La Mujer que lo cambió

Capítulo 7: El tercer heredero

La voz seguía resonando en mi cabeza.
“Soy el hijo que Vittorio nunca reconoció.”
Durante varios segundos nadie habló.
El automóvil permanecía detenido frente a la iglesia de Roma, con las luces apagadas y la ciudad extendiéndose alrededor de nosotros como un enorme laberinto de calles antiguas, plazas vacías y edificios que parecían guardar secretos desde hacía siglos.
Miré a Damián.
Él sostenía el teléfono con tanta fuerza que sus nudillos se habían vuelto blancos.
—¿Quién era? —pregunté.
No respondió.
—Damián.
—No lo sé.
—Pero reconociste algo en su voz.
—No.
—Sí.
Me miró.
—Reconocí la forma de hablar.
—¿De quién?
—De mi padre.
Sentí un escalofrío.
—Pero Vittorio está muerto.
—Sí.
—Entonces no puede ser él.
—No dije que fuera él.
—¿Qué quisiste decir?
Damián respiró profundamente.
—Mi padre tenía una manera particular de pronunciar ciertas palabras. Ese hombre habla igual.
Mi madre, sentada detrás de nosotros, intervino.
—No es una coincidencia.
Damián se giró.
—¿Qué sabes?
—Nada.
—Isabelle.
—No sé quién es.
—Pero sabes algo.
Mi madre cerró los ojos.
—Hace muchos años, Vittorio me habló de un hijo.
El silencio volvió a apoderarse del automóvil.
—¿Qué? —pregunté.
—Me dijo que había tenido un hijo antes de conocer a la familia Varela.
Damián la miró fijamente.
—Nunca me lo contaste.
—Porque pensé que había muerto.
—¿Quién era la madre?
Mi madre negó.
—Nunca me dijo su nombre.
—¿Y por qué pensaste que había muerto?
—Porque Vittorio recibió una carta.
—¿Qué decía?
—Que el niño había muerto durante un incendio.
Sentí un escalofrío.
—Otro incendio.
Mi madre me miró.
—Sí.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Cuándo ocurrió?
—Antes de que tú nacieras.
—¿Dónde?
—En Francia.
Damián se quedó inmóvil.
—Annecy.
Mi madre asintió.
—Sí.
El mismo lugar donde habíamos encontrado la casa de mi madre.
Sentí que todo comenzaba a encajar.
—Entonces la casa…
—Podría haber pertenecido a la madre del tercer heredero —dijo Damián.
—¿Y por qué estaba mi madre allí?
Mi madre guardó silencio.
—Mamá.
—Porque ella conocía a esa mujer.
—¿Quién era?
—No lo sé.
—Otra vez no.
Mi voz se quebró.
—Toda mi vida me has pedido que acepte que no sabes nada.
Mi madre bajó la mirada.
—Porque algunas verdades pueden destruir a las personas que las conocen.
—Ya estoy destruida.
Damián tomó mi mano.
—No.
Lo miré.
—¿No?
—No estás destruida.
—No sabes cómo me siento.
—Sí.
—¿Cómo?
—Porque yo también descubrí que el hombre al que admiraba toda mi vida podía haber sido un monstruo.
—Pero tú todavía tienes recuerdos de él.
—Y tú todavía tienes recuerdos de tu padre.
—No es lo mismo.
—Sí lo es.
Damián apretó suavemente mis dedos.
—Nos quitaron la posibilidad de conocer la verdad.
—Entonces la encontraremos.
—Sí.
Su respuesta fue inmediata.
No hubo duda.
No hubo miedo.
Solo determinación.
Pero yo sabía que detrás de aquella seguridad había algo más.
Venganza.
Damián no estaba dispuesto a detenerse.
No después de descubrir que alguien había utilizado a su familia durante años.
No después de descubrir que Elena podía ser su hermana.
Y mucho menos después de escuchar la voz del tercer heredero.
—Tenemos que encontrar a Elena —dijo.
—Sí.
—Y después encontraremos al tercer hijo.
—¿Y si él es el enemigo?
Damián me miró.
—Entonces lo enfrentaremos.
—¿Y si es inocente?
—Entonces lo ayudaremos.
—¿Y si quiere destruirte?
—Entonces no tendrá alternativa.
—¿Qué significa eso?
Damián sostuvo mi mirada.
