La oscuridad cayó sobre nosotros.
No fue una oscuridad común.
Fue absoluta.
Las luces de la casa desaparecieron al mismo tiempo que escuché el sonido metálico de un arma siendo preparada.
—¡Clara, al suelo! —gritó Damián.
Me dejé caer.
Un disparo atravesó el aire.
Después otro.
Alguien gritó en el corredor.
Sentí una mano aferrarse a mi brazo.
—¡Ven conmigo!
Reconocí la voz de Damián.
Me incorporé y corrí detrás de él.
—¿Dónde está mi madre?
—Con nosotros.
—¡No la dejes!
—No pienso hacerlo.
Nos refugiamos detrás de una columna.
Damián sacó su teléfono y activó una pequeña luz.
—¿Estás herida?
—No.
—¿Isabelle?
—Estoy aquí —respondió mi madre.
Damián respiró aliviado.
—Bien.
Entonces escuchamos pasos.
Lentos.
Firmes.
Alguien caminaba por el corredor.
Damián levantó el arma.
—Quédate detrás de mí.
—¿Es Elena?
—No lo sé.
—Ella tenía un arma.
—Lo sé.
—¿Por qué nos traicionaría?
Damián no respondió.
Los pasos se detuvieron.
Una voz apareció en la oscuridad.
—Damián…
Era Elena.
—¿Dónde estás?
Damián no respondió.
—No quiero hacerte daño.
—Entonces baja el arma —contestó él.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque ya no puedo detenerlo.
Sentí un escalofrío.
—¿A quién? —pregunté.
Elena guardó silencio.
Damián se levantó ligeramente.
—¿Quién te está obligando?
—No puedo decirlo.
—Sí puedes.
—No.
—Elena.
Su voz era fría.
—Si has traicionado a mi familia, te aseguro que descubriré por qué.
—No entiendes.
—Entonces explícame.
—Si hablo, mueren todos.
Mi madre intervino.
—¿Quién tiene a tu familia?
Elena quedó en silencio.
—¿Qué? —pregunté.
Mi madre me tomó del brazo.
—Tiene miedo.
—¿De quién?
Elena comenzó a llorar.
—De Rinaldi.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Qué sabe Rinaldi de ti?
—Todo.
—¿Qué te pidió?
—Que los llevara hasta Clara.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—¿Para qué?
—No lo sé.
—Mientes —dijo Damián.
—¡No lo sé!
Su voz se quebró.
—Solo me dijo que si no obedecía, mataría a mi hija.
El silencio fue absoluto.
Damián bajó ligeramente el arma.
—¿Dónde está tu hija?
—En Italia.
—¿Con quién?
—Con ellos.
—¿Quiénes?
—No sé.
Damián miró a sus hombres.
—Encuéntrenla.
Uno de ellos salió inmediatamente.
—Elena —dije—, ¿por qué apagaste las luces?
—Porque me dijeron que lo hiciera.
—¿Y los disparos?
—No fui yo.
Damián la observó.
—¿Quién disparó?
—No lo sé.
—¿Cuántos hombres hay dentro de la casa?
—No sé.
—¿Quién abrió la puerta?
—No sé.
—¿Qué sabes?
Elena respiró profundamente.
—Sé que Rinaldi está aquí.
Mi sangre se heló.
—¿Aquí?
—Sí.
Damián miró hacia el corredor.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—¿Entonces cómo sabes que está aquí?
—Porque me dijo que estaría.
Damián se volvió hacia mí.
—Nos vamos.
—¿Y Elena?
—Ella viene con nosotros.
—¿Por qué?
—Porque sabe demasiado.
Elena comenzó a caminar.
Entonces escuchamos un disparo.
Elena cayó.
—¡Elena! —grité.
Damián corrió hacia ella.
—¡No!
Se arrodilló.
La bala había alcanzado su hombro.
—Está viva.
—¡Ayúdala!
—La sacaremos de aquí.
