El amanecer llegó a Milán con una luz gris y fría, como si el cielo también supiera que aquella mañana iba a cambiarlo todo.
Yo no había dormido.
Después de descubrir que mi madre podía estar viva, había pasado horas mirando la fotografía que Damián había recibido. La mujer que aparecía junto a mi padre tenía mi misma mirada, mis mismos labios y una pequeña cicatriz sobre la ceja izquierda que yo recordaba vagamente de una fotografía de mi infancia.
Mi madre.
La mujer que había llorado durante años creyendo muerta.
La mujer cuya ausencia había sido una herida silenciosa dentro de mi familia.
La mujer que, según Damián, estaba viva.
—No puede ser —murmuré mientras sostenía la fotografía—. Mi madre murió cuando yo nací.
Damián estaba de pie frente al ventanal de su despacho, mirando cómo la ciudad despertaba.
—Eso fue lo que te dijeron.
—¿Quién?
—Tu padre.
Me levanté de golpe.
—¿Mi padre sabía que estaba viva?
Damián se volvió lentamente.
—Creo que sí.
—¿Y nunca me lo dijo?
—Tal vez intentaba protegerte.
—¡Siempre la misma respuesta! —exclamé—. Todos dicen que intentaban protegerme. Mi padre me ocultó la verdad. Tú me ocultaste información. ¿Quién más está mintiéndome?
Damián sostuvo mi mirada.
—Yo no te he mentido.
—¿No?
—No.
—Me investigaste durante tres semanas y nunca me dijiste que sabías algo de mi familia.
—Porque todavía no tenía pruebas.
—Y ahora sí.
—Ahora tengo suficientes para saber que tu vida entera está construida sobre secretos.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Quiero volver a casa.
Damián se acercó.
—No tienes casa a la que volver.
—Claro que tengo.
—Clara…
—Mi casa está en Milán.
—La revisamos esta madrugada.
—¿Y?
—Entraron.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—Alguien estuvo dentro de tu apartamento.
Sentí un vacío en el pecho.
—¿Cuándo?
—Mientras dormías aquí.
—¿Qué encontraron?
—No lo sabemos.
—¿Se llevaron algo?
Damián dudó.
—Sí.
—¿Qué?
—Fotografías.
—¿De quién?
—De tu padre.
Mi respiración se aceleró.
—¿Todas?
—Las que estaban guardadas en un álbum.
—Pero yo tenía ese álbum desde niña.
—Precisamente.
—¿Por qué querrían fotografías?
Damián caminó hasta el escritorio.
—Porque algunas personas no buscan objetos. Buscan pistas.
—¿Qué pistas?
—Información sobre el pasado de tu padre.
—¿Y qué tiene que ver conmigo?
Damián me miró directamente.
—Todo.
No quería seguir escuchando.
Me senté.
—Necesito saber quién es mi madre.
—Lo sabrás.
—Hoy.
—Sí.
Levanté la mirada.
—¿De verdad vamos a Francia?
—Sí.
—¿Cuándo?
—En una hora.
—¿Y cómo?
—En avión privado.
—No puedo ir así.
—Sí puedes.
—No tengo ropa.
—Ya tienes.
—¿Cómo?
—Elena se encargó.
—¿Cuándo?
—Mientras dormías.
Suspiré.
—Ustedes hacen demasiadas cosas sin preguntarme.
—En mi mundo, preguntar suele ser un lujo.
—Pues tendrás que aprender a preguntarme.
Damián sonrió ligeramente.
—Quizá.
—No es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Me levanté.
—Voy a prepararme.
Cuando llegué a la puerta, Damián habló.
—Clara.
Me giré.
—¿Sí?
—No te separes de mí cuando lleguemos a Francia.
—¿Por qué?
—Porque no confío en la persona que envió la dirección.
—¿Y confías en mí?
—Más de lo que debería.
Sus palabras me hicieron bajar la mirada.
—Eso no tiene sentido.
