La Marca que no Elegí.

Capítulo 02

El café se llamaba La Linterna porque su dueña, la señora Bell, juraba que la luz amarilla de las ventanas hacía que la gente se sintiera menos sola. Era un local pequeño, atiborrado de mesas distintas entre sí y plantas que se negaban a morir. La clientela estaba formada por vecinos, estudiantes, empleados de oficinas y algún que otro cliente habitual que acudía más por compañía que por el café.

Liria llevaba allí casi dos años. Trabajaba por las mañanas y hacía traducciones por la noche. No era un gran plan de vida, pero pagaba el alquiler y le dejaba suficiente tiempo para terminar los estudios que había interrumpido después de la muerte de su madre.

Una campanilla tintineó sobre la puerta.

—Buenos días —dijo Liria, saliendo del depósito.

El hombre que acababa de entrar miró alrededor. Llevaba un traje oscuro, impecable, aunque las gotas de lluvia en sus hombros decían que había caminado desde la avenida. Tenía las manos desnudas, pese al frío, y una expresión cansada.

—Un café negro, por favor.

—¿Grande o pequeño?

—Grande.

Liria tomó una taza. El hombre dejó unas monedas sobre el mostrador.

—¿Quieres algo para comer?

—No.

—Tenemos bollos de canela recién hechos.

—He dicho que no.

No lo dijo con hostilidad, pero sí con una firmeza que cerraba la conversación. Liria asintió y se volvió hacia la máquina.

El café empezó a caer en la taza con un ruido bajo. Tras ella, el hombre respiró hondo.

Liria se tensó.

No había nada extraño en ese sonido. Un cliente podía suspirar, aclararse la garganta o estar cansado. Sin embargo, su instinto —la parte de ella que siempre mantenía una oreja despierta, incluso cuando estaba agotada— le indicó que algo había cambiado.

Una nota amarga se abrió paso bajo el olor del café.

Una fragancia.

Liria dejó de respirar durante un instante. No era un perfume. Era algo más directo, más difícil de ignorar, como madera mojada y humo frío. No debía ser posible que un aroma ajeno la alcanzara con tanta fuerza. Había tomado su supresor esa mañana. Lo había tomado a la misma hora que siempre, con un vaso de agua y una tostada.

El hombre volvió a respirar.

La madera y el humo se hicieron más intensos.

—¿Se encuentra bien? —preguntó él.

Liria giró apenas la cabeza.

—Sí.

—No parece.

—Es el café.

—El café no tiene la culpa de todo.

La frase habría podido ser amable. En su boca sonó como una observación más que como un intento de consolarla.

Liria terminó de llenar la taza y la dejó sobre el mostrador.

—Aquí tiene.

El hombre la tomó. Sus ojos se detuvieron en el rostro de Liria durante un segundo más de lo necesario. Eran grises, casi plateados bajo la luz amarilla del local.

Él olió el aire.

Fue un gesto pequeño. Un movimiento apenas perceptible de la nariz, tan rápido que cualquier otra persona podría haberlo pasado por alto.

Liria no.

—¿Pasa algo? —preguntó.

—No.

—Entonces, ¿por qué me mira así?

El hombre bajó la vista a su café.

—No quería incomodarte.

—Pues ya lo has hecho.

Por primera vez, algo se movió en su expresión. Tal vez sorpresa. Tal vez molestia. Liria no supo decidirlo, y no le importó.

Él metió la mano en el bolsillo interior del abrigo y sacó una tarjeta oscura. La dejó junto al recipiente de las propinas.

—Si te sientes mal, llama a este número. Atienden las veinticuatro horas.

—No necesito un médico.

—No he dicho que lo necesites.

—Entonces no necesito tu tarjeta.

La recogió y la empujó de vuelta hacia él.

—Como quieras.

El desconocido guardó la tarjeta. Al hacerlo, su manga se deslizó y dejó ver un anillo negro en su mano derecha. Era liso, sin emblemas, pero de una factura demasiado elegante para pasar desapercibido.

El hombre se marchó sin decir nada más.

Liria lo siguió con la mirada hasta que desapareció detrás del cristal. Nessa salió de la cocina con una bandeja.

—¿Quién era?

—Un cliente.

—Qué respuesta tan útil. ¿Y por qué tienes cara de haber visto un fantasma?

—No tengo esa cara.

—La tienes desde que cumpliste doce años, pero ahora es peor.

Liria se frotó las manos. Le temblaban. Se enfadó consigo misma por ello.

—No sé. Su aroma me ha hecho sentir mal.

Nessa dejó la bandeja sobre una mesa.

—¿Te has tomado el supresor?

—Sí.
—¿Seguro?

Liria se giró hacia ella.

—No me hables como si fuera una niña.

—No lo hago. Te pregunto porque te vi tomarlo a las siete, pero no sé si has desayunado algo.

La respuesta le desarmó la rabia. Nessa no estaba acusándola de irresponsable. Estaba preocupada. Liria lo sabía, pero la preocupación también podía sentirse como una mano cerrándose alrededor de la garganta.

—Me tomé la dosis completa —dijo—. Como siempre.

—Bien. Entonces quizá el hombre usaba un perfume fuerte.

—No era perfume.

Nessa se quedó quieta.

—¿Qué quieres decir?

—Nada.

—Liria.

—Solo… no sé. Era un aroma raro. Supongo que estaba mezclado con el café.



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En el texto hay: omegaverse, +18, darkromace

Editado: 04.11.2026

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