La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 32: La disciplina ataca

Mientras tanto, a unos metros de distancia, Goro, Airi y Shiori se habían alejado unos pasos para dejar que Yuuto y Kaito hablaran con tranquilidad.

Airi seguía con el ceño fruncido y los brazos cruzados, con una determinación poco habitual en ella.

—No pienso dejar que esa tal Sakura siga molestando a Yuuto-kun. Ya ha hecho suficiente daño.

Goro la miró de reojo, caminando con las manos detrás de la cabeza como si aquello fuera lo más normal del mundo.

—Entonces hazte más fuerte.

Airi parpadeó, confundida.

—¿Eh?

—Si quieres proteger a alguien, primero debes saber protegerte a ti misma —explicó él con calma—. Si quieres, puedo entrenarte.

Los ojos de Airi brillaron de inmediato como dos estrellas encendidas.

—¿¡De verdad!? ¿Lo harías?

—Claro. Con unos meses de entrenamiento…

—Airi —la interrumpió Shiori, levantando una mano antes de que Goro terminara la frase.

—¿Sí?

—Si aceptas… —Shiori la miró y luego señaló lentamente a Goro de pies a cabeza— …vas a terminar exactamente igual que él.

El silencio cayó sobre ellas un instante.

Airi cerró los ojos un segundo y su imaginación voló sola: se vio a sí misma con brazos tan anchos como troncos, espalda enorme, músculos marcados incluso bajo el uniforme, rompiendo pupitres sin querer y levantando a la gente con una sola mano.

Su rostro perdió todo el color.

—…Creo que… paso —dijo con voz temblorosa—. Muchas gracias por ofrecerme, pero prefiero seguir siendo así.

Goro se quedó inmóvil. Una vena se marcó levemente en su frente.

—¿Acabas de llamarme gorila?

—¡¡¿Qué?!! ¡¡Yo nunca dije eso!! —saltó ella.

—Lo pensaste.

—¡¡No lo pensé!!

—Lo pensaste muy fuerte.

—¡¡Que no!!

—¡¡SHIORI, ELLA ME LLAMÓ GORILA!! —gritó Goro.

—¡Yo no vi ni oí nada! —respondió Shiori empezando a reírse.

—¡¡Las dos son culpables!!

Las dos chicas salieron corriendo entre carcajadas.

—¡¡Atrápalas!! —gritó Shiori.

—¡¡No pienso dejar que difamen mi físico!!

—¡¡Perdón, Goro-kun!!

—¡¡YA ES TARDE!!

El gigante salió tras ellas con pasos pesados que hacían vibrar ligeramente el suelo, aunque más por dramatismo que por verdadera fuerza bruta, mientras las risas se extendían por todo el patio.

Kaito observó la escena y soltó una risa suave.

—Esos tres nunca cambian.

Yuuto sonrió tras su cubrebocas y escribió en su libreta:

«Se llevan muy bien.»

—Muchísimo —asintió Kaito.

Su sonrisa se volvió más serena, más profunda.

—Supongo que ahora entiendes por qué no me preocupa demasiado lo que haga o diga Sakura.

Yuuto levantó la vista y escribió:

«¿No te preocupa?»

—Claro que molesta —respondió él sin rodeos—. Pero hay una gran diferencia entre que algo te moleste… y que consiga hacerte dejar de confiar en la gente.

Miró hacia Goro, que seguía la persecución sin perder el aliento.

—¿Sabes por qué somos amigos?

Yuuto negó despacio.

—Porque confiamos el uno en el otro. Así de simple. Yo confío en él, y él confía en mí. Nunca hizo falta nada más.

Se acomodó mejor en la banca, con una mirada llena de nostalgia.

—Muchos no lo entienden porque solo ven su apariencia. Goro siempre fue enorme: de niños ya era el más alto y fuerte de todos. Todos pensaban que sería agresivo, que daría miedo, que algún día acabaría peleándose con medio mundo.

Negó con la cabeza.

—Y resulta que tiene el corazón más grande que cualquiera de nosotros. ¿Sabes por qué está en el club de jardinería?

Yuuto escribió rápido:

«¿Porque le gustan las flores?»

—Exacto —sonrió Kaito—. Parece una respuesta tonta, pero es la verdad. Les habla, se sabe el nombre de casi todas, es incapaz de arrancar una hoja si no es necesario. Una vez lloró porque una tormenta rompió uno de sus girasoles.

Yuuto abrió un poco más los ojos. No le costaba nada imaginarlo; encajaba perfectamente con el chico que había conocido.

—Por eso es irremplazable —continuó Kaito con total sinceridad—. La gente puede decir lo que quiera: puede llamarlo monstruo, burlarse, tenerle miedo… pero yo sé quién es realmente.

Hubo un silencio breve y significativo.

—Y contigo pasa exactamente lo mismo —dijo Kaito mirándolo a los ojos.

Yuuto se quedó inmóvil.

—Sakura va a escribir, va a investigar, va a inventar y exagerar cosas. Y habrá gente que le crea. Es inevitable. Pero si tú cambias tu forma de ser para evitar darle material… entonces ella habrá ganado.

Apoyó los brazos sobre el respaldo y su voz se volvió firme pero suave:

—No dejes de ser amable. No dejes de confiar. No dejes de ayudar a los demás. No escondas lo mejor de ti solo porque alguien quiera convertirlo en un escándalo. Porque si lo haces… estarás viviendo exactamente como ella quiere.

Yuuto se quedó unos instantes absorbiendo cada palabra. Luego abrió su libreta, dudó un poco, borró y volvió a escribir hasta que finalmente giró el cuaderno hacia él:

«No quiero darle esa victoria.»

Kaito leyó y sonrió con auténtico orgullo.

—Ese es el Yuuto que queremos conocer.

A pocos metros volvió a escucharse el alboroto:

—¡¡GORO, YA BASTA!!

—¡¡¡ADMITE QUE ME LLAMASTE GORILA!!!

—¡¡¡NUNCA LO HICE!!

—¡¡¡PERO LO PENSASTE!!!

Las risas de Shiori llenaron el aire de nuevo, y por primera vez desde que aparecieron aquellos carteles, Yuuto sintió que el ruido de sus amigos era mucho más fuerte y cálido que cualquier rumor que intentara perseguirlo.

Finalmente, Goro alcanzó a Airi antes de que pudiera esconderse. La detuvo con suavidad pero con firmeza, y antes de que ella pudiera volver a suplicar, pasó un brazo por su espalda y el otro por debajo de sus rodillas, levantándola en brazos como si no pesara nada.

—¡¡Bájame!! ¡Lo prometo! ¡No volveré a pensar nada parecido! —gritaba ella, pataleando en el aire sin éxito.




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