♠
El despacho del licenciado Curbain olía a cuero antiguo y papel recién impreso, un contraste con el ambiente tóxico del edificio empresarial donde, solo unas horas antes, había desenterrado la verdad.
Entré al despacho sin necesidad de cita. El abogado levantó la vista, sorprendido por mi aspecto y mi ropa; estaba impecable, pero mis ojos, según deduje por su reacción, debían reflejar una tormenta.
—Señora Gabrielle, no la esperaba hasta la próxima semana —dijo, cerrando el expediente que tenía sobre la mesa—. ¿Ha ocurrido algo?
Sin decir una palabra, deslicé el dispositivo de almacenamiento sobre la caoba y el pequeño metal brilló bajo la luz tenue de la lámpara; estaba decidida a desatar la guerra que se avecinaba.
—Aquí está —dije, y mi voz sonó más firme que nunca—. Usted me pidió pruebas para ayudarme y aquí se las traigo. Es mucho más de lo que imaginaba.
—Veamos —dijo.
Curbain conectó el dispositivo a su portátil.
El silencio en el despacho del abogado se volvió denso, interrumpido solo por el tecleo rápido y el zumbido del aire acondicionado. A medida que escaneaba los archivos, observé cómo sus cejas se arqueaban. Su expresión profesional fue dando paso a un gesto de genuino asombro.
—Esto es demoledor si de verdad quiere dañar a su esposo, señora Hitman —murmuró, fijando la mirada en una de las transacciones—. Además del capital personal que comparte con usted, ha estado desviando capitales de la empresa hacia cuentas personales para financiar a terceros, que supongo se trata de la amante. Es falta de ética y un fraude contable de libro.
—Por ahora, no tocaremos eso —lo interrumpí con frialdad, levantando una mano—. Guárdelo como nuestra póliza de seguro en caso de que me ponga las cosas difíciles; ahora mismo lo que quiero es iniciar el proceso de divorcio lo más pronto posible y asegurar la custodia total de nuestra hija. Si Jorge intenta oponerse en el futuro, entonces sí, sacaremos esto a la luz para defenderme si él se atreve a intentar quitarme mis derechos.
—Es una estrategia inteligente —asintió el abogado, quitándose las gafas—. Con la negligencia expuesta y el historial de conducta inapropiada, tenemos suficiente para movernos ahora mismo con el divorcio. Si él quiere pelear la custodia, su propia gestión financiera será el proceso penal que termine de hundirlo.
—Gracias, licenciado. Confío en que mantendrá todo esto bajo el más estricto secreto hasta que sea el momento oportuno —añadí, levantándome de la silla.
—Por supuesto. El despacho es su aliado, señora Gabrielle, y procederemos con la demanda bajo sus condiciones.
Sentí una descarga de adrenalina al salir de su oficina. El miedo que me había atenazado durante meses comenzó a evaporarse, reemplazado por una claridad que nunca había tenido antes, y me sentía satisfecha.
Esa misma tarde, estando sola en casa, decidí probar mi nuevo papel de mujer sumisa y marqué el número de Jorge. Sabía que él esperaba una llamada de control, o quizás una escena, así que le di lo que él creía querer: una esposa comprensiva de buen humor.
La pantalla se iluminó y, tras unos segundos, la imagen apareció. Para mi sorpresa, no estaban en el hotel como yo esperaba, sino en la cubierta de un yate bajo un sol brillante.
La brisa agitaba el cabello de Sofía, quien reía mientras comía fruta. A su lado, Jorge sostenía una copa de champaña y, justo detrás, Joyce aparecía en el encuadre, sonriente y relajada.
Sentí que el oxígeno abandonaba mis pulmones. Verlos allí, encuadrados como la estampa perfecta de una felicidad que me pertenecía, me provocó un desgarro sordo en el pecho.
Jorge lucía esa arrogancia relajada de quien se siente intocable, y Joyce ocupaba mi lugar bajo el sol, riendo con la complicidad de quien ha ganado una guerra silenciosa. Por un instante, el dolor de la humillación amenazó con quebrar mi voz, pero la transformé en una máscara de porcelana inquebrantable.
—¡Gabrielle! —exclamó Jorge, con una falsa sorpresa—. ¿Cómo van las cosas por casa?
—Todo bien hasta ahora —respondí.
—Mami, ¡estoy muy contenta! —intervino Sofía—. Papi me ha llevado a ver delfines y hemos estado en el agua con ma…
Vi cómo Jorge detuvo en seco a Sofía y, con una rapidez pasmosa, le tapaba la boca con la mano para alejarla sutilmente de la cámara.
El eco de aquel casi “mami” resonó en mi cabeza, transformándose en una punzada aguda detrás de mis ojos. Vi cómo el rostro de Sofía se iluminaba con una inocencia que me desgarraba, un destello de verdad que fue brutalmente apagado por la mano de Jorge.
¿Fue un error? ¿Un lapsus de una niña confundida por la constante presencia de esa mujer? O, más aterrador aún, ¿la había obligado a practicar el nombre? La sola idea de que Jorge estuviera manipulando la percepción de mi hija, borrando mi lugar en su vida para que encajara en ese molde perverso de familia que intentaba construir, me provocaba náuseas.
—¡Ya es suficiente, princesa! —dijo él, con un tono autoritario—. Gabrielle, perdona, está demasiado emocionada. ¿Cómo va todo?
Seguí muda. La sola idea está partiendo mi mente en mil pedazos, creando teorías y, aun así, me recompuse como pude, pues no quería que sospechara nada de mis planes.
—Señora Hitman, por favor, discúlpame —dijo Joyce con una voz suave, cargada de una falsa empatía—. No me gustaría que pensaras que estoy fuera de lugar, pero el trabajo es el trabajo y Jorge me necesita para gestionar todos sus asuntos de trabajo. Espero que lo entiendas.
—Entiendo perfectamente, Joyce —respondí con una calma glacial cuando vi a la mujer acercarse a la pantalla—. El trabajo es lo primero.
—Jorge pareció desconcertado por mi falta de reproche.
—Hablamos después, ¿sí? —concluyó Jorge.
—Sí, adiós —susurré.
Cuando finalmente colgué la llamada, el silencio de la casa me golpeó como un mazazo y la máscara se desmoronó. Entonces rompí a llorar con una desesperación que no pude contener, un llanto salvaje o liberador.