—Nada de esto lo tiene.
Subí a mi habitación.
Elena había dejado sobre la cama varias prendas.
Un abrigo color crema.
Un vestido azul oscuro.
Zapatos.
Una pequeña maleta.
Todo parecía elegido especialmente para mí.
—¿Cómo sabe mi talla? —pregunté cuando Elena apareció en la puerta.
—El señor Varela presta atención a todo.
—Eso me preocupa.
Elena sonrió.
—Debería.
—¿Damián siempre ha sido así?
—¿Así cómo?
—Controlador.
Elena pensó unos segundos.
—Damián no controla lo que ama.
La miré sorprendida.
—¿Ama?
Ella pareció arrepentirse de haber usado esa palabra.
—Quise decir lo que considera importante.
—No es lo mismo.
—No.
—¿Ha amado alguna vez?
Elena bajó la mirada.
—Antes de convertirse en quien es.
—¿Qué ocurrió?
—La vida.
—Eso no es una respuesta.
—En el mundo de Damián, suele serlo.
Se marchó.
Me quedé frente al espejo.
No sabía qué pensar.
Damián me protegía.
Me daba miedo.
Me atraía.
Me irritaba.
Y, sobre todo, me hacía sentir cosas que no comprendía.
No podía enamorarme de un hombre como él.
No podía.
Él era demasiado oscuro.
Yo era demasiado inocente.
Nuestros mundos no tenían nada en común.
Pero cada vez que estaba cerca, mi corazón parecía olvidar todas esas razones.
Me vestí rápidamente.
Cuando bajé, Damián esperaba junto a la puerta.
Llevaba un traje negro impecable.
En una mano sostenía el teléfono.
En la otra, una pequeña carpeta.
Me observó de arriba abajo.
No dijo nada.
—¿Qué? —pregunté.
—Nada.
—Me estás mirando.
—Lo sé.
—Entonces di algo.
Damián se acercó.
—Estás hermosa.
Sentí que me sonrojaba.
—Gracias.
—Pero no vuelvas a salir sola.
—No pensaba hacerlo.
—Bien.
—No soy una niña.
—Nunca dije que lo fueras.
—A veces me tratas como si lo fuera.
—Porque no conoces el peligro.
—Y tú crees conocerlo todo.
—No.
—¿No?
—Conozco suficiente para saber que si alguien quiere hacerte daño, utilizará tu inocencia contra ti.
Me quedé callada.
Damián abrió la puerta del automóvil.
—Vamos.
Subimos.
Durante el trayecto hasta el aeropuerto privado, no hablamos.
Pero yo podía sentir su presencia.
No era una presencia tranquila.
Era intensa.
Pesada.
Como si Damián estuviera luchando contra algo dentro de sí mismo.
Finalmente pregunté:
—¿Qué te ocurre?
—Nada.
—Estás preocupado.
—Sí.
—¿Por mi madre?
—Por ti.
—¿Por qué?
—Porque si esa mujer realmente es tu madre, significa que la historia que conocemos es mucho más peligrosa de lo que pensábamos.
—¿Qué podría pasar?
—Podrían utilizarla para llegar a ti.
—¿Y si ella realmente me quiere ver?
—Entonces tendrás que preguntarte por qué esperó tantos años.
La pregunta me dolió.
—Quizá tenía miedo.
—Quizá.
—No todo el mundo es como tú.
—Lo sé.
—Entonces no la juzgues.
Damián me miró.
—No la juzgaré.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
El avión esperaba en la pista.
Subimos.
Una hora después, estábamos sobrevolando los Alpes.
Miré por la ventanilla.
Las montañas cubiertas de nieve parecían infinitas.
Damián estaba sentado frente a mí.
—¿Has estado alguna vez en Francia? —preguntó.
—Sí.
—¿Cuándo?
—Con mi padre.
—¿Dónde?
—En Niza.
—¿Recuerdas algo?
—Muy poco.
