La oscuridad tenía un sonido propio.
Lo descubrí aquella noche, encerrada detrás de una biblioteca secreta en la mansión de Damián Varela, mientras los disparos resonaban al otro lado de las paredes y mi corazón parecía querer escapar de mi pecho.
Nunca había sentido un miedo semejante.
No era el miedo de estar sola.
Era peor.
Era saber que alguien estaba dispuesto a matar para encontrarme.
Me apoyé contra la pared e intenté respirar.
—No voy a llorar —me dije—. No voy a llorar.
Pero las lágrimas aparecieron igualmente.
Me las limpié con el dorso de la mano.
No entendía nada.
Mi padre llevaba diez años muerto.
Yo había vivido toda mi vida creyendo que era un hombre común, un hombre reservado, incluso un poco misterioso, pero incapaz de imaginar que detrás de su silencio podía existir una guerra.
Y ahora un hombre como Damián Varela estaba arriesgando su vida para protegerme.
O eso decía.
El problema era que no sabía si podía confiar en él.
La puerta secreta se había cerrado detrás de mí.
Había una pequeña lámpara sobre una mesa.
Nada más.
Una habitación subterránea.
Una salida.
Un sillón.
Y una caja metálica colocada sobre una repisa.
La miré.
No sabía por qué, pero sentí que aquella caja era importante.
Me acerqué.
Tenía una cerradura antigua.
Pasé los dedos sobre la superficie.
Entonces vi algo grabado en la tapa.
Una letra.
La misma inicial que había visto cientos de veces en las cartas de mi padre.
A.
Mi respiración se detuvo.
—Papá…
Toqué la caja.
No tenía llave.
Busqué alrededor.
Nada.
Entonces escuché un ruido.
Me giré.
Una puerta interior se abrió.
Damián apareció.
Tenía el rostro serio y una pequeña herida junto a la ceja.
Sentí alivio antes de poder evitarlo.
—¡Damián!
Él cerró la puerta detrás de sí.
—¿Estás herida?
—No.
Se acercó rápidamente.
—Déjame comprobarlo.
—Estoy bien.
—Clara.
Su tono no admitía discusión.
Levanté los brazos.
Me observó.
—¿Te golpeaste?
—No.
—¿Te duele algo?
—No.
—Mírame.
Lo hice.
Sus ojos recorrieron mi rostro.
—¿Estás segura?
—Sí.
Por primera vez pareció respirar tranquilo.
Entonces vi la sangre.
—Estás herido.
—No es importante.
—Estás sangrando.
—He tenido heridas peores.
—Eso no significa que no debas curarte.
Damián me observó unos segundos.
—¿Estabas preocupada por mí?
Sentí calor en las mejillas.
—Solo estoy siendo humana.
Una sonrisa fugaz apareció en sus labios.
—Eso es exactamente lo que me preocupa.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que seas humana en este mundo.
—No puedo dejar de serlo solo porque usted sea un hombre peligroso.
Su mirada se endureció.
—No vuelvas a hablarme de esa manera.
—¿Por qué?
—Porque cuando te miro, olvido quién soy.
Me quedé inmóvil.
No esperaba aquella respuesta.
Damián tampoco pareció esperar haberla pronunciado.
Apartó la mirada.
—Ven.
—¿Adónde?
—A mi despacho.
—¿Es seguro?
—Ahora sí.
—¿Y los hombres que estaban afuera?
—No volverán.
No pregunté qué significaba.
Algo en su voz me dijo que no quería saberlo.
Caminé detrás de él.
Al salir del pasadizo, la mansión parecía diferente.
Había hombres armados en los corredores.
Algunos tenían heridas.
Otros hablaban por teléfono.
Damián avanzaba entre ellos sin detenerse.
Todos se apartaban.
Todos obedecían.
Todos lo miraban como si fuera la única persona capaz de mantener aquel lugar en pie.
Llegamos a su despacho.
Damián cerró la puerta.
—Siéntate.
—No quiero sentarme.
—Entonces quédate de pie.
Me crucé de brazos.
—Quiero respuestas.
—Las tendrás.
—Ahora.
—Ahora.
Se acercó al escritorio.
Abrió un cajón y sacó una carpeta negra.
La colocó frente a mí.
