Nunca había sentido que una carretera pudiera ser tan larga.
Ginebra estaba cada vez más cerca, pero cuanto más avanzábamos hacia el norte, más fuerte era la sensación de que nos dirigíamos directamente hacia una trampa.
Yo iba sentada junto a Damián.
Gabriel viajaba detrás de nosotros.
Elena estaba en el segundo vehículo, acompañada por dos hombres de confianza.
Mi madre seguía desaparecida.
Y Luciano Ferri, el hombre que había sido uno de los mayores confidentes de Damián, había demostrado estar trabajando para nuestro enemigo.
Nada tenía sentido.
Pero había una frase que no podía dejar de repetir en mi cabeza.
“Clara no es la heredera.”
La mujer de la fotografía había dicho que la verdadera heredera era la mujer que Damián amaba.
Yo.
No sabía qué significaba.
No sabía si aquello era una amenaza, una manipulación o una nueva mentira.
Pero sabía algo.
Rinaldi quería destruirnos.
Y había descubierto que el amor podía ser un arma.
—¿En qué piensas? —preguntó Damián.
Miré por la ventana.
—En todo.
—Eso no es una respuesta.
—Es la única que tengo.
Damián me observó.
—Estás asustada.
—Sí.
—Yo también.
Lo miré sorprendida.
—¿Tú?
—Sí.
—Nunca dices eso.
—Estoy aprendiendo a decir la verdad.
—¿Por mí?
—Por mí.
Guardé silencio.
—Damián…
—¿Sí?
—Si todo esto termina mal…
—No.
—Déjame terminar.
—No.
—Necesito decirlo.
Él apretó la mandíbula.
—No quiero escucharte hablar como si fueras a morir.
—No estoy diciendo eso.
—Lo estás pensando.
—Quizá.
Damián tomó mi mano.
—Entonces escucha bien.
Me miró directamente.
—No voy a permitir que mueras.
—No puedes decidirlo.
—No.
Su pulgar recorrió suavemente mis dedos.
—Pero puedo decidir qué estoy dispuesto a hacer para impedirlo.
—¿Y qué estás dispuesto a hacer?
Sus ojos se oscurecieron.
—Todo.
Aquella palabra no sonó romántica.
Sonó como una promesa peligrosa.
—No quiero que te conviertas en un monstruo por mí.
—No lo haré.
—¿Cómo puedes estar seguro?
—Porque tú eres precisamente la razón por la que no quiero volver a serlo.
Sentí un nudo en la garganta.
—Entonces quizá ya me cambiaste.
—Quizá.
Sonreí apenas.
—No pareces muy feliz.
—Estoy aterrorizado.
—¿Por qué?
—Porque nunca había tenido algo que perder.
Me quedé mirándolo.
Damián desvió los ojos hacia la carretera.
—Ahora te tengo a ti.
No pude responder.
Durante unos kilómetros permanecimos en silencio.
Hasta que Gabriel habló desde el asiento trasero.
—Tenemos un problema.
Damián miró por el espejo.
—¿Qué ocurre?
—El segundo vehículo perdió contacto.
Damián frunció el ceño.
—¿Cuándo?
—Hace tres minutos.
—¿Ubicación?
—Cerca de Chambéry.
Damián tomó el teléfono.
Intentó llamar.
Nada.
—¿Qué significa? —pregunté.
—Que alguien los interceptó.
Gabriel miró por la ventana.
—O que están intentando hacernos creer eso.
Damián frenó ligeramente.
—¿Por qué?
—Porque Rinaldi sabe que reaccionarás inmediatamente si Elena está en peligro.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Y qué propones?
—No desviarnos.
Damián lo miró por el espejo.
—¿Quieres dejar a Elena?
—No.
—Entonces…
—Quiero que sigamos hacia Ginebra.
—¿Y si la tienen?
—Entonces querrán que vayamos por ella.
—Exactamente.