—Que no voy a dejar que nadie vuelva a utilizarte para castigarme.
—No puedes protegerme de todo.
—No.
—Entonces deja de intentarlo.
—No puedo.
—¿Por qué?
Damián se inclinó hacia mí.
—Porque ya no sé cómo hacerlo de otra manera.
Sentí que el corazón me latía más rápido.
—Damián…
—No.
—¿Qué?
—No quiero hablar de nosotros mientras mi hermana está en peligro.
—¿Tu hermana?
—Sí.
Por primera vez lo dijo sin reservas.
Elena era su hermana.
Y esa palabra parecía haber cambiado algo dentro de él.
No podía imaginar lo que significaba descubrir de repente que una mujer que había estado a su lado durante años llevaba su misma sangre.
La mujer que él había considerado una empleada.
Una persona de confianza.
Una parte de su organización.
Una mujer que había estado ocultando un secreto enorme.
—¿Crees que Elena sabía quién era?
—No lo sé.
—¿Y si sí?
—Entonces tenemos que preguntarle por qué.
—¿Y si no?
—Entonces debemos encontrar a quien la mantuvo engañada.
Damián miró a uno de sus hombres.
—¿Tenemos noticias?
—Nada todavía.
—¿Rastrearon el teléfono?
—Sí.
—¿Dónde está?
—La señal apareció durante cuarenta segundos en Trastevere.
Damián frunció el ceño.
—Después desapareció.
—¿Alguna cámara?
—Estamos revisándolas.
—Quiero todas.
—Sí, señor.
El hombre se alejó.
Damián arrancó el automóvil.
—¿A dónde vamos?
—Trastevere.
—¿Por qué?
—Porque si alguien quiere que creamos que Elena está en peligro, quizá la señal sea una pista falsa.
—Entonces ¿qué buscamos?
—A alguien que haya cometido un error.
—¿Qué error?
—Hacerme creer que sabe más que yo.
Sonreí ligeramente.
—Eso suena muy propio de ti.
Damián me miró.
—¿Qué?
—Eres incapaz de admitir que alguien puede ser más inteligente que tú.
—No es eso.
—¿Entonces?
—Es que normalmente tengo razón.
—Qué arrogante.
—Sí.
—Lo reconoces.
—Contigo sí.
El automóvil avanzó por las calles de Roma.
Pasamos junto a edificios antiguos y pequeñas plazas iluminadas.
Yo observaba todo, pero mi mente estaba lejos.
Pensaba en Elena.
Pensaba en la fotografía.
Pensaba en la niña que aparecía junto a Vittorio.
Y pensaba en la frase.
“Dos niñas. Un solo secreto.”
Ahora sabíamos que podía existir un tercer hijo.
Pero había algo que no comprendía.
Si Vittorio había tenido tres hijos, ¿por qué todos habían sido ocultados?
¿Por qué mi padre había hecho todo lo posible para protegerme?
¿Por qué Elena había sido mantenida cerca de Damián?
Y, sobre todo, ¿por qué el tercer heredero había esperado tantos años para regresar?
Llegamos a Trastevere.
Damián bajó del automóvil.
—Quédate aquí.
—No.
—Clara.
—Ya sabes la respuesta.
Me miró.
—Algún día vas a obedecerme.
—No cuentes con ello.
Una sonrisa breve apareció en su rostro.
—Ven.
Caminamos por una calle estrecha.
Había restaurantes cerrados y pequeñas luces sobre las fachadas.
Damián revisaba constantemente los alrededores.
—¿Qué buscas?
—Una puerta azul.
—Eso no ayuda mucho.
—La reconocerás.
—¿Cómo?
—Tiene una cruz tallada.
—¿Y si hay varias?
—Entonces elegiremos la que tenga sangre.
Me detuve.
—¿Sangre?
Damián señaló el suelo.
Había una pequeña mancha oscura.
—Aquí.
Me acerqué.
—¿Es reciente?
—Sí.
Damián sacó un pañuelo y tocó ligeramente la mancha.
—Todavía está húmeda.
Seguimos el rastro.
Llegamos a una puerta azul.
Tenía una cruz tallada.
Damián me miró.
—Quédate detrás.
—Sí.
Abrió.
La habitación estaba vacía.
Había una mesa.
Dos sillas.
Una lámpara.
Y una fotografía.