—¿Qué recuerdas?
—El mar.
—¿Algo más?
Cerré los ojos.
—Mi padre estaba nervioso.
Damián permaneció atento.
—¿Por qué?
—No lo sé.
—¿Cuántos años tenías?
—Diecisiete.
—La misma edad del incendio.
Asentí.
—Sí.
—¿Estuvieron en Niza poco antes?
—Creo que sí.
Damián tomó la carpeta.
—Hay algo que no te he contado.
—¿Qué?
Sacó un documento.
—Tu padre compró una propiedad en Francia seis meses antes del incendio.
Lo miré.
—¿Dónde?
—Cerca de Annecy.
—Nunca tuvimos una casa allí.
—Legalmente sí.
—¿Por qué nunca lo supe?
—Porque estaba a nombre de otra persona.
—¿De quién?
Damián me entregó el documento.
Leí el nombre.
No lo reconocí.
—¿Quién es?
—Una mujer llamada Isabelle Laurent.
—¿Quién es?
—No lo sabemos todavía.
—¿Crees que es mi madre?
—Es posible.
—Pero la dirección que recibimos está en Francia.
—Exactamente.
—¿Y si Isabelle Laurent es ella?
—Entonces tendremos una respuesta.
—¿Por qué siento que no será tan fácil?
Damián me miró.
—Porque no lo será.
El avión aterrizó en un pequeño aeropuerto privado cerca de Lyon.
Dos vehículos nos esperaban.
Damián habló con uno de sus hombres.
—¿Todo despejado?
—Sí.
—¿La zona?
—Sin movimientos extraños.
—¿La casa?
—Vacía.
Damián frunció el ceño.
—¿Vacía?
—No encontramos a nadie.
—¿Cuánto tiempo lleva vacía?
—Al menos cuarenta y ocho horas.
Sentí que el miedo regresaba.
—¿Y la dirección?
Damián me miró.
—Es la misma.
Subimos al automóvil.
El trayecto duró más de una hora.
La carretera serpenteaba entre montañas y pequeños pueblos franceses.
Finalmente llegamos a una casa aislada junto a un lago.
El paisaje era hermoso.
Demasiado hermoso.
La casa parecía antigua.
Piedra gris.
Ventanas altas.
Jardín abandonado.
Una pequeña capilla en la parte posterior.
—¿Aquí vive mi madre? —pregunté.
Damián observó la propiedad.
—Vivía alguien.
—¿Qué quieres decir?
—Hay señales recientes.
—¿Como cuáles?
—Huellas.
—¿De quién?
—No lo sé.
Bajamos.
Damián hizo un gesto.
Sus hombres rodearon la propiedad.
—Quédate conmigo.
—Sí.
Entramos.
La casa estaba vacía.
Había polvo sobre los muebles.
Pero sobre una mesa había una taza todavía húmeda.
Me acerqué.
—Alguien estuvo aquí.
Damián asintió.
—Hace poco.
Recorrimos varias habitaciones.
En una encontramos fotografías.
Me acerqué.
Había decenas.
Mi padre.
Mi madre.
Yo.
Sentí que las piernas me temblaban.
—Es ella.
Tomé una fotografía.
Mi madre me sostenía en brazos.
Yo era apenas un bebé.
—Está viva —susurré.
Damián se acercó.
—Parece que sí.
—¿Por qué me ocultaron esto?
—No lo sé.
—Pero alguien estaba aquí.
—Sí.
Encontré otra fotografía.
Mi madre aparecía junto a un hombre.
Damián la tomó.
Su expresión cambió.
—¿Quién es él?
—No lo sé.
—Yo sí.
Me miró.
—Es Vittorio Varela.
Sentí un escalofrío.
—¿Tu padre?
—Sí.
—¿Mi madre conocía a tu padre?
—Parece que sí.
—¿Cuándo?
—Antes de que nacieras.
La cabeza comenzó a darme vueltas.