Gabriel asintió.
—Por eso debemos obligarlos a mostrar su posición.
Yo intervine.
—¿Cómo?
Gabriel me miró.
—Utilizándote a ti.
Damián se tensó.
—No.
—Ni siquiera sabes lo que iba a decir.
—No me importa.
—Clara es la única persona que Rinaldi quiere viva.
—Precisamente.
—Entonces podemos enviar una señal falsa.
Damián pensó unos segundos.
—Explícate.
—Haremos creer que Clara está viajando en el segundo vehículo.
—¿Y nosotros?
—Continuamos hacia Ginebra.
—¿Y Elena?
—Si Rinaldi cree que Clara está en el segundo vehículo, tendrá que reaccionar.
Damián negó.
—No voy a utilizar a Clara como cebo.
Lo miré.
—Yo sí.
Damián se volvió hacia mí.
—No.
—Escúchame.
—No.
—Damián.
—He dicho que no.
—No puedes protegerme encerrándome en una caja.
—No intento encerrarte.
—Sí lo haces.
—Intento mantenerte viva.
—Y yo intento ayudarte a conseguirlo.
Damián guardó silencio.
—Si soy realmente la pieza que todos necesitan, entonces puedo hacer algo con eso.
—¿Qué?
—Puedo elegir cómo utilizarlo.
Gabriel sonrió ligeramente.
—Tiene razón.
Damián lo fulminó con la mirada.
—No te metas.
—Solo digo la verdad.
—La verdad es que si alguien la toca…
—Lo sé —respondió Gabriel—. Lo sé mejor que nadie.
Damián respiró profundamente.
—No me gusta.
—A mí tampoco —dije.
—Entonces no lo haremos.
—Sí lo haremos.
Me miró.
—¿Por qué eres tan terca?
—Porque aprendí de ti.
Una sonrisa apareció en sus labios.
—Eso es preocupante.
—Mucho.
El plan se puso en marcha.
Uno de los vehículos tomó una ruta diferente.
Transmitimos una señal falsa.
Yo no iba en él.
Pero hicimos creer que sí.
Damián continuó hacia Ginebra conmigo y Gabriel.
Durante casi una hora no ocurrió nada.
Entonces recibimos una llamada.
—¿Sí? —respondió Damián.
Una voz masculina habló.
—Has aprendido a esconderla.
Damián reconoció la voz.
—Luciano.
—Sí.
—¿Dónde está Elena?
—Viva.
—Devuélvemela.
—No puedo.
—Entonces te encontraré.
Luciano rio.
—Eso es exactamente lo que quiero.
Damián apretó el teléfono.
—¿Qué quieres?
—A Clara.
—No.
—Entonces Elena muere.
Sentí que el corazón se me detenía.
Damián me miró.
—No vas a tocarla.
—No estoy hablando contigo.
Luciano volvió a hablar.
—Clara.
Me incliné hacia el teléfono.
—Estoy aquí.
Damián negó con la cabeza.
Pero ya era tarde.
—Sabía que lo harías —dijo Luciano.
—¿Qué quieres?
—Que vayas a Ginebra.
—Ya voy.
—No con Damián.
—No.
—Entonces Elena muere.
—¿Por qué la quieres?
—Porque ella tiene algo que necesito.
—La otra parte de la lista.
—Exactamente.
—Y yo tengo otra.
—Sí.
—¿Y la tercera?
Luciano guardó silencio.
Gabriel intervino.
—La tengo yo.
Luciano se quedó callado.
—Gabriel Varela.
—Me conoces.
—Mucho más de lo que imaginas.
—Entonces sabes que no vas a conseguir la tercera pieza.
—No la necesito.
Damián lo miró.
—¿Por qué?
—Porque la tercera pieza nunca fue necesaria.
Gabriel frunció el ceño.
—Mientes.
—No.
—Entonces ¿qué quieres?