Damián se acercó.
La tomó.
Era Elena.
Estaba sentada frente a una cámara.
Tenía las manos atadas.
Pero parecía tranquila.
Debajo de la fotografía había una frase.
“Elena no es la rehén.”
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué significa? —pregunté.
—Que la fotografía fue preparada.
—¿Entonces dónde está?
—No lo sé.
Encontré otra fotografía.
Esta vez aparecía un hombre.
No se veía su rostro.
Solo llevaba un anillo.
La serpiente.
El mismo símbolo.
—Otra vez ese anillo.
Damián asintió.
—Es una señal.
—¿De quién?
—De Rinaldi.
—Pero él no es el tercer heredero.
—No necesariamente.
—¿Qué quieres decir?
Damián señaló la fotografía.
—El tercer heredero podría estar trabajando con Rinaldi.
—O Rinaldi podría estar trabajando para él.
Nos miramos.
La segunda posibilidad era mucho más inquietante.
—Entonces no sabemos quién controla a quién.
—Exactamente.
Sobre la mesa había un pequeño grabador.
Damián lo encendió.
Una voz comenzó a hablar.
—Damián, si estás escuchando esto, ya sabes que Elena no es quien creías.
Era Elena.
Sentí un nudo en la garganta.
—Pero no quiero que me busques.
Damián apretó los puños.
—No.
La voz continuó.
—Sé que vas a hacerlo. Siempre haces lo que quieres.
Damián miró hacia el suelo.
—Por eso te dejo una oportunidad. No vengas por mí.
La grabación hizo una pausa.
—Busca a nuestro hermano.
Damián cerró los ojos.
—¿Dónde? —susurré.
La voz de Elena continuó.
—Él sabe la verdad sobre Vittorio.
Otra pausa.
—Y sabe por qué Clara sobrevivió.
Mi corazón se detuvo.
—¿Qué quiere decir? —pregunté.
La grabación siguió.
—Clara, si escuchas esto, quiero que sepas algo.
La voz de Elena se quebró.
—Yo nunca quise hacerte daño.
Sentí lágrimas en los ojos.
—No sabía quién eras. Cuando lo descubrí, ya era demasiado tarde.
Damián apretó el grabador.
—Continúa.
—Hay alguien que lleva años protegiéndote desde lejos.
Me quedé inmóvil.
—No es Rinaldi.
—No es Moretti.
—No es Damián.
Mi corazón se aceleró.
—Es alguien que tu padre conocía.
La grabación se detuvo.
Damián golpeó el aparato.
—¡Continúa!
No había más.
—¿Eso es todo?
—Sí.
—Entonces nos dejó una pista.
—¿Cuál?
Damián miró la fotografía.
—“Alguien que tu padre conocía.”
—¿Quién?
—Tenemos que averiguarlo.
—¿Y Elena?
—Ella quería que la dejáramos.
—¿Lo haremos?
Damián me miró.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no abandono a mi familia.
La palabra familia volvió a golpearme.
Damián estaba cambiando.
La venganza seguía dentro de él, pero algo nuevo estaba creciendo.
Responsabilidad.
Protección.
Y quizá redención.
Salimos de la habitación.
En la calle, el teléfono de Damián vibró.
—¿Sí?
Escuchó.
—¿Dónde?
Su rostro cambió.
—No se acerquen.
Pausa.
—Dije que no se acerquen.
Colgó.
—¿Qué pasó?
—Encontraron a Elena.
—¿Dónde?
—En una estación de tren.
—¿Está viva?
—Sí.
—Entonces vamos.
Damián negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no está sola.
—¿Con quién?
—Con el tercer heredero.
Sentí un escalofrío.
—¿Lo encontraron?
—Sí.
—¿Quién es?
Damián miró hacia la oscuridad.
—Todavía no lo sabemos.
—¿Cómo que no?
—Está usando una máscara.
—¿Una máscara?
—Y pidió hablar contigo.
Mi corazón comenzó a latir con fuerza.
—¿Conmigo?
—Sí.
—¿Qué quiere?
—No lo sabemos.
—Entonces iré.
—Sí.
Me sorprendió su respuesta.
—¿Sí?
—Sí.
—Pensé que ibas a decir que no.
—Ya aprendí que intentar detenerte es perder tiempo.
Sonreí.
—Estás aprendiendo.