Damián la levantó.
—Vamos.
Nos movimos hacia una puerta lateral.
Pero antes de alcanzarla, las luces regresaron.
El corredor estaba vacío.
No había nadie.
Solo una ventana abierta.
Damián se acercó.
Miró hacia afuera.
—Se escapó.
—¿Rinaldi?
—Sí.
Mi madre negó.
—No.
Damián se volvió.
—¿Qué?
—Rinaldi nunca estuvo aquí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque si hubiera estado, no habría escapado.
Damián la observó.
—¿Qué quieres decir?
—Rinaldi no huye.
—Entonces ¿quién estaba aquí?
Mi madre miró a Elena.
—Alguien que quería que creyéramos que era él.
Damián entendió.
—Una distracción.
—Exactamente.
—¿Para qué?
Mi madre me miró.
—Para registrar la casa.
Damián se quedó inmóvil.
—La lista.
—Sí.
—No han venido por Clara.
—No.
—Han venido por el collar.
Me llevé la mano al cuello.
—Pero todavía lo tengo.
Damián miró a Elena.
—¿Qué buscaban?
Elena, herida, respondió:
—La caja.
—¿Qué caja?
—La que está en la casa.
Damián frunció el ceño.
—No hay ninguna caja aquí.
Elena negó.
—Sí la hay.
—¿Dónde?
—En la habitación de Vittorio.
Damián quedó inmóvil.
—La habitación de mi padre está cerrada desde hace quince años.
—No para Rinaldi.
—¿Cómo entró?
Elena respiró con dificultad.
—Porque tiene la llave.
Damián se puso de pie.
—¿Dónde?
—La lleva siempre.
—¿En qué lugar?
—En un anillo.
Mi madre cerró los ojos.
—La serpiente.
Damián la miró.
—El mismo anillo.
—Sí.
—Entonces el hombre del túnel…
—Era uno de ellos.
—¿Y por qué estaba allí?
—Para asegurarse de que Clara siguiera con vida.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué quieren que siga viva?
Mi madre me miró.
—Porque eres necesaria.
—¿Para qué?
—Para abrir la lista.
Damián se acercó.
—¿Y qué ocurre si la lista se abre?
Mi madre respiró profundamente.
—Europa cambia de manos.
El silencio cayó sobre nosotros.
—¿Qué significa eso? —pregunté.
—Significa que la lista contiene secretos suficientes para destruir gobiernos, empresas, familias y alianzas.
Damián miró el collar.
—Y todos creen que Clara tiene la llave.
—No la llave —corrigió mi madre—. La clave.
—¿Cuál es la diferencia?
—La llave abre.
—¿Y la clave?
—La clave decide qué se revela.
Damián me miró.
—¿Cómo funciona?
—Tu padre lo diseñó para que solo Clara pudiera activar la información.
—¿Por qué ella?
—Porque confiaba en ella más que en cualquier adulto.
Sentí que las lágrimas aparecían.
—Pero yo era una niña.
—Precisamente.
—¿Cómo podía confiar en mí?
—Porque la clave no estaba en lo que sabías.
—¿Entonces?
—En lo que recuerdas.
Cerré los ojos.
El incendio.
La voz.
El hombre.
El anillo.
—La frase —susurré.
Damián se acercó.
—¿Qué frase?
—Mi padre me dijo algo aquella noche.
—¿Qué?
—Me dijo que nunca olvidara una canción.
Mi madre palideció.
—La canción.
—¿Qué canción? —pregunté.
—La que tu padre te cantaba cuando eras pequeña.
—No la recuerdo completa.
Damián me miró.
—Inténtalo.
Cerré los ojos.
Una melodía apareció lentamente en mi memoria.
Mi padre sentado junto a mi cama.
Su voz.
Su mano sobre mi cabello.
Una canción italiana antigua.
Pero había algo más.
Una frase que siempre repetía al final.