—La memoria de Clara.
Mi respiración se detuvo.
Damián tomó el teléfono.
—No.
Luciano rio.
—Siempre dices lo mismo.
—Porque siempre tendrás la misma respuesta.
—Veremos.
La llamada terminó.
Damián arrojó el teléfono sobre el asiento.
—No vamos a Ginebra.
—¿Qué?
—Vamos a Chambéry.
—¿Por Elena?
—Sí.
Gabriel negó.
—Es lo que quieren.
—Lo sé.
—Entonces…
—Por eso cambiaremos el plan.
Giró el volante.
El automóvil tomó una salida.
—¿A dónde vamos? —pregunté.
—A buscar a alguien.
—¿A quién?
—A una persona que puede ayudarnos a encontrar a Luciano.
—¿Quién?
Damián tardó unos segundos en responder.
—Un hombre llamado Étienne Moreau.
Gabriel levantó la cabeza.
—No.
—¿Lo conoces?
—Sí.
—¿Quién es?
—El antiguo abogado de Vittorio.
Damián asintió.
—Y probablemente el único hombre que conoce todos sus negocios.
—¿Es confiable?
—No.
—Entonces ¿por qué vamos?
—Porque sabe dónde está Rinaldi.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Rinaldi intentó matarlo hace seis años.
Llegamos a un pequeño pueblo francés al caer la tarde.
La lluvia comenzó a golpear el parabrisas.
La casa de Étienne estaba al final de un camino estrecho.
Damián estacionó.
—Quédate aquí.
—No.
—Clara.
—Ya sabes.
Damián suspiró.
—Ven.
Entramos.
La casa estaba vacía.
Damián sacó el arma.
—¿Étienne?
Nadie respondió.
Gabriel encontró un vaso sobre la mesa.
—Está aquí.
—¿Cómo sabes?
—Todavía está caliente.
Un ruido apareció en el piso superior.
Damián levantó el arma.
Subimos.
Una puerta estaba abierta.
Dentro había un hombre sentado.
Cabello gris.
Rostro cansado.
Una herida en la frente.
—Damián Varela —dijo.
—Étienne Moreau.
—Llegas tarde.
—¿Dónde está Luciano?
El hombre sonrió.
—No sé.
—No me mientas.
—No te estoy mintiendo.
—¿Dónde está Rinaldi?
—Tampoco lo sé.
Damián se acercó.
—Entonces dime algo útil.
Étienne miró hacia mí.
—Ella.
—¿Qué pasa conmigo?
—Eres igual a tu madre.
Sentí un escalofrío.
—¿Conoció a mi madre?
—Sí.
—¿Y a mi padre?
—También.
—¿Qué sabe de ellos?
Étienne se levantó lentamente.
—Más de lo que debería.
—Entonces hable.
—No aquí.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué?
Étienne señaló las paredes.
—Porque esta casa tiene micrófonos.
Gabriel miró alrededor.
—¿Desde cuándo?
—Desde hace tres días.
Damián sacó su teléfono.
—Entonces tenemos poco tiempo.
Étienne asintió.
—Sí.
—¿Quién los puso?
—Luciano.
—¿Cómo sabes?
—Porque él me llamó.
—¿Qué quería?
—Información sobre Clara.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Qué información?
—La misma que busca Rinaldi.
—¿La memoria?
—Sí.
—¿Por qué?
Étienne miró a Clara.
—Porque la memoria contiene el nombre del verdadero fundador de la organización.
Damián quedó inmóvil.
—Vittorio.
Étienne negó.
—No.
—¿Entonces?
—Alessandro.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi padre?
—Sí.
—¿Él fundó la organización?
—No exactamente.
—Explíquese.
Étienne respiró profundamente.
—Tu padre descubrió que existía una organización clandestina mucho antes de que Vittorio entrara en ella.
—¿Quién la fundó?
—Un grupo de familias europeas.