—Entonces nuestras familias se conocían mucho antes de lo que creíamos.
—Sí.
—¿Y por qué?
Damián miró otra fotografía.
Su rostro se volvió sombrío.
—Porque tu madre no solo conocía a mi padre.
—¿Qué más?
—Estaba trabajando para él.
—¿Qué?
—Era una informante.
—No.
—Clara…
—No.
—Mírame.
—No quiero.
—Necesitas saber la verdad.
—¡Ya he tenido suficiente verdad por un día!
Me alejé.
—Toda mi vida ha sido una mentira.
Damián se acercó.
—No todo.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque sé que tu padre te amaba.
—¿Y mi madre?
—Eso tendrás que preguntárselo a ella.
—¿Dónde está?
Damián observó la habitación.
—No lo sé.
Entonces escuchamos un ruido arriba.
Damián levantó inmediatamente la mano.
—Quédate aquí.
—No.
—Clara.
—Voy contigo.
—No.
—No me voy a quedar sola.
Me miró.
Finalmente asintió.
Subimos las escaleras.
Un corredor oscuro nos recibió.
Una puerta estaba entreabierta.
Damián sacó un arma.
Me colocó detrás de él.
Entramos.
La habitación estaba vacía.
Pero sobre la cama había un sobre.
Damián lo tomó.
Tenía mi nombre.
—Clara Bellini.
Me temblaron las manos.
—Es para mí.
Damián abrió el sobre.
Dentro había una carta.
Me la entregó.
Reconocí inmediatamente la letra.
Era de mi padre.
“Mi querida Clara:
Si alguna vez lees esta carta, significa que ya descubriste la verdad sobre tu madre.
No confíes en nadie.
Ni siquiera en aquellos que dicen protegerte.
Especialmente en los Varela.
Tu madre no murió.
La escondí porque alguien quería utilizarla para llegar hasta ti.
Pero cometí un error.
Creí que podría mantenerte al margen de mi pasado.
No pude.
Si estás leyendo esto, significa que los Moretti ya saben quién eres.
Hay algo que debes recuperar.
La caja.
La misma caja que viste la noche del incendio.
Dentro está la respuesta a todo.
Pero no abras la caja sola.
Busca al hombre que lleva el anillo de la serpiente.
Él sabrá dónde está.
Y recuerda algo, hija:
Tu madre no te abandonó.
La obligaron a hacerlo.”
Sentí que las lágrimas caían sobre el papel.
—Mi padre sabía que yo encontraría esta carta.
Damián permaneció en silencio.
—¿Por qué menciona a los Varela?
Él no respondió.
—Damián.
—No lo sé.
—La carta dice que no confíe en ustedes.
—Y aun así estás conmigo.
Lo miré.
—Porque no tengo otra opción.
Damián dio un paso hacia mí.
—No.
—¿No?
—Porque en el fondo sabes que no te haré daño.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque si quisiera hacerlo, ya lo habría hecho.
Bajé la mirada.
—Eso no es precisamente romántico.
Damián sonrió.
—No soy un hombre romántico.
—Eso ya lo sé.
—Pero contigo estoy intentando aprender.
Levanté los ojos.
Su expresión era seria.
—¿Por qué?
—Porque tú haces que quiera ser alguien diferente.
Sentí que el corazón se me aceleraba.
—No deberías decirme cosas así.
—¿Por qué?
—Porque pueden hacerme confiar en ti.
Damián se acercó.
—Quizá quiero que confíes en mí.
—Eso es peligroso.
—Lo sé.
—¿Y si me equivoco?
—Entonces me aseguraré de que sobrevivas a tu error.
Nos quedamos en silencio.
Entonces escuchamos un automóvil afuera.
Damián se apartó inmediatamente.
—Nos vamos.
—¿Por qué?
—Hay alguien aquí.
—¿Mi madre?
—No lo sé.
Bajamos rápidamente.
Uno de los hombres de Damián entró.
—Señor Varela.
—¿Qué?
