La Mujer que lo cambió

Capítulo 6: La noche de Roma

La carretera hacia Roma parecía interminable.
Desde que habíamos abandonado Ginebra, ninguno de los dos había conseguido encontrar una respuesta que no terminara abriendo otra pregunta.
Mi madre viajaba en el vehículo que iba detrás de nosotros, acompañada por dos hombres de Damián. Yo iba sentada junto a él.
Damián conducía.
No llevaba conductor.
No llevaba escolta visible.
Solo nosotros.
Y eso, extrañamente, me ponía más nerviosa que cualquier ejército de hombres armados.
—Estás demasiado callado —dije.
—Estoy pensando.
—Eso me preocupa.
—Debería.
Lo miré.
—¿En qué estás pensando?
—En todas las personas que pudieron manipularnos durante estos últimos días.
—¿Adriano?
—Sí.
—¿Rinaldi?
—También.
—¿Mi madre?
Damián guardó silencio.
—¿No confías en ella?
—Quiero confiar.
—Pero…
—Pero en mi mundo, querer confiar y poder hacerlo son cosas diferentes.
Bajé la mirada.
—Ella me salvó.
—Lo sé.
—Me buscó durante años.
—Lo sé.
—Entonces no quiero pensar que pueda estar mintiéndome.
Damián me miró brevemente.
—No tienes que pensar como yo.
—¿Y cómo piensas tú?
—Como un hombre que ha sobrevivido desconfiando.
—Quizá por eso estás solo.
Sus manos se tensaron sobre el volante.
—Quizá.
—¿Te molesta que te lo diga?
—No.
—Mentiroso.
Una sonrisa apenas visible apareció en sus labios.
—Quizá un poco.
Me quedé mirándolo.
Por primera vez desde que lo conocía, parecía simplemente un hombre.
No el jefe de una organización.
No el heredero de un apellido temido.
No el hombre que podía hacer temblar a sus enemigos.
Solo Damián.
Un hombre cansado.
Un hombre herido.
Un hombre que había aprendido a esconder todo lo que sentía detrás de una mirada fría.
—Damián.
—¿Sí?
—¿Es verdad que Vittorio podría ser mi padre?
Su sonrisa desapareció.
—No lo sé.
—¿Y si lo es?
—Entonces tendremos que descubrir por qué tu padre te crió como hija suya.
—¿Y tú?
—¿Qué pasa conmigo?
—Si Vittorio fue mi padre…
Damián respiró lentamente.
—Entonces nuestro pasado está todavía más unido de lo que imaginábamos.
—¿Eso te preocupa?
—Me aterra.
—¿Por qué?
Damián tardó unos segundos en contestar.
—Porque si eres hija de Vittorio, significa que tu vida estuvo ligada a mi familia desde antes de que yo naciera.
—Y tú no sabías nada.
—No.
—Entonces ninguno de nosotros sabía quién era realmente.
—Exactamente.
Miré por la ventana.
Las montañas comenzaban a desaparecer detrás de nosotros.
—¿Crees que mi padre me quiso?
Damián respondió sin dudar.
—Sí.
—¿Cómo puedes saberlo?
—Porque un hombre no arriesga todo por una niña que no ama.
—Pero quizá no era mi padre.
—Eso no cambia lo que hizo por ti.
Las palabras me hicieron sentir un nudo en la garganta.
—Gracias.
—¿Por qué?
—Por no dejar que piense que todo fue mentira.
Damián me miró.
—No permitiré que nadie convierta tu infancia en una mentira.
—¿Ni siquiera tú?
—Ni siquiera yo.
Continuamos conduciendo.
A medida que nos acercábamos a Roma, el cielo adquiría un tono rojizo.
La ciudad apareció lentamente frente a nosotros.
Roma.
La ciudad eterna.
La ciudad de los secretos.
La ciudad donde alguien había decidido reunir las piezas de mi pasado.
Y donde, probablemente, también había preparado una trampa.
