La primera vez que vi a Damián Varela, todavía no sabía que aquel hombre iba a destruir la vida que conocía para obligarme a descubrir una que jamás había imaginado.
Tampoco sabía que, aquella noche, mientras las luces de Milán se reflejaban sobre el pavimento mojado y una tormenta se acercaba desde el norte de Italia, alguien había decidido que yo debía morir.
Lo único que sabía era que tenía frío.
Mucho frío.
Me abracé a mí misma mientras caminaba por la estrecha calle de Brera, intentando protegerme de la lluvia que comenzaba a caer con fuerza. Había salido de la pequeña galería donde trabajaba más tarde de lo habitual y había rechazado el ofrecimiento de mi compañera para llevarme a casa.
Siempre había sido así.
Confiaba demasiado.
Pensaba que las personas eran buenas hasta que me demostraban lo contrario.
Aquella noche iba a aprender que, en ciertos mundos, confiar podía convertirse en una sentencia de muerte.
—Clara, ¿seguro que quieres irte sola? —me había preguntado Elena antes de despedirnos.
—Sí. Estoy bien —respondí.
—Está lloviendo muchísimo.
—No pasa nada. Tomaré un taxi.
—Llámame cuando llegues.
Sonreí.
—Lo haré.
Nunca la llamé.
Porque antes de llegar a casa, mi vida cambió para siempre.
Caminaba con el bolso apretado contra el cuerpo cuando escuché pasos detrás de mí.
Uno.
Dos.
Tres.
Me detuve.
Los pasos también.
Sentí un escalofrío.
Miré hacia atrás.
No vi a nadie.
La calle estaba casi vacía. Las persianas de los comercios estaban cerradas y las luces amarillentas de las farolas apenas atravesaban la cortina de lluvia.
Respiré profundamente.
—Estoy imaginando cosas —me dije en voz baja.
Continué caminando.
Entonces escuché el motor de un automóvil.
No era un taxi.
Era un vehículo negro, largo, elegante, demasiado silencioso para aquella calle.
Pasó lentamente junto a mí.
Mi corazón comenzó a latir más rápido.
El automóvil siguió unos metros y se detuvo.
Sentí que algo no estaba bien.
No sabía qué.
Solo lo sentía.
Apreté el paso.
Entonces escuché una voz detrás de mí.
—Señorita.
No respondí.
—¡Señorita!
Me giré.
Un hombre salió de un portal.
Vestía un abrigo oscuro y llevaba el rostro parcialmente oculto por la lluvia.
Retrocedí.
—¿Sí?
Él avanzó.
—Necesito hablar con usted.
—Creo que se equivoca de persona.
Intenté seguir caminando.
Me tomó del brazo.
—Espere.
Sentí miedo.
—Suélteme.
—Solo necesito hacerle una pregunta.
—¡Suélteme!
Tiré del brazo con fuerza.
El hombre me sujetó más fuerte.
Y entonces escuché otro sonido.
Un automóvil frenando bruscamente.
Una puerta se abrió.
Todo ocurrió demasiado rápido.
Un hombre descendió del vehículo negro.
Alto.
Vestido completamente de negro.
Cabello oscuro.
Mandíbula marcada.
Una mirada tan fría que incluso a través de la lluvia pude sentirla sobre mí.
No parecía apresurado.
No parecía sorprendido.
Parecía alguien que estaba acostumbrado a que el mundo se apartara cuando él caminaba.
Se acercó.
El hombre que me sujetaba me soltó inmediatamente.
—Señor Varela…
Damián Varela.
Ese nombre no significaba nada para mí en aquel momento.
Después aprendería que era uno de los nombres más temidos de Europa.
—Suéltala —dijo Damián.
Su voz fue baja.
Calmada.
Peligrosamente tranquila.
—Yo no…
—He dicho que la sueltes.
El hombre retrocedió.
Yo también.
Damián clavó los ojos en él.
—¿Quién te envió?
—No sé de qué habla.
Damián dio un paso.
—No vuelvas a mentirme.
El hombre palideció.
Yo no entendía nada.
Solo quería irme.
—Por favor —dije—. Yo solo quiero volver a casa.