—¿Cuáles?
—No importa.
—Sí importa.
—Porque la organización ya no existe.
Damián intervino.
—Entonces ¿por qué Rinaldi sigue luchando por ella?
—Porque quiere reconstruirla.
—¿Con la lista?
—Con la lista y con la memoria de Clara.
—¿Qué contiene?
Étienne miró a Damián.
—El nombre del hombre que puede abrir las cuentas ocultas.
—¿Quién?
—El verdadero heredero.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Quién?
Étienne miró a Clara.
—Ella.
Mi corazón se detuvo.
—¿Yo?
—Sí.
Damián dio un paso.
—¿Por qué?
—Porque Alessandro Bellini utilizó el ADN de Clara para crear la clave.
—Eso es imposible.
—No.
—¿Cómo?
—Tu padre era brillante.
—¿Y por qué hacerme parte de esto?
—Porque sabía que algún día moriría.
Sentí lágrimas en los ojos.
—Entonces nunca fui una niña normal.
Étienne me miró con tristeza.
—Tu padre hizo todo lo posible para que lo fueras.
—Pero fracasó.
—No.
—¿No?
—Te dio veinticinco años de normalidad.
—Y ahora…
—Ahora debes decidir qué hacer con la verdad.
Damián tomó mi mano.
—No estás sola.
Étienne los observó.
—Eso es precisamente lo que más teme Rinaldi.
—¿Qué?
—Que ella tenga a alguien por quien luchar.
Damián miró hacia mí.
—¿Por qué?
—Porque el amor puede romper una programación.
Gabriel levantó la cabeza.
—¿Programación?
Étienne asintió.
—La memoria de Clara no está bloqueada de manera natural.
—¿Entonces?
—Fue condicionada.
Mi corazón se aceleró.
—¿Quién?
—Tu padre.
—¿Por qué?
—Para impedir que alguien pudiera obligarte a recordar.
—¿Cómo?
—Creó un recuerdo falso.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué recuerdo?
Étienne me miró.
—El incendio.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué?
—No recuerdas el incendio completo porque nunca lo viviste como crees.
—¿Entonces qué recuerdo?
—Una versión fabricada.
—No.
—Sí.
—Yo vi a mi padre.
—Sí.
—Vi las llamas.
—Sí.
—Vi al hombre del anillo.
—Sí.
—Entonces ¿qué fue real?
Étienne se acercó.
—Que hubo un incendio.
—¿Y lo demás?
—Parte fue implantado.
Me llevé las manos al rostro.
—No entiendo.
Damián se colocó frente a mí.
—Mírame.
Lo hice.
—Respira.
—No puedo.
—Sí puedes.
—No sé qué es verdad.
—Entonces lo descubriremos juntos.
Étienne habló.
—No deben quedarse aquí.
—¿Por qué?
—Porque ya vienen.
Un ruido de vehículos se escuchó afuera.
Damián miró por la ventana.
—¿Cuántos?
—Cinco —respondió Gabriel.
—Nos rodearon.
Damián sacó el arma.
—¿Hay otra salida?
Étienne señaló una puerta.
—Por el sótano.
—¿Y tú?
—Voy con ustedes.
Bajamos.
Los disparos comenzaron.
La casa tembló.
Damián me tomó de la mano.
—No te separes.
—No.
Llegamos a un túnel.
Étienne abrió una puerta.
—Esto conduce a una antigua bodega.
—Perfecto.
Avanzamos.
Pero escuchamos pasos detrás.
—Nos siguen —dijo Gabriel.
Damián se detuvo.
—Sigan ustedes.
—No.
—Clara…
—No voy a dejarte.
—Si vienen detrás, alguien debe detenerlos.
—No.
Damián me miró.
—Confía en mí.
—Confío.
—Entonces corre.
Gabriel me tomó del brazo.
—Vamos.
No quería irme.
Pero sabía que Damián necesitaba tiempo.