—Demasiado.
Llegamos a la estación.
Era una antigua estación privada que ya no aparecía en los mapas turísticos.
Damián había elegido el acceso lateral.
Entramos.
El lugar estaba vacío.
Los hombres de Damián se dispersaron.
Mi madre permaneció en el automóvil.
—¿Dónde está Elena? —pregunté.
Damián señaló el andén.
Una mujer estaba de pie bajo una lámpara.
Era Elena.
Tenía una herida en la mejilla.
Pero estaba viva.
Corrí hacia ella.
—¡Elena!
Ella levantó una mano.
—No.
Me detuve.
—¿Por qué?
—No te acerques.
Damián se puso delante de mí.
—Elena.
—Damián…
Ella comenzó a llorar.
—No deberías haber venido.
—Soy tu hermano.
La palabra pareció atravesarla.
—Sí.
—Entonces mírame.
Elena levantó los ojos.
—Lo siento.
—¿Por qué?
—Porque te mentí durante años.
—¿Por qué?
—Porque no sabía quién era.
—¿Y ahora?
—Ahora lo sé.
—¿Quién eres?
Elena respiró profundamente.
—Soy la hija de Vittorio.
Damián asintió.
—Lo sé.
—Y tú también.
—Sí.
Elena me miró.
—Y ella…
—Clara —dijo Damián.
—Sí.
Elena dio un paso.
—Ella es mi hermana.
Sentí lágrimas en los ojos.
—¿Por qué no me dijiste la verdad?
—Porque tenía miedo.
—¿De quién?
—De él.
Señaló hacia el fondo del andén.
Una figura apareció.
Alta.
Vestida de negro.
Con una máscara oscura.
El hombre caminó lentamente hacia nosotros.
Damián levantó el arma.
—No.
El desconocido levantó las manos.
—No quiero luchar.
—Entonces quítate la máscara.
El hombre se detuvo.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque quiero hablar con Clara.
Damián se interpuso.
—Hablarás conmigo.
—No.
—No te acercarás a ella.
—No tienes derecho a decidir.
—Tengo todos los derechos que necesito.
El desconocido rio.
—Sigues siendo igual que tu padre.
Damián se tensó.
—No vuelvas a compararme con él.
—¿Por qué?
—Porque no soy él.
—Eso es lo que él decía.
Damián levantó el arma.
—Última oportunidad.
—No voy a pelear.
Me acerqué.
—Damián.
—No.
—Quiero hablar con él.
—Clara.
—Necesito respuestas.
Damián me miró.
—No me gusta esto.
—A mí tampoco.
—Entonces quédate detrás de mí.
—No.
—Por favor.
Fue la primera vez que me pidió algo de aquella manera.
Sin autoridad.
Sin amenaza.
Solo con miedo.
—Está bien —susurré.
El hombre enmascarado sonrió.
—Siempre te ha protegido.
—¿Cómo sabes?
—Porque llevo años observándolo.
—¿Quién eres?
El hombre levantó lentamente las manos hacia la máscara.
—Soy quien debió morir hace veinticinco años.
Se quitó la máscara.
Mi respiración se detuvo.
Damián bajó el arma.
Elena comenzó a llorar.
Mi madre, que había llegado detrás de nosotros, dejó escapar un grito.
—No…
El hombre tenía los mismos ojos que Vittorio.
La misma mandíbula.
La misma expresión.
Pero había algo más.
Una cicatriz atravesaba su rostro.
—Mi nombre es Gabriel Varela.
Damián no pudo hablar.
—Soy el tercer hijo de Vittorio.
Elena dio un paso hacia él.
—Gabriel…
Él la miró.
—Hermana.
Después me miró.
—Y tú eres Clara.
No pude responder.
—¿Cómo sabes mi nombre?
Gabriel sonrió con tristeza.
—Porque te vi antes de que nacieras.
—¿Qué?
—Conocí a tu madre.
Mi madre dio un paso.
—No.
—Sí, Isabelle.
—Tú moriste.
—Eso es lo que Vittorio quiso que todos creyeran.
Damián se acercó.
—¿Dónde estuviste?
—Escondido.
—¿Por qué?
—Porque nuestro padre ordenó mi muerte.
—¿Por qué?
Gabriel miró a Damián.
—Porque yo descubrí la verdad.
—¿Qué verdad?