—Esta es la información que tenemos sobre tu padre.
No la toqué.
—¿Por qué usted tiene una carpeta sobre él?
—Porque llevaba años buscando una parte de su pasado.
—¿Por qué?
—Porque tu padre trabajó para mi familia.
Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
—Eso es imposible.
—No.
—Mi padre era restaurador de obras de arte.
—También.
—No entiendo.
—Tu padre llevaba una doble vida.
Negué con la cabeza.
—No.
—Clara…
—No.
—Escúchame.
—¡No quiero escuchar eso!
Damián permaneció en silencio.
Yo sentía que todo lo que había creído sobre mi familia se estaba desmoronando.
—Mi padre era un buen hombre.
—No he dicho que fuera malo.
—Entonces no lo convierta en alguien que no era.
—Estoy intentando mostrarte quién era realmente.
—¿Y usted cómo lo sabe?
—Porque mi padre conoció al tuyo.
—¿Su padre?
Damián asintió.
—Vittorio Varela.
El nombre me resultaba familiar.
—¿El hombre que fundó su imperio?
—Sí.
—¿Qué relación tenían?
—Negocios.
—¿Legales?
Damián me sostuvo la mirada.
—No todos.
Cerré los ojos.
—Esto es una pesadilla.
—Ojalá lo fuera.
Abrí la carpeta.
La primera fotografía me dejó sin respiración.
Era mi padre.
Mucho más joven.
Estaba junto a tres hombres.
Uno era Vittorio Varela.
El segundo no lo reconocí.
El tercero…
Sentí que mis dedos comenzaban a temblar.
—Ese hombre…
Damián se acercó.
—¿Lo conoces?
—No.
—Estás mintiendo.
—No.
—Clara.
—No lo conozco.
—Mírame.
Levanté los ojos.
—Te creo.
Tomó la fotografía.
—Ese hombre es Alessandro Moretti.
Sentí un escalofrío.
—¿El padre de Matteo?
—Sí.
—¿Por qué estaba con mi padre?
—Porque durante años fueron aliados.
—¿Aliados?
—Sí.
—Pero mi padre me dijo que nunca confiara en los Moretti.
—Porque después se convirtieron en enemigos.
—¿Qué ocurrió?
Damián guardó silencio.
—¿Qué ocurrió? —repetí.
—Tu padre descubrió que los Moretti planeaban traicionar a mi familia.
—¿Y qué hizo?
—Robó algo.
—¿Qué?
—Una lista.
—¿Qué lista?
—Nombres.
—¿De quiénes?
—De personas que habían comprado protección, información y poder.
Sentí un escalofrío.
—¿Políticos?
—Algunos.
—¿Empresarios?
—Sí.
—¿Policías?
—También.
—¿Y mi padre tenía esa lista?
—Durante años.
—¿Dónde está?
Damián me miró.
—No lo sé.
—Entonces ¿por qué me buscan?
—Porque creen que tú sabes dónde está.
—Pero yo no sé nada.
—Lo sé.
—¿Entonces por qué no se lo dice a ellos?
—Porque no les importa la verdad.
—¿Qué quieren?
—Quieren encontrarla.
—¿Y después?
Damián sostuvo mi mirada.
—Después probablemente te matarían.
Me estremecí.
—¿Por qué?
—Porque serías el último vínculo con tu padre.
Me senté.
—No puedo creerlo.
Damián se acercó.
—Hay algo más.
—¿Qué?
Sacó otra fotografía.
Esta vez era una imagen antigua de una casa.
La reconocí inmediatamente.
Era la casa donde había pasado mi infancia.
—¿Qué es esto?
—Tu casa.
—Sí.
—Mira la ventana.
Me acerqué.
Había un hombre parado detrás del cristal.
No podía distinguir su rostro.
—¿Quién es?
—No lo sabemos.
—¿Qué significa?
—Que alguien estuvo vigilando a tu familia mucho antes de que muriera tu padre.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Cuánto tiempo?
—Según nuestros registros, al menos seis años.
—¿Seis años?
—Sí.
—¿Por qué nadie me dijo nada?
—Porque tu padre quería protegerte.
—¿De quién?
—De todos.
Lo miré.
—¿Y usted?
—¿Qué?
—¿También quería protegerme?