—“Cuando la noche termine, busca la luz donde nadie mira.”
Damián quedó inmóvil.
—Eso es.
—¿Qué?
—Una coordenada.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque mi padre utilizaba frases similares para esconder ubicaciones.
Mi madre negó.
—No es una ubicación.
—¿Entonces?
—Es una instrucción.
—¿Para qué?
Mi madre miró mi collar.
—Para abrirlo.
Damián extendió la mano.
—Dámelo.
Dudé.
—¿Para qué?
—Voy a revisarlo.
Me quité el collar.
Damián lo tomó.
Lo examinó bajo la luz.
—Aquí hay una pequeña ranura.
—Nunca la había visto.
—Está diseñada para ser casi invisible.
—¿Puedes abrirla?
—No.
—¿Por qué?
—Necesita una secuencia.
Mi madre se acercó.
—Tu padre dijo que solo Clara podría abrirla.
Damián me devolvió el collar.
—Entonces tendrás que hacerlo tú.
—¿Cómo?
—Piensa en la noche del incendio.
No quería hacerlo.
Pero cerré los ojos.
Recordé las llamas.
El humo.
La mano de mi padre.
La voz de un hombre.
El anillo.
Y una habitación.
Había una ventana.
Una mesa.
Un reloj.
Y una palabra.
—Rinaldi —susurré.
Nada ocurrió.
—Otra vez.
—Rinaldi.
Nada.
—No es su nombre —dijo mi madre.
—Entonces ¿qué?
—Recuerda lo último que te dijo tu padre.
Cerré los ojos.
Su rostro apareció.
—“Perdóname.”
Abrí los ojos.
El collar vibró ligeramente.
Damián lo tomó.
Una pequeña sección se abrió.
Todos quedamos inmóviles.
Dentro había una diminuta cápsula.
—Lo encontramos —susurró Damián.
—¿Qué es?
—Una memoria.
—¿Una memoria digital?
—Sí.
—¿Qué contiene?
Damián la sostuvo.
—No lo sabremos hasta conectarla a un dispositivo.
—¿Tenemos uno?
—Sí.
Fuimos a una habitación segura.
Damián conectó la cápsula a un ordenador aislado.
La pantalla se encendió.
Apareció una carpeta.
Solo tenía un archivo.
“CLARA”.
Damián me miró.
—Es para ti.
Hizo clic.
La pantalla mostró a mi padre.
Más joven.
Serio.
Sentado frente a una cámara.
Sentí que las piernas me temblaban.
—Papá…
La grabación comenzó.
“Si estás viendo esto, hija, significa que fracasé.”
Me llevé una mano a la boca.
“Quise protegerte. Quise darte una vida normal. Pero hay secretos que sobreviven a quienes intentan enterrarlos.”
Mi padre hizo una pausa.
“Si has llegado hasta aquí, seguramente estarás acompañada por alguien de la familia Varela.”
Damián quedó inmóvil.
Mi padre continuó:
“No confíes ciegamente en él.”
Miré a Damián.
Él no apartó los ojos de la pantalla.
“Pero tampoco lo juzgues por los pecados de su padre.”
Damián cerró los ojos.
La grabación siguió.
“El hijo no es el padre.”
Sentí un nudo en la garganta.
“Si Damián Varela está contigo, significa que finalmente ha llegado el momento.”
Damián abrió los ojos.
“Clara, escucha con atención.”
Mi padre se inclinó hacia la cámara.
“El hombre que destruyó nuestra familia no fue Vittorio.”
Damián se quedó inmóvil.
“Vittorio fue utilizado.”
Mi madre palideció.
“El verdadero responsable es alguien que todavía vive.”
La pantalla mostró una fotografía.
Un hombre.
No reconocí su rostro.
Damián sí.
—No puede ser.
—¿Quién es? —pregunté.
Damián no respondió.
Mi padre continuó:
“Si estás viendo esto, ese hombre ya sabe que existes.”