—Que Vittorio no quería un heredero.
—Entonces ¿qué quería?
Gabriel me miró.
—Quería una llave.
—¿Para qué?
—Para controlar la lista.
Damián frunció el ceño.
—Eso ya lo sabemos.
Gabriel negó.
—No.
—¿Qué falta?
—La lista no contiene nombres.
—¿Entonces?
—Contiene pruebas.
Sentí un escalofrío.
—¿Pruebas de qué?
—De una conspiración que comenzó hace treinta años.
—¿Quiénes participaron?
Gabriel miró a Damián.
—Varela.
Luego a mí.
—Bellini.
Después a Elena.
—Moretti.
Y finalmente dijo:
—Rinaldi.
Damián apretó los dientes.
—¿Todos ellos?
—Sí.
—¿Y qué hicieron?
Gabriel respiró profundamente.
—Crearon una red que controlaba dinero, información y decisiones políticas en varios países europeos.
—¿Y mi padre?
—Intentó destruirla.
—¿Y Vittorio?
—Quiso controlarla.
—¿Y Rinaldi?
—Quiso quedarse con todo.
—¿Y Moretti?
—Quiso vengarse.
Elena preguntó:
—¿Y nosotros?
Gabriel la miró.
—Ustedes eran la garantía.
—¿De qué?
—De que nadie pudiera destruir la información.
Me miró.
—Por eso tú sobreviviste.
—No entiendo.
—La lista fue dividida en tres partes.
Damián se acercó.
—¿Tres?
—Sí.
—¿Quién tiene cada una?
Gabriel señaló a Elena.
—Ella tiene la primera.
Después me señaló.
—Clara tiene la segunda.
Finalmente se señaló a sí mismo.
—Y yo tengo la tercera.
El silencio fue absoluto.
—Entonces ¿por qué nos buscaban? —pregunté.
—Porque si las tres partes se reúnen, la lista completa puede abrirse.
—¿Y qué ocurrirá?
—La verdad saldrá a la luz.
—¿Eso es todo?
Gabriel negó.
—No.
—¿Qué más?
—La persona que tiene la lista completa puede destruir a todos los que participaron.
Damián lo miró.
—Entonces no podemos permitir que caiga en manos equivocadas.
Gabriel sonrió.
—Ese es el problema.
—¿Qué?
—Ya está en manos equivocadas.
—¿De quién?
Gabriel miró hacia el techo.
—De Rinaldi.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo?
—Porque él tiene algo que nosotros no.
—¿Qué?
—La cuarta pieza.
Damián quedó inmóvil.
—No existe una cuarta pieza.
Gabriel lo miró.
—Existe.
—¿Dónde?
Gabriel señaló mi pecho.
—Dentro de Clara.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Qué?
—La cuarta pieza no es información.
—¿Entonces?
—Es una memoria.
—¿Mía?
—Sí.
—¿Qué memoria?
Gabriel se acercó.
—La memoria de la noche del incendio.
Mi respiración se volvió irregular.
—Pero no recuerdo todo.
—Precisamente.
—¿Rinaldi quiere recuperar mi memoria?
—No.
Gabriel miró a Damián.
—Quiere despertar el recuerdo.
—¿Cómo?
—Utilizando a la persona que Clara más teme perder.
Damián comprendió.
—Yo.
Gabriel asintió.
—Sí.
Damián se volvió hacia mí.
—Clara, escucha.
—¿Qué?
—Si Rinaldi quiere utilizarme para activar tus recuerdos…
—¿Qué?
—Entonces yo soy el cebo.
Gabriel negó.
—No.
—¿Qué?
—Tú no eres el cebo.
Gabriel miró a Elena.
—Ella lo es.
Elena palideció.
—¿Yo?
Gabriel asintió.
—Rinaldi sabe que Damián hará cualquier cosa por protegerte.
Luego me miró.
—Y sabe que tú harás cualquier cosa por salvar a Elena.
El silencio volvió a caer.
Entonces sonó un teléfono.
No era el de Damián.
Era el de Gabriel.
Él respondió.
Escuchó durante unos segundos.
Después palideció.
—¿Qué ocurre? —preguntó Elena.
Gabriel colgó.
—Rinaldi tiene a Isabelle.
Mi sangre se heló.
—¿Mi madre?
Gabriel asintió.