Corrimos.
Los disparos resonaron detrás.
Llegamos a la bodega.
Étienne cerró una puerta.
—Aquí.
—¿Dónde está Damián?
—Vendrá.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque es Damián Varela.
—Eso no me tranquiliza.
—Debería.
Esperamos.
Un minuto.
Dos.
Tres.
No apareció.
—No.
—Clara…
—Tengo que volver.
—No.
—¡Tengo que volver!
Étienne me sujetó.
—Si vuelves, morirás.
—¡Es él!
Gabriel me miró.
—Déjalo.
—No.
—Confía.
Entonces escuchamos pasos.
La puerta se abrió.
Damián apareció.
Herido.
La sangre recorría su camisa.
Corrí hacia él.
—¡Damián!
—Estoy bien.
—Estás sangrando.
—No es grave.
—Siempre dices eso.
Lo abracé.
Él cerró los ojos.
—Pensé que te había perdido.
—Estoy aquí.
—No vuelvas a hacer eso.
—¿Qué?
—Irte sin mí.
—No podía quedarme.
—No importa.
Me sostuvo con fuerza.
—No vuelvas a hacerlo.
—Está bien.
Étienne se acercó.
—Tenemos que irnos.
Damián asintió.
—Sí.
Salimos por una puerta trasera.
Un vehículo nos esperaba.
Subimos.
—¿Dónde está Luciano? —preguntó Damián.
Étienne miró hacia atrás.
—No lo sé.
—Entonces no sirvió de nada.
—Sí sirvió.
—¿Qué?
Étienne sacó un pequeño papel.
—Encontré esto en la casa.
Damián lo abrió.
Era una dirección.
Una propiedad en Ginebra.
—¿Rinaldi?
—Sí.
—¿Estás seguro?
—Completamente.
Damián miró el papel.
—Entonces vamos.
Pero antes de arrancar, mi teléfono vibró.
Número desconocido.
Un mensaje.
“Clara, si vas a Ginebra, conocerás a la mujer que te dio la vida.”
Me quedé inmóvil.
—Mi madre.
Damián tomó el teléfono.
—Es una trampa.
—Lo sé.
—No iremos.
—Sí iremos.
—Clara.
—Si tienen a mi madre, voy.
—No sola.
—No pensaba hacerlo.
Damián me miró.
—Eso espero.
El vehículo tomó la carretera hacia Ginebra.
Pero después de unos minutos, llegó otro mensaje.
Esta vez no era para mí.
Era para Damián.
“Si amas a Clara, tendrás que elegir.”
Apareció una fotografía.
Mi madre estaba junto a una mujer que nunca había visto.
Y detrás de ellas había una puerta.
Una puerta de hierro.
Debajo decía:
“Una mujer saldrá viva.”
Damián apretó el teléfono.
—¿Qué significa?
Étienne miró la fotografía.
Su rostro cambió.
—Esa puerta…
—¿Qué?
—La conozco.
—¿Dónde está?
Étienne respiró profundamente.
—Debajo de una antigua villa de los Varela.
Damián quedó inmóvil.
—Eso no existe.
—Sí existe.
—¿Dónde?
—Debajo de la mansión donde creciste.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Mi madre está en la mansión?
Étienne asintió.
—Sí.
Damián miró hacia adelante.
—Entonces regresamos a casa.
—No —dijo Gabriel.
—¿Por qué?
—Porque si Rinaldi quiere que volvamos a la mansión, es porque allí está la respuesta.
Damián lo miró.
—Y quizá la trampa.
—Exactamente.
Yo apreté su mano.
—Vamos.
Damián me miró.
—¿Estás segura?
—No.
—Entonces…
—Pero mi madre está allí.
Damián asintió.
—Vamos.
La noche cayó sobre Europa mientras regresábamos hacia la propiedad que había sido el hogar de Damián.
La misma mansión donde todo había comenzado.
