El mensaje seguía iluminando la pantalla del teléfono cuando comprendí que, por primera vez desde que había conocido a Damián, el miedo que sentía no era por mí.
Era por él.
“Empieza por Damián.”
Tres palabras.
Tres palabras capaces de cambiarlo todo.
Damián permanecía inmóvil frente a mí. Su rostro se había convertido en una máscara de hielo, pero sus ojos lo traicionaban. Había algo detrás de aquella mirada. Algo que no había visto antes.
No era miedo.
Era reconocimiento.
—¿Quién es? —pregunté.
—No lo sé.
—Estás mintiendo.
—No.
—Damián, te conozco lo suficiente para saber cuándo ocultas algo.
Él apretó la mandíbula.
—No conoces nada de mí, Clara.
—Quizá no. Pero sé cuándo tienes miedo.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No tengo miedo.
—Entonces dime la verdad.
—La verdad es que alguien dentro de mi organización está trabajando para nuestro enemigo.
—¿Y no sabes quién?
—Todavía no.
—Entonces todos tus hombres son sospechosos.
—Sí.
—¿Incluso los que llevan años contigo?
—Especialmente ellos.
Mi madre, Isabelle, estaba apoyada contra la pared del túnel. La herida de bala no parecía tan grave como habíamos temido, pero había perdido mucha sangre.
—Tenemos que salir de aquí —dijo.
Damián se volvió hacia ella.
—¿Puedes caminar?
—Sí.
—Entonces iremos por el túnel secundario.
—No.
Damián la miró.
—¿No?
—Si utilizamos ese túnel, nos estarán esperando.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque ellos conocían esta casa antes de que llegáramos.
Damián frunció el ceño.
—¿Quiénes?
—Los hombres que te están siguiendo.
—¿Cómo sabes que conocen los túneles?
Mi madre respiró profundamente.
—Porque yo los construí.
El silencio cayó sobre nosotros.
—¿Qué? —pregunté.
Mi madre me miró.
—Tu padre y yo construimos esta casa como refugio.
Damián permaneció inmóvil.
—Entonces conoces otra salida.
—Sí.
—Muéstramela.
Mi madre negó.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque la salida conduce directamente al lago.
—Podemos utilizar una embarcación.
—No hay ninguna.
Damián miró hacia uno de sus hombres.
—Consigue una.
El hombre asintió y desapareció.
Yo me acerqué a mi madre.
—Mamá.
Ella levantó los ojos.
—¿Sí?
—Necesito que me cuentes todo.
—Lo haré.
—Ahora.
—No aquí.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre hay alguien intentando matarte.
Damián intervino.
—Tiene razón.
Me giré hacia él.
—No necesito que hables por ella.
—Lo sé.
—Entonces déjala hablar.
Mi madre me tomó la mano.
—Tu padre no era quien tú creías.
—Ya me lo has dicho.
—Pero tampoco era quien ellos dicen que era.
—¿Quién era entonces?
Ella bajó la mirada.
—Era un hombre que intentaba salir de un mundo del que no podía escapar.
—¿El mundo de los Varela?
—De los Varela y de los Moretti.
—¿Y tú?
—Yo también estaba dentro.
—¿Eras una informante?
Mi madre asintió.
—Sí.
—¿Para Vittorio?
—Al principio.
Damián la observó con atención.
—¿Y después?
—Después trabajé para tu padre.
—¿Por qué cambiaste de bando?
Mi madre miró a Damián.
—Porque descubrí lo que Vittorio realmente planeaba.
—¿Qué planeaba?
—Controlar la información de la lista para chantajear a personas que podían destruir su imperio.
Damián negó lentamente.
—Mi padre no habría hecho eso.
Mi madre lo miró con tristeza.
—Tú eras un niño cuando ocurrió.
—Conozco a mi padre.
—Conocías al hombre que él quería que vieras.
Damián no respondió.
—¿Y mi padre descubrió la verdad? —pregunté.