Damián no respondió inmediatamente.
—Yo no te conocía.
—Pero sabía quién era.
—Sabía tu apellido.
—¿Cuándo descubrió mi existencia?
—Hace tres semanas.
—¿Y desde entonces me vigila?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque alguien más empezó a buscarte.
—¿Quién?
—Matteo Moretti.
Pronunciar aquel nombre hizo que la habitación pareciera enfriarse.
—¿Lo conoce?
—Sí.
—¿Cómo es?
Damián se apoyó contra el escritorio.
—Inteligente.
—¿Peligroso?
—Mucho.
—¿Peor que usted?
Damián me miró fijamente.
—De una manera diferente.
—¿Qué quiere decir?
—Yo tengo límites.
—¿Y él?
—Él perdió los suyos hace mucho tiempo.
Me levanté.
—¿Por qué quiere vengarse de mi padre?
—Porque cree que tu padre fue responsable de la muerte de su padre.
—¿Lo fue?
Damián guardó silencio.
—Necesito una respuesta.
—No lo sé.
—¿Usted no lo sabe?
—Sé lo que ocurrió según los documentos que encontré.
—¿Y qué dicen?
—Que Alessandro Moretti murió durante una operación que terminó mal.
—¿Qué operación?
—Una entrega.
—¿De qué?
—Dinero.
—¿Y mi padre estaba allí?
—Sí.
Sentí un escalofrío.
—Entonces sí estuvo involucrado.
—Eso parece.
—¿Mi padre mató a Alessandro Moretti?
—No.
—¿Cómo puede estar seguro?
—Porque quien disparó fue Vittorio Varela.
El silencio fue absoluto.
Miré a Damián.
—¿Su padre?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Alessandro intentó matar a mi padre primero.
—Entonces…
—Fue una guerra.
—¿Y mi padre?
—Tu padre estaba allí.
—¿De qué lado?
Damián me miró.
—Del lado de mi padre.
Me llevé una mano a la boca.
—No.
—Sí.
—Mi padre nunca habría hecho eso.
—Quizá no tuvo elección.
—¿Qué significa?
—Que alguien lo obligó.
—¿Quién?
—Todavía no lo sabemos.
La puerta del despacho se abrió de golpe.
Un hombre entró.
—Señor Varela.
Damián se giró.
—¿Qué ocurre?
—Encontramos algo en el automóvil del atacante.
—¿Qué?
El hombre extendió una pequeña bolsa.
Damián la tomó.
Dentro había un teléfono.
—Estaba encriptado.
—Dámelo.
Damián lo encendió.
La pantalla mostró una fotografía.
Era yo.
Sentí que el corazón se me detenía.
Pero había algo más.
Debajo de la fotografía había una frase.
Damián la leyó en silencio.
—¿Qué dice? —pregunté.
No respondió.
—Damián.
Él levantó los ojos.
—Dice: “Ella no sabe quién es realmente.”
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa?
—No lo sé.
—Pero usted dijo que sabía todo sobre mí.
—No todo.
—Entonces dígame qué falta.
Damián volvió a mirar el teléfono.
Apareció una segunda notificación.
Esta vez había un mensaje.
Lo abrió.
Solo contenía una frase.
“Pregúntale por la noche del incendio.”
Me quedé inmóvil.
—¿Qué incendio?
Damián levantó lentamente la cabeza.
—Eso es lo que vamos a descubrir.
—¿Por qué me mira así?
—Porque nunca me dijiste que hubo un incendio.
—Porque no hubo ninguno.
—Clara…
—No hubo ningún incendio.
—Tu padre aparece registrado en un incendio ocurrido en Como hace once años.
Mi corazón se aceleró.
—Eso fue un accidente.
—¿Qué recuerdas?
—Nada.
—¿Nada?
—Era pequeña.
—Tenías diecisiete años.
Sentí un vacío.
—Yo…
Algo comenzó a regresar a mi memoria.
Humo.
Gritos.
Una puerta.
La mano de mi padre.
Una voz masculina.
Y una caja.
La caja.
La misma caja que había visto en la habitación secreta.
—Había algo —susurré.
Damián se acercó.
—¿Qué?
—Una caja.
—¿Qué caja?
—Mi padre tenía una caja.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Piensa.