Llegamos poco después de las once de la noche.
Damián no se dirigió directamente a la dirección del mensaje.
En cambio, entró en un estacionamiento privado.
—¿Por qué paramos?
—Porque no voy a llevarte directamente a una emboscada.
—Entonces ¿qué haremos?
—Primero comprobaremos si nos están siguiendo.
—¿Y si nos siguen?
—Los dejaremos creer que seguimos hacia la dirección.
—¿Y nosotros?
—Entraremos por otro camino.
—¿Siempre haces esto?
—Cuando quiero seguir vivo.
Sonreí.
—Empiezo a entender por qué sigues vivo.
Damián me miró.
—Y yo empiezo a entender por qué me vuelves loco.
—¿Eso es bueno?
—No.
—Entonces lo siento.
—No te disculpes.
—¿Por qué?
—Porque no quiero que cambies.
La frase quedó flotando entre nosotros.
—Damián…
—No.
—¿Qué?
—No quiero hablar de esto ahora.
—¿Por qué?
—Porque si hablamos de lo que está pasando entre nosotros, voy a olvidar que tenemos una misión.
—Quizá yo quiero que lo olvides.
Damián cerró los ojos un instante.
—Clara.
—¿Sí?
—No juegues conmigo.
—No estoy jugando.
—Eso es lo peligroso.
Salió del automóvil.
Yo lo seguí.
Uno de sus hombres apareció desde un vehículo estacionado al otro lado.
—Señor Varela.
—¿Informe?
—Dos vehículos nos siguieron desde Florencia.
—¿Identificados?
—No.
—¿Dónde están?
—Los perdimos hace diez minutos.
Damián miró el reloj.
—Perfecto.
—¿Perfecto?
—Si nos están siguiendo, quiero que crean que cometimos un error.
—¿Y cuál será nuestro próximo movimiento?
—El que no esperan.
Subimos a un segundo vehículo.
Esta vez Damián se sentó detrás conmigo.
—¿Por qué cambiaste de automóvil? —pregunté.
—Porque el primero ya está comprometido.
—¿Y este?
—No lo conocen.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—No puedo.
—Entonces…
—Entonces vivimos con incertidumbre.
El vehículo abandonó el estacionamiento.
Roma estaba casi vacía.
Las calles antiguas aparecían iluminadas por farolas doradas.
Pasamos junto al Coliseo.
Lo observé a través de la ventana.
—Es hermoso.
—Sí.
—Nunca había venido de noche.
—Yo sí.
—¿Con quién?
Damián me miró.
—Con nadie.
—¿Nunca has tenido una noche romántica en Roma?
—No.
—¿Por qué?
—Porque nunca me interesó.
—¿Y ahora?
Me sostuvo la mirada.
—Ahora sí.
Aparté los ojos.
No quería que notara cuánto me afectaban sus palabras.
Pero seguramente ya lo sabía.
El automóvil se detuvo frente a una antigua iglesia.
—¿Aquí? —pregunté.
—Sí.
—La dirección era otra.
—Lo sé.
—¿Por qué vinimos?
—Porque esta iglesia aparece en los documentos de tu padre.
—¿Qué documentos?
Damián me entregó una carpeta.
La abrí.
Había fotografías antiguas.
Mi padre entrando en la iglesia.
Mi madre.
Vittorio.
Y otro hombre.
Lo reconocí.
—Rinaldi.
—Sí.
—¿Qué hacían aquí?
—No lo sabemos.
—¿Y la fecha?
—Tres meses antes de tu nacimiento.
Sentí un escalofrío.
—Entonces mi madre estaba embarazada.
—Sí.
—Y Vittorio estaba con ella.
—Sí.
—Y Rinaldi también.
Damián asintió.
—Eso significa que los tres sabían quién era mi padre.
—Probablemente.
—¿Y mi padre?
—También.
—Entonces ¿por qué nunca me lo dijo?
—Quizá quería protegerte de una verdad que podía destruirte.