—Sí.
—¿Por eso murió?
—En parte.
—¿Qué significa “en parte”?
Mi madre cerró los ojos.
—Porque hubo alguien más.
—¿Quién?
—El hombre que realmente manejaba todo desde las sombras.
—¿Quién?
—Nunca vi su rostro.
—Pero sabes quién es.
—Sé su nombre.
Damián dio un paso.
—Dilo.
Mi madre dudó.
—Octavio Rinaldi.
Damián se quedó inmóvil.
—No.
—¿Lo conoces? —pregunté.
—Sí.
—¿Quién es?
—Un antiguo socio de mi padre.
—¿Dónde está?
—Muerto.
Mi madre negó.
—No.
Damián la miró.
—¿Qué quieres decir?
—Octavio Rinaldi está vivo.
El rostro de Damián cambió.
—Eso es imposible.
—Yo lo vi hace tres meses.
—¿Dónde?
—En Mónaco.
—¿Qué hacía?
—Buscándome.
Sentí un escalofrío.
—Entonces él es quien está detrás de todo.
—No necesariamente.
Damián me miró.
—¿Qué más sabes?
Mi madre apretó mi mano.
—Sé que Rinaldi no trabaja solo.
—¿Con quién?
—Con alguien que tiene acceso a todos tus movimientos.
—¿Mi organización?
—Sí.
Damián guardó silencio.
—¿Quién? —pregunté.
—No lo sé.
—Pero acabas de decir que está dentro.
—Porque los mensajes que recibí provenían de alguien que conocía tus horarios, tus rutas y tus decisiones.
Damián sacó su teléfono.
—Eso reduce el círculo.
—¿A quiénes? —pregunté.
—A mis hombres de confianza.
—¿Cuántos?
—Cinco.
—¿Quiénes?
Damián no respondió.
—Dime.
—Luciano Ferri.
—¿El hombre que estaba contigo en Milán?
—Sí.
—¿Quién más?
—Marco Bellandi.
—¿El conductor?
—Sí.
—Sergio Conti.
—El jefe de seguridad.
—Adriano Costa.
—Mi segundo al mando.
—Y Elena.
Me quedé sorprendida.
—¿Elena?
—Sí.
—No.
—No podemos descartar a nadie.
—Ella me ayudó.
—Precisamente por eso.
—No creo que ella pueda hacerme daño.
Damián me miró.
—La confianza puede ser la mejor máscara.
—Pero tú confías en ella.
—Hasta esta noche.
Mi madre intervino.
—No busques al traidor todavía.
Damián la miró.
—¿Por qué?
—Porque si sabe que lo estamos buscando, desaparecerá.
—Entonces ¿qué sugieres?
—Déjalo creer que seguimos sin sospechar nada.
Damián permaneció en silencio.
—Tiene razón —dije.
Él me miró.
—No te metas.
—Estoy dentro de esto.
—Demasiado.
—Entonces déjame ayudarte.
—No.
—¿Por qué?
—Porque cuanto más te acerques a mi mundo, más difícil será sacarte de él.
—Quizá ya no quiero que me saques.
La expresión de Damián cambió.
—Clara…
—Estoy cansada de que todos decidan por mí.
—No entiendes lo que estás diciendo.
—Sí.
—No.
—Sí.
Me acerqué a él.
—Hace dos días yo era una mujer que trabajaba en una galería de arte y creía que su vida era normal. Ahora descubrí que mi madre está viva, que mi padre llevaba una doble vida, que mi familia estuvo relacionada con los Varela y los Moretti y que hay alguien dentro de tu organización intentando matarme.
Damián guardó silencio.
—Ya no soy la mujer que era.
—Eso es lo que me preocupa.
—¿Por qué?
—Porque cuanto más fuerte te vuelves, más razones tendrás para quedarte.
—¿Y eso sería malo?
Damián me sostuvo la mirada.
—Para ti, sí.
—¿Y para ti?
No respondió.
—Damián.
