La Mujer que lo cambió

Capítulo 10: Demasiado tarde

La puerta del archivo se cerró con un golpe seco.
Durante un segundo, nadie respiró.
La oscuridad nos envolvió por completo.
Y entonces la voz de mi padre volvió a escucharse desde los altavoces.
—Valentina…
Sentí que el corazón me golpeaba con tanta fuerza que pensé que Damián podía escucharlo.
—Si estás escuchando esto, hija, significa que finalmente descubriste la verdad.
Damián me tomó de la mano.
—Estoy aquí.
—No sé quién soy —susurré.
—No importa.
—Sí importa.
—Para mí no.
La grabación continuó.
—Y también significa que ya es demasiado tarde.
Un ruido metálico resonó detrás de nosotros.
Rinaldi había desaparecido.
—¿Dónde está? —preguntó Gabriel.
Nadie respondió.
Elena respiraba agitada.
Sofia permanecía inmóvil.
Mi madre lloraba en silencio.
Damián sacó una pequeña linterna.
—Todos juntos.
La luz recorrió lentamente la habitación.
Rinaldi ya no estaba.
Pero tampoco estaba la fotografía que había dejado sobre la mesa.
—Se fue —dijo Gabriel.
—No —respondió Damián.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque la puerta está cerrada desde dentro.
—Entonces…
Damián levantó la mirada hacia los conductos de ventilación.
—Salió por otro lugar.
—¿Y nos dejó aquí?
—Sí.
—¿Por qué?
Damián me miró.
—Porque quiere que escuchemos el resto de la grabación.
La voz de mi padre volvió a sonar.
—No confíes en las fotografías.
Sentí un escalofrío.
—No confíes en los nombres.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué está haciendo?
—No lo sé.
La voz continuó.
—Y sobre todo, no confíes en quien diga saber quién eres.
Miré a Sofia.
Después a mi madre.
Después a Elena.
Finalmente a Damián.
Todos podían estar mintiendo.
Incluso yo podía estar viviendo dentro de una mentira.
—Si has llegado hasta este archivo, significa que la primera parte de mi plan funcionó.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Plan?
—Sí.
—¿Qué plan? —pregunté a la grabación, sabiendo que no podía responderme.
—Durante años preparé un camino para ti. No porque quisiera convertirte en heredera. No porque quisiera que formaras parte de este mundo. Lo hice porque sabía que algún día vendrían por ti.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Quiénes?
La grabación siguió.
—Los hombres que creen que el poder pertenece a las familias que lo han controlado durante generaciones.
Damián me miró.
—Rinaldi.
—Moretti —añadió Gabriel.
—Varela —susurró Elena.
Mi madre negó.
—No todos.
La grabación continuó.
—Pero cometí un error.
La voz de mi padre se quebró ligeramente.
—Pensé que podría controlar el destino de mi hija.
Damián me apretó la mano.
—No pudo.
—No —susurré.
—Y entonces apareció alguien que no estaba en mis planes.
Mi corazón se aceleró.
—¿Quién?
La voz respondió:
—Damián.
Él quedó inmóvil.
—No.
—Sí —dijo Gabriel.
La grabación continuó.
—Vittorio creía que podía utilizar a su hijo para consolidar el futuro de nuestra familia. Yo creía que podía utilizarlo para proteger a Valentina. Ambos nos equivocamos.
Damián soltó una respiración lenta.
—¿Mi padre y Alessandro trabajaban juntos?
Mi madre respondió:
—Durante un tiempo.
—¿Y tú lo sabías?
—Sí.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque quería protegerte.
Damián soltó una risa amarga.
—Todos usan esa palabra para justificar sus mentiras.
La grabación continuó.
—Damián, si estás escuchando esto, quiero que comprendas algo.
Él levantó la mirada.
—No permitas que la sangre decida quién eres.
El silencio fue absoluto.
—No repitas mis errores.
Damián cerró los ojos.
—Demasiado tarde.
La grabación continuó.
—Si amas a Valentina, tendrás que aceptar que algún día ella descubrirá algo que puede destruirte.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué cosa? —susurré.
La voz de mi padre respondió:
—Que el hombre que destruyó a su verdadera familia fue alguien que ella ama.
Damián abrió los ojos.
—No.
Mi madre palideció.
—Alessandro…
La grabación se detuvo.
Una luz roja apareció en una esquina.
Después una cuenta regresiva.
00:09:58.
—¿Qué es eso? —pregunté.
Gabriel se acercó.
—Un temporizador.
—¿Para qué?
—No lo sé.
Damián comenzó a revisar las paredes.