Entramos en la iglesia.
Estaba vacía.
Las luces del altar permanecían encendidas.
El silencio era inquietante.
—No me gusta esto —susurré.
Damián tomó mi mano.
—No te separes de mí.
—No pensaba hacerlo.
Avanzamos por el pasillo.
Al llegar al altar, Damián observó las columnas.
—Aquí.
—¿Qué?
Señaló una pequeña placa de piedra.
Había una inscripción.
Una fecha.
Y una inicial.
A.B.
Alessandro Bellini.
—Mi padre estuvo aquí.
Damián pasó los dedos sobre la inscripción.
—Y dejó algo.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque tu padre siempre dejaba una señal.
—¿Dónde?
Damián observó el suelo.
Encontró una pequeña cruz grabada.
Presionó.
Una sección del piso se desplazó.
—¿Cómo sabes hacer eso?
—Tu padre me enseñó.
Lo miré sorprendida.
—¿Mi padre?
—Cuando yo tenía diecisiete años.
—¿Lo conociste?
—Sí.
—¿Por qué nunca me dijiste?
—Porque no recordaba algunos detalles hasta que vi estas marcas.
Debajo del suelo había una caja pequeña.
Damián la sacó.
Era de madera oscura.
Tenía un cierre metálico.
—¿Es la caja?
—No.
—¿Cómo lo sabes?
—La caja que vimos en la mansión era diferente.
—Entonces ¿qué contiene?
Damián la abrió.
Dentro había cartas.
Muchas.
Todas dirigidas a una persona.
“Para Clara.”
Sentí que el corazón me daba un vuelco.
—No.
Tomé la primera.
La letra era de mi padre.
“Clara, si estás leyendo esto, significa que alguien te ha llevado hasta Roma.”
Me quedé sin respiración.
Damián se acercó.
—Continúa.
Seguí leyendo.
“Si Damián Varela está contigo, significa que la profecía se ha cumplido.”
Fruncí el ceño.
—¿Qué profecía?
Damián me miró.
—No lo sé.
La carta continuaba.
“Hay una verdad que nunca pude decirte. Tu madre no fue la única mujer que conoció a Vittorio Varela. Antes de conocerte, Vittorio tuvo una hija.”
Sentí que el cuerpo se me paralizaba.
—¿Una hija?
Damián tomó la carta.
—Sigue.
Leí.
“Durante años, esa niña fue protegida por personas que desconocían su verdadera identidad. Vittorio la creyó muerta. Pero no lo estaba.”
Miré a Damián.
—¿Quién es?
—No lo sé.
Continué.
“Cuando Clara cumpla veinticinco años, esa mujer regresará.”
Me quedé inmóvil.
—¿Qué edad tiene esa mujer?
Damián miró la fecha.
—Veinticinco.
Mi respiración se detuvo.
—No puede ser.
Mi madre entró en la iglesia.
—¿Qué encontraron?
Le mostré la carta.
Su rostro palideció.
—No.
—¿Qué ocurre?
—Esa carta no debería existir.
—¿Por qué?
—Porque yo la destruí.
Damián se volvió.
—¿Tú?
Mi madre asintió.
—Tu padre me pidió que la quemara.
—¿Por qué?
—Porque contenía un secreto capaz de dividir a las familias.
—¿Qué secreto?
Mi madre me miró.
—La hija de Vittorio.
—¿Quién es?
Mi madre cerró los ojos.
—No lo sé.
—¡Mamá!
—No lo sé, Clara.
Damián levantó la carta.
—Aquí dice que regresaría cuando tú cumplieras veinticinco años.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque ambas nacieron el mismo año.
Me estremecí.
—¿Dónde está?
Mi madre negó.
—No lo sé.
Entonces escuchamos un ruido.
Un aplauso lento.
Todos nos giramos.
Un hombre salió de las sombras.
—Bravo.
Damián sacó su arma.
—Rinaldi.
El hombre sonrió.
—Siempre tan rápido, Damián.