Damián me miró.
Fue la primera vez que nuestros ojos se encontraron realmente.
Y todavía recuerdo aquella mirada.
No era amable.
No era cálida.
No era la mirada de un hombre dispuesto a tranquilizarme.
Era la mirada de un hombre que acababa de descubrir algo que no esperaba encontrar.
Me observó como si estuviera intentando comprender quién era yo.
—¿Cómo te llamas? —preguntó.
—Clara.
—¿Clara qué?
Dudé.
—Clara Bellini.
Su expresión cambió apenas.
Fue casi imperceptible.
Pero lo vi.
—¿Dónde trabajas?
—En una galería de arte.
—¿Vives sola?
La pregunta me incomodó.
—¿Por qué quiere saberlo?
Sus ojos se endurecieron.
—Porque si quieres seguir viva, vas a responderme.
Sentí un nudo en el estómago.
—No entiendo.
—Lo sé.
Miró hacia el hombre que había intentado detenerme.
—Y eso es precisamente lo que me preocupa.
El desconocido dio un paso atrás.
—Señor Varela, puedo explicarlo.
—No quiero explicaciones.
Damián levantó ligeramente la mano.
Dos hombres que estaban junto al automóvil aparecieron inmediatamente.
Todo se volvió confuso.
El hombre que me había sujetado fue llevado hacia el vehículo.
Yo me quedé inmóvil.
—¿Qué está pasando? —pregunté.
Damián no respondió.
—¿Quién es usted?
Él volvió a mirarme.
—Alguien que acaba de impedir que te maten.
La lluvia caía sobre su rostro.
—¿Matarme?
—Sí.
Negué con la cabeza.
—No.
—Sí.
—No tengo enemigos.
Damián se acercó.
—Eso es lo que tú crees.
Retrocedí.
Él se detuvo.
Durante unos segundos solo escuchamos la lluvia.
—Quiero irme —dije.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque ahora mismo eres el objetivo de personas que todavía no sabes que existen.
—No entiendo nada.
—Lo sé.
—Entonces explíqueme.
Damián respiró lentamente.
—No aquí.
—No voy a subir a su automóvil.
—No te lo estoy pidiendo.
Lo miré confundida.
—¿Entonces?
—Te estoy diciendo que tienes diez segundos para decidir si quieres llegar viva a tu casa.
Sentí que el miedo se convertía en rabia.
—No puede hablarme así.
Por primera vez apareció algo parecido a una sonrisa en su rostro.
No era una sonrisa amable.
Era una sonrisa breve, oscura.
—Todavía no sabes cómo te estoy hablando.
Aquellas palabras deberían haberme hecho correr.
Y quizá habría corrido si hubiera sabido quién era él.
Pero entonces escuchamos un ruido seco.
Un disparo.
Me quedé paralizada.
Damián reaccionó inmediatamente.
Me tomó de la cintura y me llevó detrás del automóvil.
—¡Agáchate!
—¿Qué…?
Otro disparo.
El cristal de una ventana explotó.
Grité.
Damián me cubrió con su cuerpo.
—¡No te muevas!
—¡Tengo miedo!
—Lo sé.
Su brazo rodeaba mi cuerpo con una fuerza firme.
Podía sentir el latido acelerado de su corazón.
Por primera vez comprendí que aquel hombre también estaba bajo peligro.
Escuché gritos.
Pasos.
Otro disparo.
Después, silencio.
Damián levantó lentamente la cabeza.
—¿Estás herida?
Negué.
—No.
Me miró detenidamente.
—¿Segura?
—Sí.
—Mírame.
Lo hice.
—¿Te dispararon?
—No.
—Bien.
Se incorporó.
Yo intenté hacerlo también.
Me sostuvo por el brazo.
—Todavía no.
—Quiero irme.
—Y yo quiero saber por qué intentaron matarte.
—No lo sé.
—Entonces vamos a averiguarlo.
—¿Quiénes son ustedes?
—No necesitas saberlo.
—¡Claro que necesito saberlo!
Él me miró fijamente.
—No, Clara. Necesitas saber una sola cosa.
—¿Cuál?
Se inclinó ligeramente hacia mí.