Cerré los ojos.
—La guardaba en el sótano.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Qué había dentro?
—No lo sé.
—Clara, necesito que recuerdes.
—¡No puedo!
—Mírame.
Lo hice.
—Respira.
Intenté hacerlo.
—Yo estaba allí —dije.
—¿En el incendio?
Asentí.
—Sí.
—¿Qué ocurrió?
—Mi padre me despertó.
—¿Qué te dijo?
—Me dijo que saliera de la casa.
—¿Y él?
—Dijo que me alcanzaría.
—¿Lo hizo?
Las lágrimas comenzaron a caer.
—No.
Damián se acercó.
—¿Qué viste?
—Un hombre.
—¿Quién?
—No sé.
—¿Qué llevaba?
—Un abrigo.
—¿De qué color?
—Negro.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Algo más?
—Un anillo.
—¿Cómo era?
—Tenía una serpiente.
Damián se quedó completamente inmóvil.
—¿Qué pasa?
—Ese anillo pertenece a los Moretti.
Mi cuerpo se estremeció.
—Entonces ellos mataron a mi padre.
—No necesariamente.
—¡Usted mismo acaba de decirlo!
—Dije que el anillo pertenece a ellos.
—¿Qué más necesito?
—Pruebas.
—¿Y si las encuentro?
—Entonces comenzará una guerra.
—Ya existe una guerra.
Damián se acercó hasta quedar frente a mí.
—No.
—¿No?
—Lo que existe ahora es una amenaza.
—¿Y qué ocurrirá después?
Sus ojos se oscurecieron.
—La guerra comenzará cuando Matteo Moretti descubra que estás conmigo.
—¿Ya lo sabe?
—Ahora sí.
—¿Cómo?
Damián miró el teléfono.
—Porque acaba de enviarme otro mensaje.
—¿Qué dice?
Me miró.
—“Damián, sabes que tarde o temprano tendrás que entregármela.”
Sentí un escalofrío.
—¿Qué le respondió?
Damián guardó el teléfono.
—Nada.
—¿Por qué?
—Porque no voy a negociar contigo.
—¿Qué significa eso?
Se acercó.
—Significa que nadie va a llevarte.
—¿Aunque sea peligroso?
—Especialmente porque es peligroso.
—No quiero que mueran personas por mi culpa.
—No será por tu culpa.
—¿Entonces por qué?
—Por las decisiones de los hombres que nos trajeron hasta aquí.
—¿Y usted qué va a hacer?
Damián me miró con una intensidad que me hizo olvidar por un instante dónde estaba.
—Voy a terminar esto.
—¿Cómo?
—De la única manera que conozco.
—¿Venganza?
Su mandíbula se tensó.
—Justicia.
—¿Cuál es la diferencia?
Damián se acercó un poco más.
—La justicia busca terminar una guerra.
—¿Y la venganza?
—La venganza busca que alguien sufra.
—¿Y usted cuál busca?
Me miró durante varios segundos.
—Todavía no lo sé.
Su sinceridad me sorprendió.
—Quiero irme —dije.
—No.
—No puede retenerme.
—No quiero retenerte.
—Entonces déjeme salir.
—No puedo hacerlo.
—¿Por qué?
—Porque afuera te están esperando.
—¿Y aquí?
—Aquí estoy yo.
—Eso no me tranquiliza.
—Debería.
—¿Por qué?
Damián bajó la voz.
—Porque si alguien viene por ti, tendrá que pasar primero por mí.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—No quiero que se haga daño por mí.
—Demasiado tarde.
—¿Qué significa?
—Ya me importa demasiado lo que te ocurra.
No supe qué responder.
Damián levantó una mano y apartó suavemente un mechón de cabello de mi rostro.
El gesto fue tan inesperadamente delicado que me quedé inmóvil.
—No hagas eso —susurré.
—¿Qué?
—Mirarme así.
—¿Cómo te miro?
—Como si…
Me detuve.
—Como si fueras importante —completó él.
No pude contestar.
Damián apartó la mano.
—Ve a descansar.
—No tengo sueño.
—Lo tendrás.
—No quiero estar sola.
Las palabras salieron antes de que pudiera detenerlas.
Damián me miró.
—No estarás sola.
—¿Se quedará?