—La secuestraron hace diez minutos.
Damián sacó el arma.
—¿Dónde?
Gabriel lo miró.
—En la mansión.
—¿Qué?
—Rinaldi nunca estuvo en Roma.
Damián se quedó inmóvil.
—Entonces…
—Siempre estuvo en Ginebra.
Sentí un escalofrío.
—Pero dejamos la casa vacía.
Gabriel negó.
—No estaba vacía.
—¿Quién estaba allí?
Gabriel me miró.
—Alguien que tú conoces.
—¿Quién?
Gabriel pronunció un nombre.
—Luciano Ferri.
Damián quedó completamente inmóvil.
—No.
—Sí.
—Luciano trabaja para mí.
—Precisamente.
Damián cerró los ojos.
—Entonces todo este tiempo…
Gabriel asintió.
—El hombre que creías tu aliado estaba trabajando para Rinaldi.
—¿Y mi madre?
—La llevaron a una propiedad cerca del lago.
Damián me tomó de la mano.
—Nos vamos.
—¿A Ginebra?
—Sí.
—¿Y Gabriel?
—Viene con nosotros.
Gabriel asintió.
—No puedo dejar que Rinaldi consiga la cuarta pieza.
Elena se acercó.
—Yo también voy.
Damián la miró.
—No.
—Soy tu hermana.
—Precisamente.
—Y tengo una parte de la lista.
—Por eso no vienes.
Elena negó.
—No voy a quedarme atrás.
Damián la observó.
Después suspiró.
—Está bien.
Nos dirigimos hacia los vehículos.
Antes de subir, Gabriel se acercó a mí.
—Clara.
—¿Sí?
—Hay algo que no te he contado.
—¿Qué?
—La noche del incendio, yo estaba allí.
Sentí un escalofrío.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tu padre me pidió que te protegiera.
—Entonces ¿por qué no lo hiciste?
Gabriel bajó la mirada.
—Porque alguien me disparó.
—¿Quién?
—No vi su rostro.
—¿Y qué pasó después?
—Desperté tres días más tarde.
—¿Y mi padre?
—Muerto.
—¿Mi madre?
—Desaparecida.
—¿Y yo?
Gabriel me miró.
—Tú estabas con un hombre.
—¿Quién?
—Un hombre que te llevó lejos del incendio.
—¿Damián?
Gabriel negó.
—No.
—¿Quién?
Gabriel respiró profundamente.
—Adriano Costa.
Sentí que el mundo se detenía.
—No puede ser.
—Él te sacó de la casa.
—¿Entonces me salvó?
—Sí.
—¿Por qué después me traicionó?
—Porque Rinaldi lo obligó.
—¿Cómo?
Gabriel miró hacia el vehículo.
—Porque Rinaldi tiene a alguien que Adriano ama.
—¿A quién?
—A ti.
Me quedé inmóvil.
—¿A mí?
—Adriano cree que eres su hija.
—Pero mi madre dijo que no.
—Quizá no lo seas.
—Entonces ¿por qué?
Gabriel me miró con gravedad.
—Porque alguien le hizo creerlo durante veinticinco años.
—¿Quién?
Gabriel respondió:
—Vittorio.
Damián apareció detrás de mí.
—¿Qué estás diciéndole?
Gabriel lo miró.
—Que tu padre manipuló a Adriano desde el principio.
Damián apretó los puños.
—¿Para qué?
—Para que protegiera a Clara.
—¿Y por qué necesitaría protegerla?
Gabriel miró a Damián.
—Porque Clara era la única persona capaz de hacerte cambiar.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Qué?
Gabriel sonrió ligeramente.
—Vittorio sabía que algún día ibas a convertirte en el hombre que él quería.
—¿Y Clara?
—Era la única variable que no podía controlar.
—Entonces…
Gabriel miró hacia mí.
—Tu padre sabía que ella te cambiaría.
Damián me miró.
Por un instante ninguno habló.
Después tomó mi rostro entre sus manos.
—No sé si mi padre sabía lo que hacía.
—¿Y tú?
—Yo sí sé algo.
—¿Qué?
Damián acercó su frente a la mía.
—Que ya me cambiaste.
Sentí que las lágrimas aparecían.
—No quiero que cambies por mí.
—No lo hago por ti.
—¿Entonces?
—Lo hago porque quiero ser digno de quedarme a tu lado.