—A partir de esta noche, nada volverá a ser normal.
Aquella frase quedó grabada en mi memoria.
Porque tenía razón.
Damián abrió la puerta trasera del automóvil.
—Entra.
—No.
—Clara.
—No voy a entrar en un automóvil con un desconocido.
—No soy un desconocido.
—Para mí sí.
—Mi nombre es Damián Varela.
El mundo pareció detenerse.
No sabía por qué.
Pero uno de los hombres que estaba cerca del vehículo cambió inmediatamente de expresión.
—¿Varela? —susurré.
Damián me observó.
—¿Has oído hablar de mí?
—No.
Mentí.
No conocía su historia, pero había escuchado el apellido.
En Italia, algunos nombres viajaban de boca en boca.
Varela era uno de ellos.
Un hombre que controlaba negocios en Milán, Roma, Mónaco y otras ciudades de Europa.
Un hombre relacionado con empresas legítimas y rumores mucho menos legítimos.
Un hombre al que nadie parecía querer desafiar.
—Sube —ordenó.
—No me gusta que me den órdenes.
—Eso tendremos que corregirlo.
Lo miré indignada.
—¿Perdón?
Él abrió más la puerta.
—Sube, Clara.
—No.
Damián se acercó.
—No voy a obligarte.
—Entonces puedo irme.
—Sí.
—Bien.
Di un paso.
Él habló detrás de mí.
—Pero si sales caminando por esa calle, probablemente no llegues a la siguiente esquina.
Me detuve.
Odiaba que tuviera razón.
Me giré.
—¿Qué quiere de mí?
Damián me sostuvo la mirada.
—Todavía no lo sé.
—Entonces ¿por qué me protege?
Su rostro se volvió inexpresivo.
—Porque alguien cometió un error.
—¿Cuál?
—Intentaron tocar algo que ahora está bajo mi protección.
Fruncí el ceño.
—Yo no soy una cosa.
—No he dicho que lo seas.
—Entonces no vuelva a hablar de mí como si fuera de su propiedad.
Sus ojos se oscurecieron.
—No sabes lo que estás diciendo.
—Sí lo sé.
—No, Clara.
Su voz descendió.
—Todavía no sabes absolutamente nada de este mundo.
Me quedé callada.
Finalmente subí al automóvil.
Damián entró detrás de mí.
El vehículo comenzó a avanzar.
Durante varios minutos nadie habló.
Yo miraba por la ventana.
Milán se alejaba detrás de nosotros.
Las calles iluminadas, los restaurantes, los edificios antiguos, las parejas caminando bajo los paraguas.
Todo parecía igual.
Pero yo sabía que ya no lo era.
—¿A dónde vamos? —pregunté.
—A un lugar seguro.
—Quiero ir a mi casa.
—No.
—Tengo derecho a ir a mi casa.
—Tu casa ya no es segura.
—¿Cómo lo sabe?
—Porque alguien estuvo allí antes que nosotros.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
—¿Qué?
Damián sacó su teléfono.
—Mis hombres encontraron esto.
Me mostró una fotografía.
Era mi edificio.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Cuándo?
—Hace veinte minutos.
—¿Quién tomó esa fotografía?
—Uno de mis hombres.
—¿Por qué?
—Porque había un automóvil estacionado frente a tu edificio durante más de tres horas.
—Tal vez era alguien esperando a otra persona.
—Tal vez.
—Entonces…
—Pero el conductor coincidía con la descripción del hombre que intentó detenerte.
No supe qué responder.
Damián guardó el teléfono.
—Ahora entiendes.
—No.
—¿No?
—Entiendo que alguien me persigue. No entiendo por qué.
Él me observó.
—Eso es lo que vamos a descubrir.
—¿Y después?
—Después decidiré qué hacer contigo.
La frase me molestó.
—Yo decidiré qué hacer conmigo.
Damián levantó una ceja.
—Eso me gusta.
—¿Qué?
—Que tengas carácter.
—No necesito su aprobación.
—Eso también me gusta.
Aparté la mirada.
No quería admitirlo, pero aquel hombre me intimidaba.
Y, al mismo tiempo, había algo en él que me hacía sentir protegida.