Él se acercó.
—Para mí sería lo peor que podría pasarme.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Por qué?
—Porque ya no quiero imaginar mi vida sin ti.
Sus palabras me dejaron sin respiración.
No había arrogancia en ellas.
No había órdenes.
Solo una verdad desnuda que parecía dolerle.
—No deberías sentir eso.
—Lo sé.
—Soy un problema.
—Lo sé.
—Traigo peligro.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué?
Damián levantó una mano y acarició suavemente mi mejilla.
—Porque no puedo evitarlo.
Me quedé inmóvil.
Mi madre apartó la mirada.
—Tenemos que irnos —dijo.
Damián bajó la mano.
—Sí.
Llegamos al lago por una salida oculta.
El aire frío golpeó mi rostro.
Una pequeña lancha apareció desde la distancia.
Subimos.
Damián se sentó a mi lado.
Mi madre quedó frente a nosotros.
Mientras avanzábamos por el agua, miré hacia la casa.
Por un instante tuve la sensación de que alguien nos observaba desde una ventana.
—Damián.
—¿Qué?
—Hay alguien allí.
Él se volvió.
—¿Dónde?
Señalé.
—En la ventana.
Damián levantó los prismáticos.
Observó durante varios segundos.
—No veo a nadie.
—Yo lo vi.
—Quizá fue una sombra.
—No.
Damián volvió a mirar.
—Confío en tus ojos.
—¿De verdad?
—Sí.
—Entonces regresemos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque eso es exactamente lo que quieren.
La lancha continuó.
Llegamos a un pequeño puerto privado.
Dos vehículos nos esperaban.
Damián habló con sus hombres.
—No le digan a nadie que estamos aquí.
—¿Ni siquiera a Adriano? —preguntó uno.
Damián lo miró.
—A nadie.
Subimos al automóvil.
—¿A dónde vamos? —pregunté.
—A Ginebra.
—¿Por qué?
—Necesitamos un lugar seguro.
—¿No volvemos a Milán?
—No todavía.
—¿Y mi madre?
—Vendrá con nosotros.
Mi madre asintió.
—Hay algo más que debes saber, Clara.
—¿Qué?
—Tu padre dejó otro mensaje.
—¿Dónde?
—En una iglesia.
—¿Cuál?
—En Ginebra.
Damián me miró.
—¿Qué iglesia?
—La iglesia de Saint-Pierre.
—¿Qué hay allí?
—Una confesión.
—¿De quién?
Mi madre cerró los ojos.
—De Vittorio Varela.
Damián apretó los puños.
—¿Una confesión de mi padre?
—No.
—¿Entonces?
—De tu padre.
Damián la miró confundido.
—Acabas de decir que era de Vittorio.
—Porque Vittorio dejó una confesión escrita con las manos de Alessandro.
—No entiendo.
—Lo entenderás cuando la leas.
El viaje hacia Ginebra fue silencioso.
Yo observaba a Damián.
Parecía perdido en sus pensamientos.
Finalmente pregunté:
—¿Qué estás pensando?
—En mi padre.
—¿Lo querías?
Damián tardó en responder.
—Sí.
—¿Mucho?
—Era mi padre.
—¿Y ahora?
—Ahora no sé quién era.
—Debe ser difícil.
—No necesito compasión.
—No te la estoy dando.
—¿Entonces?
—Te estoy acompañando.
Damián me miró.
—Eso es peor.
—¿Por qué?
—Porque me gusta.
Sonreí ligeramente.
—No pareces un hombre acostumbrado a recibir cariño.
—No lo soy.
—Entonces tendrás que acostumbrarte.
—¿A qué?
—A que alguien se preocupe por ti.
Damián volvió la mirada hacia la carretera.
—No prometas cosas que pueden convertirse en armas contra ti.
—No me importa.
—A mí sí.
Llegamos a Ginebra entrada la noche.
Nos alojamos en una propiedad de Damián situada lejos del centro.
