La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 32: Después de la tormenta, la calma… ¿o no?

La puerta del Comité de Disciplina se cerró finalmente.

El sonido metálico de la cerradura al encajarse fue lo único que rompió el silencio absoluto que reinaba en la sala, sellando el espacio y dejando atrás, al otro lado de la madera, todo el caos, las risas y la energía del grupo de Yuuto.

Poco a poco, el ruido de las voces fue alejándose por el pasillo, convirtiéndose en ecos lejanos que se desvanecían entre los muros fríos del edificio.

—¡¡Te dije que no te apoyaras en la puerta!! —se escuchó la voz de Kaito, mezcla de indignación y diversión, perdiéndose en la distancia.

—¡¡Tú también estabas escuchando, no te hagas el santo!! —le respondió Shiori.

—¡Y ustedes por qué tenían que estar justo ahí parados! —se quejó Airi.

—¡¡Yo cumplía una función importante, era el soporte estructural del grupo!! —bramó Goro, con ese tono grave que se oía hasta en el otro extremo del colegio.

—¡¡Nadie te pidió ser una pared humana, grandullón!! —le gritó alguien más, antes de que todo quedara definitivamente en silencio.

Un silencio denso, pesado y ordenado, tal como les gustaba a quienes habitaban esa sala.

Por unos segundos que parecieron eternos, ni Takamura ni Mizuki se movieron ni pronunciaron una sola palabra. Ambos mantuvieron la mirada fija en la puerta de madera oscura que acababa de cerrarse, la misma puerta contra la que hacía apenas unos minutos se había derrumbado una pila humana entera, motivada por una sola cosa: el miedo y el cariño hacia un chico callado y tímido.

Mizuki Saegusa fue la primera en romper la quietud. Se quitó los lentes de marco rectangular y comenzó a limpiar los cristales con el borde de su blusa, con movimientos lentos, precisos y meditados, tal como hacía con todo en su vida.

—Bueno... —empezó ella, con voz serena pero cargada de significado.

Takamura levantó apenas la vista desde su sitio, sus ojos grises tan inescrutables como siempre.

—¿Qué opinas? —le preguntó, más como una confirmación que como una duda real.

La vicepresidenta no tardó ni un segundo en responder. Levantó la vista y clavó sus ojos violetas en él, directa, sin rodeos, sin suavizar ni una sola sílaba.

—Opino que es imposible que ese chico haya hecho ni una milésima parte de las cosas horribles que dicen de él.

Ryouji Takamura permaneció en silencio, esperando que continuara. Sabía que Mizuki no hablaba por impulsos ni por lástima.

—Y no lo digo porque me dé pena, ni porque me caiga bien, ni por compasión —aclaró ella, volviendo a guardar el paño y dejando los lentes sobre la mesa con un golpe seco y suave—. Lo digo porque analicé cada uno de sus movimientos, cada parpadeo, cada temblor y cada palabra escrita durante toda la reunión. No perdí detalle.

Se recostó ligeramente en el respaldo de su silla y comenzó a enumerar, levantando un dedo por cada observación, como si estuviera leyendo un informe técnico y perfecto.

—Vi miedo. Una ansiedad que casi se podía tocar con las manos. Inseguridad en cada paso que daba. Una hipervigilancia constante, como si esperara que en cualquier momento alguien fuera a gritarle o a atacarlo. —Hizo una pausa, bajó la mano y su expresión se tornó más firme—. Pero agresividad... violencia... malicia... ni una sola vez. Ni un atisbo. Ni en sus ojos, ni en su postura, ni en lo que escribió.

Miró hacia la carpeta cerrada que estaba sobre la mesa, justo en el centro, como si fuera el centro de todo el problema.

—Las acusaciones son demasiado grandes, demasiado oscuras y demasiado peligrosas para el chico que acabamos de tener frente a nosotros. Esas historias no encajan ni por asomo con la persona real.

Se hizo un silencio largo y pesado.

Takamura deslizó sus manos enguantadas sobre la mesa hasta cerrar definitivamente la carpeta principal. El nombre escrito en la portada destacaba con tinta negra impecable: Yuuto Kanzaki.

—Estoy de acuerdo contigo —dijo él con calma, pero con una seguridad absoluta.

Mizuki arqueó una ceja, sorprendida por la inmediatez de su respuesta.

—Eso ha sonado demasiado fácil y rápido. Casi como si ya lo tuvieras decidido antes de que entrara aquí.

—Porque llevo meses pensando exactamente lo mismo, Mizuki —reveló Takamura, con un tono que dejaba ver que esa conclusión le había costado tiempo y desgaste—. Al principio, cuando empezaron a llegar los primeros reportes, pensé que simplemente era otro caso más de rumores estúpidos típicos de las escuelas. Cosas de chicos, habladurías sin sentido. Lo archivé porque no encontré nada.

Su mirada se endureció levemente al recordar el proceso.

—Pero luego comenzaron a llegar más informes. Más acusaciones. Más rumores cada vez más graves, más elaborados, más detallados... —Su voz bajó de tono, volviéndose más fría—. Y mientras más investigaba, más profundizaba en su expediente, más hablaba con profesores y alumnos... menos encontraba.

Mizuki asintió lentamente. Ella había revisado todo eso con él. Sabía que tenía razón.

Era extraño. Terriblemente extraño.

Por regla general, cuando un estudiante acumulaba tantas quejas, tantos comentarios negativos y tanta fama de "peligroso", siempre aparecía algo. Una pelea, una discusión, una infracción pequeña, una mala nota, cualquier cosa que pudiera justificar mínimamente lo que se decía.

Pero en el caso de Yuuto...

—Nada —murmuró Mizuki, completando su pensamiento—. Absolutamente nada. Es como intentar atrapar una sombra con las manos. Cuanto más intentas agarrarla, más se escapa. Todo es aire. Todo es palabras.

—Y eso fue lo que me hizo sospechar desde el principio —admitió Takamura.

Se levantó lentamente de su asiento, el sonido de la silla deslizándose rompió la quietud. Caminó con pasos pausados y silenciosos hacia la gran ventana que daba al patio principal. Desde allí, con la altura suficiente, podía observar gran parte del campus escolar.

Vio cientos de figuras pequeñas moviéndose entre los edificios. Hablando, riéndose, corriendo, viviendo sus vidas escolares como si nada más existiera.




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