Una contradicción que me inquietaba.
Llegamos a una enorme propiedad en las afueras de Milán.
Una verja de hierro se abrió automáticamente.
El automóvil avanzó por un camino rodeado de cipreses.
La casa parecía más un palacio que una vivienda.
—¿Aquí vive?
—Sí.
—¿Solo?
Damián me miró.
—Nunca estoy solo.
El automóvil se detuvo.
Un hombre abrió mi puerta.
Bajé.
Damián apareció detrás de mí.
—Desde este momento, nadie entra ni sale sin mi autorización.
Lo miré.
—¿Qué significa eso?
—Significa que estás bajo protección.
—¿Por cuánto tiempo?
Él guardó silencio.
—Hasta que averigüemos quién te quiere muerta.
—¿Y si quiero marcharme?
Damián se acercó.
—Entonces tendrás que convencerme de que puedes sobrevivir sin mí.
—No necesito que me salve.
Su mirada recorrió mi rostro.
—Eso también lo averiguaremos.
Entré en la mansión.
El interior era impresionante.
Mármol.
Madera oscura.
Obras de arte.
Grandes ventanales.
Pero no había nada acogedor.
Era hermosa y fría.
Como él.
Una mujer de unos cincuenta años apareció al final del corredor.
—Señor Varela.
—Elena, prepara una habitación para Clara.
La mujer me miró.
—¿La habitación de invitados?
—La del ala este.
Elena pareció sorprenderse.
—¿Está seguro?
—Sí.
Damián se volvió hacia mí.
—Nadie entra en esa habitación sin mi permiso.
—No necesito una guardia.
—La tendrás.
—No quiero.
—No te he preguntado.
Lo miré furiosa.
—Usted es insoportable.
Una expresión casi divertida apareció en su rostro.
—Y tú eres demasiado inocente.
—¿Por qué me dice eso?
Damián se acercó lentamente.
—Porque todavía crees que puedes enfrentarte a hombres como yo sin pagar un precio.
—Tal vez no tenga miedo de usted.
—Deberías.
—No.
Nos quedamos frente a frente.
Su mirada descendió brevemente hacia mis labios.
Fue apenas un segundo.
Pero lo noté.
Después volvió a mirarme a los ojos.
—Eso es precisamente lo que me preocupa.
Se alejó.
Yo lo observé marcharse.
No sabía qué me ocurría.
Debería odiarlo.
Debería buscar una manera de escapar.
Debería llamar a la policía.
Pero algo me decía que la policía no podía protegerme de aquello.
Subí a la habitación.
Elena me mostró el dormitorio.
Era enorme.
Había un balcón con vista al jardín.
Sobre la cama había ropa nueva.
—Esto no puede ser mío —dije.
—El señor Varela lo preparó.
—¿Cómo sabía mi talla?
Elena bajó la mirada.
—El señor Varela sabe muchas cosas.
Sentí un escalofrío.
—Eso no me tranquiliza.
—No debería.
La miré.
—¿Qué quiere decir?
Elena cerró la puerta.
—Señorita Clara, si puedo darle un consejo…
—Sí.
—No intente descubrir todo esta noche.
—¿Por qué?
—Porque algunas verdades pueden ser más peligrosas que las mentiras.
Se marchó.
Me quedé sola.
Me acerqué al espejo.
Tenía el cabello mojado.
El maquillaje corrido.
Las manos temblorosas.
Ya no reconocía a la mujer que me miraba desde el reflejo.
Me senté en la cama.
Intenté llamar a Elena, pero mi teléfono no tenía señal.
Después intenté llamar a mi compañera.
Nada.
Me levanté.
Abrí la puerta.
Dos hombres estaban apostados en el corredor.
—¿Dónde está Damián?
Uno de ellos respondió:
—En su despacho.
—Quiero hablar con él.
—No puede entrar.
—¿Por qué?
—Está reunido.
—Entonces díganle que necesito hablar con él.
El hombre dudó.
—Señorita…
—Ahora.
Finalmente golpeó la puerta.
Pasaron unos segundos.
La voz de Damián se escuchó desde dentro.
—Déjala pasar.