—Tenemos movimiento en el bosque.
—¿Cuántos?
—Al menos seis vehículos.
Damián miró hacia las ventanas.
—Moretti.
—Probablemente.
Me tomó de la mano.
—Ven.
—¿Adónde?
—Al sótano.
—¿Otra vez?
—Sí.
—Estoy empezando a odiar los sótanos.
—Yo también.
Llegamos al sótano.
Damián abrió una puerta metálica.
Dentro había un túnel.
—¿A dónde conduce?
—A la carretera.
—¿Y los demás?
—Se ocuparán de ellos.
—No quiero que nadie muera.
—Clara…
—Prométemelo.
Damián me miró.
—Haré todo lo posible.
—Eso no es suficiente.
—Es lo único que puedo prometerte.
Entramos al túnel.
Avanzamos durante varios minutos.
A lo lejos comenzaron a escucharse disparos.
Me aferré al brazo de Damián.
—Tengo miedo.
—Lo sé.
—No quiero perderte.
Se detuvo.
—¿Qué dijiste?
Sentí que las lágrimas aparecían.
—No quiero perderte.
Damián me sostuvo el rostro entre sus manos.
—Clara, no vuelvas a decirme algo así si no estás preparada para las consecuencias.
—¿Qué consecuencias?
—Porque cada vez que dices que tienes miedo de perderme, me haces olvidar que debería mantenerte lejos de mí.
—¿Y qué quieres hacer?
Damián me miró.
—Quiero protegerte.
—¿Solo eso?
Su respiración se volvió más profunda.
—No.
—¿Entonces?
—Quiero que algún día puedas mirarme sin miedo.
—No te tengo miedo.
—Deberías.
—No.
Damián acercó su frente a la mía.
—Eres la única persona que me hace olvidar que soy un hombre peligroso.
—Y tú eres el único hombre que me hace sentir segura en medio de una guerra que no entiendo.
Cerré los ojos.
Durante un instante, el mundo desapareció.
No hubo Moretti.
No hubo secretos.
No hubo armas.
Solo nosotros.
Pero el momento terminó cuando escuchamos un golpe al final del túnel.
Damián se apartó.
—Corre.
—¿Qué?
—¡Corre!
Empezamos a avanzar.
Un hombre apareció al final del túnel.
Damián levantó el arma.
Pero antes de disparar, una voz femenina gritó:
—¡No!
Me detuve.
La voz.
La conocía.
No sabía de dónde.
Pero la conocía.
Una mujer apareció en la penumbra.
Cabello oscuro.
Abrigo largo.
Rostro pálido.
Los ojos llenos de lágrimas.
Me miró.
Y yo sentí que algo dentro de mí se rompía.
—Clara…
Me quedé inmóvil.
Damián levantó el arma.
—¿Quién es usted?
La mujer no lo miró.
Solo me miraba a mí.
—Hija.
La palabra atravesó el túnel.
Sentí que las piernas dejaron de sostenerme.
—¿Mamá?
La mujer comenzó a llorar.
—Perdóname.
Di un paso.
—¿Eres tú?
—Sí.
Damián bajó lentamente el arma, pero no dejó de observarla.
Yo avancé.
Mi madre abrió los brazos.
Corrí hacia ella.
Nos abrazamos.
Después de tantos años.
Después de tantas noches llorando por alguien que creía muerto.
La abracé como si pudiera recuperar en unos segundos todos los años que nos habían robado.
—¿Por qué? —pregunté entre lágrimas—. ¿Por qué me dejaste?
—Nunca te dejé.
—Pero pensé que estabas muerta.
—Era necesario que lo creyeras.
—¿Quién te obligó?
Mi madre miró por encima de mi hombro.
Sus ojos se encontraron con los de Damián.
Y entonces su expresión cambió.
—Varela…
Damián se tensó.
—Isabelle.
—¿La conoces? —pregunté.
Mi madre asintió.
—Conozco a su familia.
