La Mentira que te trajo a mí

Capítulo 3: Este hombre es un enigma

Millie Holloway

El aroma a café recién molido reemplazó el bullicio de la gala apenas cruzamos la puerta de la cafetería. Elegimos una mesa junto a la ventana, donde el movimiento de la ciudad parecía más lento que el desastre en el que acababa de meterme.

Dejé el bolso sobre la silla y suspiré mientras me dejaba caer frente a él.

—Bueno... —¿Por donde comienzo?

Empezar esta conversación sonaba mas sencillo en mi cabeza.

Austin levantó la vista del menú. —¿Bueno?

—Supongo que antes de cualquier cosa debo darte las gracias.

Una sonrisa ladeada apareció en sus labios. —¿Solo las gracias?

Lo señalé con el dedo. —No empieces.

—Todavía no he dicho nada.

—Precisamente por eso.

Su risa fue baja, relajada. Y, para mi desgracia, agradable de escuchar.

Tomé mi taza entre las manos. —Puede que pienses que estoy completamente loca.

—No.

Levanté una ceja, debo admitir que sorprendida, si yo estuviera en sus zapatos, para este punto estuviera pidiendo una orden de alejamiento. —¿No?

—Creo que estabas desesperada.

Lo observé unos segundos. Era curioso, sin rastro de lastima en su voz, ni juicio, solo la tranquilidad de alguien que tiene mi destino en sus manos.

—Suena mejor cuando lo dices así.

—Me alegra.

Austin tomó la cucharilla de su café y removió el azúcar con una tranquilidad desesperante, yo hice exactamente lo mismo con mi mocca.

Una vuelta.

Dos.

Tres.

Cuatro.

—Siempre haces eso.

Levanté la vista. —¿Qué cosa?

Señaló discretamente mi taza.

—Cuando estás nerviosa.

Fruncí el ceño. —No estoy nerviosa.

Austin arqueó una ceja. —Llevas casi un minuto girando la cucharilla.

Bajé la vista.

Seguía haciéndolo.

La dejé inmediatamente sobre el plato.

Genial.

Ahora, además de impulsiva, también hacía movimientos repetitivos sin darme cuenta.

—Fue coincidencia.

Él sonrió de lado. —Claro.

—¿Qué?

—Nada.

—No pongas esa cara.

—¿Cuál?

—Esa...

Hice un gesto señalándolo.

—La de "sé algo que tú no".

Su sonrisa se amplió apenas un poco.

—Trabajo con personas todos los días.

Terminas notando pequeños detalles.

—¿Como cuáles?

Austin se acomodó en la silla.

—Cuando entraste a la cafetería revisaste dos veces la puerta antes de sentarte.

Parpadeé.

—También acomodaste tu bolso hacia el lado de la ventana.

Porque quieres verlo siempre. Asentí lentamente, sin entender a dónde quería llegar.

—Y desde que estamos aquí has mirado el reloj tres veces.

Negué con la cabeza. —Solo una.

Austin señaló mi muñeca.

—Cuatro.

Miré el reloj.

Maldita sea.

Tenía razón.

—No lo hago a propósito.

—Lo sé.

Su respuesta fue tan natural que me dejó sin palabras.

—Solo intentas tener el control de todo.

La frase cayó sobre la mesa con una tranquilidad que me incomodó mucho más que si hubiera alzado la voz.

—No intento controlar todo.

—¿No?

Negué enseguida.

Austin apoyó los antebrazos sobre la mesa.

—Entonces dime por qué escogiste esta mesa.

Abrí la boca.

La cerré.

Él continuó.

—Ves toda la cafetería.

Nadie puede acercarse por detrás.

La salida está a pocos metros.

Y la ventana te permite saber quién entra y quién sale.

Silencio.

Largo.

Muy largo.

¿Cómo demonios...?

Él dejó escapar una pequeña sonrisa.

—No es una crítica.

Es una observación.

Tragué saliva.

—¿Siempre analizas tanto a la gente?

—Solo cuando me interesa entenderla.

Aquella respuesta consiguió algo que ni Vanessa ni Jostin habían logrado en años.

Ponerme nerviosa.

No porque me estuviera juzgando.

Sino porque, por primera vez en mucho tiempo...

Sentía que alguien realmente me estaba viendo.

Desvié la mirada hacia mi taza. Definitivamente necesito volver al psicólogo. Necesito al menos una sesión o dos…

Austin soltó una risa baja.

—No creo.

Lo miré otra vez.

—¿No?

—Creo que solo necesitas dejar de escuchar la versión de ti que inventó tu ex.

Mi respiración se detuvo.

No dijo nada más.

No hacía falta.

Mi psicóloga llevaba meses intentando explicarme exactamente eso.

Él lo resumió en una sola frase.

Qué hombre tan insoportablemente observador.

Y qué peligroso empezaba a parecerme.

Bebió un sorbo de café antes de apoyarse sobre la mesa. —Aunque tengo curiosidad.

Suspiré.

Sabía que esa pregunta llegaría.

—¿Qué pasó con ellos?

Miré por la ventana.

La gente seguía caminando como si el mundo no acabara de venírseme encima.

Giré lentamente la taza entre mis manos. —¿Siempre haces eso?

Austin frunció ligeramente el ceño.

—¿Qué cosa?

—Esperar en silencio hasta que la otra persona termine hablando.

Sonrió. —Funciona bastante bien.

Resoplé. —Lo odio.

—Pero vas a contestarme.

Tenía razón.

—Vanessa era mi mejor amiga.

Él no dijo nada.

Esperó.

Otra vez.

—Y Jostin... —negué con la cabeza—. Digamos que tenía un talento especial para prometer cosas que nunca pensaba cumplir.

Austin permaneció callado unos segundos.

—¿Te engañó con ella?

Lo miré sorprendida. —¿Cómo lo supiste?

Se encogió de hombros.

—Es la explicación más lógica para que una mujer convierta al primer desconocido que encuentra en su prometido.

Tenía un punto, muy a mi pesar.

—Sí.

Lo hicieron.

—Lo siento.

Negué enseguida. —No lo sientas. Hace tiempo dejé de llorar por él. —hice una pausa, no sentía nada, pero no era de mi agrado recordar una herida.

Austin me observó unos segundos.

—No extrañas a Jostin.

Fruncí el ceño. —¿Perdón?




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