Entré.
Damián estaba frente a un enorme ventanal.
Había tres hombres alrededor de una mesa.
Cuando entré, todos callaron.
Damián hizo un gesto.
—Fuera.
Los hombres salieron.
Cerró la puerta.
—¿Qué quieres?
—Mi teléfono no funciona.
—Lo sé.
—¿Lo sabe?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tu línea está siendo intervenida.
Sentí que el miedo regresaba.
—¿Por quién?
—Todavía no lo sé.
—¿Qué está pasando?
Damián caminó hacia mí.
—Quiero que me digas exactamente qué hiciste hoy.
—¿Qué?
—Desde que saliste de tu casa.
—Fui al trabajo.
—¿Con quién hablaste?
—Con mis compañeros.
—¿Alguien te entregó algo?
—No.
—¿Alguien te preguntó por tu familia?
—No.
—¿Alguien mencionó mi nombre?
Me quedé inmóvil.
—No.
Damián me observó.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Entonces hay algo que no entiendo.
—¿Qué?
—¿Por qué te buscan a ti?
—Yo también quiero saberlo.
Él dio otro paso.
—¿Tu padre tenía enemigos?
Mi respiración se detuvo.
—¿Por qué pregunta por mi padre?
Damián se quedó quieto.
—Porque creo que él es la razón.
—Mi padre murió hace diez años.
—Lo sé.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo sabe que murió?
Damián no respondió.
—¿Cómo sabe eso?
—He investigado tu vida.
—¿Por qué?
—Porque necesito saber quién eres.
—Soy Clara Bellini.
—Eso es un nombre.
—Es mi nombre.
—No es toda tu historia.
Me acerqué.
—¿Qué sabe de mi padre?
Damián sostuvo mi mirada.
—Más de lo que quisiera.
—Dígamelo.
—Todavía no.
—¡Dígamelo!
—No.
—¡Tengo derecho a saberlo!
—Lo tendrás.
—¿Cuándo?
Damián se acercó tanto que tuve que levantar la cabeza para mirarlo.
—Cuando esté seguro de que la verdad no va a matarte.
—Ya intentaron matarme.
—Precisamente.
Su voz se volvió más baja.
—Y no pienso permitir que vuelva a ocurrir.
—¿Por qué le importa tanto?
No respondió.
—Damián.
Fue la primera vez que pronuncié su nombre.
Algo cambió en sus ojos.
—No vuelvas a decir mi nombre de esa manera.
—¿De qué manera?
—Como si confiaras en mí.
Tragué saliva.
—No confío en usted.
—Bien.
—¿Por qué dice bien?
—Porque si confías en mí demasiado pronto, podrías olvidar que también soy peligroso.
Me quedé en silencio.
—¿Es usted un hombre peligroso?
—Sí.
—¿Ha matado personas?
El silencio fue suficiente.
—Sí —respondió finalmente.
Sentí miedo.
Pero no retrocedí.
—¿Por qué?
—Por supervivencia.
—Eso dicen todos los hombres que hacen cosas terribles.
Damián sonrió sin humor.
—No todos tienen la decencia de admitirlo.
—Yo no quiero formar parte de esto.
—Ya formas parte.
—No elegí nada de esto.
—Yo tampoco.
—Entonces déjeme ir.
Damián se acercó a la ventana.
—No puedo.
—¿Porque quiere protegerme?
—Sí.
—¿O porque quiere controlarme?
Su mandíbula se tensó.
—Todavía no lo sé.
Aquella respuesta me dejó sin palabras.
Damián volvió a mirarme.
—Y eso es algo que me preocupa mucho más de lo que debería.
No entendí qué quiso decir.
Entonces su teléfono vibró.
Lo miró.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
No respondió.
Volvió a leer el mensaje.
Después levantó la mirada hacia mí.
—Clara…
—¿Qué?
—Necesito que seas completamente sincera conmigo.
—Lo soy.
—¿Tu padre alguna vez te habló de un hombre llamado Alessandro Moretti?
Sentí que el corazón me golpeaba contra el pecho.
El nombre me resultaba familiar.
No sabía de dónde.
Cerré los ojos.
Y entonces recordé.