—¿Por qué?
Ella miró a Damián.
—Porque tu padre murió intentando protegerme de ellos.
Damián dio un paso.
—Eso no es cierto.
Mi madre lo miró.
—Tú no conoces toda la historia.
—Entonces cuéntamela.
Ella negó.
—No aquí.
—¿Por qué?
—Porque nos encontraron.
Damián se giró.
A lo lejos se escuchaban motores.
Mi madre tomó mi mano.
—Tenemos que irnos.
—¿A dónde?
—A un lugar donde nadie pueda encontrarnos.
Damián se acercó.
—Vendrás conmigo.
Mi madre negó.
—No.
—No voy a dejar que se la lleve.
—Tú no entiendes.
—Explícamelo.
Mi madre me miró.
—Damián Varela es el hombre que tu padre más temía.
Sentí que el corazón se me detenía.
Miré a Damián.
—¿Es verdad?
Él no respondió.
—Damián…
Su mandíbula se tensó.
—Tu padre tenía razones para temerme.
—¿Qué significa eso?
Mi madre comenzó a llorar nuevamente.
—Significa que tu padre no murió por culpa de los Moretti.
—¿Entonces por quién?
Ella miró a Damián.
—Murió por culpa de los Varela.
El silencio fue absoluto.
Sentí que el mundo se detenía.
—No —susurré.
Damián cerró los ojos durante un segundo.
Cuando volvió a abrirlos, ya no era el hombre que había conocido.
Era el heredero de una familia llena de sangre.
—Isabelle…
—Ella tiene derecho a saberlo.
—No sabes lo que estás haciendo.
—Sí lo sé.
—Estás poniéndola en peligro.
—Ya está en peligro.
Mi madre se acercó a mí.
—Clara, tu padre descubrió que Vittorio Varela quería utilizar la información de la lista para controlar a media Europa.
Damián negó.
—Mi padre murió intentando impedirlo.
—No.
—Eso es mentira.
—Yo estaba allí.
—¡Tú no sabes lo que ocurrió!
Mi madre levantó la voz.
—¡Yo vi cómo lo mataron!
Damián quedó inmóvil.
—¿Quién lo mató? —pregunté.
Mi madre me miró.
Las lágrimas recorrían su rostro.
—Vittorio Varela.
Sentí que el aire desaparecía.
Miré a Damián.
—¿Tu padre?
Él no respondió.
—Dime que no es verdad.
Damián cerró los ojos.
—Clara…
—¡Dímelo!
—No puedo.
—Entonces es verdad.
—No conocía toda la historia.
—Pero tú sabías que había algo.
—Sí.
—¿Y aun así me protegiste?
Damián dio un paso hacia mí.
—Precisamente por eso.
—¿Por qué?
—Porque mi padre cometió pecados que yo no elegí.
—Pero llevas su apellido.
—Sí.
—Y tu familia destruyó la mía.
Damián bajó la mirada.
—Sí.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Entonces ¿por qué debería confiar en ti?
Damián no respondió.
Mi madre tomó mi brazo.
—Clara, tenemos que irnos.
Pero antes de que pudiera moverme, un disparo resonó.
Mi madre cayó al suelo.
—¡Mamá!
Damián me empujó detrás de una pared.
—¡Agáchate!
Otro disparo.
Luego otro.
Damián salió de cobertura.
—¡Quédate aquí!
—¡No!
—¡Clara!
Vi a un hombre al final del túnel.
Llevaba un abrigo negro.
Y en su mano había un arma.
En el dedo llevaba un anillo.
Una serpiente.
El mismo anillo que recordaba de la noche del incendio.
—¡Damián! —grité.
Él se giró.
El hombre levantó el arma.
Damián disparó primero.
El desconocido cayó.
Damián corrió hacia mi madre.
Yo también.
Ella estaba herida, pero consciente.
—Mamá…
—Estoy bien.
—Te dispararon.
—No es grave.
