La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 27: La voz que había permanecido escondida

La pregunta de la madre de Yuuto quedó suspendida en el aire, pesada y silenciosa.

—¿Siguen dispuestas a cargar con todo eso por él?

Nadie respondió de inmediato. No porque dudaran, sino porque la pregunta era demasiado grande, demasiado profunda. Ya no se trataba solo de ayudar a alguien tímido o de protegerlo de las burlas; ahora conocían la verdad completa: sabían cuántas veces se había roto, cuánto dolor llevaba dentro y que detrás de cada gesto reservado había alguien que llevaba años luchando solo por sobrevivir.

Ayaka bajó la mirada, Reika apretó los puños, Shiori observó el suelo, Airi tenía los ojos húmedos y Minori respiró hondo buscando fuerzas para responder. Pero antes de que cualquiera pudiera hablar, la cortina se movió suavemente.

Todas giraron al mismo tiempo y el tiempo pareció detenerse.

Yuuto estaba ahí, de pie, quieto, con los ojos todavía rojos por el llanto y el cabello plateado cayendo desordenado alrededor de su rostro. Pero lo que más las impactó fue que ya no llevaba la sudadera enorme: por primera vez ante ellas, sin esa capa que lo había protegido durante tanto tiempo, solo vestía una camisa clara y holgada que dejaba ver lo delgado de sus brazos, sus hombros estrechos y la silueta suave que siempre había tratado de ocultar. Se veía pequeño, frágil, como si le costara sostenerse en pie, pero no se escondió.

Llevaba su libreta en una mano y, por un instante, todas pensaron que volvería a escribir para no hablar. Pero Yuuto no la abrió. Sus dedos temblaban, su respiración se entrecortaba y, con un esfuerzo inmenso, alzó apenas la vista y habló:

—Y-yo…

El aire pareció faltar en la habitación. Nadie esperaba escucharlo. Nadie, salvo su madre, había oído jamás su voz. Era una voz suave, muy fina y delicada, con un tono dulce que encajaba perfectamente con su rostro y que llevaba guardada tanto tiempo que sonaba casi tímida de sí misma.

—L-lo siento… —susurró— No… no quería asustarlas.

Ayaka sintió que el corazón se le encogía. Incluso ahora, después de todo lo que había sufrido, él seguía preocupándose por no molestar a los demás.

—Yo… no quería que me vieran así —continuó, bajando la mirada—. No quería romperme delante de ustedes.

Nadie habló. Todas sabían que una palabra fuera de lugar podría hacer que se encerrara de nuevo. Yuuto respiró hondo y levantó los ojos lentamente, recorriéndolas una a una hasta detenerse en su madre.

—Pero… gracias —dijo con voz quebrada—. Gracias por todo. Gracias por quedarse conmigo. Gracias por hacerme sentir que no todo estaba perdido.

Las lágrimas volvieron a llenarle los ojos, pero esta vez no apartó la mirada.

—Pero… —siguió, con un temblor nuevo en la voz— no quiero que sigan conmigo por obligación. No quiero que lo hagan porque les doy pena. No quiero que carguen con todo esto solo porque ahora saben lo que me pasó. No quiero… que se queden conmigo por lástima.

Bajó la cabeza por completo, preparándose para el rechazo que su corazón todavía esperaba. Pero entonces escuchó pasos acercarse. Alguien se detuvo frente a él y, con un golpe suave en la frente, lo hizo alzar la vista: era Reika.

—Eres demasiado bueno —dijo con firmeza, aunque su mirada estaba llena de ternura—. Siempre pones a todos antes que a ti mismo, y eso ya no va a ser así.

Le tomó suavemente el mentón para que no apartara la vista.

—Escúchame bien: no estamos aquí por lástima. No estamos aquí por obligación. Estamos aquí porque tú vales la pena. Porque eres una persona maravillosa que ha sufrido demasiado sin merecerlo. Así que empieza a ser un poco egoísta y piensa en ti por una vez. No vas a librarte de nosotras tan fácilmente.

Yuuto se quedó sin palabras; nadie le había dicho nunca algo así. Antes de que pudiera reaccionar, Ayaka se acercó con una sonrisa decidida y le tomó el rostro entre las manos, estirándole un poco las mejillas con suavidad.

—¡Y yo tampoco me voy a ir! —exclamó—. ¿Crees que después de todo lo que hemos visto vamos a dejarte solo? ¡Ni lo sueñes! Me quedaré contigo para que aprendas a confiar, para que dejes de pensar que estorbas, para que veas que mereces todo lo bueno que te pasa. Y si hace falta regañarte para que te des cuenta, lo haré todos los días. ¡Ya no te vamos a soltar!

Yuuto intentó protestar, pero su voz salió apenas un susurro débil, y eso solo hizo que Ayaka sonriera con más cariño.

—¿Lo oíste? —continuó ella—. No importa cuánto intentes alejarnos, nosotras vamos a quedarnos. Vamos a quedarnos hasta que te des cuenta de que ya no estás solo.

Entonces Shiori dio un paso adelante y, sin decir nada al principio, lo abrazó con mucha suavidad, como cuidando de algo que temía romper. Yuuto se quedó rígido un instante, pero poco a poco sus manos descansaron con timidez sobre su espalda.

—Yo estuve ahí cuando llegaste —empezó a decir ella con voz serena—. Al principio yo también vi lo que todos querían ver: a alguien distante, a alguien que se esconde. Pero luego me di cuenta de que no eres eso. Eres valiente, eres noble, eres la persona más dulce que he conocido. Y no me quedo por lo que te pasó, ni por lo que vi hoy. Me quedo porque quiero estar a tu lado mientras vas sanando, porque quiero ver cómo vuelves a ser tú mismo, porque quiero que sepas que siempre tendrás un lugar seguro conmigo. No te voy a fallar.

Cuando Shiori se apartó un poco, Airi se acercó despacio, con las manos entrelazadas y las mejillas sonrojadas, pero con una determinación que antes no tenía.

—Yo sé que no te conozco tanto como ellas —dijo con voz suave pero firme—. Sé que todavía me falta mucho por saber, pero lo que he visto me basta para saber que no quiero irme. Quiero aprender a conocerte de verdad, quiero escucharte hablar, quiero que sepas que también puedes contar conmigo. No soy tan valiente como ellas, pero haré todo lo posible para estar a tu lado. Así que… tampoco me voy a ir.




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