Inicio Primer Arco Argumental: Zenkunen
Karmine recibió un balde de agua helada en su rostro.
Se despertó al siguiente instante, descubrió que le dolía mucho su espalda. Tal vez Guntiel le había vuelto a poner piedras debajo de las sábanas de su cama. Pero cómo se suponía que ya estaban en el planeta Atoom y allí solamente había nieve.
Negó con su cabeza aún recostada en posición fetal, mientras el agua escurría por sus cabellos blanquecinos. No podía ser, no tenía recuerdos de haber llegado a Atoom. Entonces... Recordó todo, Naxiel, el campo de fuerza a sus hermanos, ¿Dónde estaban? Se levantó.
Estaba sobre una inmensa parva de heno, su vestido estaba intacto, gracias al Creador. Aunque estaba segura de que si se ponía a revisar terminaría encontrando cortes. Era un cuarto oscuro y una de sus piernas estaban atadas a un pequeño poste de madera a un costado de la pequeña habitación. A su izquierda había una puerta con pequeñas rejas de madera. Al parecer desde allí le habían lanzado el agua por que hasta la puerta estaba mojada. Una mujer de ojos levemente rasgados y una piel blanca (aunque al lado de la propia Karmine parecía morena) la mujer habló y al juzgar por sus señas le estaban dando órdenes.
—No entiendo —susurró Karmine nuevamente como las otras veces. La mujer frunció su ceño lo más que pudieron sus facciones, sacó una llave y abrió la puerta. Pasó y Karmine intentó golpearla cuando la mujer fue a ver el nudo de su pierna, la mujer le sacó la mano y apenas se inmutó ante los débiles golpes de la chica.
Le desató el nudo y con esa misma cuerda ató sus manos ambas salieron de la diminuta habitación, mientras la mujer tiraba de ella, Karmine miraba a ambos lados del pasillo. Otras habitaciones cerradas se extendían por aquel pasillo. Ambas salieron, los ojos blancos de Karmine se cerraron por completo al toparse con el sol. Hasta que su vista se acostumbró ya había recorrido varios metros, una calle de tierra, personas con kimonos caminaban por aquellos lugares. Pequeñas casas de madera y algunas con pequeñas paredes que rodeaban las inmensas manzanas. Continuaron caminando, los pies de Karmine se irritaban con cada paso que daba, sería mejor si se sacaba aquellos incomodos zapatos.
Se descalzó y solamente tuvo que hacer un paso sobre las minúsculas piedrecitas para que volver por ellos. Tiró de la cuerda con fuerza para volver, pero ni con todo el peso muerto de su cuerpo pudo hacerle frente a la mujer china. Tuvo que continuar su camino, cuando ya llevaban cerca de cinco de las inmensas manzanas que parecían ser diez veces más grandes que las de su ciudad. Los gritos de Karmine comenzaron a ser menos frecuentes, su voz gastada se entrecortaba de lo afónica que había quedado. Por más que intentaba pedir ayuda, nadie la comprendía, hasta la veían como si fuese una especie de alienígena entre humanos. Los niños salían corrieron despavoridos otros la golpeaban con sus espaldas o palos de madera.
A los pocos metros Karmine logró atisbar un campo repleto de pasto, nunca; pero nunca. En sus veinte y cinco años de vida había sentido tanto amor por el horrendo pasto. Corrió ignorando el dolor de las piedritas contra las plantas de sus pies y sólo se detuvo cuando la cuerda que unía a las dos mujeres fue tensada. Karmine cayó al suelo y se quedó recostada mirando el cielo repleto de nubes, entrecerró sus ojos y llegó a atisbar un pequeño arcoíris que dejaba de estar visible cuando movía su cabeza.
—Al menos sé que estoy en el planeta tierra —susurró muy por lo bajo apenas moviendo sus labios para gesticular. La mujer de china produjo sombra al pasar por encima de Karmine y a los pocos segundos ya estaba siendo tirada nuevamente de la cuerda. Karmine soltó un suspiro y se levantó.
Gracias al Creador solamente tuvo que soportar otra docena de pasos antes de pisar el suave, frondoso y picoso pasto. Aquel fresco le calmó la irritación de caminar sobre las piedritas, los arrastró lo más que puso y mientras la mujer china volvía a caminar con sus alpargatas por la calle, Karmine decidió quedarse a un lado en el pasto. Miró a un costando cuando su dolor menguo. Observó con sus ojos blanquecinos los campos de arroz, con decenas de kilómetros y un montón de trabajadores agachados y otros con grandes carros aguardando las bolsas de suministros. Otros cargaban las bolsas en sus hombros, la mayoría de las personas que se encontraban allí eran mujeres de todas las edades a juzgar por lo que podía ver desde ese punto de vista.
Las dos continuaron caminando, las personas que se hallaban en labor se detenían cuando pasaban a admirarlas. Algunas saludaban, otras en su gran mayoría la reverenciaban estaba claro que aquella persona que llevaba a la propia Karmine tenía un cargo alto en China.
O al menos era alguien conocido dentro de la cultura.
Pasaron las horas caminando allí hasta que llegó un chino montado en caballo, con un galope potente dejando una estela de humo detrás de él. Bajó la velocidad y cuando se halló al frente de las dos, desmontó. Desenrolló un papel y habló palabras desconocidas para la mujer apresada. La conversación se dio de lo más común, aunque para Karmine era algo parecido a ver a dos perros ladrarse entre ellos.
Por aburrimiento comenzó a palpar su vestido, descubrió que algo le molestaba debajo de su cabello, golpeaban su cuero cabelludo. Por favor que no sean insectos, eran tres puntos en su cabeza los cuales hacían cierta extraña presión. Se lo ruego Creador, pensó en su mente con sus ojos cerrados con fuerza, llevó sus dedos hasta su pelo blanco y rebuscó entre su peinado que para su sorpresa seguía intacto (a excepción de unos pelos rebeldes que se habían salido) tocó una de las molestías y ante el tacto duro apartó su mano, ¿Huevos? ¿Habrían sido huevos?
Editado: 03.10.2026