La ciudad brillaba al otro lado del lago.
Parecía tranquila.
Demasiado tranquila.
—Mañana iremos a la iglesia —dijo Damián.
—Quiero ir ahora.
—No.
—¿Por qué?
—Porque es de noche.
—¿Y?
—Porque no sabemos quién nos está esperando.
—¿No tienes hombres?
—Sí.
—Entonces iremos.
Damián sonrió.
—Eres imposible.
—Y tú eres controlador.
—Lo sé.
—Entonces estamos empatados.
Esa noche cenamos juntos.
Por primera vez desde que lo conocía, no había armas visibles ni hombres entrando y saliendo.
Solo nosotros.
Mi madre estaba descansando en otra habitación.
Damián sirvió vino para él.
Yo bebí agua.
—¿Siempre eres tan serio? —pregunté.
—No.
—¿Cuándo sonríes?
—Cuando estoy contigo.
Me quedé callada.
—Eso fue inesperadamente dulce.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Damián sonrió.
—Clara.
—¿Sí?
—Si todo esto termina…
—¿Qué?
—¿Qué harás?
Pensé unos segundos.
—No lo sé.
—¿Volverás a tu vida anterior?
—¿Crees que puedo?
—No.
—Entonces no.
—¿Qué quieres?
Lo miré.
—Una vida tranquila.
—Yo no puedo darte eso.
—Tal vez no necesito una vida tranquila.
—¿Qué necesitas?
—Alguien que no me mienta.
Damián bajó la mirada.
—Eso sí puedo darte.
—¿Aunque la verdad duela?
—Especialmente entonces.
—Promételo.
—Te lo prometo.
Damián se levantó.
—Ven.
—¿Adónde?
—Quiero mostrarte algo.
Subimos una escalera hasta una terraza.
Desde allí se veía el lago.
La noche era hermosa.
—Es precioso.
—Mi madre solía venir aquí.
—¿Tu madre?
—Murió cuando yo tenía quince años.
—Lo siento.
—Fue asesinada.
Lo miré.
—¿Por quién?
—Nunca lo descubrimos.
—¿Y eso comenzó tu camino?
—En parte.
—¿La venganza?
—Sí.
—¿Por eso te convertiste en quien eres?
Damián se apoyó sobre la baranda.
—Cuando pierdes a alguien de esa manera, empiezas a creer que el mundo solo entiende la fuerza.
—Pero ahora sabes que no es cierto.
—¿Cómo?
—Porque me estás protegiendo sin pedirme nada.
Damián me miró.
—No te equivoques.
—¿Qué?
—Quiero algo.
—¿Qué?
Se acercó.
—Quiero que sobrevivas.
—Eso no es pedir algo para ti.
—Lo es.
—¿Por qué?
—Porque si sobrevives, yo puedo seguir viéndote.
Sentí un nudo en la garganta.
—Damián…
Él levantó una mano.
—No digas nada.
—¿Por qué?
—Porque si sigues mirándome así, voy a olvidar todas las razones por las que debería mantener distancia.
—¿Y si no quiero que mantengas distancia?
Damián cerró los ojos.
Cuando volvió a abrirlos, había deseo en ellos.
Pero también control.
—Entonces tendrás que saber exactamente quién soy.
—Quiero saberlo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque todavía hay partes de mí que ni yo mismo quiero mirar.
—Entonces déjame ayudarte.
—No puedes salvarme, Clara.
—Quizá no.
Me acerqué.
—Pero puedo quedarme.
Damián no respondió.
Por un instante pensé que iba a besarme.
Pero se apartó.
—No.
—¿Qué?
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque cuando te bese, no voy a poder fingir que esto es solo protección.
Mi corazón se aceleró.
—Quizá no quiero que finjas.
Él me miró.
—Clara…
Su teléfono vibró.
Damián lo sacó.
Su expresión cambió.
—¿Qué ocurre?
—Tenemos un problema.
—¿Cuál?
