La Marca que no Elegí.

Capítulo 01

La primera vez que Liria Vale oyó a alguien decir que los omegas nacían para obedecer, tenía ocho años. La segunda, dieciséis. La tercera llegó aquella mañana, escrita con tinta roja en la pared del callejón donde trabajaba. «LOS OMEGAS NO NACEN PARA ELEGIR». Liria se quedó inmóvil, con una caja de botellas apoyada contra la cadera. El aire olía a lluvia vieja, basura húmeda y pintura fresca. La frase todavía goteaba sobre los ladrillos, roja como una herida abierta.

—¿Vas a quedarte mirándola todo el día? —preguntó Nessa a su espalda. Liria dejó la caja en el suelo.

—¿Quién hizo esto?

—No lo sé. Cuando llegué ya estaba.

—¿Y no se te ocurrió cubrirlo?

Nessa arqueó las cejas. Era una beta de cabello rizado y expresión franca, la clase de persona que rara vez esperaba permiso para decir lo que pensaba.

—Claro. Me dije: «Qué mañana tan tranquila, voy a discutir con una pared». Pero después recordé que tenía que abrir el local.

Liria intentó sonreír. No le salió. El mural cubría casi todo el muro trasero del café. No era una pintada cualquiera. La frase estaba escrita justo encima de la puerta de servicio, donde empleados, proveedores y vecinos tenían que verla al entrar. Alguien había elegido el lugar con cuidado.

También había elegido las palabras.

—No la mires así —dijo Nessa, más suave—. No habla de ti.

—Habla de todos nosotros.

—No de todos. De quienes creen que...

—Nessa, no hace falta que lo arregles.

—No estaba intentando arreglarlo.

Pero sí. Liria reconoció ese tono. Era el que usaba la gente cuando no podía cambiar el mundo y solo le quedaba poner una mano en tu hombro, ofrecerte un café, decirte que no estabas sola. A veces bastaba. Esa mañana no.

—¿Quieres que llamemos a la guardia? —preguntó Nessa.

—¿Para qué? Van a preguntar si algún omega se sintió amenazado. Luego tomarán nota y recomendarán que no caminemos solas por la noche.

—Podríamos fotografiarlo.

—Eso sí.

Nessa sacó el teléfono. Liria se apartó para dejarle espacio. Mientras la pantalla enfocaba la frase, ella se obligó a no pensar en el consejo de su madre: No respondas a una provocación si no sabes quién espera que lo hagas.Su madre llevaba muerta seis años. Aun así, algunas advertencias seguían apareciendo con una claridad insoportable.

—Ya está —dijo Nessa—. La mando al chat del barrio.

—No. Envíamela a mí. Yo decidiré qué hacer.

—¿Desde cuándo te has convertido en una persona que decide qué hacer?

—Desde que me di cuenta de que esperar a que otros lo hagan es peor.

Nessa la observó. Sus ojos se llenaron de preocupación, pero no insistió. Esa era una de las razones por las que Liria la quería: Nessa sabía cuándo empujar y cuándo dejar la puerta abierta.

El sonido de una campanilla anunció que alguien había entrado al café.

—Voy a atender —dijo Nessa—. Tú termina de ordenar el depósito. Y, Liria…

—¿Sí?

—No tienes que fingir que no te afecta.

Liria tragó saliva.

—No estoy fingiendo.

Nessa no le creyó. No dijo nada. Entró por la puerta de servicio y la dejó sola con la pintada.

Liria tomó la caja y siguió caminando.El depósito estaba al fondo del pasillo, detrás de una cortina verde que había visto mejores años.

Allí guardaban cajas de café, azúcar, vasos de cartón y todo lo que el local no podía acomodar en el pequeño mostrador. También guardaban el abrigo de Liria, un botiquín y una radio vieja que solo captaba dos emisoras.

Era un cuarto estrecho, pero familiar. Tenía una ventana diminuta que daba a una escalera de incendios y un olor persistente a canela. A Liria le gustaba. Los lugares pequeños tenían la ventaja de que resultaba más fácil comprobar que no había nadie más.Dejó la caja en una estantería y se limpió las manos en el delantal.

El día apenas comenzaba. Afuera, la ciudad estaba cubierta por una capa gris de nubes. La lluvia amenazaba con caer, pero todavía no se decidía. La gente pasaba deprisa por la avenida, con el cuello de los abrigos levantado y la cabeza baja. Nadie miraba el muro. Nadie parecía haber notado la frase.

Liria sí la había visto.

Y ahora no podía dejar de leerla.

LOS OMEGAS NO NACEN PARA ELEGIR.A los dieciséis, un médico había intentado explicarle que su cuerpo podía cambiar antes de que ella estuviera preparada. Se lo había dicho con palabras cuidadosas, como si la suavidad de su voz pudiera transformar la información en algo menos aterrador. Le habló de ciclos, de señales y de una medicación preventiva que debía tomar cada día.

No le habló de lo que ocurría cuando la medicación fallaba.

Tampoco le habló de las manos de los hombres que podían confundir una reacción involuntaria con una invitación.

Su madre sí se lo había contado. Sin detalles innecesarios, sin dramatismos, sentada al borde de la cama de Liria con ambas manos entrelazadas sobre las rodillas.

—Tu cuerpo no firma contratos por ti —le había dicho—. Si alguna vez alguien pretende convencerte de lo contrario, miente.

A los dieciséis, Liria había asentido. Había pensado que entendía.

A los veintitrés, todavía intentaba aprender a vivir como si aquel consejo fuera suficiente.



#499 en Fantasía
#271 en Thriller
#93 en Suspenso

En el texto hay: omegaverse, +18, darkromace

Editado: 04.11.2026

Añadir a la biblioteca


Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies.