La Misteriosa Chica Del Piso 14 - Finalizado (corrección)

CAPITULO CINCO – UN DOMINGO (Capitulo reescrito)

Entre mis sueños escuché una canción que me transportó a un montón de recuerdos; sí, una canción que había escuchado hace cinco años en casa de un amigo. Recordaba su letra, su nombre… “Wake Me Up, When September Ends” de Green Day.

Abrí los ojos. El día no tenía brillo, parecía opaco y apagado. La canción seguía sonando; quizá en sueños la había buscado en YouTube. Miré el reloj: 8:37. De repente recordé que le había prometido a Natasha ayudarla a mover algunos estantes en su apartamento.

Recorrí mi habitación buscando ropa limpia. Había sido tan descuidado que no la había llevado a la lavandería. Mi teléfono sonó con un mensaje, pero no le presté atención y seguí buscando. Con poco éxito, agarré una camiseta y un pantalón algo viejo, pero suficiente.

Salí de mi apartamento y caminé hacia el de Natasha. Mis nervios eran palpables, pero los dejé de lado y golpeé su puerta. Se abrió segundos después, y allí estaba: su cabello rizado recogido en una cola de caballo, lentes nuevos, de marco grueso, un poco desalineados como era su costumbre. No pude evitar acomodárselos suavemente; al percatarme de su rostro sonrojado, retrocedí y me disculpé. Ella me sonrió, como disculpándose por mi atrevimiento.

Pasamos casi cuatro horas moviendo muebles, estantes y una montaña de libros.

—Nath, todos estos libros… seguro me los leeré en diez años —comenté, bromeando.
—Los leí en seis meses, fue un proyecto de la universidad —respondió con sarcasmo. Recordé que Natasha me llevaba un año de ventaja.

Casi al final, encontré un álbum de fotos. Sin pedir permiso, lo abrí. Allí estaba ella, con un vestido celeste de muñeca y una pequeña corona en la cabeza. A su derecha, una mujer de cabello negro —su madre, más joven— y a su izquierda, un hombre con bigote sostenía un ramo de flores.

—Tenía siete años —dijo, señalando la foto.
—Oh, vaya… estás muy mona. ¿Es tu familia? —pregunté.
—Sí —apuntó con su dedo— mi mamá, yo y mi papá. Su mirada se perdió un instante.
—Se ven muy felices —comenté.
—Lo eran. Mi papá falleció meses después en un accidente.

Me sentí culpable por recordarle momentos dolorosos.
—No es para tanto, esos fueron los momentos más felices de mi vida —dijo, sonriendo con nostalgia.

Pregunté con cautela sobre el hombre del otro día.
—Sí, es mi padrastro —respondió de mala gana y caminó hacia la cocina.

Después de ver el álbum y hacerla sonrojar, le prometí que traería mi propio álbum de fotos, esos clásicos de abuelitas llenos de recuerdos. Almorzamos juntos, preparamos algo sencillo, y luego me despedí para regresar a mi apartamento y ducharme.

Por la noche, recordé los mensajes que había olvidado. Tres llamadas de Verónica, una de mi mamá y dos mensajes de Natasha.

El primero decía:
"Hola cariño, perdón por lo de ayer. Todo pasó tan rápido… ¿me perdonas? Te invitaré un gran helado la próxima vez. Te amo, mi flaco."

El segundo:
"Amor, ¿estás molesto? No quiero perderte. Pase lo que pase, te amo y quiero que sepas que siempre estaré a tu lado. Por favor, llámame, te extraño. ¿Y tú a mí?"

Le respondí:
"Te amo un montón. ¡No estoy molesto! Estuve ocupado ayudando a un vecino. Cuando llegues a casa, ¿podemos hablar por Skype? Te quiero."

Me recosté en la cama, poniendo música mientras hacía una pequeña merienda. La lluvia caía con fuerza, los truenos retumbaban, y mis pensamientos se agitaban con cada relámpago, temiendo un corte de energía antes de que Verónica llegara a casa.

Cuando apenas eran las 9:30, un rayo iluminó la noche y la energía se cortó. Caminé nervioso por mi apartamento, intentando llamar a Verónica con el 2% de batería restante de mi teléfono. Mientras daba vueltas, escuché un leve sonido… y allí estaba Natasha, sentada frente a su puerta, con la luz de su móvil iluminando su rostro.

—Hola —dio un saltando al verme.
—Hola… —su voz era tímida.
—Perdona si te asusté, ¿estás bien? ¿Por qué estás fuera de casa?
—Por nada… —suspiró— es solo que me da miedo la oscuridad.
—Pero afuera es lo mismo —comenté.
—Sí, pero aquí me siento más segura… quizá así escuchen mis gritos si algo me pasara —dijo, sarcástica, riendo y cubriéndose la boca.
—Eso fue sádico —respondí, asintiendo.
—Pero sería genial —rió, y su sonrisa me atrapó.

Le ofrecí entrar a mi apartamento, encendí velas y preparé té. Hablamos, reímos y compartimos momentos tranquilos. Media hora después, la energía regresó.

—Esto me recuerda la primera vez que nos conocimos —comenté.
—¡Me viste!, lo sabía, pervertido —dijo bromeando.
—¡No, no, no me refería a eso, okey lo siento, fue mi culpa!
—Ja, solo te tomo el pelo — me empujó suavemente.

Quise preguntarle algo más personal:
—Nath… ¿tienes un tatuaje de flor?
—Sí… es algo que hice como locura. Joe, debo irme, aún tengo tarea —dijo, cortante, pero entendí el mensaje.

La acompañé hasta su puerta. Antes de despedirse, me tomó la mano y me dejó un pequeño trozo de papel y un delicado beso en la mejilla. Entró a su apartamento y me quedé allí, sonriendo como un tonto.

De pronto, percibí otra presencia. El perfume era inconfundible: Verónica estaba parada en el pasillo. Su mirada reflejaba traición, tristeza y frustración. Intenté alcanzarla, pero fue demasiado tarde; entró al elevador. Bajé corriendo por las escaleras hasta el primer piso. Cuando la puerta se abrió, sus lágrimas eran visibles.

—Vero, déjame explicarte, es un malentendido —intenté calmarla.
—Estás saliendo con alguien más —dijo, entre sollozos.
—No, Natasha es solo mi vecina… —intenté justificarme.

No quiso escucharme, se marchó con una amiga en su auto. Regresé silencioso a mi apartamento, con el corazón pesado.

Al llegar al piso catorce, allí estaba Natasha, frente a mí. Su rostro reflejaba preocupación.
—Perdóname… fue mi culpa que tuvieras un mal rato —dijo.




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