La mentira en la que viví

02 El cumpleaños de Jorge II.

La puerta se abrió y la calidez del hogar me golpeó como una bofetada. Allí estaba él, impecable como siempre, con una sonrisa que solía hacerme sentir segura y que ahora solo me provocaba náuseas.

—¡Llegaste! —exclamó Jorge, acercándose para tomarme por la cintura.

Sentí el roce de sus manos y tuve que hacer un esfuerzo sobrehumano para no retroceder. Entonces me atrajo hacia sí para depositar un beso en mis labios. El contacto fue frío, una mentira que sabía a cenizas. Detrás de él, Sofía corrió hacia mí, envolviendo mis piernas en un abrazo que me destrozó el alma.

—¡Mami, te extrañamos! —chilló la niña.

Acaricié su cabello, sintiendo un dolor punzante en el pecho. Es ella, pensaba, la hija de Joyce y de mi marido. La pieza del rompecabezas de su vida paralela.

—Yo también te extrañé, cielo —murmuré, forzando una dulzura que ya no me pertenecía.

—Te esperábamos para nuestro momento especial, Gabrielle —dijo Jorge, separándome de Sofía y mirándome con esa intensidad calculada—. He visto todo el trabajo que has hecho con la fiesta y tengo que decir que eres una mujer increíble; gracias por esforzarte tanto por nosotros.

“Por nosotros”. Sus palabras resonaron con un doble sentido insoportable. Él se refería a su falsa familia, a la farsa que ambos manteníamos y que realmente era un chiste.

—Es un día especial, Jorge. Te lo mereces —dije, logrando que mi voz no temblara.

La cena transcurrió entre el tintineo de los cubiertos y la luz suave de las velas. Yo comía, o fingía hacerlo, mientras escuchaba las anécdotas de Jorge sobre su día. Cada palabra era un ladrillo más en el muro de engaños que él había construido a mi alrededor.

Yo asentía, sonreía en los momentos precisos y mantenía el contacto visual, como si fuera la mujer enamorada que él creía tener.

Entonces, ocurrió.

El teléfono de Jorge sobre la mesa vibró y él lo ignoró, pero volvió a vibrar dos veces más. Su mandíbula se tensó finalmente cuando lo tomó para contestar, alejándose unos centímetros.

—Hola —dijo, con un tono bajo que intentó disimular—. Sí, pero creo que ahora no puedo, quizás más tarde.

La persona al otro lado insistió y su voz se filtraba apenas como un zumbido agudo. Jorge negaba con la cabeza, sus dedos golpeando la mesa con impaciencia, pero la insistencia al otro lado de la línea parecía no tener fin.

Finalmente, Jorge suspiró cerrando los ojos un instante y, vencido por la presión, cambió el tono.

—Está bien, está bien, allí estaré en unos minutos —susurró, con una urgencia que no me dedicaba ni en nuestros mejores momentos.

Colgó el teléfono para volver a la mesa y su rostro recuperó la máscara de normalidad, aunque sus ojos delataban una inquietud febril.

—¿Qué sucede? —averigüé, aunque me imaginaba de qué se trataba.

—Gabrielle, lo siento mucho —dijo, levantándose—. Ha surgido un problema urgente en la oficina y es algo que solo yo puedo resolver ahora mismo.

Me puse en pie, manteniendo mi expresión de esposa preocupada.

—¿Ahora? ¿En pleno cumpleaños? Jorge, por favor, quédate. Sofía ha estado esperándote todo el día para soplar las velas y no puedes irte ahora.

Él se acercó para sujetarme por los hombros y depositó un beso rápido en mi frente, ignorando por completo mi súplica para que no se fuera.

—Es un asunto de vida o muerte para la empresa, mi vida. Espero que lo entiendas, aunque volveré tan pronto como pueda, lo prometo.

Sin mirar atrás, salió del comedor hacia la salida de la casa, dejándonos a Sofía y a mí solas en la penumbra de la sala. El eco de sus pasos al alejarse fue como una sentencia. Entonces me quedé allí de pie, viendo cómo la luz de las velas parpadeaba, sintiendo cómo el frío, por fin, se apoderaba de mi corazón.

Se ha ido, pensé, con una claridad atroz. Él no se va a la oficina, se va a donde realmente le gusta estar. Cada excusa de “urgencia laboral” era solo el puente hacia los brazos de esa mujer, hacia Joyce, hacia su otra vida.

¿Cómo pude ser tan ciega? Mientras él me dejaba aquí, envuelta en mi propia falsedad, yo sabía que en este preciso instante sus manos estarían tocando a alguien más y sus labios estarían mintiéndole a ella también, o quizás, burlándose de lo fácil que le resultaba manipularme a mí.

Me dolía el pecho, no por el cumpleaños arruinado, sino por la farsa completa de nuestra existencia. Él había priorizado la llamada de su amante sobre la celebración que yo, con tanto amor, había preparado.

La indiferencia con la que me dejó en la celebración, sin siquiera mirar atrás, fue la confirmación definitiva: para Jorge, yo era solo un mueble más en su vida o una pieza que él movía a su antojo, mientras su verdadero corazón latía en otra parte.

Recoger la mesa fue un ejercicio de contención. El tintineo de la plata y el cristal contra la porcelana me recordaba a los grilletes, pero no podía dejar que la niña notara nada. Sofía me observaba en silencio, con esa mirada curiosa que me obligaba a mantener la máscara firme, aunque por dentro sintiera que me desintegraba.

—¿Mami? ¿Papi no vuelve para el pastel? —preguntó ella, con voz dulce.

—No, cielo. Surgió un imprevisto —respondí, forzando una sonrisa que apenas alcanzó mis ojos.

—¿Puedo comer un pedazo? —preguntó de nuevo.

—Sí, cariño, claro que puedes.

Corté un trozo del pastel para dárselo a Sofía y esperé a que disfrutara del dulce del postre; mientras la miraba, mi pobre niña era la única inocente de toda esta telaraña de mentiras y falsedad.

La llevé a su habitación para comenzar la rutina de siempre y le ayudé a ponerse el pijama; también le acomodé las sábanas para leerle un cuento como cada noche. Cada gesto era mecánico, una coreografía ensayada que ahora se sentía como una traición hacia mí misma y, cuando terminé, me incliné para darle el beso de buenas noches.




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