La imagen se acercó.
Y entonces reconocí el rostro.
Sentí que el corazón se detenía.
Era un hombre que había visto muchas veces.
En fotografías de la familia Varela.
En eventos.
En reuniones.
En la mansión.
Un hombre que había estado cerca de Damián desde el principio.
—No —susurré.
Damián miró la pantalla.
—Ahora entiendo.
—¿Quién es? —pregunté.
Damián respondió con una voz que apenas reconocí.
—Adriano Costa.
Mi sangre se heló.
El segundo al mando.
El hombre que había protegido a Damián durante años.
El hombre que había estado a nuestro lado en Francia.
El hombre que sabía todos nuestros movimientos.
Mi padre continuó:
“Adriano Costa fue quien entregó información a Rinaldi.”
Damián golpeó la mesa.
—¡Maldito traidor!
La grabación continuó.
“Pero hay algo que debes saber. Adriano no actúa por dinero.”
La pantalla se quedó unos segundos en negro.
Después apareció una última frase.
“Lo hace porque cree que Clara es su hija.”
Sentí que el mundo se detuvo.
—¿Qué?
Damián me miró.
—Eso no puede ser.
Mi madre comenzó a llorar.
—Clara…
—¿Qué significa?
Mi madre no respondió.
—¡Mamá!
Ella cerró los ojos.
—Tu padre no era tu padre biológico.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué?
—Alessandro te crió.
—¿Quién es mi padre?
Mi madre miró la pantalla.
Después a mí.
—Adriano.
Sentí que las piernas dejaron de sostenerme.
—No.
Damián se acercó inmediatamente.
—Clara.
—No.
—Mírame.
—No quiero.
—Clara.
—¡No!
Me alejé.
Todo aquello era demasiado.
Mi padre.
Mi madre.
Damián.
Adriano.
La lista.
El incendio.
Nada tenía sentido.
Entonces escuchamos un sonido.
Una puerta cerrándose.
Damián levantó el arma.
—¿Quién está ahí?
No hubo respuesta.
Uno de sus hombres entró corriendo.
—Señor Varela.
—¿Qué?
—Adriano desapareció.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Cuándo?
—Hace veinte minutos.
—¿Dónde estaba?
—En la propiedad.
—¿Y Elena?
—También desapareció.
Mi corazón se aceleró.
—¿Elena se fue con él?
—No lo sabemos.
Damián miró la pantalla.
—¿Qué más?
El hombre tragó saliva.
—Encontramos un mensaje.
—¿Dónde?
—En su despacho.
Damián extendió la mano.
El hombre le entregó un papel.
Damián lo leyó.
Su rostro se volvió sombrío.
—¿Qué dice? —pregunté.
Damián no respondió.
—Dímelo.
Me entregó el papel.
Solo había una frase:
“Si quieren saber si Clara es realmente mi hija, vengan a Venecia.”
Debajo había una dirección.
Y un nombre.
Adriano Costa.
Mi madre se llevó las manos al rostro.
Damián dobló el papel.
—No vamos a ir.
—Sí vamos.
—No.
—Necesito saber la verdad.
—Es una trampa.
—Lo sé.
—Entonces no iremos.
—Damián, toda mi vida ha sido una mentira.
—Y no voy a permitir que un hombre como Adriano decida qué parte de la verdad mereces conocer.
—Entonces ven conmigo.
Damián me miró.
—¿A Venecia?
—Sí.
—¿Aunque sea una trampa?
—Sí.
—¿Aunque pueda ser peligroso?
—Sí.
—¿Aunque descubras algo que cambie para siempre lo que piensas de tu padre?
—Sí.
Damián se acercó.
—¿Y si descubres que yo también te he ocultado cosas?
Lo miré.
—Entonces tendrás que decírmelas.
—¿Y si me odias?
—Eso será después.
Damián permaneció en silencio.
Finalmente asintió.