Me abrazó.
Por primera vez, no sentí que aquel abrazo fuera una prisión.
Era una elección.
La suya.
La mía.
Pero la voz de Gabriel nos interrumpió.
—Tenemos que irnos.
Damián se separó.
—Sí.
Subimos a los vehículos.
El convoy comenzó a avanzar hacia el norte.
Yo miré por la ventanilla.
Roma desaparecía lentamente.
Pero algo dentro de mí sabía que ya no éramos las mismas personas que habían llegado.
Ahora conocíamos al tercer heredero.
Conocíamos parte de la verdad.
Y teníamos una nueva misión.
Salvar a mi madre.
Encontrar a Luciano.
Enfrentar a Rinaldi.
Y descubrir qué había ocurrido realmente la noche del incendio.
Horas después, mientras nos acercábamos a la frontera, el teléfono de Damián vibró.
Era un mensaje.
Una fotografía.
Mi madre estaba sentada en una silla.
Viva.
Asustada.
Pero detrás de ella había un hombre.
Luciano.
Y junto a él, una mujer.
Damián amplió la fotografía.
Su rostro cambió.
—¿Quién es? —pregunté.
No respondió.
—Damián.
Él me miró.
—Es la madre de Gabriel.
Gabriel se acercó.
Miró la imagen.
Su rostro perdió el color.
—No.
—¿La conoces? —pregunté.
Gabriel asintió.
—Es la mujer que creí muerta.
—¿Quién?
Gabriel apenas pudo pronunciar las palabras.
—Mi madre.
Damián observó la fotografía.
—Entonces Rinaldi no solo tiene a Isabelle.
—¿Qué más tiene? —pregunté.
Gabriel respondió:
—Tiene a la mujer que conoce toda la verdad sobre Vittorio.
El teléfono vibró nuevamente.
Apareció un mensaje.
“Ven a Ginebra antes del amanecer.”
Después apareció otro.
“Trae a Clara.”
Y finalmente uno más.
“Pero deja a Damián.”
Sentí un escalofrío.
Damián leyó el mensaje.
Su mirada se volvió fría.
—No.
—¿Qué vas a hacer? —pregunté.
Me tomó la mano.
—Voy a hacer exactamente lo contrario.
—¿Qué significa?
—Si Rinaldi quiere separarnos…
Entrelazó sus dedos con los míos.
—Entonces iremos juntos.
Gabriel miró por la ventana.
—No entiende lo que está haciendo.
Damián respondió sin apartar la vista de mí.
—Sí lo entiendo.
—Rinaldi puede matarlos.
—Lo sé.
—Puede tener hombres en todas partes.
—Lo sé.
—Puede haber preparado una trampa.
—Lo sé.
Gabriel lo miró.
—Entonces ¿por qué sigues?
Damián respondió con una calma aterradora:
—Porque durante toda mi vida me enseñaron a luchar por poder, dinero y venganza.
Miró a Elena.
Después a Gabriel.
Finalmente a mí.
—Y ahora tengo algo por lo que vale la pena perderlo todo.
El automóvil siguió avanzando hacia Ginebra.
Pero ninguno de nosotros vio el vehículo que llevaba horas siguiéndonos.
Dentro había un hombre.
Luciano Ferri.
Y a su lado estaba una mujer que todos creíamos muerta.
Ella observaba una fotografía de Clara.
Después miró a Luciano.
—¿Ya saben que soy la madre de Gabriel?
Luciano negó.
—Todavía no.
La mujer sonrió.
—Perfecto.
—¿Qué hacemos ahora?
Ella miró hacia la carretera.
—Los dejamos llegar a Ginebra.
—¿Y después?
—Después les revelaremos la última mentira de Vittorio.
—¿Cuál?
La mujer sonrió.
—Clara no es la heredera.
Luciano frunció el ceño.
—¿Entonces quién?
La mujer levantó lentamente la fotografía.
—La mujer que Damián ama.
Y por primera vez comprendí que quizá la guerra no había comenzado para destruirme.
Había comenzado porque alguien necesitaba que yo sobreviviera.
Porque mi existencia era la pieza que faltaba.
Y porque, mientras Damián creía estar protegiéndome de todos mis enemigos, alguien estaba preparando la verdad capaz de destruir el amor que comenzaba a unirnos.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.