La misma casa donde Elena había aparecido con un arma.
La misma casa donde descubrimos la primera parte del secreto.
Y ahora, según Étienne, bajo sus cimientos se encontraba una habitación que nadie había mencionado jamás.
Una habitación donde estaba mi madre.
Y quizá también la verdad.
Horas después, llegamos.
La mansión parecía completamente vacía.
Demasiado vacía.
Las puertas estaban abiertas.
No había guardias.
No había vehículos.
No había luces.
Damián bajó primero.
—Esto no me gusta.
—A mí tampoco —dije.
Entramos.
El silencio era absoluto.
—Mamá —llamé.
Nadie respondió.
Damián avanzó por el corredor.
—Isabelle.
Nada.
Llegamos al despacho.
Sobre el escritorio había una vela encendida.
Y una fotografía.
Damián la tomó.
Era una imagen de Vittorio.
Detrás había una inscripción.
“El hijo, las hijas y el hombre que nunca debía existir.”
Gabriel se acercó.
—Esto es reciente.
—Sí —respondió Damián.
De repente, una voz apareció por los altavoces.
—Bienvenidos a casa.
Damián levantó el arma.
—Rinaldi.
—No.
La voz hizo una pausa.
—Esta vez no soy yo.
Damián frunció el ceño.
—¿Quién eres?
—Alguien que ha esperado veinticinco años para hablar con ustedes.
Una puerta oculta se abrió detrás de la biblioteca.
Mi corazón se detuvo.
Una mujer apareció.
Cabello oscuro.
Rostro pálido.
Una cicatriz sobre la ceja.
Era idéntica a mi madre.
Pero no era ella.
La mujer me miró.
—Clara.
Yo retrocedí.
—¿Quién eres?
Ella sonrió.
—La mujer que te dio la vida.
Mi madre apareció detrás de ella.
—No…
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Mamá?
Mi madre lloraba.
—Clara, aléjate.
La mujer sonrió.
—No tengas miedo.
Damián se colocó delante de mí.
—Aléjate de ella.
La mujer lo miró.
—Tú debes ser Damián.
—Sí.
—El hijo de Vittorio.
—Sí.
Ella sonrió.
—Entonces finalmente están todos juntos.
Gabriel levantó el arma.
—¿Quién eres?
La mujer lo miró.
—Tu madre.
Gabriel palideció.
Elena apareció detrás de nosotros.
—No puede ser.
La mujer sonrió.
—Sí puede.
Mi madre gritó:
—¡Es una mentira!
La mujer levantó una pequeña caja.
—Entonces explícale esto.
Abrió la caja.
Dentro había tres fotografías.
Una de Gabriel.
Una de Elena.
Y una mía.
Pero había una cuarta.
Una fotografía de un bebé.
La mujer la levantó.
—Esta niña no es Clara.
Damián apretó mi mano.
—¿Qué estás diciendo?
La mujer miró directamente a mis ojos.
—Estoy diciendo que Clara murió la noche del incendio.
Sentí que el mundo desaparecía.
—No.
—Tú no eres Clara Bellini.
—¡Cállate!
—Eres la hija que todos creyeron muerta.
—No.
—Y el nombre que te dieron…
La mujer sonrió.
—No era Clara.
Mi madre comenzó a llorar.
—No la escuches.
La mujer pronunció entonces una frase que hizo que Damián se quedara completamente inmóvil.
—Tu verdadero nombre es Valentina Varela.
Silencio.
Nadie respiró.
Damián me miró.
Yo lo miré.
Y por primera vez desde que lo conocía, vi auténtico terror en sus ojos.
Porque si aquella mujer decía la verdad, yo no era simplemente la mujer que había cambiado su vida.
Yo llevaba la sangre de la familia que él había jurado destruir.
Y quizá nuestra historia de amor había comenzado sobre una mentira mucho más antigua que nosotros.