—Uno de mis hombres acaba de intentar entrar en la casa.
—¿Quién?
Damián miró la pantalla.
—Luciano.
Sentí un escalofrío.
—¿Luciano Ferri?
—Sí.
—¿Por qué?
—Dice que viene a advertirme.
—¿De qué?
Damián recibió otro mensaje.
Lo leyó.
—De que no confíe en Adriano.
—¿Adriano?
—Sí.
—¿Y si Luciano dice la verdad?
—Entonces tenemos dos posibilidades.
—¿Cuáles?
—Que Adriano sea el traidor.
—¿Y la otra?
Damián levantó los ojos.
—Que Luciano esté intentando que lo creamos.
Bajamos rápidamente.
Mi madre apareció en el corredor.
—¿Qué ocurre?
—Hay una emergencia.
—¿Quién?
—Luciano.
Mi madre palideció.
—No.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Qué sabes de él?
—Era uno de los hombres que trabajaban para tu padre.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Luciano Ferri trabajaba para Alessandro.
—¿Y nunca me lo dijiste?
—Porque no sabía que seguía vivo.
Damián tomó su arma.
—Clara, quédate aquí.
—No.
—Por favor.
—No.
Él me miró.
—No me obligues a encerrarte.
—No soy tu prisionera.
—Lo sé.
—Entonces no me trates como una.
Damián respiró profundamente.
—Quédate detrás de mí.
—Eso sí.
Salimos.
Dos vehículos estaban estacionados frente a la propiedad.
No había nadie.
Damián avanzó lentamente.
—Luciano —llamó.
Nadie respondió.
Entonces un teléfono comenzó a sonar.
Estaba sobre el capó del automóvil.
Damián se acercó.
—No lo toques —dijo mi madre.
—¿Por qué?
—Porque es una trampa.
Damián se detuvo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tu padre murió por una trampa idéntica.
De repente, una voz salió de un altavoz oculto.
—Buenas noches, Damián.
Damián levantó el arma.
—Rinaldi.
La voz rio.
—Siempre fuiste inteligente.
—¿Dónde estás?
—Más cerca de lo que imaginas.
—Sal.
—Todavía no.
—¿Qué quieres?
—Lo mismo que tu padre quería.
—¿Qué?
—La lista.
Damián miró hacia mí.
—No la tienes.
—No.
La voz volvió a reír.
—Pero ella sí.
Mi madre se colocó delante de mí.
—No la toques.
—Isabelle…
Mi madre palideció.
—¿Cómo sabes mi nombre?
—Porque fui yo quien te ayudó a desaparecer.
Damián levantó la mirada.
—¿Qué?
—Tu madre te mintió, Clara.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Sobre qué?
La voz respondió:
—Sobre quién mató realmente a tu padre.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Fuiste tú? —preguntó.
—No.
—Entonces ¿quién?
La voz guardó silencio unos segundos.
—El hombre que está contigo.
Miré a Damián.
—No…
Rinaldi continuó:
—El hombre que dice protegerte es descendiente directo del hombre que ordenó la muerte de tu padre.
—Eso ya lo sé —respondí.
—No sabes lo importante.
—¿Qué?
—Damián no te contó que su padre no actuó solo.
Damián cerró los ojos.
—Clara…
—¿Qué no me contaste?
—No ahora.
—¡Dímelo!
La voz volvió a hablar.
—Pregúntale por la noche del incendio.
Damián me miró.
—Clara…
—¿Qué pasó esa noche?
—Yo no estaba allí.
—¿Entonces cómo sabes?
—Porque mi padre me lo contó.
—¿Qué te dijo?
Damián tardó demasiado en responder.
—Que había una niña.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué niña?
—Tú.
Mi madre comenzó a llorar.
—No…
—¿Qué? —pregunté.
Damián me miró.
—Mi padre te vio aquella noche.
—¿Y qué hizo?
Damián tragó saliva.
—Ordenó que te dejaran vivir.
—¿Por qué?
