La Maldicion De Ser Visto

Capítulo 33: reflexiones

El despacho del director era, sin duda, el espacio más imponente y lujoso de todo el complejo escolar. Grandes ventanales dominaban la pared del fondo, enmarcando la vista de todo el campus como si fuera una propiedad privada. Los muebles eran de madera oscura, maciza y pulida, con un brillo que reflejaba la luz de las lámparas de cristal. Las estanterías que cubrían las paredes estaban repletas de trofeos, placas, medallas y reconocimientos que hablaban de décadas de "excelencia y disciplina". Cada detalle, desde el grueso alfombrado hasta la pesada cortina, había sido diseñado con un único propósito: aplastar al visitante bajo el peso de la autoridad, el estatus y el poder absoluto.

Y detrás del escritorio monumental —un bloque de madera inmenso que parecía una fortaleza en sí mismo— se sentaba el director. Un hombre de presencia severa, de mirada afilada y modales refinados que escondían una ambición fría y calculadora.

Frente a él, separado por esa inmensa mesa, estaba Ryouji Takamura. Permanecía de pie, con la espalda recta como una vara de acero, inmóvil, las manos unidas detrás de su cuerpo y su expresión inescrutable, tan gris y neutra como el color de sus ojos. No había en él ni rastro de intimidación, ni de admiración, ni de miedo. Era simplemente... una roca.

El silencio se prolongó durante lo que parecieron minutos, cargado de electricidad estática, de esa tensión que precede a una tormenta o a una confrontación inevitable. El director pasó lentamente las hojas de un expediente, haciendo sonar el papel con una lentitud deliberada, disfrutando de la espera, intentando romper la compostura del joven que tenía enfrente. Pero Takamura no parpadeó. Ni se movió.

Finalmente, el director cerró la carpeta con un golpe seco y suave, que resonó en la habitación silenciosa.

—Entonces... —empezó, arrastrando las palabras, midiendo cada sílaba— terminaste tu investigación sobre Yuuto Kanzaki.

Takamura asintió una sola vez, breve y seco.

—Sí.

—Bien. —El director cruzó los dedos frente a su rostro, apoyando los codos sobre el escritorio, y una sonrisa lenta y satisfecha curvó sus labios—. Entonces imagino que ya tienes tu informe listo, redactado y con conclusiones claras.

No fue una pregunta. Fue una afirmación. Una orden disfrazada. Daba por hecho que el resultado sería el que él había planeado desde el principio. Durante meses había construido la narrativa: Yuuto era un problema, una influencia negativa, un peligro. Y si había una persona cuya opinión tenía peso absoluto dentro de esas paredes, esa era Takamura. Los profesores lo respetaban ciegamente. Los alumnos le tenían una mezcla de miedo y admiración. Las familias confiaban en su integridad.

Si Takamura emitía un informe negativo, todo estaría consumado. Los rumores dejarían de ser habladurías para convertirse en verdad oficial. Yuuto quedaría marcado para siempre, aislado, señalado, exactamente donde él quería que estuviera.

—¿Y bien? —preguntó el director, inclinándose ligeramente hacia adelante, con esa sonrisa que ya parecía un gesto de triunfo—. Dime, Takamura. ¿Qué encontraste en tu investigación? ¿Qué clase de alumno es realmente Yuuto Kanzaki?

Takamura no cambió ni un milímetro su expresión. Abrió la carpeta negra que llevaba bajo el brazo, la sostuvo frente a sí y comenzó a leer, con una voz plana, monótona, tan fría y limpia como el hielo.

—No encontré evidencia de conductas violentas, ni agresiones físicas ni verbales, en ningún registro, denuncia o testigo presencial verificado.

La sonrisa del director se congeló en sus labios.

—Continúa —dijo, con un tono que ya había perdido parte de su calidez.

Takamura pasó una hoja. El sonido del papel fue lo único que se escuchó en la habitación.

—No encontré evidencia de amenazas, intimidaciones o coacción hacia ningún miembro de la comunidad escolar.

Otra página.

—No encontré evidencia de acoso, ni como víctima ni como agresor.

Otra página.

—No encontré evidencia de infracciones disciplinarias graves, daños a la propiedad, faltas de respeto graves o conductas que alteren el orden institucional.

El silencio que siguió fue pesado, denso, casi irrespirable. El director sintió cómo la temperatura de la habitación parecía bajar varios grados. Frunció el ceño, y sus ojos, antes amables, se endurecieron hasta parecer dos piedras negras.

—Sin embargo —intervino, bajando la voz, tratando de recuperar el control de la situación—, tenemos docenas de testimonios. Informes de profesores, comentarios de estudiantes, quejas de padres. Gente preocupada, gente que ha visto cosas... mucha gente diciendo lo mismo.

—Rumores —corrigió Takamura, sin levantar la vista del papel.

El director parpadeó, sorprendido por la contundencia de esa sola palabra.

—¿Perdón?

—Rumores —repitió Takamura, alzando finalmente la vista para clavar sus ojos grises directamente en los del director—. Habladurías. Interpretaciones. Suposiciones. Ninguno de esos testimonios presenta una sola prueba verificable, una fecha exacta, un hecho concreto o una evidencia tangible. Son solo palabras contra el silencio de él.

El director apretó los dientes. Se reclinó hacia atrás en su sillón de cuero, cruzando los brazos sobre el pecho, perdiendo toda pretensión de amabilidad.

—Takamura... no seas ingenuo —dijo con gravedad, bajando el tono de voz hasta volverse casi un susurro amenazante—. Cuando hay humo, es que hay fuego. Hay demasiadas personas diciendo lo mismo durante demasiado tiempo. ¿Me estás diciendo que todos mienten? ¿Que se han puesto todos de acuerdo?

—Le estoy diciendo —respondió Takamura, con una calma que rayaba en la insolencia— que nadie ha podido demostrar nada. Y que, en mis investigaciones, cuanto más profundo cavaba, menos cosas encontraba. Y eso, Director, también es un dato.

El ambiente se volvió asfixiante. La tensión entre ambos hombres era casi visible, una línea tensa y peligrosa que vibraba entre el escritorio y el suelo.




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