—Tu verdadero nombre es Valentina Varela.
Las palabras quedaron suspendidas en el aire como una sentencia.
No podía moverme.
No podía respirar.
No podía siquiera apartar los ojos de aquella mujer.
Valentina.
Varela.
Dos palabras que parecían pertenecer a otra persona.
A una desconocida.
A una vida que no recordaba.
—No —susurré.
Mi propia voz sonó extraña.
—No soy Valentina.
La mujer inclinó ligeramente la cabeza.
—Eso es lo que te hicieron creer.
—Mi nombre es Clara.
—Ese fue el nombre que te dieron.
—Mi padre me llamó Clara.
—Alessandro Bellini te llamó así para protegerte.
—Él era mi padre.
—Sí.
La respuesta me desconcertó.
—Entonces no entiendo.
—No necesitas entenderlo todo esta noche.
—¡Sí necesito entenderlo!
Mi grito resonó por la mansión.
Damián seguía delante de mí.
No había bajado el arma.
Sus ojos permanecían clavados en aquella mujer.
—Quiero una prueba —dijo.
La mujer sonrió.
—Sabía que la pedirías.
—No voy a creer una palabra hasta verla.
—Entonces tendrás que escuchar a Isabelle.
Mi madre comenzó a llorar.
—No la escuches.
Me giré hacia ella.
—Mamá…
—Clara, por favor.
—¿Es verdad?
Ella no respondió.
—Mírame.
Mi madre levantó los ojos.
—¿Es verdad que yo no soy Clara?
Su rostro se quebró.
—Sí.
Sentí que algo dentro de mí se rompía.
—¿Desde cuándo lo sabes?
—Desde el principio.
—¿Desde que nací?
—Sí.
—Entonces toda mi vida…
Mi voz se apagó.
—Toda mi vida fue una mentira.
Mi madre dio un paso hacia mí.
—No.
—¿No?
—Fue una mentira para salvarte.
—¡Me mentiste!
—Porque te amaba.
—¡No tenías derecho!
—Lo sé.
—¡No tenías derecho a decidir quién era yo!
Las lágrimas comenzaron a recorrer su rostro.
—Tenía miedo de perderte.
—¿Y ahora qué?
—Ahora tengo miedo de que me odies.
No pude responder.
Damián bajó lentamente el arma.
—Necesitamos sentarnos.
—No quiero sentarme.
—Clara…
—No me llames así.
Él se quedó inmóvil.
Me arrepentí inmediatamente.
—Damián…
—Está bien.
—No quise decirlo.
—Lo sé.
La mujer que había aparecido detrás de la biblioteca observaba la escena en silencio.
Gabriel permanecía completamente pálido.
Elena parecía incapaz de procesar lo que estaba ocurriendo.
—¿Quién eres realmente? —preguntó Gabriel.
La mujer lo miró.
—Mi nombre es Sofia Varela.
Gabriel dio un paso atrás.
—No.
—Sí.
—Mi madre murió.
—Eso fue lo que Vittorio quiso que creyeras.
Elena negó lentamente.
—¿Por qué?
Sofia la miró.
—Porque si ustedes descubrían que yo estaba viva, todos morirían.
—¿Quiénes?
—Todos los que participaron en la conspiración.
Damián intervino.
—Quiero la verdad completa.
Sofia lo observó.
—Tienes los ojos de Vittorio.
—No soy él.
—Lo sé.
—Entonces no me compares con él.
—No lo hago.
Sofia miró hacia mí.
—Te pareces a tu padre.
Me estremecí.
—¿A cuál?
Ella guardó silencio.
—A ambos.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa eso?
—Significa que tu historia es más complicada de lo que imaginas.
Damián se acercó a mí.
—Quédate conmigo.
Lo miré.
—No sé quién soy.
—No importa.
—Sí importa.
—No para mí.
—¿Cómo puedes decir eso?
—Porque te conocí antes de conocer tu apellido.
Sentí que los ojos se me llenaban de lágrimas.
—Pero si soy una Varela…
—Sigues siendo tú.
—Quizá no.
Damián tomó mi rostro entre sus manos.
—Escúchame.
—¿Qué?
—Yo no me enamoré de un apellido.
—Damián…
—Me enamoré de la mujer que conocí.
—Pero esa mujer quizá nunca existió.
—Sí existió.
—¿Cómo puedes estar tan seguro?
—Porque la tengo delante.
Sus palabras me atravesaron.
—No sé qué hacer.
—No tienes que decidirlo ahora.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—¿De mí?
—De perderte.
Aparté la mirada.
—No quiero que esto cambie lo que sientes.
—Ya cambió.
