Yuuto salió de la estación y respiró profundamente.
El aire fresco de la mañana, cargado con el olor leve a asfalto húmedo y el perfume de los árboles que bordeaban la acera, golpeó su rostro con suavidad mientras las puertas automáticas se cerraban detrás de él con un sonido metálico y breve. El sol brillaba alto, pero una brisa ligera hacía que el calor no resultara molesto, y por un instante, todo pareció estar en calma.
—Estoy bien...
Apretó ligeramente la correa de su bolso contra su hombro, sintiendo la textura del tejido entre sus dedos.
—Estoy bien.
Lo repitió más para sí mismo que para convencer a nadie, como si esas dos palabras fueran un pequeño hechizo que pudiera mantener a raya su propia inseguridad.
Aquella era la primera vez en mucho tiempo que salía solo a un lugar tan concurrido. Las calles estaban llenas de gente: personas apresuradas que iban al trabajo, turistas mirando los letreros, grupos de amigos que caminaban riendo. Y él estaba allí, en medio de todo eso.
Sin Reika.
Sin Ayaka.
Sin Goro.
Sin nadie que caminara a su lado, sin nadie que le tomara la mano o le dijera que no pasaba nada.
Solo él.
Y aunque había decidido hacerlo por voluntad propia, eso no significaba que los nervios hubieran desaparecido por completo.
Todavía sentía esa pequeña presión en el pecho, como si un nudo suave pero persistente se hubiera instalado allí desde que salió de casa. Ese miedo irracional que le susurraba al oído que todos lo estaban mirando, que todos estaban pensando algo sobre él, que todos podían verlo de una forma que él no quería ser visto.
Yuuto bajó un poco la mirada, fijando sus ojos en el suelo, en las líneas del pavimento, en sus propios zapatos que avanzaban despacio, uno tras otro. Se pasó una mano por un lado del cabello, acomodándolo sin darse cuenta, un gesto que le salía siempre que se sentía expuesto.
Entonces escuchó algunas voces.
No estaban dirigidas a él. Eran simples conversaciones ajenas, que flotaban en el aire mezcladas con el ruido de los coches y los pasos de la gente. Pero aun así llegaron claramente a sus oídos.
—Oye, ¿viste a esa chica? —dijo una voz femenina, alegre y cercana.
—¿Cuál? —respondió la otra, con curiosidad.
—La del cabello plateado. La que pasó hace un momento.
Yuuto sintió que sus hombros se tensaban de golpe, su cuerpo se puso rígido y sus pasos se hicieron más cortos, casi detenidos. Su corazón dio un salto, esperando lo que viniera después.
—Debe usar un tinte carísimo. No es un color común.
—¿Tinte? —dijo la otra, con tono de duda—. Se ve demasiado natural, brillante y suave. No parece pintado.
—Entonces será una peluca. De esas de buena calidad.
—¿Dónde compras una peluca así? Si es así, se ve increíblemente real.
—Ni idea. Pero si descubres dónde, avísame, que yo también quiero una así.
Las dos mujeres siguieron caminando, alejándose cada vez más, sus voces perdiéndose entre el ruido de la calle. Ni siquiera parecían haber detenido el paso ni haberlo mirado directamente. Simplemente estaban comentando entre ellas, como se comenta algo que llama la atención, sin malicia, sin intención.
Yuuto las observó alejarse por el rabillo del ojo, soltando el aire que había estado reteniendo sin darse cuenta.
Y por primera vez se dio cuenta de algo importante.
Nadie estaba burlándose. Nadie estaba señalándolo con el dedo. Nadie estaba diciendo cosas crueles, ni susurrando cosas horribles, ni mirándolo con desprecio.
Simplemente... sentían curiosidad. Nada más.
Aquello era extraño, nuevo, y todavía no sabía muy bien cómo sentirse al respecto. Pero la presión en su pecho se aflojó un poquito, muy despacio.
Así que siguió caminando.
Poco a poco. Paso a paso. Controlando su respiración, mirando al frente, aunque sin atreverse todavía a sostener la mirada de nadie.
Hasta que finalmente, el enorme centro comercial apareció frente a él, con su fachada brillante y los letreros luminosos que anunciaban todo tipo de tiendas. Las puertas de cristal se abrieron automáticamente al acercarse, emitiendo un sonido suave, y el bullicio del interior lo recibió de inmediato, envolviéndolo por completo
Había de todo. Tiendas de ropa con maniquíes en los escaparates, locales de comida con aromas que se mezclaban en el aire, música de fondo que sonaba bajita pero alegre, conversaciones que se entrecruzaban por todos lados. Familias enteras paseando, parejas tomadas de la mano, niños corriendo de un lado a otro persiguiéndose, ancianos que caminaban despacio mirando todo con calma.
Yuuto permaneció quieto unos segundos justo en la entrada, sintiendo cómo el aire acondicionado le acariciaba la piel y cómo el ruido lo rodeaba todo. Se quedó allí, inmóvil, observando el ir y venir de la gente, esperando que apareciera ese miedo otra vez... pero no fue tan fuerte como antes.
Luego soltó lentamente el aire que no sabía que había estado conteniendo desde que salió de la estación.
—Llegué... —susurró casi sin voz.
Una pequeña sonrisa, tímida y leve, apareció en sus labios.
Lo había logrado. Parecía algo insignificante para cualquiera, algo que todos hacían a diario sin pensarlo. Pero para él no lo era en absoluto.
Había llegado solo. Había caminado entre la gente. Y seguía estando bien.
Nadie lo había perseguido. Nadie se había reído de él. Nadie había intentado lastimarlo, ni decirle nada malo. Solo había caminado hasta allí, como cualquier otra persona, comprando tiempo y confianza con cada paso.
Y por alguna razón, aquello le dio un poco más de fuerza. Una pequeña chispa que le hizo sentir que, quizás, no era tan diferente al resto.
Yuuto ajustó de nuevo la correa de su bolso, enderezó un poquito la espalda y comenzó a recorrer los pasillos, avanzando entre la gente con paso más seguro, aunque todavía manteniéndose un poco apartado, pegado a los laterales, sin cruzarse demasiado en el camino de nadie.