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El sol de la tarde se colaba por los ventanales de la joyería, iluminando mi propia sonrisa reflejada en el cristal, y mis dedos acariciaban con ternura la caja de terciopelo azul oscuro donde había un reloj de edición limitada que, sabía, Jorge adoraría.
Era el regalo perfecto para un hombre perfecto.
—Es un hombre extraordinario —le comenté a la dependienta, sintiendo cómo mis ojos brillaban de orgullo—. No solo es un proveedor impecable, es la persona más empática que he conocido y es el pilar que sostiene toda mi vida.
La dependienta me devolvió una sonrisa amable, ajena a la profundidad de esa entrega, y abandoné la tienda con el corazón ligero. Me sentía afortunada. Demasiado completa.
Al llegar a casa luego de unos cortos minutos, el silencio habitual de la mansión me resultó extrañamente reconfortante y dejé el regalo sobre la repisa de la entrada, asegurándome de que quedara bien visible. Quería que Jorge lo viera en cuanto cruzara la puerta y ver ese destello de gratitud en sus ojos antes de darle una cena familiar como sorpresa.
—¿Jorge? —llamé, caminando hacia el salón—. ¿Cariño?
No hubo respuesta, pero al acercarme al pasillo que conducía a la sala de invitados, el sonido de voces contenidas me detuvo en seco. Eran Jorge y Nathan, su mejor amigo. Sonreí para mis adentros, imaginando que quizás preparaban una sorpresa para la fiesta de esa noche.
Estaba a punto de entrar para unirme a la charla cuando la voz de Jorge, destilando una frialdad que jamás le había escuchado, me heló la sangre de pies a cabeza.
—Deja de sermonearme, Nathan. Gabrielle es una mujer agradecida y eso es todo. Su ignorancia es mi mayor ventaja.
Sentí un vacío repentino en el pecho ante lo que dijo y me quedé inmóvil, incapaz de procesar sus palabras.
—Es una locura, Jorge —respondió Nathan, con tono de advertencia—. Estás jugando con fuego y lo sabes.
—No digas tonterías —reclamó Jorge.
—No lo es. Puede que Joyce sea tu secretaria, pero no va a aguantar esto para siempre porque Sofía es su hija biológica y la has metido en la casa de tu esposa bajo una mentira, haciéndola pasar por una niña adoptada que ella nunca pudo tener o darte.
El aire en el pasillo se volvió irrespirable y sentí que el suelo se inclinaba bajo mis pies, obligándome a apoyarme contra la pared, con los nudillos blancos.
—Es una crueldad, Jorge —insistió Nathan, con voz tensa—. Has convertido la vida de esa mujer en una mentira viviente.
Jorge suspiró, con una calma que me provocó náuseas.
—Amo a Gabrielle, Nathan. De verdad que la amo, y es mi esposa, pero un hombre como yo no puede quedarse sin descendientes; es una imposibilidad biológica que no estaba dispuesto a aceptar, por eso esta fue la única solución para tener lo que necesitaba sin perder nuestro matrimonio. Le di una hija, le di una familia, y ella me dio la gratitud que necesitaba para que todo funcionara.
—¿Y ahora qué? —preguntó Nathan, su voz subiendo de tono—. ¿Hasta dónde piensas llevar esta farsa?
Jorge hizo una pausa, y cuando volvió a hablar, su tono era tan frívolo como hielo.
—No lo sé realmente… Joyce está embarazada de nuevo, Nathan —confesó.
Hubo un silencio sepulcral en la sala, seguido de un sonido metálico, como si Nathan hubiera dejado caer un vaso al suelo, y la tensión se hizo palpable.
—¿Qué has dicho? —la voz de su mejor amigo era un susurro cargado de horror—. ¿Estás diciendo que Joyce está embarazada otra vez? ¿De ti? ¡Jorge, eso es una locura! ¿Cómo planeas manejar dos familias paralelas cuando los niños crezcan?
—Joyce sabe cuál es su lugar —replicó Jorge, soltando una risa seca—. Le di un hogar, le di dinero, y tiene a su hija conmigo. Es un acuerdo que le beneficia más a ella que a nadie y, mientras Gabrielle crea que su vida es perfecta, adorando al marido “ideal” que cree tener, yo puedo manejar las piezas como me plazca. Mi vida está perfectamente equilibrada.
—Definitivamente, te has vuelto loco y todo ese secreto un día te va a reventar en la cara, amigo —comentó Nathan algo preocupado.
Me llevé una mano a la boca para ahogar un grito. Mis rodillas flaquearon y, por un instante, el pasado se precipitó sobre mí como una marea negra. Entonces recordé, con una nitidez insoportable, mi accidente.
Los médicos dijeron a mi esposo que nunca podría tener hijos, pero él no se apartó de mi lado ni un segundo y fue él quien insistió en la adopción, quien gestionó los papeles para traer a Sofía a mi vida. Creí que ese era el acto más noble que un hombre podía realizar por una mujer rota como yo.
Ahora, esa memoria, que antes atesoraba como la prueba de su amor incondicional, se retorcía en mi mente convertida en una burla macabra, pues todo había sido un plan. Una trampa diseñada para comprar mi gratitud eterna y ocultar, a plena vista, el fruto de su verdadera vida con Joyce.
La imagen del hombre que minutos antes describía como un “pilar de amor” se hizo añicos ante mis ojos, reemplazada por la visión de un monstruo calculador que vivía en mi propia casa.
Sofía era de ellos y estaba criando a la hija de su amante bajo mi propio techo, agradeciéndole cada día por regalarme la maternidad que él mismo me había robado.
—Esto no me puede estar pasando a mí —susurré, casi ahogando un sollozo.
Un pánico atroz se apoderó de cada fibra de mi ser y supe que tenía que salir de allí porque no podía respirar el mismo aire que él un segundo más. Retrocedí a tientas, cada paso siendo una tortura, hasta que alcancé la puerta de salida.
Mis pies se movían por instinto, lejos del monstruo y de la farsa, hasta que alcancé mi coche, aunque mis dedos temblaban tanto que apenas pude insertar la llave.
Encendí el motor y el vehículo salió disparado hacia la carretera principal donde conducía como una loca, esquivando otros coches, sin importar nada más que la distancia que pudiera poner entre nosotros, pero mis ojos estaban empañados por el llanto que parecía una tormenta que me impedía ver el camino.