—¿Cómo?
—Ahora tengo una razón más para protegerte.
—No necesito que me protejas.
—Lo sé.
—Entonces…
—Pero necesito hacerlo.
—¿Por qué?
Damián respiró profundamente.
—Porque por primera vez en mi vida proteger a alguien no significa obedecer órdenes ni defender un apellido.
Me miró.
—Significa amar.
El silencio fue absoluto.
Sofia rompió aquel momento.
—Eso es precisamente lo que Vittorio temía.
Damián se volvió.
—¿Qué temía?
—Que tú amaras a Valentina.
—¿Por qué?
—Porque sabía que el amor podía hacerte traicionar su legado.
Damián frunció el ceño.
—¿Mi padre sabía que ella existía?
—Desde antes de que nacieras.
—¿Y por qué nunca me lo dijo?
—Porque tú eras parte del plan.
—¿Qué plan?
Sofia respiró profundamente.
—Vittorio quería que tú heredases el imperio.
Damián apretó la mandíbula.
—Eso ya lo sabía.
—No sabes lo importante.
—Entonces habla.
Sofia miró hacia mí.
—Quería que te casaras con Valentina.
Sentí que el corazón se me detuvo.
Damián quedó completamente inmóvil.
—¿Qué?
—Vittorio había decidido que unirlos era la manera de consolidar el poder de las dos ramas de la familia.
—Eso es imposible.
—No.
—Ella y yo…
—No sabías quién era.
—Pero…
—Precisamente.
Damián negó lentamente.
—Entonces todo lo que ocurrió…
—No estaba previsto.
—¿Qué no estaba previsto?
Sofia sonrió con tristeza.
—Que ustedes se enamoraran de verdad.
No pude evitar retroceder.
—No.
—Sí.
—¿Quieres decir que nos hicieron encontrarnos?
—No exactamente.
—Entonces ¿cómo?
—Alessandro te protegió.
—¿Y Damián?
—Vittorio lo vigiló durante años.
—¿Por qué?
—Porque quería asegurarse de que el heredero no se desviara.
Damián cerró los ojos.
—Mi vida fue una manipulación.
—Sí.
—Mi padre…
—Era un hombre obsesionado con el poder.
—¿Y yo?
Sofia lo miró.
—Tú eras su mayor proyecto.
Damián soltó una risa amarga.
—Qué orgulloso estaría.
—No.
—¿No?
—Porque tú cambiaste.
—¿Por qué?
Sofia me miró.
—Por ella.
Sentí un escalofrío.
—¿Yo?
—Sí.
Damián no dijo nada.
—Tu padre sabía que Valentina tenía algo que nadie más poseía.
—¿Qué?
—La capacidad de hacerte elegir entre el poder y el amor.
Damián apretó la mandíbula.
—Y elegí.
—Todavía no.
—¿Qué quieres decir?
Sofia señaló hacia la biblioteca.
—Porque antes de elegir tendrás que conocer toda la verdad.
Gabriel se acercó.
—¿Dónde está la prueba?
Sofia sacó una pequeña llave.
—Debajo del despacho de Vittorio.
Damián frunció el ceño.
—Ese lugar está sellado.
—No para mí.
—¿Qué hay allí?
—El archivo original.
—¿La lista?
—Algo más peligroso.
—¿Qué?
—El testamento de Vittorio.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Un testamento?
—Sí.
—¿Qué dice?
Sofia me miró.
—Quién debía heredar.
—¿Y quién es?
—No lo sé.
—¿Cómo que no?
—Porque el documento está protegido por una clave.
—¿La memoria de Clara?
—No.
—Entonces ¿qué?
Sofia levantó la llave.
—Su sangre.
Mi corazón volvió a acelerarse.
—¿Mi sangre?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Vittorio no confiaba en nadie.
—Entonces ¿cómo se abre?
—Con la sangre de sus tres hijos.
Elena levantó la cabeza.
—¿Los tres?
Sofia asintió.
—Tú.
Después señaló a Gabriel.
—Él.
Finalmente me miró.
—Y ella.
Damián dio un paso.
—Entonces debemos reunirlos.
—Ya están aquí.
—¿Y qué falta?
Sofia miró hacia mí.
—La llave.
—¿Cuál?
—El colgante.
Me llevé la mano al cuello.
—¿Este?
—Sí.
Damián miró el collar.
—La primera vez que lo vimos pensé que era una cápsula.
—Lo es.
—¿Qué contiene?
Sofia respondió:
—Una muestra de sangre.
Sentí un escalofrío.
—¿Mía?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Vittorio necesitaba asegurarse de que tú fueras realmente su hija.