—Aléjate de ella.
—No vine por ella.
—Entonces ¿por qué estás aquí?
—Por ti.
Damián avanzó.
—Habla.
Rinaldi levantó las manos.
—No quiero pelear.
—No te creo.
—No necesito que me creas.
Me miró.
—Clara, tú sí deberías escucharme.
—¿Por qué?
—Porque tu madre no te ha contado toda la verdad.
Mi madre palideció.
—No lo escuches.
—¿Por qué? —pregunté.
—Porque quiere dividirnos.
Rinaldi sonrió.
—Ya están divididos.
—Cállate —dijo Damián.
Rinaldi lo miró.
—Tu padre te ocultó algo también.
—¿Qué?
—La noche del incendio.
Damián apretó la mandíbula.
—Ya conozco esa historia.
—No.
Rinaldi negó lentamente.
—Conoces una versión.
—Entonces cuéntame la verdad.
—Tu padre recibió una orden.
—¿De quién?
—De mí.
El silencio fue absoluto.
Damián levantó el arma.
—¿Tú ordenaste el incendio?
—Sí.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
—¿Por qué?
Rinaldi miró a mi madre.
—Porque Alessandro había descubierto demasiado.
—¿Qué había descubierto?
—Que Vittorio tenía una hija.
Miré a Damián.
—¿Yo?
Rinaldi sonrió.
—No.
—Entonces ¿quién?
—La otra.
—¿Quién es?
—Tu hermana.
Sentí que el mundo desaparecía.
—No tengo una hermana.
—La tienes.
—¿Quién?
Rinaldi dio un paso.
—Está más cerca de lo que imaginas.
Damián se interpuso.
—No vas a acercarte a ella.
—No quiero acercarme.
Rinaldi sonrió.
—Quiero que ella se acerque a mí.
—¿Para qué?
—Porque ella tiene la otra mitad de la clave.
Mi madre negó.
—No.
—Sí.
—La niña murió.
—Eso es lo que te hicieron creer.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién es?
Rinaldi me miró directamente.
—La mujer que Damián conoce mejor que nadie.
Damián se quedó inmóvil.
—No.
Rinaldi sonrió.
—Sí.
—No te atrevas.
—Pregúntale por Elena.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Elena?
Damián no respondió.
—¿Qué tiene que ver Elena?
Rinaldi se volvió hacia la salida.
—Pregúntale cuántos años tenía cuando Vittorio desapareció.
Damián levantó el arma.
—No te vas a ir.
Rinaldi sonrió.
—Ya me fui.
Las luces se apagaron.
Damián me sujetó.
—¡Quédate conmigo!
Escuchamos varios disparos.
Damián me empujó detrás de una columna.
—¿Estás bien?
—Sí.
—No te muevas.
—Damián…
—Confía en mí.
—Confío.
Él salió de la cobertura.
Los disparos cesaron.
Cuando regresaron las luces, Rinaldi había desaparecido.
Pero había dejado algo sobre el altar.
Una fotografía.
Damián la tomó.
Su rostro cambió.
—¿Qué?
Me mostró la imagen.
Era Elena.
Mucho más joven.
Junto a Vittorio Varela.
En brazos de Vittorio había una niña.
Una niña de apenas unos meses.
La niña llevaba un pequeño collar.
El mismo que yo llevaba.
Mi corazón se detuvo.
—No…
Damián dio vuelta la fotografía.
Había una fecha.
Y una frase.
“Dos niñas. Un solo secreto.”
Mi madre comenzó a llorar.
—No puede ser.
—¿Qué? —pregunté.
Ella me miró.
—Tu padre no te protegió de los Varela.
—¿Entonces?
—Te protegió de tu propia hermana.
Sentí que no podía respirar.
—¿Por qué?
Mi madre no respondió.
Damián la tomó suavemente por los hombros.
—Isabelle, habla.
Ella cerró los ojos.
—Porque una de las dos debía morir.
El silencio fue brutal.
