La luz se filtraba despacio al interior de la habitación.
Era algo tan sencillo que podría haber pasado desapercibido para cualquiera, pero para Yuuto tenía un peso especial, un significado que iba mucho más allá de lo evidente. Sus párpados se separaron lentamente, aún cargados por la pesadez del sueño, y durante unos instantes se quedó inmóvil mirando hacia el techo, envuelto en ese silencio que siempre había acompañado sus despertares. Sin embargo, en esta ocasión, todo se sentía diferente.
El aire ya no tenía esa densidad opresiva de antaño.
El espacio que ocupaba había dejado de parecer una caja cerrada para convertirse simplemente en su refugio.
Antes, abrir los ojos al despertar era como salir a la luz desde lo más profundo de una jaula: todo era oscuridad, y aunque esa oscuridad le había dado seguridad durante mucho tiempo, también le había privado de libertad, asfixiándole poco a poco sin que se atreviera a admitirlo. Pero ahora nada era igual. Las cortinas, que durante años habían permanecido cerradas herméticamente, se encontraban entreabiertas. Quizás fue un descuido, o tal vez una decisión inconsciente que él mismo había tomado sin darse cuenta.
Un haz luminoso se deslizaba suavemente a través de la rendija, cayendo directamente sobre su rostro.
Yuuto entrecerró los ojos ante esa luz inesperada y alzó una mano de forma instintiva, como si quisiera protegerse, pero no llegó a cubrirse por completo. Simplemente mantuvo la palma cerca de su cara, dejando que el calor se filtrara entre sus dedos y se extendiera por todo su cuerpo.
Sentía algo que casi había olvidado.
Tranquilidad.
Poco a poco, se incorporó sobre el colchón y las sábanas se deslizaron por su cuerpo hasta caer a los lados. Su cabello plateado, largo y algo revuelto por el reposo, se deslizó con gracia sobre sus hombros al moverse.
No podía ignorar lo que llevaba puesto.
Se trataba de un pijama de tela suave y tonos claros, decorado con pequeños gatitos estampados por todas partes. Incluso tenía una capucha con orejas cosidas que colgaba suavemente sobre su espalda. Al darse cuenta de su propia apariencia, sus mejillas se tiñeron de un leve tono rosado.
Todavía no se acostumbraba a esto.
Aquella prenda había sido un regalo de Ayaka. Ella se lo había entregado con una sonrisa que le había parecido demasiado astuta en ese momento, asegurando que le quedaría «perfectamente bien». Aunque Yuuto sabía que la mitad de sus palabras habían sido una broma amable, también comprendía que la otra mitad era pura verdad.
Le quedaba bien.
Demasiado bien.
Sus dedos acariciaron la tela con suavidad durante unos momentos, como si todavía estuviera tratando de aceptar que realmente la llevaba puesta, que se había atrevido a dormir con ella sin sentir la necesidad de ocultarse de nadie. Un suspiro suave escapó de sus labios mientras apartaba la mirada de sí mismo y dirigía la atención hacia la silla que estaba cerca de la pared.
Allí estaban.
Su sudadera amplia. Sus guantes. Su mascarilla. Todo colocado y doblado con el mismo cuidado de siempre. Eran sus escudos, las cosas que le hacían sentir seguro en el mundo exterior. Durante unos segundos se quedó mirando esos objetos en silencio, impulsado por la costumbre, por ese reflejo antiguo que le hacía creer que sin ellos estaba desprotegido y vulnerable.
Pero esta vez su mirada no se detuvo ahí.
Poco a poco, se desvió hacia la mesa de estudio que estaba al otro lado de la habitación.
Y entonces los vio.
Dos uniformes nuevos, todavía con el brillo de lo intacto y dispuestos con cuidado uno al lado del otro. Uno tenía un corte masculino y el otro, uno femenino. Ambos habían sido dejados allí por Reika días atrás, sin presiones, sin obligaciones y sin palabras innecesarias. Solo le había dicho una frase suave que él nunca olvidaría:
— Úsalos cuando te sientas listo.
Nada más.
Yuuto se levantó de la cama con cuidado y caminó descalzo sobre el suelo frío, sintiendo la textura de la madera bajo sus pies mientras se acercaba hasta quedar justo frente a la mesa. Dudó unos instantes, como si el simple hecho de tocar las prendas fuera una decisión demasiado grande para tomar en ese momento, pero finalmente alargó las manos y, casi sin pensarlo demasiado, tomó entre sus dedos el uniforme femenino.
La tela era ligera y suave.
Y le resultó extrañamente familiar.
Como si hubiera estado destinada a él desde siempre. Como si todo en su ser —su cuerpo, sus gestos, su forma de ser— encajara perfectamente con esa imagen que reflejaba la prenda. Aun así, sus dedos temblaron levemente. No era por rechazo. Sino por todo lo que aquello significaba.
Después de unos segundos que le parecieron eternos, volvió a colocar la prenda en su sitio con cuidado y respiró hondo para calmar los latidos acelerados de su corazón.
Todavía no era el momento.
Todavía no.
Bajó las manos lentamente y, sin volver a mirar hacia la mesa, se giró hacia la silla donde estaban sus cosas de siempre. Comenzó a vestirse con ellas con movimientos rutinarios, automáticos y seguros, como había hecho cientos de veces antes. Se puso la sudadera, se ajustó los guantes y se colocó la mascarilla, cubriendo su rostro y su cuerpo como si fuera un escudo. Pero esta vez era diferente.
Ya no se escondía detrás de ellos.
Simplemente se sentía cómodo, como si fueran un punto de apoyo mientras avanzaba poco a poco.
Cuando terminó de vestirse, se quedó de pie en el centro de la habitación durante unos instantes, respirando profundo y sintiendo cómo el aire fresco llenaba sus pulmones. Luego se dirigió hacia la puerta, la abrió con cuidado.
Antes de salir, sus ojos volvieron por un instante hacia la mesa… hacia ese uniforme que no había elegido.
No dijo nada.
Pero esta vez… tampoco apartó la mirada de inmediato.
Al bajar la casa estaba en silencio.