La noche había caído por completo.
En su habitación, Yuuto dormía con el celular a un lado y el peluche entre los brazos, su respiración tranquila marcando un ritmo que no había tenido en mucho tiempo. La luz de la luna se filtraba por la ventana, dibujando líneas suaves sobre las sábanas y sobre su cabello plateado, que reposaba extendido como si nada en ese pequeño mundo donde no hacía falta esconderse.
Abajo, el silencio de la casa volvía a instalarse con esa calma que llega después de un día demasiado intenso.
Pero en otro lugar… la noche no estaba tan tranquila.
El teléfono de Ayaka vibró una vez más.
La videollamada ya estaba activa.
Reika apareció primero en pantalla, con el rostro sereno pero la mirada más dura de lo habitual. No parecía cansada, pero sí concentrada, como si llevara rato ordenando ideas.
Un segundo después, Minori se conectó.
—Pensé que tardarían más —comentó con naturalidad, apoyando el mentón en la mano.
Ayaka no sonrió.
Eso ya decía bastante.
—No podía dormir —admitió—. Sigo pensando en lo de hoy.
Reika asintió apenas.
—Era inevitable.
Minori las observó en silencio unos segundos antes de hablar.
—Cuéntenme.
Ayaka tomó aire.
—Hoy… Yuuto no se escondió.
No fue una frase larga.
Pero el peso fue inmediato.
Reika añadió, con calma:
—No de forma consciente. Pero no intentó huir cuando se dio cuenta.
Ayaka bajó un poco la mirada.
—Se quedó. Temblando… pero se quedó.
Un pequeño silencio se instaló entre las tres.
Minori no interrumpió.
Esperó.
—Y lloró —continuó Ayaka, más bajo—. Pero no como antes.
Reika completó la idea.
—No era miedo puro.
Minori inclinó ligeramente la cabeza.
—Entonces está cambiando.
No era una pregunta.
Era una conclusión.
Ayaka levantó la mirada.
—Sí… pero eso es lo que me preocupa.
Minori no respondió de inmediato.
Reika lo hizo primero.
—Porque mientras más cómodo se sienta…
—más expuesto queda —terminó Ayaka.
Minori exhaló suavemente.
—Exacto.
Se acomodó en su asiento, ahora con un tono más serio.
—Lo que pasó hoy ocurrió fuera de la escuela. Con personas que no saben quién es, que no tienen una historia previa sobre él, que no arrastran prejuicios.
Reika cruzó los brazos.
—Y aun así, la reacción fue silencio.
Ayaka apretó un poco el teléfono entre sus manos.
—En la escuela no será así.
Minori negó con suavidad.
—No.
Su mirada se volvió más firme.
—En la escuela ya existe una narrativa.
Un segundo de silencio.
—Rumores. Miedo. Interpretaciones equivocadas.
Reika asintió.
—Y personas que no querrán aceptar que estaban equivocadas.
Ayaka frunció el ceño.
—O que no sabrán cómo acercarse después de todo lo que dijeron.
Minori apoyó los codos sobre la mesa.
—Ese es el problema.
Las miró directamente a ambas.
—No todos van a reaccionar igual.
Su tono no era alarmista.
Era claro.
—Algunos sentirán culpa. Otros curiosidad. Otros… rechazo.
Ayaka tragó saliva.
Reika no apartó la mirada.
—Y si alguien decide empujar esa narrativa otra vez… —añadió Reika— el impacto será mayor.
Minori asintió.
—Porque ahora hay algo que antes no había.
Ayaka susurró:
—Visibilidad.
Minori sostuvo la mirada.
—Exacto.
Un silencio más pesado se instaló.
Esta vez no era reflexión.
Era anticipación.
Ayaka fue la primera en romperlo.
—Entonces… ¿qué hacemos?
Minori no dudó.
—Prepararnos.
Reika inclinó apenas la cabeza.
—¿Para qué exactamente?
Minori respondió con calma.
—Para que, cuando eso pase…
Hizo una pequeña pausa.
—Yuuto no esté solo.
Las tres quedaron en silencio.
Pero esta vez no había duda.
No había indecisión.
Había una certeza compartida.
Porque lo que había ocurrido ese día no era el final de algo.
Era el inicio.
Y si el mundo iba a volver a mirar a Yuuto…
Entonces ellas también estarían ahí.
No para esconderlo.
Sino para sostenerlo.
—Lunes por la mañana—
El lunes llegó demasiado rápido. Para el resto del mundo, solo era el inicio de una nueva semana de clases, tareas y rutinas que se repetían sin cambios. Pero para Yuuto Kurosawa, no era un día cualquiera. Desde que cruzó la entrada del Instituto Seiryuu, lo sintió de inmediato.
Nadie lo había señalado aún, nadie había dicho nada en voz alta. Y aun así, el aire alrededor se sentía distinto. Las miradas seguían estando ahí, pero ya no eran solo de rechazo o indiferencia; había algo nuevo mezclado en ellas: duda, curiosidad, y una pequeña dosis de sorpresa que no había antes. Yuuto caminaba como siempre, cubierto por su ropa holgada, la capucha puesta, el cubrebocas y los lentes que le servían de escudo. Pero esta vez, sus pasos no tenían esa urgencia silenciosa de quien quiere desaparecer. Eran más firmes, más tranquilos. Simplemente avanzaba.
A su lado, Minori caminaba con total naturalidad, sin tratarlo como a alguien extraño ni como a alguien que debía ser protegido. Era simplemente alguien que estaba a su lado, y esa actitud por sí sola llamaba la atención. Minori no pasaba desapercibida; desde que había llegado al instituto, su presencia era imposible de ignorar. Su calma, su forma de hablar y esa seguridad que transmitía hacían que muchos pensaran que era demasiado especial para ser solo la enfermera. Incluso la enfermería había empezado a recibir más visitas de lo habitual, algunas con excusas tontas, otras solo para verla.
Pero ahora, ella caminaba junto a Yuuto: el chico que todos evitaban, del que se hablaba en susurros, y lo hacía como si fuera lo más normal del mundo.
—Recuerda —decía Minori con voz suave, mientras avanzaban por el pasillo—. No tienes que reaccionar a todo lo que veas o escuches hoy.