La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 25: Las sombras detrás del escritorio

La oficina del director estaba envuelta en un silencio profundo, roto solo por el sonido suave del reloj de pared que marcaba el tiempo con calma y el ligero roce de los dedos de él al golpear lentamente la superficie del escritorio de madera oscura.

El director estaba de pie junto a la ventana, mirando hacia abajo.

Desde allí podía ver gran parte del patio central del instituto: grupos de estudiantes caminando entre los edificios, algunos sentados bajo los árboles conversando, risas que sonaban lejanas y normales, toda la rutina cotidiana que él conocía tan bien.

Y en medio de todo ese movimiento…

estaba Yuuto Kurosawa.

No estaba solo.

A su derecha caminaba Ayaka, con esa postura segura y abierta que siempre lo caracterizaba. A su izquierda iba Reika, con su elegancia tranquila y esa mirada que ya no tenía nada de distancia. Unos pasos detrás, Minori hablaba con él como si fuera lo más natural del mundo, sin mostrar ni un solo rastro de la distancia o la desconfianza que muchos esperaban ver.

El director entrecerró los ojos, y una expresión de desagrado se dibujó en su rostro.

No le gustaba nada de lo que estaba viendo.

Porque lo que ocurría frente a sus ojos era exactamente lo que había intentado evitar desde el principio. Yuuto ya no era el chico aislado que todos evitaban sin preguntar. Estaba empezando a dejar de ser “el extraño”.

Y mientras más personas se acercaran a él, más difícil sería mantener el control que había logrado imponer durante tanto tiempo.

—Molesto…

La palabra salió de sus labios casi en un suspiro, cargada de frustración.

Tomó un expediente que estaba sobre su mesa. No era grueso, ni tenía hojas llenas de incidentes graves. En realidad, nunca había existido una razón verdadera para tratarlo de esa manera. Todo había nacido de rumores, de comentarios susurrados, de miedos exagerados y de la comodidad de dejar que alguien más fuera el chivo expiatorio.

Era mucho más fácil aislar a Yuuto que arriesgarse a que su presencia generara problemas que nadie quería enfrentar.

Pero ahora ya no era solo él.

Ahora estaba Ayaka, la presidenta del consejo estudiantil, una de las alumnas más respetadas e influyentes de toda la escuela. Y estaba Reika, su mano derecha, igual de conocida y firme. Y para colmo, estaba Minori-sensei, la nueva enfermera que había llegado hacía pocas semanas y que ya había conseguido una posición de confianza entre estudiantes y profesores.

Todos se habían acercado a él.

Y eso rompía todo lo que él había construido.

—Esto ya pasó la raya… —murmuró el director, golpeando el escritorio una vez con los nudillos, un sonido seco que rompió el silencio de la habitación.

Tomó el teléfono interno y marcó un número corto.

—Llame al subdirector Takemura. Digo, ahora mismo.

No tardaron ni dos minutos en tocar la puerta.

—Adelante.

La puerta se abrió despacio y entró un hombre de unos cuarenta y tantos años, vestido con un traje gris oscuro, lentes de marco rectangular y una expresión que intentaba parecer firme y autoritaria, aunque en realidad siempre tenía el aire de alguien que solo buscaba la aprobación de los demás.

Takemura.

Uno de los encargados de la disciplina y la administración general del instituto. Alguien que prefería seguir las órdenes antes que tomar sus propias decisiones.

—Me llamó, director.

El director señaló con un movimiento de cabeza la silla frente a su escritorio.

—Siéntese.

Takemura se sentó de inmediato, con la espalda recta y una mezcla de curiosidad y nerviosismo.

El director permaneció en silencio unos segundos más, dejando que la tensión creciera lentamente. Era algo que solía hacer: dejar que el otro se preguntara qué estaba pasando, que se sintiera pequeño antes de hablar.

—¿Cómo ve el ambiente de la escuela últimamente? —preguntó finalmente.

Takemura parpadeó, sorprendido por la pregunta. No esperaba algo tan general.

—Bueno… todo parece normal, supongo. No hay problemas graves.

—¿Normal? —repitió el director, apoyando los codos sobre la mesa y mirándolo fijamente—. Porque yo no lo veo así.

Takemura enderezó aún más la espalda.

—¿Se refiere a algún caso en específico?

El director tomó el expediente de Yuuto y lo deslizó sobre la mesa frente a él.

—Yuuto Kurosawa.

Solo ese nombre fue suficiente. Takemura lo reconoció al instante. Casi todos los profesores y miembros del personal sabían quién era, no por sus notas ni su comportamiento, sino por lo que se decía de él. Por las miradas, por la incomodidad que parecía traer consigo sin querer.

—Últimamente su presencia está generando divisiones entre los alumnos —continuó el director con voz baja y clara—. Hay comentarios innecesarios, distracciones, tensiones que no deberían existir.

Takemura guardó silencio. No sabía bien qué responder.

—Lo peor —añadió el director— es que ya no está solo. La presidenta y la vicepresidenta se han acercado demasiado a él. Y ahora incluso la enfermera.

Hizo una pequeña pausa, dándole tiempo a que comprendiera la gravedad de lo que decía.

—No es normal.

Takemura bajó la mirada hacia la carpeta, sintiendo un escalofrío leve.

—¿Cree que el problema sea tan grande como para preocuparnos?

El director entrecerró los ojos.

—¿Está dudando de lo que digo?

La voz se volvió más fría. Takemura tragó saliva de inmediato y negó con la cabeza con rapidez.

—No, para nada. Solo… quería asegurarme de entender bien la situación.

—Lo que digo es muy simple —siguió el director, con una calma que resultaba aún más amenazante—. Ese chico está influyendo en quienes lo rodean de una forma que no es natural. No es normal que las personas más importantes de la escuela, e incluso un miembro del personal, se acerquen tanto a un solo alumno que siempre ha estado apartado.




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