La mentira en la que viví

03 La verdad que no veía.

El despacho de Jorge estaba impecable y cuando entré, levantó la vista de sus papeles; aunque hubo un destello de incomodidad, se forzó a sonreír por mi llegada.

—¡Gabrielle! Qué puntualidad —dijo, poniéndose en pie con una efusividad que, por un segundo, pareció genuina—. Gracias por traer los documentos, amor mío, de verdad, me has ahorrado un problema enorme siendo tan rápida.

—De nada, solo traté de ser eficiente —respondí.

Justo cuando me acercaba a entregarle los papeles, la puerta se abrió de golpe y Joyce entró sin llamar, sosteniendo una carpeta debajo del brazo mientras traía una bandeja de café. Jorge no solo dejó de mirarme, sino que se levantó de su silla con una energía nueva, una que no estaba dirigida a mí.

—Jorge, el reporte de liquidación no cierra —dijo Joyce, hablándole con familiaridad como siempre lo hacía y que nunca vi como algo más hasta este instante, ignorándome por completo, pasando a mi lado con una arrogancia estudiada—. Si no revisamos estas cifras ahora mismo, el consejo nos va a destrozar.

—Tienes razón, Joyce. Pásame eso —respondió él, con un tono de urgencia que jamás usaba conmigo.

Joyce se deslizó hacia su espacio, posicionándose hombro con hombro a su lado e inclinándose sobre el escritorio, creando un muro impenetrable. La atmósfera en la sala cambió: el aire se volvió denso, cargado de una complicidad personal que me relegaba al papel de mueble inservible.

—Si ajustamos el margen del 5 %, recuperaremos el equilibrio —explicó su secretaria y sus dedos rozaron los de Jorge mientras señalaba la pantalla.

—Es brillante. Hazlo —respondió él, sin siquiera girar la cabeza para ver si yo seguía allí.

Me quedé plantada en el centro de la oficina, sintiéndome humillada por la crudeza de su indiferencia. Eran un equipo, una unidad cerrada que no dejaba espacio para más nadie y, finalmente, cuando la discusión alcanzó un clímax de intensidad, Joyce se dio la vuelta con un movimiento deliberado. Entonces giró la muñeca, haciendo que la taza de café que había traído terminara volcándose sobre la alfombra, justo a sus pies.

—¡Ay! —exclamó, dando un traspié calculado.

El líquido saltó de la taza, manchando la alfombra de la oficina, pero el movimiento fue deliberado. Joyce se tambaleó y, al hacerlo, soltó un quejido agudo mientras sus manos buscaban instintivamente su abdomen.

Jorge, que estaba sentado tras su escritorio, saltó de su silla como si un resorte lo hubiera impulsado.

—¡Joyce! —exclamó él, ignorando olímpicamente mi presencia—. ¡Por Dios, ten cuidado! ¿Estás bien?

Se acercó a ella a toda velocidad, olvidándose por completo de que yo estaba allí, justo a dos metros de distancia, sosteniendo los documentos que él mismo me había pedido traer. Jorge rodeó a su secretaria con sus brazos, examinándola con una angustia que jamás, ni siquiera en el peor día de mi vida, le he visto dirigir hacia mí.

—Estoy bien, Jorge, estoy bien —dijo ella, con una voz entrecortada, acariciándose el vientre plano con una parsimonia irritante—. Gracias a Dios, el café no cayó sobre el bebé.

Jorge soltó un suspiro de alivio, pero sus manos no se apartaron de ella. Sus ojos, antes fríos y distantes, ahora brillaban con una preocupación genuina.

Sentí una punzada en el pecho, un dolor tan físico y agudo que tuve que apretar los documentos contra mi cuerpo para no temblar. Era como si me estuvieran clavando un cuchillo frente a mis ojos, pero mi papel de “esposa abnegada” me obligaba a no pestañear.

—Oh, Joyce —dije, dando un paso adelante, y mi voz sonó tan dulce, tan desprovista de veneno, que incluso yo me sorprendí—. ¿Estás embarazada?

Joyce levantó la vista. Sus ojos, oscuros y astutos, encontraron los míos con una suficiencia que me revolvió el estómago. Entonces se acomodó el cabello con una lentitud deliberada, disfrutando del momento.

—Sí, señora. Es muy reciente, apenas unas semanas, pero estamos muy felices.

“Estamos”, entendí la referencia.

Jorge se tensó y noté cómo su mandíbula se bloqueaba, cómo sus ojos pasaron de Joyce hacia mí, tratando de detectar una sospecha, una duda, cualquier grieta en mi máscara, pero yo seguía ahí, con una sonrisa.

—Es maravilloso —añadí, inclinando la cabeza con una curiosidad fingida—. De verdad, qué alegría para cualquier mujer. ¿Es tu primer embarazo?

El aire en la oficina se volvió denso, irrespirable. La pregunta colgaba en el espacio como una sentencia y vi cómo el rostro de Joyce vacilaba; una sombra de duda cruzó su mirada al intentar calcular cuánto sabía yo, hasta dónde llegaba mi ceguera.

—Yo… —comenzó ella, abriendo la boca.

—¡Joyce! —la interrumpió Jorge, su voz resonando con una autoridad repentina y desesperada—. Basta. No es momento para charlas personales y recuerda que tenemos una reunión en diez minutos, pero esos planos aún no están listos. Vuelve a tu puesto, ahora mismo.

—Claro que sí, Jorge —respondió—. Con permiso.

Joyce me miró una última vez, con una sonrisa triunfante, y se retiró del despacho con una cadencia que gritaba victoria.

Jorge se quedó allí, tratando de recuperar la compostura, arreglándose la corbata con manos temblorosas, pero yo ya no lo escuchaba y un recuerdo, como un relámpago, cruzó mi mente con una claridad aterradora: Joyce había empezado a trabajar en la empresa exactamente hacía ocho años. El mismo año en que mi marido, tras mi diagnóstico de infertilidad, apareció un día en casa, radiante, con una pequeña Sofía en brazos, asegurándome que la adopción había sido “milagrosa y rápida”.

El frío me recorrió la columna vertebral. El tiempo, la fecha, el milagro… Todo encajaba. Sofía no era el regalo de un hombre compasivo, sino el fruto de la amante que él había traído a su oficina para tenerla cerca.

Como una estúpida, había estado criando a la hija de la secretaria, que me sonreía con lástima cada vez que podía.




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