El tren viajaba por el espacio sideral.
Karmine se encontraba sentada en una de las filas de asientos, de brazos cruzados y con ceño fruncido. Golpeando sus pies contra el suelo, levantó su mirada por debajo de su capelina, su madre estaba ocupada revisando una revista de moda, con el teclado digital sobre la mesa, escribiendo sin parar.
Su padre volvía por el pasillo, mientras se ponía unos guantes blancos. Se sentó a su lado.
—Tus hermanos ya están en el vagón de juegos —expresó su padre mientras tomaba una pequeña taza de té—, ¿No quieres ir querida?
—¿Me ves con cara de querer cuidar niños? —preguntó Karmine levantando una ceja.
—Bueno, no te vendría mal pasar un poco de tiempo con tus hermanos —interrumpió su madre levantando la vista de la pantalla digital y acomodando sus lentes rectangulares—, después de todo cuando lleguemos a Atoom, poco nos vamos a ver.
—Por favor corazón —contestó su padre—, ¿Podrías dejar un poco el trabajo? Y sí —este miró a Karmine—, nos vamos a ver todo el año. Después de todo son vacaciones y no tenemos por qué pasarla solos.
Karmine revolvió sus pupilas celestes, casi blanquecinas. Su padre continuó hablando, pero la vista de Karmine se había ido a otro lado del pasillo, varios asientos por delante se encontraba una chica que ella conocía muy bien. Con su cabello negro y rizado al viento, bueno; si hubiera habido viento seguro de que sería más vistoso. Caminaba hacia ella, no podía ser de todos los planetas de los sistemas y galaxias, ¿Por qué Naxiel tenía que ir a su mismo destino?
Karmine clavó su mirada en la chica, apretó su quijada por qué iba a tener que saludarla. Naxiel pasó por el pasillo hasta el final sin siquiera reparar en su mirada. Karmine pegó un grito ahogado, marcando sus venas en el cuello, escuchó la puerta cerrarse. Se puso de espaldas a su madre levantando su cabeza por encima del asiento.
—Voy a ver a Guntiel, a Deina, y a Sabira. —se excusó la chica mientras pasaba por la falda de su padre, con cuidado de que su vestido no se enganchase con ninguna tuerca o desperfecto del vagón de primera clase.
—Querida, el vagón es el doce —mencionó su padre, ella asintió tomando los pliegues de su vestido y sin siquiera mirarlo corrió con sus zapatos por el pasillo hasta la puerta. La abrió, y toda su curiosidad se fue por la borda al fondo de aquel infinito espacio. Pudo admirar la noche eterna, gracias al Creador que estaba separada por un campo de fuerza, cerró sus ojos con fuerza y apoyó sus zapatos en la siguiente plataforma. Se agarró de inmediato al tubo de la valla de seguridad e ingresó al vagón cuando cerró la puerta se agarró su pecho e intentó respirar con una frecuencia ¿Normal? Miró al pasillo y pudo observar que el suelo no tenía a la sedosa alfombra del vagón de primera clase, ojalá hubieran tenido los créditos suficientes para alquilar el vagón completo. Así, Naxiel no hubiera estado allí y ahora no tendría las suelas de sus hermosos zapatos negros sucios. Esperaba tener sirvientes que limpiasen las suelas cuando llegase al planeta.
Negó con su cabeza haciendo tintinear sus aretes de oro con forma de serpientes. Caminó con más rapidez al ver que Naxiel ya no estaba en aquel vagón, continuó su camino pisando con la punta de sus zapatos, sí era un esfuerzo inhumano, pero todo fuese por no ver sus objetos preciados en manos de extraños.
Tomó un poco más de valor y salió del vagón, otra vez ante el espacio, viajando a decenas de miles de kilómetros. Con cada pasó que daba en aquel espacio arrugaba un poco más la nariz. Aquellos horribles olores de la gente de poca higiene le hacían dar escalofríos en su cuerpo. Tal parecía que le tomaría baños de varios días quitarse aquel olor. Pasó cerca de cinco vagones uno más lúgubre que el anterior, hasta se había cansado de caminar en punta de pies, se había rendido y dejaría que sirvientes tuvieran más tiempo sus objetos más preciados.
¿Cuál era el vagón en el que estaban sus hermanos? Rascó su barbilla blanca durante unos instantes. A sí, el vagón doce. Llegó hasta el vagón siete y pudo ver a Naxiel estaba parada a un costado del pasillo hablando con alguien que Karmine no lograba ver. ¿Quién sería? Se sentó en los polvorientos asientos del frente y apoyando su cabeza sobre el asiento ocasionalmente pudo ver que era un señor de cabello blanco con un gran bigote poblado y en el mismo tono de su cabello.
El hombre se levantó y los dos caminaron al otro vagón, Karmine caminó con rapidez hasta la puerta, pasó y se encontró con una habitación de sin luz repleta de estanterías. Karmine se escondió detrás de un par de barriles de metal.
—Naxiel, puedes comer uno y solamente uno —exclamó el viejo con su voz un tanto ronca.
—¿Estás seguro de que funciona tío? —preguntó Naxiel.
—Completamente. Ha sido probado decenas de veces por científicos de mayor prestigio que el mío. Las pastillas lingüísticas han sido perfeccionadas.
—Nadie es más prestigioso que el gran Onselu, el primer viajero. —dijo Naxiel, mientras el viejo soltaba chillidos para callar a la chica.
—Ya sé que soy genial querida —contestó el viejo. — Gracias por tus halagos.
—Y también muy humilde por suerte —dijo Naxiel. — Ya muéstrame —mientras la chica masticaba algo. O al menos eso lograba escuchar Karmine.
El viejo sacó una gran manta que cayó sobre Karmine, el polvillo se posó sobre su cabello blanquecino y lacio a pesar de que intentaba ver por los orificios de los barriles, pero no lograba atisbar nada. Un fuerte golpe se logró oír y después el fuerte ruido de lo que parecía la locomotora del tren estelar en el que viajaban. Gracias a aquel estallido constante Karmine aprovechó para correr uno de los barriles y dejar un hueco diminuto y pudo advertir que se encontraba frente a una máquina que parecía ser el motor de un auto antiguo.
Sobre la maquina se hallaba un caño del cual salió un pequeño campo de fuera similar al que separaba los vagones del espacio.
Editado: 19.09.2026