—¿Quién? —pregunté.
Mi madre me miró.
—No lo sé.
—¿Cómo que no lo sabes?
—Porque Vittorio decidió que solo una de sus hijas heredaría su imperio.
—¿Y la otra?
—La otra sería eliminada.
Damián apretó los dientes.
—Mi padre…
—Sí.
—¿Él ordenó matar a una de sus hijas?
—Sí.
—¿A cuál?
Mi madre negó.
—Nunca supe cuál había elegido.
Me llevé una mano al pecho.
—Entonces ¿por qué sigo viva?
Mi madre lloró.
—Porque alguien cambió las identidades.
Damián la miró.
—¿Quién?
—Tu padre.
—¿Alessandro?
—Sí.
—¿Y Elena?
—Elena ayudó.
Sentí un escalofrío.
—Entonces Elena no nos traicionó.
—No completamente.
—¿Qué significa eso?
—Significa que te estaba protegiendo.
Damián guardó silencio.
—Pero ella trabajaba para Rinaldi.
—Porque Rinaldi amenazaba a su hija.
—¿Y quién es su hija?
Mi madre miró la fotografía.
—La niña que aparece junto a Vittorio.
—¿Quién?
Mi madre señaló.
—Elena.
Me quedé inmóvil.
—¿Elena es hija de Vittorio?
—Sí.
Damián bajó lentamente el arma.
—Entonces Elena es mi hermana.
Mi madre asintió.
—Sí.
Sentí que todo se mezclaba.
—¿Y yo?
Mi madre se acercó.
—Tú también.
Damián miró hacia el vacío.
—Dios…
Nunca había visto a Damián tan destruido.
—No sé qué hacer —susurró.
Me acerqué.
—Mírame.
Lo hizo.
—No eres tu padre.
—Pero llevo su sangre.
—Eso no decide quién eres.
—Clara…
—Tú me protegiste.
—Sin saber quién eras.
—Eso no cambia nada.
Damián tomó mi rostro entre sus manos.
—Si todo esto es verdad, tu vida está todavía más ligada a la mía.
—¿Y eso te asusta?
—Sí.
—¿Por mí?
—Por los dos.
—Entonces no te vayas.
Sus ojos se clavaron en los míos.
—No pienso hacerlo.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Por primera vez sentí que aquel hombre no estaba intentando protegerme de sus sentimientos.
Estaba intentando protegerme de perderme.
Pero el momento duró apenas unos segundos.
El teléfono de Damián vibró.
Lo miró.
Era un mensaje.
Una fotografía.
Elena estaba en una habitación oscura.
Tenía las manos atadas.
Y alguien sostenía un arma contra su cabeza.
Debajo había una frase:
“Una hermana por otra.”
Damián apretó el teléfono.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Han capturado a Elena.
—¿Quién?
—Rinaldi.
Mi madre palideció.
—Tenemos que ir por ella.
Damián negó.
—Es una trampa.
—Es tu hermana.
Damián me miró.
—Y tú eres su hermana.
—Entonces iremos juntas.
—No.
—No puedes detenerme.
—No quiero detenerte.
—Entonces…
Damián se acercó.
—Quiero que entiendas algo antes de hacerlo.
—¿Qué?
—Si vamos, quizá no podamos volver.
—Lo sé.
—Puede morir alguien.
—Lo sé.
—Puede morir Elena.
—Lo sé.
—Puede morir tu madre.
Miré a Isabelle.
—Lo sé.
—Y tú…
Damián no terminó la frase.
—¿Yo qué?
—Podrías morir tú.
Me acerqué.
—Entonces no voy sola.
Damián me miró durante varios segundos.
Después asintió.
—No.
—¿No qué?
—No vas sola.
Entrelazó sus dedos con los míos.
—Vamos juntos.
Salimos de la iglesia.
La noche romana nos envolvió.
Damián dio órdenes a sus hombres.
—Quiero todos los accesos vigilados.