—Entonces…
—Sí.
—¿Yo soy hija de Vittorio?
Sofia asintió.
—Sí.
—¿Y quién es mi madre?
La mujer que tenía delante guardó silencio.
Mi corazón se aceleró.
—Dímelo.
Sofia miró a Isabelle.
—Ella.
Me giré.
Mi madre cerró los ojos.
—Sí.
—Entonces ¿por qué dijiste que yo no era Clara?
—Porque Clara murió.
—¿Cuándo?
—La noche del incendio.
—¿Y yo?
—Tú sobreviviste.
—¿Quién era Clara?
Mi madre comenzó a llorar.
—La hija de una mujer que murió protegiéndote.
—¿Quién?
Sofia respondió:
—Mi hija.
Elena dio un paso atrás.
—¿Qué?
Sofia la miró.
—Clara era hija de Sofia.
—Entonces…
—Ella y Valentina nacieron con pocos meses de diferencia.
Mi cabeza daba vueltas.
—¿Y me intercambiaron con ella?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Vittorio había decidido cuál de sus hijas debía morir.
—¿Cuál?
Sofia cerró los ojos.
—Valentina.
Sentí que el cuerpo se me paralizaba.
—¿Por qué?
—Porque eras la hija que podía destruir su imperio.
—¿Y Clara?
—No era una Varela.
—Entonces ¿por qué murió?
—Porque estaba en el lugar equivocado.
Sentí una punzada en el pecho.
—Me dieron su nombre.
—Sí.
—Y ella murió.
—Sí.
—¿Y todos pensaron que yo era ella?
—Sí.
Damián intervino.
—Entonces Clara Bellini nunca existió realmente.
Sofia lo miró.
—Existió.
—Pero murió.
—Sí.
—Y Valentina Varela tomó su lugar.
—Sí.
Damián me miró.
—Entonces la mujer que yo conocí como Clara…
No pudo terminar.
Me acerqué.
—Sigo siendo yo.
Damián sostuvo mi mirada.
—Sí.
—No importa cómo me llamaron.
—No.
—No importa qué sangre tenga.
—No.
—No importa qué apellido me pertenezca.
—No.
—Entonces dime quién soy.
Damián se acercó.
—La mujer que amo.
Las lágrimas cayeron por mis mejillas.
—Eso es lo único que necesito recordar.
Damián me abrazó.
Durante unos segundos olvidé todo.
La familia.
La mafia.
La venganza.
Los muertos.
La lista.
Solo existíamos nosotros.
Hasta que un disparo rompió el silencio.
Damián me cubrió.
—¡Todos al suelo!
El cristal de una ventana explotó.
Gabriel respondió al fuego.
Elena se refugió detrás de una columna.
Sofia desapareció hacia la biblioteca.
Mi madre cayó al suelo.
—¡Mamá!
Corrí hacia ella.
Damián me agarró.
—¡No!
—¡Está herida!
—¡Espera!
Damián miró hacia ella.
La bala había golpeado el suelo junto a su cuerpo.
No estaba herida.
—¡Fue una advertencia! —dijo Gabriel.
—¿De quién? —pregunté.
Una voz salió de los altavoces.
—De mí.
Luciano.
Damián levantó la mirada.
—Sal.
—Todavía no.
—¡Luciano!
—¿Te acuerdas de mí, Clara?
Sentí un escalofrío.
—Sí.
—Entonces sabes que nunca quise hacerte daño.
—¿Por qué trabajas para Rinaldi?
—No trabajo para Rinaldi.
Damián frunció el ceño.
—¿Entonces?
—Trabajo para alguien mucho más importante.
—¿Quién?
Luciano rio.
—Para el verdadero heredero.
Gabriel apretó el arma.
—Yo soy uno de los hijos de Vittorio.
—No.
—¿Entonces quién?
—La heredera no es ninguno de ustedes.
Sofia apareció nuevamente.
—¡Miente!
Luciano respondió:
—Pregúntale a tu madre.
Sofia palideció.
Damián miró hacia mí.
—¿Qué está pasando?
Luciano continuó:
—Valentina, quiero que recuerdes una cosa.
—¿Qué?
—Tu padre no murió aquella noche.
Sentí que la sangre desaparecía de mi rostro.
—¿Qué?
—Alessandro Bellini sobrevivió.
Mi madre gritó:
—¡No!
—Sí.
—¡Eso es imposible!
—No para mí.
Damián levantó la voz.
—¿Dónde está?
—Muy cerca.
—Dímelo.
—No.
—Entonces te encontraré.
Luciano rio.
—Eso es lo que esperaba.
La comunicación terminó.
Damián miró a todos.