—Vamos a Venecia.
Mi madre se acercó.
—No.
—Mamá…
—No puedes ir.
—Necesito hacerlo.
—No sabes lo que te espera.
—Tú tampoco.
Ella me miró con tristeza.
—Sé más de lo que imaginas.
Damián se volvió hacia ella.
—¿Qué sabes?
Mi madre respiró profundamente.
—Sé que Adriano no es tu padre.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué?
—La grabación puede haber sido manipulada.
Damián frunció el ceño.
—¿Por quién?
—Por alguien que quiere que Clara crea que Adriano es su padre.
—¿Por qué?
Mi madre me miró.
—Porque si Clara cree que Adriano es su padre, confiará en él.
—¿Y no lo es?
—No.
—Entonces ¿quién es?
Mi madre cerró los ojos.
—No lo sé.
Damián la miró.
—¿Cómo puedes saber que no es Adriano?
—Porque yo nunca estuve con él.
—Pero…
—Estuve con otro hombre.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
Mi madre no respondió.
—Mamá.
Ella levantó los ojos.
—El hombre que realmente podría ser tu padre murió hace mucho tiempo.
—¿Quién?
Mi madre miró a Damián.
Y dijo algo que hizo que el mundo dejara de girar.
—Vittorio Varela.
Damián quedó completamente inmóvil.
—No.
Mi madre asintió.
—Sí.
—Estás mintiendo.
—No.
—Mi padre…
—No, Damián.
—¿Clara es hija de Vittorio?
—Sí.
Sentí que no podía respirar.
Damián me miró.
Su rostro había perdido todo rastro de color.
—Eso significa…
Mi madre asintió.
—Que Clara no es solo la mujer que tu padre quiso proteger.
—¿Entonces qué es?
—La heredera de un imperio que jamás supo que existía.
Y antes de que cualquiera pudiera decir una palabra más, el ordenador se apagó.
La pantalla quedó negra.
Después apareció una última frase, escrita en letras blancas.
“Si quieren conocer la verdad, no vayan a Venecia.”
Debajo apareció una dirección diferente.
Roma.
Y una hora.
Medianoche.
Damián miró la pantalla.
Después me miró a mí.
—Esto acaba de cambiar.
—¿Por qué?
—Porque quien escribió ese mensaje sabe exactamente dónde estamos.
—Entonces nos está observando.
—Sí.
—¿Y qué hacemos?
Damián tomó mi mano.
Su mirada se volvió firme.
—Vamos a Roma.
—¿Y Venecia?
—Era una trampa.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque quien realmente quiere encontrarnos sabe que iremos donde creemos que está la respuesta.
—¿Y la dirección de Roma?
Damián miró la pantalla apagada.
—Es la primera vez que nuestro enemigo nos invita a acercarnos.
—¿Crees que es una trampa?
—Estoy seguro.
—Entonces ¿por qué iremos?
Damián entrelazó sus dedos con los míos.
—Porque quiero saber quién está detrás de todo esto.
—¿Y si es demasiado peligroso?
Me miró profundamente.
—Entonces esta vez no voy a protegerte desde lejos.
—¿Qué vas a hacer?
—Voy a llevarte conmigo.
—¿Por qué?
Damián apretó mi mano.
—Porque ya entendí algo.
—¿Qué?
—Mientras intentaba mantenerte fuera de mi mundo, el enemigo estaba entrando en el tuyo.
Se acercó.
—Y no voy a permitirlo otra vez.
Afuera comenzó a llover sobre Ginebra.
En algún lugar de Roma, alguien encendió una vela frente a una fotografía de mi padre.
Después colocó otra fotografía junto a ella.
La mía.
Y una tercera.
La de Damián.
Una voz masculina habló en la oscuridad.
—Por fin están juntos.
Otra voz preguntó:
—¿Y ahora?
El hombre sonrió.
—Ahora veremos cuánto tarda el amor en convertirse en venganza.