerando su reacción como hacía siempre con todo lo que le gustaba.
—¡Esto está increíble! —declaró, llevándose una mano al pecho con fingida emoción—. Confirmo totalmente que ser amable y agradecer trae sus recompensas.
Reika tomó solo un bocado pequeño, con una elegancia medida y contenida, y asintió con calma.
—La textura es fina y el sabor equilibrado. La calidad es más que adecuada.
Yuuto observaba en silencio, y detrás de la tela negra de su cubrebocas se dibujaba una sonrisa leve, casi imperceptible. Tomó el tenedor con sus dedos enguantados, cortó un pedazo pequeño y se lo llevó a la boca con cuidado.
La crema se deshizo al instante en su lengua: suave, ligera, dulce, pero sin empalagar, totalmente distinta a las comidas sencillas que solía prepararse en casa. Mientras masticaba con calma, sintió que la humedad se iba acumulando en la tela del cubrebocas, volviéndolo incómodo contra su piel.
Sin pensarlo dos veces, por puro instinto y costumbre, levantó la mano.
Sin analizarlo.
Sin anticipar nada.
Sin ser consciente del entorno.
Se quitó primero el cubrebocas, y acto seguido las gafas oscuras. Fue un movimiento rápido, simple, automático, como si estuviera en la soledad de su habitación.
Y en ese instante…
El tiempo pareció detenerse sobre la mesa.
Su cabello plateado, que hasta entonces estaba parcialmente oculto bajo el gorro, cayó libre y suelto en mechones brillantes alrededor de su rostro, como un manto de luz pálida. La luz dorada del atardecer que entraba por los ventanales se reflejó directamente en sus ojos claros, resaltando su brillo suave y profundo.
A la vista quedaba una piel inmaculada, pálida y fina, sin una sola marca o imperfección. Y sobre todo, unos rasgos de una delicadeza y armonía imposibles de ignorar: facciones suaves, líneas dulces, una nariz pequeña y bien formada, labios de un tono rosado natural… en definitiva, un rostro que no tenía nada de masculino. Era la cara de una chica de una belleza extraordinaria, casi etérea, que parecía sacada de una pintura.
No era una belleza llamativa o agresiva, sino suave, serena, tan perfecta que parecía irreal. Quien lo mirara no dudaría ni un segundo en ver ante sí a una joven hermosa, sin imaginar que en realidad era un chico.
Durante un segundo que pareció durar minutos, nadie pronunció ni una sola palabra.
En las mesas cercanas, las conversaciones se cortaron en seco a mitad de frase. El tintineo de cubiertos cesó, y cuando una cucharilla resbaló de entre los dedos de alguien y cayó sobre el plato, el sonido resonó con una claridad inusual en el silencio repentino. Incluso el tendero, que limpiaba vasos al fondo, levantó la vista de inmediato y se quedó observando sin disimulo.
No hubo gritos, ni exclamaciones, solo esa mirada de asombro contenido.
Ayaka y Reika también lo miraron, y aunque ya conocían su rostro y sabían su verdad, tampoco pudieron evitar sentir ese mismo impacto: ver a alguien con una apariencia tan delicada y hermosa, que parecía frágil y valiosa, obligándose a ocultarse detrás de telas y gafas como si esa belleza fuera algo vergonzoso o peligroso.
Yuuto no notó nada al principio. Solo estaba concentrado en pasar una servilleta limpia por el interior del cubrebocas para secarlo, con la calma de quien está solo. Pero de pronto, esa sensación familiar pero aguda lo envolvió: el silencio. Un silencio que no era el de la tranquilidad, sino el de la atención fija.
Levantó la vista con lentitud, y sus ojos se encontraron con decenas de miradas clavadas en él, llenas de curiosidad y asombro.
Su cuerpo reaccionó antes que su mente. El corazón comenzó a latirle con fuerza y rapidez, los hombros se tensaron de golpe y el impulso instintivo volvió a aparecer: cubrirse, esconderse, desaparecer antes de que pudieran juzgarlo.
Pero antes de que sus manos se movieran para tomar de nuevo el cubrebocas, Ayaka intervino. No gritó, no hizo gestos exagerados, ni le dijo que se cubriera o que se quedara. Simplemente habló con la misma naturalidad de siempre, como si nada hubiera cambiado.
—Oye, Yuuto —dijo con voz relajada, alargando la mano para tomar el tenedor—. ¿Me dejas otro pedazo? Está demasiado rico para dejarlo.
Reika captó la señal al instante y siguió el mismo tono, con su calma habitual.
—Tiene una proporción de crema muy agradable. Sería una lástima que se enfríe.
Yuuto parpadeó, confundido por un segundo. La conversación seguía igual que antes. Las palabras eran las mismas, el tono no variaba, y a pesar de que sentía todas esas miradas sobre su piel, la atmósfera en su propia mesa seguía siendo cálida y segura.
Ayaka sonrió levemente, sin burla ni sorpresa, y añadió como si fuera un comentario sin importancia:
—Por cierto, te ves mucho mejor sin las gafas. Se te notan más los ojos, y quedan perfectos con ese cabello.
Lo dijo como si le comentara que le quedaba bien una prenda de ropa, sin convertirlo en un gran acontecimiento ni en algo que debiera avergonzarlo.
Yuuto dudó un segundo, luego dos. Esperaba que llegara el pánico, que volviera esa sensación de vulnerabilidad extrema… pero no ocurrió. Porque nada a su alrededor había cambiado para mal: sus amigas seguían siendo las mismas, nadie le gritó ni le hizo señas, y la atención de los demás, aunque intensa, no venía cargada de rechazo ni miedo.
Así que, muy despacio, relajó un poco los hombros.
Se quedó allí, sentado, con el rostro totalmente descubierto, respirando con calma, existiendo tal cual era, sin ocultarse detrás de nada.
Poco a poco, el murmullo de la cafetería fue regresando, las miradas se desviaron de nuevo hacia sus propias mesas y la normalidad volvió a imponerse. Y en ese proceso, algo muy pequeño pero importante se fue asentando en el interior de Yuuto.