La tarde continuó después de salir de la cafetería con una calma ligera que ninguno de los tres quiso romper. El aire del exterior estaba más fresco que antes, y el movimiento constante de la gente por las calles del centro comercial les daba esa sensación extraña de estar dentro de un mundo enorme donde todos avanzaban sin detenerse demasiado en nadie… aunque, en el caso de Yuuto, eso no fuera del todo cierto.
Aun con el cubrebocas, los lentes oscuros y el gorro que intentaba ocultar parte de su presencia, seguía llamando la atención. Era inevitable. Su cabello plateado, largo y brillante incluso bajo la sombra de la tela, era demasiado inusual como para pasar desapercibido, y su figura delicada hacía que más de una persona girara la cabeza por simple curiosidad.
Sin embargo, algo había cambiado.
Yuuto ya no caminaba con la misma tensión rígida de antes. No iba completamente relajado, todavía no, pero sus pasos ya no tenían esa urgencia silenciosa de quien quiere cruzar el mundo sin dejar huella. Caminaba entre Ayaka y Reika, escuchándolas hablar, y eso parecía suficiente para mantenerlo en calma.
—Todavía no entiendo cómo puedes comer cosas tan picantes sin llorar —decía Ayaka mientras caminaba con las manos detrás de la espalda—. La otra vez probé una salsa que decía “nivel medio” y sentí que veía a mis ancestros.
Reika la miró de reojo.
—Eso explica muchas cosas.
Ayaka giró hacia ella con una expresión ofendida.
—¿Qué se supone que significa eso?
—Que tu resistencia es cuestionable.
—¡Mi resistencia no es cuestionable! Solo no quiero morir por una salsa.
Reika acomodó sus gafas con total tranquilidad.
—Entonces confirma mi punto.
Ayaka soltó un bufido y luego miró a Yuuto.
—No me mires así.
Yuuto, que ya había sacado su libreta, escribió unas pocas palabras y se las mostró.
“No dije nada.”
Ayaka entrecerró los ojos.
—Tu libreta se está volviendo demasiado insolente.
Reika dejó escapar una risa pequeña y rara vez audible.
—Yo diría que apenas está empezando.
Ayaka llevó una mano a su pecho con dramatismo.
—Increíble. Primero Minori-sensei y ahora ustedes dos. He sido traicionada demasiadas veces en un solo día.
Yuuto volvió a escribir.
“La salsa ganó.”
Reika se cubrió la boca con una mano, intentando ocultar la risa que de todos modos se le escapó en los ojos.
Ayaka se quedó mirando la página unos segundos antes de llevarse una mano a la frente.
—Ya está. Lo perdimos. Ahora también hace bromas.
Yuuto cerró apenas la libreta, y aunque seguía cubierto, su postura dejaba ver una ligereza nueva, una comodidad pequeña pero real.
Continuaron caminando así, acompañados por el ruido de las tiendas, las conversaciones ajenas y el reflejo cálido de la tarde sobre los ventanales. Fue entonces cuando, en medio de ese paseo sin rumbo demasiado definido, algo cambió.
Ayaka dio un paso más.
Reika también.
Y tras un par de segundos ambas se dieron cuenta al mismo tiempo de que el espacio entre ellas estaba vacío.
Se detuvieron.
Giraron la cabeza casi al mismo tiempo.
Yuuto ya no estaba a su lado.
No se había ido lejos.
Solo se había quedado atrás.
Estaba quieto a unos metros de distancia, frente a una tienda iluminada por luces de colores, pantallas brillantes y sonidos electrónicos que escapaban cada vez que la puerta automática se abría para dejar entrar o salir a alguien.
Un arcade.
Máquinas de juego. Máquinas de garra. Música digital mezclándose con efectos de victoria, derrotas, monedas y voces pregrabadas.
Yuuto estaba de pie frente a la entrada como si el tiempo se hubiera detenido alrededor de él.
Llevaba todavía los lentes puestos, así que sus ojos no podían verse del todo con claridad, pero ni siquiera eso bastaba para ocultarlo. Había algo en su postura, en la leve inclinación de su cuerpo hacia el local, en la forma en que su atención estaba completamente atrapada por las luces del interior, que lo decía todo por él.
Sus ojos brillaban.
No hacía falta verlos directamente para entenderlo.
Ayaka fue la primera en sonreír.
Una sonrisa lenta, divertida, casi tierna.
—Ah…
Reika también lo notó de inmediato.
Y por una vez, su expresión seria se suavizó con una claridad imposible de ocultar.
—Ya veo.
Yuuto seguía mirando el arcade, como si intentara convencerse a sí mismo de seguir caminando. Como si entrar fuera pedir demasiado. Como si desear algo tan simple todavía le resultara difícil.
Ayaka cruzó los brazos.
—Quiere entrar.
Reika asintió.
—Definitivamente quiere entrar.
Yuuto reaccionó recién cuando escuchó sus voces. Giró el rostro hacia ellas con un pequeño sobresalto y levantó ambas manos de inmediato, negándolo todo con gestos apurados.
No.
No era eso.
Podían seguir caminando.
No hacía falta entrar.
Sus manos se movían con torpeza nerviosa mientras intentaba deshacer, con pura negación muda, lo que su cuerpo había confesado por él.
Ayaka lo miró con los ojos entrecerrados.
—Yuuto.
Reika dio un paso hacia él.
—Esa ha sido la negación menos convincente que he visto en mucho tiempo.
Yuuto volvió a mover las manos, esta vez todavía más rápido, como si con eso pudiera borrar la escena completa. Luego abrió su libreta con torpeza y escribió a toda velocidad.
“Solo estaba mirando.”
Ayaka leyó la frase y levantó una ceja.
—Claro.
Reika observó la libreta y añadió, sin rastro de duda:
—Eso no mejora tu caso.
Yuuto bajó un poco la cabeza. Incluso con el cubrebocas puesto era fácil imaginar la vergüenza escondiéndose debajo. Volvió a escribir.
“No hace falta entrar.”
Ayaka y Reika intercambiaron una mirada.
Fue una mirada breve.
Peligrosa.
Del tipo que anunciaba una decisión tomada sin necesidad de hablarla demasiado.