—No lo sé.
La voz de Rinaldi interrumpió.
—Porque sabía que algún día necesitaría utilizarte.
Mi madre negó.
—¡Mentira!
—¿Entonces dile la verdad, Isabelle!
—¡Cállate!
—Dile quién era realmente Alessandro Bellini.
Mi madre me miró.
—Clara…
—¿Quién era mi padre?
—Tu padre…
No pudo terminar.
Una explosión sacudió la propiedad.
Damián me agarró y me cubrió con su cuerpo.
Los cristales estallaron.
Grité.
—¡Todos al interior!
Sus hombres comenzaron a moverse.
Damián me llevó hacia la casa.
—¿Estás herida?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—Quédate conmigo.
—Siempre.
Él se detuvo.
Me miró durante un segundo.
—No digas cosas que pueden hacerme perder la cabeza.
—Entonces deja de hacerme sentir que debo decirlas.
Damián me llevó al interior.
Mi madre estaba allí.
Pero algo había cambiado en su rostro.
—Mamá.
Ella me miró.
—Tengo que decirte la verdad.
—Sí.
—Tu padre no era solo un informante.
—¿Qué era?
—Era el hombre que creó la lista.
—¿Qué lista?
—La lista que todos buscan.
—¿Y dónde está?
Mi madre miró mi collar.
—Dentro de ti.
—¿Cómo?
—Cuando naciste, tu padre hizo que un joyero ocultara una microcápsula dentro del colgante.
Damián se acercó.
—¿Qué contiene?
—Todos los nombres.
—¿Y cómo se abre?
Mi madre negó.
—Solo Clara puede abrirla.
Me llevé la mano al cuello.
—¿Cómo?
—Tu padre dejó una clave.
—¿Cuál?
Mi madre comenzó a llorar.
—Tu propia memoria.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué significa eso?
—Que la clave está en algo que tú viste la noche del incendio.
Damián me miró.
—¿Qué viste?
Cerré los ojos.
El recuerdo apareció.
Fuego.
Humo.
Mi padre.
Un hombre.
El anillo.
Una puerta.
Y una voz.
Una voz que había olvidado durante once años.
—Yo escuché un nombre —susurré.
Damián se acercó.
—¿Cuál?
Abrí los ojos.
—No era Moretti.
—¿Entonces?
—No era Varela.
—¿Quién?
Miré a Damián.
—Rinaldi.
Su rostro se endureció.
—Eso es imposible.
—Lo escuché.
—¿Qué dijo?
Recordé la voz.
Recordé aquella noche.
Y entonces entendí.
—Dijo: “La niña debe vivir.”
Damián se quedó inmóvil.
Mi madre comenzó a llorar.
Y en ese instante comprendí que la verdad era mucho más terrible de lo que habíamos imaginado.
Porque si Rinaldi había estado en el incendio…
si sabía quién era yo…
si había ordenado que sobreviviera…
entonces alguien llevaba once años esperando exactamente este momento.
Mi teléfono vibró.
Un mensaje.
No había número.
Solo una fotografía.
Era una imagen de Damián.
Tomada esa misma noche.
Estaba dormido.
Y debajo aparecía una frase:
“Él todavía no sabe quién lo traicionó.”
Damián miró la fotografía.
Su expresión cambió.
—Esto fue tomado dentro de mi casa.
—¿Qué significa? —pregunté.
Él levantó lentamente la mirada.
—Significa que el traidor no está simplemente dentro de mi organización.
—¿Entonces dónde?
Damián observó a mi madre.
Después a mí.
—Está dentro de esta casa.
Un ruido sonó detrás de nosotros.
Todos nos giramos.
La puerta se abrió lentamente.
Y Elena apareció en el umbral.
Tenía el rostro pálido.
En su mano sostenía un arma.
Mi corazón se detuvo.
Damián levantó la suya.
—Elena…
Ella comenzó a llorar.
—Lo siento.
Y entonces apagó las luces.