—Necesitamos encontrar a Alessandro.
Mi madre comenzó a llorar.
—No puede estar vivo.
—¿Por qué? —pregunté.
Ella me miró.
—Porque yo lo vi morir.
—¿Lo viste?
—Sí.
—Entonces Luciano miente.
Sofia negó.
—No necesariamente.
—¿Qué quieres decir?
—Porque yo también recibí una carta de Alessandro después del incendio.
Mi madre quedó paralizada.
—¿Qué?
—Una carta fechada tres años después.
—No.
—La tengo.
Sofia sacó un sobre.
Damián lo tomó.
—¿Por qué nunca la mostraste?
—Porque pensé que era una trampa.
—¿Qué decía?
Damián abrió el sobre.
Leyó en silencio.
—¿Qué?
Me entregó la carta.
Reconocí inmediatamente la letra.
La letra de mi padre.
“Isabelle, si estás leyendo esto, significa que no pude regresar.”
Sentí que las lágrimas aparecían.
“Protege a Valentina.”
Mi corazón se detuvo.
“Y nunca permitas que descubra quién soy realmente.”
Seguí leyendo.
“Porque si ella descubre la verdad, vendrán por ella.”
Había una última línea.
“Y si algún día conoce a Damián Varela, no lo alejes de ella.”
Miré a Damián.
—¿Por qué?
Él no respondió.
La carta continuaba.
“Él será la única persona capaz de salvarla de lo que yo hice.”
Me quedé inmóvil.
—¿Qué hiciste, papá?
No hubo respuesta.
Solo una firma.
Alessandro.
Damián tomó la carta.
—Esto cambia todo.
—¿Por qué?
—Porque tu padre sabía que algún día nos conoceríamos.
—¿Y sabía que me enamoraría de ti?
—No.
—Entonces…
—Sabía que yo tendría que elegir.
—¿Entre qué?
Damián levantó la mirada.
—Entre vengarme de tu familia o salvarte.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Y qué elegiste?
—Todavía estoy eligiendo.
Me acerqué.
—Damián.
—¿Sí?
—Mírame.
Lo hizo.
—No quiero que me ames porque alguien lo escribió en una carta.
—No lo hago.
—Entonces dime por qué.
Damián tomó mi mano.
—Porque cuando no sabía quién eras, ya te necesitaba.
—¿Y ahora que lo sabes?
—Ahora te necesito más.
—Eso suena peligroso.
—Lo es.
—¿Para mí?
—Para cualquiera que intente separarnos.
Mi madre se acercó.
—Tenemos que irnos.
Damián negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque esta casa ya no es segura.
—Precisamente.
—No vamos a escapar.
—¿Qué propones?
Damián miró hacia el despacho.
—Abriremos el archivo.
Sofia asintió.
—Es hora.
—¿Y si Rinaldi viene?
—Vendrá.
—¿Y Luciano?
—También.
—Entonces que vengan.
Damián tomó mi mano.
—Esta vez no correremos.
Descendimos por una escalera oculta.
El sótano estaba completamente oscuro.
Las paredes eran de piedra antigua.
Al fondo había una puerta de hierro.
Tenía tres pequeñas cavidades.
Sofia colocó la llave.
—Ahora necesitamos la sangre.
Elena se acercó primero.
Una pequeña gota cayó sobre la primera cavidad.
Gabriel hizo lo mismo.
La tercera era para mí.
Dudé.
Damián me miró.
—No tienes que hacerlo si no quieres.
—Sí quiero.
Pinché ligeramente mi dedo.
Una gota cayó.
La puerta comenzó a vibrar.
Después se abrió.
Dentro había una habitación enorme.
Estantes llenos de documentos.
Cajas.
Fotografías.
Discos.
Libros.
Y en el centro, una mesa.
Sobre ella había un solo sobre.
Tenía mi nombre.
No Clara.
No Valentina.
Solo una palabra.
“HIJA.”
Lo tomé.
Damián permaneció a mi lado.
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía.
Mi padre.
Vittorio.
Sofia.
Isabelle.
Y un quinto hombre.
Me quedé helada.
—Lo conozco.
Damián miró la fotografía.
—¿Quién es?
—Es el hombre que estaba en mi recuerdo.
—¿El del incendio?
—Sí.
—¿Estás segura?
—Sí.
Señalé su rostro.
—Él estaba allí.
Sofia miró la fotografía.
Su expresión cambió.
—No puede ser.
—¿Quién es?
Sofia susurró:
—El hombre que fundó todo.
—¿Su nombre?
Sofia tragó saliva.
—Octavio Moretti.
Damián se quedó inmóvil.
