La mañana era tranquila, de esas en las que la luz del sol entraba suavemente por la ventana, bañando la habitación con tonos dorados y el aire fresco de la primavera. Se escuchaba a lo lejos el canto de los pájaros y el murmullo lejano de la ciudad despertando, pero aquí adentro todo era silencio y calma.
Por primera vez en mucho tiempo, Yuuto se encontraba frente al espejo de su habitación sin llevar puesto el uniforme escolar. Su cabello plateado caía suelto y sedoso sobre sus hombros, y sus ojos claros, ahora sin la sombra de la capucha que siempre lo cubría, se miraban con una mezcla de nervios e incertidumbre. Sobre la cama había varias prendas cuidadosamente dobladas, todas limpias y ordenadas, esperando ser elegidas.
Algunas eran demasiado llamativas, con colores vivos o diseños que le parecían demasiado atrevidos. Otras demasiado formales, como si fuera a una reunión importante. Y algunas... simplemente no parecían ser para él, como si al ponérselas estuviera usando la ropa de otra persona.
Yuuto pasó una mano por su cabello, apartando un mechón de su frente, y habló con su voz suave, tranquila y natural, sin necesidad de su libreta.
—Solo voy a comprar unos cuadernos y algunos materiales... —dijo en voz baja, mirando su propio reflejo—. No necesito algo especial, ni que llame la atención. Solo quiero ir, comprar y volver.
Sentada sobre el borde de la cama, Aoi Kanzaki observaba todo con una sonrisa divertida y cariñosa, sus ojos violetas brillando con esa mezcla de ternura y picardía que solo una madre sabe tener.
—Eso dices ahora —respondió ella con suavidad, levantándose y acercándose a la pila de ropa—, pero una cosa es lo que tú crees que necesitas, y otra muy distinta es lo que te queda bien.
Yuuto levantó la vista justo a tiempo para ver que su madre ya estaba rebuscando entre las prendas, con esa expresión concentrada que le era tan familiar. Eso nunca era buena señal. Sabía muy bien que cuando Aoi se ponía así, no había forma de que saliera de la habitación con la ropa sencilla y discreta que él tenía en mente.
—Veamos... —murmuró ella, sacando una prenda de entre todas las demás y sosteniéndola en el aire—. ¿Qué tal esto?
Yuuto miró fijamente lo que tenía en la mano, y casi sintió que se le paraba el corazón.
—Mamá... eso parece ropa de modelo, no de alguien que va a una papelería —dijo con una mezcla de protesta y resignación, negando con la cabeza—. Es demasiado... demasiado todo.
—¿Y cuál es el problema? —preguntó ella, inclinando la cabeza y poniendo una cara de inocencia que él conocía demasiado bien—. Se te vería muy bien, te lo aseguro. Tienes la figura para llevarlo.
—Eso es precisamente lo que me preocupa —respondió él, acercándose un poco y señalando con el dedo—. Si me pongo eso, todo el mundo me va a mirar. Y ya sabes que... que no me gusta ser el centro de atención.
—¿Y qué tiene de malo verte lindo? —insistió ella, acercándose y sosteniendo la prenda frente a él, como si estuviera comparando con su reflejo en el espejo—. Desde que eras pequeño te lo digo, eres muy lindo, y ahora que has crecido... mucho más.
Yuuto se quedó inmóvil, sintiendo cómo se le subían los colores a las mejillas.
—Mamá, por favor... —susurró, bajando la mirada—. No soy lindo, solo... solo soy yo.
—Claro que sí lo eres —aseguró ella, sonriendo con esa seguridad absoluta que siempre tenía—. Y no tienes por qué ocultarlo. Pero está bien, si ese te parece demasiado, tengo otra opción. Te prometo que es más discreta, pero igual de bonita.
Treinta minutos después, Yuuto estaba de pie frente a la puerta de entrada de la casa, listo para salir.
Llevaba puesto un conjunto que su madre había elegido: una chaqueta ligera de color azul pálido, de corte suelto y elegante, sobre un suéter de cuello alto negro, de tela fina y suave, que cubría su cuello sin ser pesado. Los pantalones eran de un tono gris muy claro, de corte recto y cómodo, que caían suavemente hasta sus zapatos. Completaba el atuendo unos guantes negros de tela fina y unos lentes oscuros de montura fina que cubrían sus ojos, un pequeño escudo que él mismo había pedido para sentirse un poco más protegido.
Nada era extravagante, nada era escandaloso ni llamativo por sí mismo. Pero la combinación, junto con su cabello plateado que caía libre y brillante sobre sus hombros, su piel pálida y sus rasgos tan delicados y hermosos, hacía que se viera increíblemente bien. Tenía un aire elegante, tranquilo y misterioso, como alguien que había salido de la página de una revista juvenil, no como un chico que iba a comprar útiles escolares.
—Te ves muy bien, te lo dije —dijo Aoi apareciendo detrás de él, acomodando un pequeño mechón de cabello que había quedado fuera de lugar—. Discreto, pero guapo. Y muy tú.
Yuuto miró su reflejo en el espejo de la entrada, ajustándose un poco los lentes.
—Creo que aun así todos me van a mirar —dijo con voz suave, aunque esta vez no había tanta protesta en sus palabras. La verdad es que, mirándose bien, se sentía cómodo. Se sentía él mismo, pero sin capas de más.
—Probablemente —admitió ella con una sonrisa—, pero recuerda algo muy importante: no porque estés haciendo algo malo, ni porque te vean como algo extraño. Sino porque te ves bien, porque eres agradable a la vista. Y eso no es malo, hijo. No siempre tienes que esconderte.
Yuuto guardó silencio, asimilando sus palabras. Durante años, salir de casa significaba solo hacerlo cuando era estrictamente necesario, y casi siempre acompañado: por ella, por su abuelo, más recientemente por Reika, por Ayaka, por Airi, por Shiori, por Goro o por Kaito. Siempre había alguien a su lado, alguien que lo protegía, alguien que hacía de escudo.
Pero hoy no. Hoy estaba solo. Y esa era precisamente la razón por la que había decidido hacerlo. No quería depender de los demás para siempre. No quería que cada paso de su vida requiriera que alguien lo tomara de la mano. Quería demostrarse a sí mismo que podía hacerlo, que estaría bien, que podía caminar por la calle sin miedo.