La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 31: Ya no camina solo

Un poco más atrás, apartadas del grupo principal y bajo la sombra fresca y densa de un gran árbol de hojas anchas, la señora Aoi y Minori-sensei permanecían de pie, observando en un silencio que pesaba tanto como la ternura que sentían.

La distancia era perfecta: lo bastante lejos para no invadir ese momento tan íntimo y doloroso que Yuuto estaba compartiendo con sus amigas, pero lo suficientemente cerca para verlo todo, para escuchar los retazos de su voz quebrada y para observar cómo las chicas lo rodeaban formando un círculo cerrado, un verdadero escudo tejido con amor y protección.

La señora Aoi se llevaba una mano al pecho, justo sobre su corazón, mientras una lágrima silenciosa y cálida resbalaba lentamente por su mejilla. No era una lágrima de amargura, sino de un alivio tan profundo que dolía. Ver a su hijo así, abriéndose por fin, dejando salir el llanto que había guardado tanto tiempo, pero sostenido entre brazos cariñosos y miradas comprensivas… era algo que había dejado de creer posible.

Minori-sensei, a su lado, mantenía una expresión serena, aunque sus ojos brillaban con una mezcla de sorpresa y profunda emoción. Había visto pasar a muchos estudiantes por su aula, había escuchado muchas historias… pero la de Yuuto era distinta. Llegaba al alma y se quedaba allí.

—Gracias… —murmuró de pronto la señora Aoi, rompiendo solo el suave susurro del viento entre las hojas—. Muchas gracias por haber venido hoy, Minori-san. Por acompañarnos. Sé que es un día muy difícil y que no era obligación suya estar aquí.

La profesora negó suavemente con la cabeza, sin apartar la vista de su alumno ni un instante.

—Por favor, Aoi-san, no tiene que agradecerme nada —respondió con voz suave pero firme—. Desde el momento en que conocí a Yuuto y vi lo que estaba pasando a su alrededor, ya tomé una decisión: estar a su lado, ayudarlo en todo lo que pueda. Él es un chico especial, y merece todo el apoyo del mundo.

Hizo una pequeña pausa, y su mirada se tornó más pensativa.

—Aunque… debo ser sincera. Sabía que tenía miedos, que le costaba confiar… pero no imaginaba que todo esto tuviera raíces tan profundas. No sabía nada de esta historia, ni de lo importante que era su abuelo para él.

La señora Aoi soltó un suspiro largo, cargado de nostalgia, y una sonrisa tierna y triste a la vez se dibujó en sus labios al evocar su recuerdo.

—Mi suegro… el abuelo Shioji, era una persona maravillosa —empezó a contar con voz dulce y pausada—. Un hombre de pocas palabras, pero con un corazón tan grande que cabía todo el mundo dentro. Desde el primer día, cuando Yuuto no era más que un bebé, lo quiso con una intensidad que rara vez se ve. Y cuando el cuerpo de Yuuto empezó a cambiar… cuando su cabello se volvió blanco como la nieve y sus rasgos se hicieron más finos y delicados…

Se secó otra lágrima con el borde del pañuelo.

—Muchos en la familia empezaron a murmurar, preocupados, otros incluso llegaron a cuestionarse qué era lo que estaba ocurriendo. Pero él nunca. Él solo miraba a su nieto. Veía a Yuuto, nada más. Incluso cuando la enfermedad empezó a robarle las fuerzas y tuvo que quedarse en cama… siempre encontraba la forma de estar junto a él, de escucharlo, de darle la mano.

Minori la escuchaba con total atención, inclinando ligeramente la cabeza.

—¿Y cómo fue…? —preguntó con mucha delicadeza, casi en un susurro—. ¿Cómo fue su partida?

La señora Aoi levantó la vista hacia el cielo, donde las nubes avanzaban despacio, como si el tiempo mismo se hubiera detenido para acompañarlos.

—Fue tranquilo… —respondió bajando la mirada—. Su corazón simplemente decidió descansar. Ya tenía una edad avanzada y su cuerpo había luchado mucho. Los médicos nos dijeron que fueron causas naturales, que su tiempo había llegado. Pero hasta el último segundo… hasta el último latido, él fue el refugio de Yuuto. Su único lugar seguro.

Su voz se quebró un poco al traer de vuelta aquel día, y tuvo que hacer una pausa para recuperar el aliento.

—Ese día… en el hospital —continuó con esfuerzo—, yo salí un momento a hablar con los doctores. Yuuto no se movió de su lado ni un instante. Se quedó allí, sentado en esa sillita pequeña, aferrado a su mano con todas sus fuerzas, sin soltarlo.

Minori cerró los ojos un momento, tratando de imaginar esa escena y sintiendo cómo se le formaba un nudo en la garganta.

—Cuando volví a entrar a la habitación —siguió Aoi, con los ojos llenos de lágrimas pero con una paz extraña en la mirada—, todo estaba en un silencio absoluto. Yuuto seguía ahí, con la cabeza apoyada suavemente en el borde de la cama, mirando fijamente el rostro inerte de su abuelo.

Hizo una pausa, grabando cada detalle como si fuera una foto que nunca quisiera olvidar.

—Él levantó la vista hacia mí… me miró con esos ojos grandes y oscuros llenos de dolor, y con una vocecita muy pequeña, tratando de parecer fuerte, me dijo:

“Mamá… por favor no hagas ruido. El abuelo está muy cansado y se quedó dormido. Pero no te preocupes… solo está descansando. Ya va a despertar en un ratito, ya verás. Solo hay que esperarlo.”

La señora Aoi se tapó la boca con la mano para contener un sollozo.

—Y yo… yo no pude decirle nada. Porque aunque sus palabras decían que solo dormía… sus ojos me gritaban que sabía la verdad. Con solo doce años, él entendió perfectamente que no volvería a verlo. Pero se negó a aceptarlo en voz alta. Necesitaba creer que solo dormía para poder seguir soportando ese dolor.

Minori-sensei sintió que el corazón se le encogía. Ahora todo tenía sentido. Comprendía sus silencios, su miedo a mostrarse tal cual era, esa necesidad de ocultarse del mundo. Aquella pérdida lo había marcado para siempre.

—Por eso —dijo Aoi volviendo a mirar a su hijo, que ahora reía entre lágrimas al contar alguna anécdota—, verlo así hoy… ver que por fin ha encontrado a gente que lo quiere y lo acepta tal como es… es como si una carga enorme que llevo en el pecho desde hace dos años se hubiera levantado de golpe.




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