La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 30: Ya no camina solo

Un poco más atrás, apartadas del grupo principal, bajo la sombra de un gran árbol, la señora Aoi y Minori-sensei permanecían de pie, observando en silencio.

La distancia era justa: lo suficiente para no invadir ese momento tan íntimo y doloroso que Yuuto estaba compartiendo con sus amigas, pero lo bastante cerca para verlo todo, para escuchar los retazos de su voz quebrada y para ver cómo las chicas lo rodeaban, formando un escudo humano de amor y protección.

La señora Aoi se llevaba una mano al pecho, justo sobre su corazón, mientras una lágrima silenciosa resbalaba por su mejilla. No era una lágrima de tristeza amarga, sino de alivio y emoción. Ver a su hijo así, abriéndose, llorando, pero siendo sostenido por esas cuatro maravillosas chicas… era algo que había esperado ver durante mucho tiempo.

Minori-sensei, a su lado, mantenía una expresión serena, aunque sus ojos brillaban con una mezcla de sorpresa y profunda ternura. Había visto muchas cosas en su vida, había tratado con muchos estudiantes, pero la historia de Yuuto era diferente. Era algo que calaba hondo.

—Gracias… —murmuró de pronto la señora Aoi, rompiendo el suave murmullo del viento entre las hojas—. Muchas gracias por haber venido hoy, Minori-san. Por acompañarnos. Sé que es un día difícil y que no era obligación suya estar aquí.

La profesora negó suavemente con la cabeza, sin dejar de mirar hacia donde estaba Yuuto.

—Por favor, Aoi-san, no tiene que agradecerme nada —respondió con voz suave pero firme—. Desde el momento en que conocí a Yuuto y vi lo que estaba pasando, ya decidí que iba a estar a su lado, ayudarlo en lo que estuviera a mi alcance. Él es un alumno especial, y merece todo el apoyo posible.

Hizo una pequeña pausa, y su mirada se tornó un poco más pensativa.

—Aunque… debo ser sincera. Sabía que tenía problemas, que tenía miedos… pero no imaginaba que todo esto tuviera raíces tan profundas. No sabía nada de esta historia, ni de la importancia de su abuelo.

La señora Aoi soltó un suspiro largo, cargado de nostalgia, y una tierna sonrisa se formó en sus labios al recordar.

—Mi suegro… el abuelo Shioji, era una persona increíble —comenzó a contar, con voz dulce—. Un hombre de pocas palabras, pero con un corazón inmenso. Desde el principio, cuando Yuuto era solo un bebé, lo quiso con una intensidad que pocas veces se ve. Y cuando el cuerpo de Yuuto empezó a cambiar… cuando su cabello se volvió blanco y sus rasgos se hicieron más delicados…

Se secó otra lágrima con el pañuelo.

—Muchos en la familia se preocupaban, otros incluso cuestionaban qué era lo que pasaba. Pero él nunca. Él solo lo veía a él. Veía a su nieto, al niño más precioso del mundo. Incluso cuando sus propias fuerzas empezaron a fallar y la enfermedad lo tenía postrado en cama… siempre encontraba la manera de estar con él.

Minori la escuchaba atentamente, inclinando ligeramente la cabeza.

—¿Y cómo fue…? —preguntó con delicadeza, casi en un susurro—. ¿Cómo fue su partida?

La señora Aoi miró al cielo, donde las nubes se movían despacio, como si el tiempo se hubiera detenido allí.

—Fue tranquilo… —respondió—. Su corazón simplemente decidió descansar. Ya tenía una edad avanzada y su cuerpo estaba cansado. Los médicos nos dijeron que fueron causas naturales, que su tiempo simplemente se había cumplido. Pero hasta el último segundo… hasta el final de su vida, él fue el refugio de Yuuto. Su lugar seguro.

La voz de la señora Aoi se quebró un poco al recordar el día exacto, y tuvo que hacer una pausa para poder continuar.

—Ese día… en el hospital —siguió diciendo—, yo salí un momento para hablar con los doctores, para tratar de entender qué pasaba. Pero Yuuto no se movió de su lado en ningún momento. Se quedó ahí, sentado en una silla pequeña, aferrado a su mano, sin soltarlo ni un segundo.

Minori cerró los ojos un instante, imaginándose la escena. Dolía solo de pensarlo.

—Cuando volví a entrar a la habitación —continuó Aoi, con los ojos llenos de lágrimas, pero con una paz extraña—, la habitación estaba en un silencio total. Yuuto seguía ahí, con la cabeza apoyada en el borde de la cama, mirando fijamente el rostro de su abuelo.

Hizo una pausa, recordando cada detalle como si fuera foto grabada en su mente.

—Él me miró… me miró con esos ojos grandes y llenos de dolor, y con una vocecita muy pequeña, tratando de sonar valiente, me dijo:

“Mamá… no hagas ruido, por favor. El abuelo está muy cansado y se quedó dormido. Pero no te preocupes… solo está descansando. Ya va a despertar en un ratito, ya verás. Solo hay que esperarlo.”

La señora Aoi se tapó la boca con la mano para contener un sollozo.

—Y yo… yo no pude decirle nada. Porque, aunque sus palabras decían que él “despertaría”, sus ojos… sus ojos estaban inundados en lágrimas, y en ellos se veía una tristeza infinita. Él lo sabía. En el fondo de su corazón, con solo 12 años, él sabía perfectamente que su abuelo ya no iba a abrir los ojos nunca más. Pero se negó a aceptarlo en voz alta. Necesitaba creer que solo dormía para poder soportarlo.

Minori-sensei sintió un nudo formarse en su propia garganta. Ahora todo tenía sentido. Entendía por qué Yuuto era así, por qué le costaba tanto confiar, por qué se cerraba tanto. Ese dolor lo había marcado para siempre.

—Por eso —dijo Aoi, mirando de nuevo hacia su hijo, que ahora reía y lloraba al mismo tiempo mientras contaba anécdotas a las chicas—, verlo así hoy… ver que por fin ha encontrado a gente que lo quiere y lo entiende como él necesita… es como si una carga que llevo en el pecho desde hace dos años por fin se hubiera levantado.

Minori puso una mano suavemente sobre el hombro de la madre de Yuuto, dándole apoyo.

—Su hijo es un chico muy fuerte, Aoi-san —le dijo con admiración—. Y tiene una bondad increíble. El abuelo Shioji hizo un trabajo maravilloso. Y ahora… ahora esas chicas están continuando su legado. Lo están cuidando como él lo haría.




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