Damián la levantó.
—Tenemos que salir.
—¿Quién era? —pregunté.
Mi madre miró al hombre caído.
—No era Moretti.
—¿Entonces quién?
Ella miró a Damián.
—Era uno de los hombres que protegían a tu padre.
Damián frunció el ceño.
—Eso es imposible.
—No.
Mi madre tomó mi mano.
—Tu padre sabía que algún día ocurriría esto.
—¿Qué?
—Sabía que alguien vendría por ti.
—¿Quién?
Ella miró a Damián.
—No sé quién es.
—¿Qué quieres decir?
—El hombre que realmente comenzó esta guerra.
Damián permaneció en silencio.
—¿Quién? —pregunté.
Mi madre respiró profundamente.
—Alguien que ni los Moretti ni los Varela conocen.
—¿Y dónde está?
—Muy cerca.
—¿Dónde?
Mi madre me miró.
—Dentro del círculo de Damián.
Todos quedamos inmóviles.
Damián levantó lentamente la mirada.
—¿Qué acabas de decir?
—El hombre que ha estado entregando información sobre Clara está dentro de tu organización.
Damián sacó su teléfono.
—¿Quién?
Mi madre negó.
—No lo sé.
—Entonces ¿cómo sabes que está dentro?
—Porque él mismo me lo dijo.
—¿Cuándo?
—Esta mañana.
Damián quedó completamente inmóvil.
—¿Qué más te dijo?
Mi madre me miró.
—Que Clara no es simplemente la hija de Alessandro Bellini.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué soy entonces?
Mi madre tomó mi rostro entre sus manos.
—Eres la llave.
—¿La llave de qué?
Ella miró a Damián.
—De la lista que todos están buscando.
—¿Dónde está? —preguntó Damián.
Mi madre me miró.
—Dentro de Clara.
Mi corazón se detuvo.
—No entiendo.
Mi madre señaló mi cuello.
—Tu padre escondió la información donde nadie pensaría buscarla.
Toqué instintivamente el pequeño colgante que llevaba desde niña.
Damián lo vio.
Su expresión cambió.
—Ese collar…
—Sí —susurró mi madre—. Nunca te lo quites.
Damián se acercó.
—Clara, ¿desde cuándo tienes ese collar?
—Desde que nací.
Mi madre cerró los ojos.
—Tu padre lo hizo construir especialmente para ti.
Damián examinó el colgante.
—Hay algo dentro.
—¿Qué?
—Un compartimento.
Sentí que todo mi cuerpo temblaba.
Damián levantó la mirada.
—Clara…
—¿Qué?
—Creo que acabamos de encontrar lo que todos llevan años buscando.
Y antes de que pudiera responder, mi teléfono vibró.
No tenía señal.
No debería haber funcionado.
Pero funcionó.
En la pantalla apareció un mensaje de un número desconocido.
Solo decía:
“Ahora que encontraste a tu madre, ya no necesito perseguirte.”
Apareció un segundo mensaje.
“Porque sé exactamente dónde vas a ir.”
Damián me quitó el teléfono de la mano.
—¿Qué pasa? —pregunté.
Él leyó el tercer mensaje.
Su rostro se volvió completamente frío.
—¿Qué dice?
Damián levantó lentamente los ojos hacia mí.
—Dice que la próxima persona que va a morir será alguien que amas.
Sentí que el corazón se me detenía.
—¿Quién?
Damián miró a mi madre.
Después me miró a mí.
—No lo dice.
El teléfono volvió a vibrar.
Un último mensaje apareció.
“Empieza por Damián.”
Damián cerró la mano alrededor del teléfono.
Y en aquel instante comprendí que el hombre que había jurado protegerme acababa de convertirse en el objetivo principal de la guerra.
Pero todavía ninguno de nosotros sabía que el verdadero enemigo no estaba en Francia.
Estaba mucho más cerca.
Dentro de la mansión Varela.
Y llevaba semanas observándome.