—Sí, señor.
—Y nadie actúa sin mi autorización.
—Entendido.
Nos dirigimos al automóvil.
Mi madre se acercó antes de subir.
—Clara.
—¿Sí?
—Hay algo más que no te he contado.
—¿Qué?
Mi madre sacó una fotografía de su bolsillo.
—Encontré esto antes de que Rinaldi apareciera.
La miré.
Era una imagen antigua.
Dos bebés.
Dos niñas.
Una llevaba un pequeño collar.
La otra llevaba un brazalete.
En la parte inferior había dos nombres.
“Clara” y “Elena”.
Sentí un escalofrío.
—Entonces…
Mi madre asintió.
—Siempre fueron ustedes dos.
Damián tomó la fotografía.
—¿Cuál de las dos es la heredera?
Mi madre negó.
—Ese es el secreto.
—¿Por qué?
—Porque Vittorio nunca escribió el nombre.
—¿Cómo se sabrá?
Mi madre me miró.
—La lista lo dirá.
Damián frunció el ceño.
—¿La lista?
—Sí.
—¿Dónde?
Mi madre miró mi collar.
—La mitad está contigo.
—¿Y la otra?
—Con Elena.
Damián comprendió.
—Por eso Rinaldi la secuestró.
—Sí.
—Necesita ambas partes.
Mi madre asintió.
—Y necesita que las dos hermanas estén vivas.
Damián abrió la puerta del automóvil.
—Entonces vamos a recuperarla.
Subí.
Él entró detrás de mí.
Antes de arrancar, miré hacia la iglesia.
Por un instante vi una silueta en una de las ventanas.
Un hombre.
Observándonos.
Levanté la mano.
—Damián.
Él miró.
—¿Qué?
Señalé la ventana.
—Alguien está allí.
Damián sacó el arma.
Pero la silueta desapareció.
En el suelo quedó algo.
Un sobre.
Uno de sus hombres fue a recogerlo.
Regresó rápidamente.
—Señor Varela.
—¿Qué dice?
El hombre entregó el sobre.
Damián lo abrió.
Dentro había una sola hoja.
La leyó.
Su rostro se endureció.
—¿Qué dice? —pregunté.
Damián me miró.
—Dice que Elena no fue secuestrada.
—¿Qué?
—Ella se entregó.
—¿Por qué?
Damián levantó la hoja.
En la parte inferior había una firma.
Elena.
Y una frase escrita a mano:
“Si quieren salvarme, no confíen en mi hermano.”
Sentí un escalofrío.
—¿Tu hermano?
Damián negó lentamente.
—No.
—¿Entonces?
Él volvió a leer el mensaje.
—No se refiere a mí.
—¿A quién?
Damián levantó los ojos.
—Se refiere a otro hombre.
—¿Quién?
—El hermano de Elena.
Mi madre palideció.
—Eso es imposible.
—¿Por qué?
—Porque Elena no tenía un hermano.
Damián miró nuevamente la carta.
—Entonces tenemos otro secreto.
—¿Cuál?
Damián guardó el papel.
—Que quizá Vittorio no tuvo dos hijos.
—¿Cuántos?
Él me miró.
—Tres.
Y en ese instante, el teléfono de Damián volvió a vibrar.
Esta vez no era una fotografía.
Era un audio.
Una voz masculina habló desde el otro lado.
—Damián Varela…
La voz hizo una pausa.
—Si quieres encontrar a Elena, tendrás que encontrarme primero.
Damián apretó el teléfono.
—¿Quién eres?
La respuesta llegó acompañada de una risa.
—Soy el hijo que Vittorio nunca reconoció.
La comunicación terminó.
Y mientras Roma dormía bajo las luces doradas de la madrugada, comprendí que la guerra que había comenzado por mi familia acababa de revelar un secreto todavía más peligroso.
Vittorio Varela no había dejado dos herederos.
Había dejado tres.
Y el tercero acababa de regresar para reclamarlo todo.




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