♠
La casa estaba inusualmente silenciosa cuando llegué. El aire, sin embargo, se sentía pesado, cargado con las palabras venenosas que Joyce había soltado en la puerta de la oficina, y me obligué a respirar, a soltar los hombros para guardar esa furia en el lugar más profundo de mi pecho. Sofía me esperaba, ajena a todo, y ella era mi prioridad ahora.
Pasé las siguientes horas atendiendo a mi pequeña hija, porque sí, era mía a pesar de todo, y le ayudé con sus deberes, jugamos un poco hasta que la acosté, asegurándome de que sus sábanas estuvieran perfectamente estiradas. Cada risa suya era un recordatorio de por qué no podía derrumbarme. Era mi escudo.
No fue hasta entrada la noche, cuando el reloj en la pared marcaba mucho más allá de la hora habitual de salida de Jorge, que escuché el motor de su coche en la entrada y me senté en el salón, con una copa de vino, manteniendo la espalda recta.
Jorge entró poco después, con el paso cansado y la corbata deshecha. Entonces se detuvo al verme, pero no me saludó con calidez, simplemente se aflojó el nudo de la corbata para dirigirse hacia el estudio.
—Llegas tarde —dije, manteniendo mi voz plana, sin una pizca de reproche evidente, solo una observación casual.
Jorge suspiró, caminando hacia el minibar.
—La oficina estaba caótica, Gabrielle. Ya sabes cómo son los cierres de mes.
Me levanté y caminé hacia él, con la copa en la mano, dejando que mi expresión se suavizara en una máscara de curiosidad fingida.
—Lo imagino. De hecho, Joyce me comentó lo mismo, que estaba agotada. Por cierto —hice una pausa, observándolo de reojo mientras servía su bebida—. No sabía que estaba embarazada. Es muy reciente, ¿verdad? Apenas se le empieza a notar y debe ser cansado trabajar así, siendo una pieza tan clave en tu agenda.
Jorge ni siquiera se giró. Su mano, firme, sostenía el vaso de cristal.
—Supongo —respondió con total indiferencia—. No me paso mucho tiempo analizando su estado físico. Es mi secretaria y su embarazo es un asunto privado que no me concierne.
Me jodía su descaro y su hipocresía; aun así, me acerqué un poco más, apoyándome en el marco de la puerta del estudio para medir bien cada palabra como si fuera un dardo.
—Es curioso, la verdad. Tantos años trabajando con nosotros, siendo una pieza tan importante en el ambiente empresarial, y nunca hemos visto a su pareja. Ni en la fiesta de la empresa, ni en los eventos familiares. Qué hombre tan ausente, ¿no? Cualquiera pensaría que es un fantasma —comenté.
Jorge soltó un suspiro, uno de esos ruidos que usaba para indicar que lo estaba distrayendo de algo “importante”. Dejó el vaso sobre la mesa y me miró con una expresión de tedio que casi me hizo reír por lo cínica que era.
—Gabrielle, por favor. No tengo tiempo para chismes de oficina y te recuerdo de nuevo que ella es una empleada, aunque la trata con familiaridad, pero no es un miembro de la familia. No tengo por qué saber los detalles de su vida personal ni quién es el padre de ese niño. Si ella decide mantener su vida privada fuera de la empresa, es su problema, no el mío —determinó.
Me quedé observándolo y su respuesta fue rápida, demasiado ensayada, pero en sus ojos hubo un microsegundo, una fracción de milésimas donde su mirada titubeó.
—Claro —dije, dedicándole una sonrisa suave—. Solo me dio curiosidad. Es una mujer muy ambiciosa y me imagino que también debe ser muy exigente con quien tiene a su lado.
Jorge volvió a tomar su vaso, dando por terminada la conversación sin mirarme.
—Supongo —dijo, cerrando el tema—. Ahora, si me disculpas, tengo asuntos pendientes.
—Bien, te dejo trabajar tranquilo —dije sin más.
Salí del estudio con el corazón latiéndome en la garganta. No me había dado una respuesta, pero el hecho de que se hubiera molestado en cerrar el asunto tan rápido me decía todo lo que necesitaba saber: la indiferencia era su escudo, y yo acababa de empezar a golpearlo.
Al día siguiente, el ambiente en casa era extrañamente conciliador. Jorge, como si hubiera olvidado la tensión de la noche anterior, me pidió que lo acompañara a una cena de negocios con unos socios clave cuando regresó del trabajo.
—Creo que nos hace falta un tiempo juntos, Gabrielle —me dijo, con esa voz que solía ser mi debilidad—. Me gustaría compensarte por el estrés de ayer y mi mal humor.
—Bien, ¿qué quieres darme? —pregunté.
—Es sorpresa —dijo.
Acepté y me vestí con elegancia, armada con la frialdad que había cultivado en mi pecho. De esa misma manera llegamos a la zona privada de un restaurante, donde Jorge me tomó por la cintura con una firmeza que parecía cariñosa, pero que yo sentí como una posesión. Entonces nos acercamos a la mesa donde los socios principales nos esperaban con copas en mano.
—Caballeros —dijo Jorge, con esa voz clara y segura que reservaba para los negocios—. Permítanme presentarles a mi amada esposa, Gabrielle. Ella es el pilar que sostiene todo lo que ven aquí.
Los hombres se levantaron de inmediato, saludándome con una complacencia que me resultó extraña bajo la mirada de Jorge.
—Es un placer, señora Gabrielle —dijo uno de los socios, besando mi mano con galantería—. Jorge no exagera al llamarla su pilar porque es usted una mujer verdaderamente hermosa y elegante.
—Sin duda —añadió otro, sonriendo con respeto—. Tener a una mujer con tanta presencia a su lado, Jorge, solo habla bien de sus capacidades para elegir a lo mejor.
—Gracias, son muy amables —respondí.
Correspondi con una sonrisa impecable, una que no llegaba a mis ojos, mientras observaba cómo Jorge parecía inflarse de orgullo al escuchar los elogios hacia su “trofeo” y, durante la cena, me mantuve impecable, una esposa perfecta apoyando la carrera de su marido, mientras observaba cómo él intentaba impresionarlos.
Llegó el momento del brindis y Jorge se puso de pie, su copa de cristal reflejando la luz del salón.