Una fotografía.
Una caja vieja.
Una voz de mi padre.
“Si algún día alguien llamado Moretti pregunta por ti, no confíes en nadie.”
Abrí los ojos.
Damián seguía observándome.
—Sí —susurré.
Su rostro se endureció.
—¿Qué te dijo?
—Mi padre…
Me costaba respirar.
—Mi padre me dijo que nunca confiara en un hombre llamado Moretti.
Damián se quedó completamente inmóvil.
—¿Eso fue todo?
—Sí.
—¿Estás segura?
—Sí.
Damián caminó lentamente hacia mí.
—Clara, escucha con atención.
—¿Qué?
—Alessandro Moretti murió hace doce años.
—Entonces…
—Pero su hijo acaba de regresar a Italia.
Sentí que el mundo se inclinaba bajo mis pies.
—¿Quién es su hijo?
Damián no apartó los ojos de mí.
—Matteo Moretti.
—¿Y qué quiere de mí?
Damián apretó la mandíbula.
—Lo que tu padre se llevó.
—Mi padre no se llevó nada.
—Eso crees.
—¿Qué se llevó?
Damián se acercó hasta quedar frente a mí.
—Una información capaz de destruir a tres familias.
—¿Qué información?
Antes de que pudiera responder, se escuchó un estruendo en el exterior.
Damián reaccionó de inmediato.
Me sujetó y me colocó detrás de él.
Las luces de la mansión se apagaron.
Todo quedó a oscuras.
Después, desde algún lugar del jardín, una voz amplificada atravesó la noche.
—¡Damián Varela!
Él permaneció inmóvil.
—¡Sabemos que la tienes!
Sentí que sus dedos se cerraban alrededor de mi muñeca.
—¿A quién se refiere? —pregunté aterrorizada.
Damián no respondió.
La voz volvió a escucharse.
—¡Entréganos a Clara Bellini y nadie tendrá que morir esta noche!
Sentí que el cuerpo se me paralizaba.
Miré a Damián.
Por primera vez desde que lo había conocido, vi algo distinto en sus ojos.
No era miedo.
Era furia.
Una furia contenida, brutal, silenciosa.
Se inclinó hacia mí.
—Ahora vas a hacer exactamente lo que te diga.
—¿Qué?
—Vas a quedarte detrás de mí.
—Damián…
—Y pase lo que pase…
Su mirada se clavó en la mía.
—No voy a dejar que te encuentren.
Afuera comenzaron a escucharse disparos.
Damián me rodeó con un brazo y me condujo hacia una puerta oculta detrás de una biblioteca.
—¿Adónde vamos?
—A un lugar donde nadie pueda tocarte.
—¿Y usted?
Se detuvo.
Me miró.
—Yo voy a ocuparme de los hombres que vinieron por ti.
—No quiero que muera.
Las palabras escaparon de mis labios antes de que pudiera detenerlas.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué dijiste?
Sentí que mis mejillas ardían.
—Dije que no quiero que muera.
Durante un instante, el hombre más temido que había conocido pareció completamente desconcertado.
Después se acercó.
—Clara…
Su voz fue diferente.
Más baja.
Más humana.
—No vuelvas a decirme eso.
—¿Por qué?
—Porque no tienes idea de lo que puede provocar en mí.
La puerta comenzó a abrirse.
Damián me empujó suavemente hacia el interior.
Antes de cerrar, me sostuvo la mirada.
—Y recuerda algo.
—¿Qué?
—Esta noche no te salvé porque seas inocente.
Hizo una pausa.
—Te salvé porque, desde el momento en que alguien decidió convertirte en su objetivo, yo decidí que serías intocable.
La puerta se cerró.
Y mientras los disparos continuaban resonando sobre la mansión, comprendí que mi vida ya no me pertenecía.
Lo que todavía no sabía era que Damián Varela tampoco estaba preparado para descubrir hasta dónde llegaría para protegerme.
Porque aquella noche no solo había comenzado una guerra.
Había comenzado una obsesión.
Y el hombre que todos temían estaba a punto de descubrir que la única mujer capaz de destruir su imperio también podía ser la única capaz de salvar su alma.