Él dudó.
—Si eso te tranquiliza.
—Sí.
Por primera vez, su expresión perdió parte de aquella dureza.
—Entonces me quedaré.
Salimos del despacho.
Caminamos hacia el ala este.
La mansión había recuperado parte de su silencio.
Cuando llegamos a mi habitación, Damián se detuvo junto a la puerta.
—Duerme.
—No creo que pueda.
—Inténtalo.
Entré.
Él se quedó afuera.
Antes de cerrar la puerta, lo miré.
—Damián.
—¿Sí?
—Gracias.
Sus ojos cambiaron.
—No me des las gracias todavía.
—¿Por qué?
—Porque aún no sabes qué voy a tener que hacer para mantenerte viva.
Cerré la puerta.
Me acosté.
Pero no pude dormir.
Horas después, escuché pasos.
Me levanté.
Abrí la puerta lentamente.
El corredor estaba vacío.
Caminé hasta el despacho.
La puerta estaba entreabierta.
Damián estaba dentro, de espaldas.
Hablaba por teléfono.
—No quiero que nadie se acerque a ella.
Pausa.
—No me importa cuánto cueste.
Otra pausa.
—Encuentra a Matteo.
Me quedé escuchando.
—Y cuando lo encuentres, dile algo de mi parte.
Damián se volvió.
Nuestros ojos se encontraron.
Él terminó la llamada.
—¿Qué haces despierta?
—Escuché voces.
—Deberías estar durmiendo.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque tengo miedo.
Su expresión cambió.
—Ven aquí.
Me acerqué.
Damián abrió los brazos.
Dudé.
Después me acerqué.
Me abrazó.
No fue un abrazo posesivo.
Fue firme.
Protector.
Y por primera vez desde que había comenzado aquella pesadilla, sentí que podía respirar.
Apoyé la cabeza contra su pecho.
—Damián…
—Estoy aquí.
—¿Qué le vas a decir a Matteo?
Su mano se cerró alrededor de mi espalda.
—Que cometió un error.
—¿Cuál?
Damián bajó la mirada hacia mí.
—Creyó que podía venir a buscarte.
—¿Y qué ocurrirá?
Sus ojos se volvieron oscuros.
—Va a descubrir que hay cosas que un hombre no debe tocar.
—¿Como qué?
Damián me sostuvo la mirada.
—Tú.
No supe qué decir.
Pero entonces su teléfono vibró.
Lo miró.
La expresión de su rostro cambió por completo.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Me mostró la pantalla.
Había llegado una fotografía.
Era una fotografía antigua de mi padre.
Pero no estaba solo.
A su lado aparecía una mujer que yo nunca había visto.
Damián señaló la imagen.
—Clara…
—¿Quién es?
Él tardó varios segundos en responder.
—Tu madre.
Sentí que el corazón se me detenía.
—Mi madre murió cuando yo nací.
Damián negó lentamente.
—Eso es lo que te hicieron creer.
La fotografía cayó de mis manos.
—¿Qué?
Damián me miró.
—Tu madre está viva.
Y entonces llegó un segundo mensaje.
Solo contenía una dirección.
En Francia.
Y una frase:
“Si quieres conocer la verdad sobre tu familia, ven sola.”
Damián leyó el mensaje.
Después levantó la mirada hacia mí.
—No vas a ir.
—Necesito saber quién es mi madre.
—Lo sé.
—Entonces ayúdame.
Damián guardó el teléfono.
—Voy a hacerlo.
—¿Cómo?
Su mirada se endureció.
—Voy a llevarte hasta ella.
—¿Y si es una trampa?
—Lo será.
—Entonces ¿por qué iremos?
Damián se acercó.
—Porque ahora tenemos algo que antes no teníamos.
—¿Qué?
Me sostuvo la mirada.
—Una razón para dejar de huir.
Afuera comenzó a amanecer sobre Milán.
Pero mientras las primeras luces aparecían sobre los tejados, ninguno de los dos sabía que aquella dirección en Francia no solo escondía el secreto de mi madre.
También escondía el primer cadáver de una guerra que estaba a punto de comenzar.
Y, en algún lugar de Europa, Matteo Moretti ya había dado la orden.
Encontrar a Clara Bellini.
Y matar a Damián Varela.