—Moretti.
Gabriel se acercó.
—Entonces el verdadero conflicto…
—Comenzó mucho antes de Vittorio —dijo Sofia.
Yo observé la fotografía.
Y entonces algo regresó a mi memoria.
Una habitación.
Una voz.
Una mano.
Una frase.
“No eres mi hija.”
Sentí que las piernas me fallaban.
Damián me sostuvo.
—¿Qué ocurre?
—Recuerdo algo.
—¿Qué?
—La noche del incendio…
—¿Sí?
—Alessandro estaba hablando con ese hombre.
—¿Qué dijo?
Cerré los ojos.
—Dijo que yo no era su hija.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Y después dijo algo más.
—¿Qué?
Abrí los ojos.
—“Si descubre quién es realmente, todos morirán.”
Damián miró a Sofia.
—¿Qué significa eso?
Sofia estaba llorando.
—Significa que la verdad que buscamos no está en la sangre.
—¿Entonces dónde?
—En el nacimiento.
—¿Qué ocurrió cuando nació?
Sofia negó.
—No puedo decirlo.
—Tienes que hacerlo.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si lo digo, Rinaldi no tendrá que matarnos.
—¿Qué quieres decir?
Sofia miró hacia la puerta.
—Porque él ya estará aquí.
Un ruido metálico resonó en el pasillo.
Todos levantamos las armas.
Damián se colocó delante de mí.
La puerta comenzó a abrirse.
Una figura apareció lentamente.
Traje oscuro.
Guantes negros.
Una cicatriz junto al cuello.
Y una sonrisa que reconocí.
—Buenas noches, Damián.
Damián levantó el arma.
—Rinaldi.
Octavio Rinaldi sonrió.
—No he venido a matarlos.
—Entonces ¿para qué?
Rinaldi me miró.
—Para devolverte lo que te pertenece.
—¿Qué?
Sacó una fotografía.
La lanzó sobre la mesa.
La recogí.
Era una imagen de un bebé.
Mi respiración se detuvo.
En el reverso había una fecha.
El día de mi nacimiento.
Y debajo, una frase.
“Valentina murió antes de nacer.”
Levanté la mirada.
—¿Qué significa esto?
Rinaldi sonrió.
—Significa que tú no eres Valentina.
—¿Entonces quién soy?
Rinaldi dio un paso.
—Eso es exactamente lo que he venido a decirte.
Damián se interpuso.
—No te acercarás.
Rinaldi sonrió.
—Puedes protegerla todo lo que quieras.
—Lo haré.
—Pero cuando ella descubra quién es…
Rinaldi dejó escapar una pequeña risa.
—Será ella quien decida si quiere seguir a tu lado.
—¿Por qué?
—Porque tu padre y el mío hicieron un pacto.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué pacto?
Rinaldi me miró.
—Que la verdadera heredera jamás pertenecería a los Varela.
Mi corazón se aceleró.
—¿Quién es la heredera?
Rinaldi dio un paso atrás.
—Tú no.
—Entonces ¿quién?
La sonrisa desapareció de su rostro.
—La mujer que está detrás de ti.
Me giré.
Elena estaba allí.
Pálida.
Inmóvil.
Y sosteniendo en sus manos la segunda mitad de la lista.
—No —susurró Elena.
Rinaldi sonrió.
—Sí.
Damián la miró.
—Elena…
Ella comenzó a llorar.
—Yo tampoco sabía quién era.
Rinaldi levantó la voz.
—Porque Vittorio hizo creer a todos que la heredera era Valentina.
—¿Y no lo era?
—No.
—Entonces ¿quién?
Rinaldi señaló a Elena.
—Ella.
Damián quedó completamente inmóvil.
Yo sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies.
Elena dejó caer la lista.
Y desde algún lugar de la mansión se escuchó un disparo.
Después otro.
Y otro.
Las luces se apagaron.
Damián me agarró de la mano.
—¡Clara!
—No me llames así.
—¡No me importa cómo te llames!
Me miró en la oscuridad.
—¡Eres la mujer que amo!
Y en medio del caos, comprendí que quizá aquel era el único nombre que realmente importaba.
Pero entonces una voz salió desde los altavoces.
Una voz que reconocí inmediatamente.
Una voz que llevaba veinticinco años esperando volver a escuchar.
—Valentina.
Me quedé helada.
Era la voz de mi padre.
—Si estás escuchando esto, hija, significa que finalmente descubriste la verdad.
Damián levantó la mirada.
La grabación continuó.
—Y también significa que ya es demasiado tarde.
La puerta del archivo se cerró de golpe.
Y quedamos atrapados en la oscuridad.