Yuuto observó las líneas escritas en el papel unos segundos más, como si quisiera grabar esas palabras en su memoria, antes de cerrar la libreta lentamente, con un movimiento suave y pausado.
La brisa suave que recorría el patio mecía las ramas de los árboles y hacía danzar las hojas alrededor de las bancas de madera, mientras las risas de Airi y Goro resonaban claras y alegres a pocos metros de distancia.
Por primera vez en mucho tiempo…
Todo se sentía tranquilo.
Normal.
Y esa sensación le resultaba extraña.
Demasiado extraña.
Kaito apoyó ambos brazos sobre el respaldo de la banca, estiró un poco las piernas y soltó un suspiro largo, cargado de una relajación genuina.
—Aunque tengo que confesarte algo… —empezó, con la mirada fija en el movimiento de las hojas.
Yuuto levantó la vista hacia él, en silencio, esperando.
—El día que te vi por primera vez, en la cafetería… me llevé una gran sorpresa —continuó Kaito, girando levemente la cabeza para mirarlo—. No te imaginaba así.
«¿Así cómo?»
escribió rápido en su libreta, con la curiosidad reflejada en sus ojos.
—No parecías alguien débil —respondió él, directo.
Yuuto se quedó inmóvil.
Kaito esbozó una sonrisa leve, casi imperceptible.
—Y no hablo de fuerza física, claro. Me refiero a otra cosa. —Hizo una pequeña pausa, eligiendo bien sus palabras—. La mayoría de las personas, cuando son atacadas, señaladas o puestas en evidencia, reaccionan de una de tres formas: intentan caer bien, piden perdón por algo que no hicieron o simplemente huyen para evitar el problema. Pero tú… tú no hiciste nada de eso.
Su expresión se volvió más seria, cargada de una percepción que muy pocos tenían.
—Te quedaste ahí parado. Asustado, lo noté, sí… pero firme. Quieto. Como alguien que lleva mucho tiempo acostumbrado a aguantar peso sobre los hombros, sin quejarse, sin derrumbarse.
Yuuto bajó lentamente la mirada hacia sus manos, apoyadas sobre la tapa de la libreta.
Porque eso… eso era algo que casi nadie lograba ver. La gente solo veía al chico callado, al que siempre bajaba la cabeza, al que pasaba desapercibido. Nadie veía lo que había detrás.
Kaito lo observó unos segundos más y luego soltó una risa suave, rompiendo la tensión del momento.
—Seguramente sonará raro que te lo diga yo, que apenas te conozco… pero creo que eres mucho más fuerte de lo que tú mismo crees.
Yuuto no respondió de inmediato. Pasó la pluma sobre el papel y escribió con trazo fino y cuidado:
«Yo no me siento fuerte en absoluto.»
Kaito leyó la frase y negó suavemente con la cabeza, con una mezcla de comprensión y firmeza.
—Es que la gente tiene una idea equivocada de lo que significa ser fuerte. Creen que es no llorar, no sentir dolor, no tener miedo o nunca romperse por nada. —Se inclinó un poco hacia adelante, bajando la voz como si le contara un secreto—. Pero, sinceramente… alguien como tú me da mucho más respeto, y hasta cierto punto, más miedo que cualquiera.
Yuuto parpadeó, totalmente confundido por esas palabras.
—¿Sabes por qué? —Kaito señaló levemente hacia él—. Porque incluso estando roto por dentro, incluso habiendo pasado por cosas que te han hecho daño… sigues siendo amable. Sigues tratando bien a los demás. Sigues siendo tú.
Se hizo un silencio breve. El viento siguió pasando suavemente entre ambos, como si quisiera llevarse consigo el peso de esas palabras.
Y, por alguna razón que no alcanzaba a entender, esa frase golpeó directamente el centro del pecho de Yuuto, con una fuerza que le cortó la respiración un instante.
Él jamás se había visto de esa manera. Nunca.
Siempre había pensado que era alguien defectuoso, roto de fábrica. Alguien extraño, difícil de tratar, que solo traía problemas o incomodidad a quienes se le acercaban.
Pero escuchar eso, escuchar esa mirada desde alguien que no sabía nada de su historia, de sus miedos ni de sus cicatrices… se sintió extraño.
Muy extraño. Y, al mismo tiempo, extrañamente cálido.
A unos metros de distancia, la realidad regresó con fuerza, rompiendo la intimidad del momento.
—¡¡GORO-KUN, MÁS RÁPIDO, ¡¡MÁS RÁPIDO!! 🎡✨ —gritaba Airi, riendo a carcajadas mientras se aferraba con una mano a su cabello y con la otra señalaba el frente, como si estuviera pilotando una atracción de feria.
—¡¡Te vas a caer, te lo digo!! —le advertía Goro, aunque se notaba que se estaba divirtiendo tanto como ella, caminando con pasos largos y firmes mientras la llevaba subida sobre sus hombros.
—¡¡NO ME VOY A CAER, SOY SEGURA AQUÍ ARRIBA!!
Shiori estaba a un lado, grabando todo con su celular y riéndose sin parar, con los ojos brillantes por la diversión. Incluso varios estudiantes que pasaban por ahí se habían detenido un momento para mirar la escena, dejando ver sonrisas.
Y para sorpresa de Yuuto… muchos de ellos reían de verdad. No era burla, ni juicio, ni comentarios maliciosos. Solo risas compartidas ante una escena absurda y alegre.
Kaito miró hacia ellos y soltó una carcajada sincera, sacudiendo la cabeza.
—Definitivamente esos dos conectaron demasiado rápido. Es impresionante.
Yuuto asintió suavemente, sonriendo apenas sin querer, y escribió:
«Airi tiene un talento especial para domesticar a personas que parecen intimidantes. Lo hace parecer fácil.»
—¡JAJAJA! —Kaito se echó hacia atrás, riéndose fuerte—. Tienes toda la razón, eso es completamente cierto.
De pronto, la atmósfera cambió ligeramente.
Varias voces comenzaron a acercarse, bajitas, entrecortadas, cargadas de curiosidad. Eran susurros, esos que siempre parecían seguirlo a donde fuera.
—¿Ese de allá no es Yuuto?
—Sí, es él… ¿qué hace?
—¿Está hablando con Kaito? ¿Desde cuándo se hablan?
—¡Mira! ¿Y no está también con Goro? El chico grande… qué raro, nunca lo veíamos hablar con nadie.