—Tiene que haber una salida.
—Damián…
—No.
—Escúchame.
—No voy a perderte aquí.
—No sabemos si la habitación va a explotar.
—No pienso averiguarlo.
Elena observó la pared.
—Aquí.
—¿Qué?
—Hay una inscripción.
Damián iluminó el lugar.
Tres símbolos estaban tallados en la piedra.
Una serpiente.
Una cruz.
Y una corona.
—¿Qué significan? —pregunté.
Sofia respondió:
—Las tres ramas.
—¿Varela, Bellini y Moretti?
—Sí.
Gabriel tocó la corona.
—No se mueve.
Elena presionó la serpiente.
Nada.
Yo miré la cruz.
Sin saber por qué, acerqué la mano.
La pared vibró.
Todos se quedaron inmóviles.
—Clara…
Miré a Damián.
—No me llames así.
—Perdón.
—Está bien.
Presioné la cruz.
Una sección de la pared se abrió.
Detrás había un estrecho pasadizo.
Damián me miró.
—Tú primero.
—¿Por qué?
—Porque si hay una trampa, prefiero que me dispare a mí.
—No.
—No discutas.
—No voy a dejarte atrás.
—Entonces iremos juntos.
Entramos.
El pasadizo descendía bajo la mansión.
La humedad impregnaba las paredes.
Detrás de nosotros, el temporizador continuaba avanzando.
00:08:41.
—¿Cuánto falta? —pregunté.
—Demasiado poco —respondió Gabriel.
Avanzamos rápidamente.
Llegamos a una cámara circular.
En el centro había una mesa de piedra.
Sobre ella descansaba una caja metálica.
Damián se acercó.
—No la toques —dijo Sofia.
—¿Por qué?
—Porque todo lo que Vittorio escondía tenía una protección.
—Entonces ¿cómo la abrimos?
Sofia miró hacia mí.
—Quizá con ella.
Damián negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque ya ha hecho suficiente.
Lo miré.
—Puedo hacerlo.
—No.
—Damián.
—No quiero que sigas pagando por los secretos de nuestros padres.
—Pero quiero conocerlos.
Él sostuvo mi mirada.
—Entonces no lo harás sola.
—Nunca lo hago.
Damián tomó mi mano.
La apoyó sobre la caja.
No ocurrió nada.
—Tal vez necesita sangre —dijo Gabriel.
Me pinché ligeramente el dedo.
Una gota cayó sobre el metal.
La caja se abrió.
Dentro había un pequeño dispositivo y una fotografía.
Tomé la fotografía.
Era de mi padre.
Pero no estaba solo.
A su lado aparecía un hombre.
Damián palideció.
—¿Quién es?
Él no respondió.
—Damián.
—Es mi tío.
—¿Tu tío?
—El hermano de Vittorio.
—Pensaba que no existía.
—Eso pensaba yo.
Gabriel tomó la fotografía.
—Entonces el tercer heredero no era el único secreto.
El dispositivo comenzó a emitir un sonido.
Una pantalla se encendió.
Apareció un nombre:
“PROYECTO VALENTINA.”
Sentí que el estómago se me cerraba.
—No quiero verlo.
Damián me miró.
—Puedes irte.
—No.
—Entonces lo veremos juntos.
Presionó la pantalla.
Apareció un video.
Mi padre estaba sentado frente a una cámara.
Pero esta vez parecía mucho más joven.
—Valentina, si estás viendo esto, ya conoces parte de la verdad.
Hizo una pausa.
—Pero todavía no conoces la peor parte.
Sentí un escalofrío.
—Tu nacimiento no fue accidental.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué?
Mi padre continuó.
—Vittorio y yo hicimos un pacto antes de que nacieras.
Mi madre cerró los ojos.
—No…
—Decidimos que uno de nuestros hijos tendría que convertirse en el heredero absoluto.
La imagen cambió.
Aparecieron tres fotografías.
Elena.
Gabriel.
Y yo.
—Pero Vittorio no confiaba en ninguno de ustedes.
La pantalla mostró una cuarta fotografía.
Era un bebé.
—Por eso creó una cuarta posibilidad.
Damián se inclinó.
—¿Quién es ese bebé?
Mi padre continuó.
—El cuarto heredero.
Sentí que el corazón se detenía.
—No…
Elena negó.
—Eso no puede ser.
Gabriel miró la pantalla.
—Entonces no somos tres.
Mi padre continuó.
—Durante años creí que el cuarto heredero había muerto.
La imagen cambió.
Apareció una mujer.
Cabello oscuro.
Ojos claros.
Una cicatriz junto al cuello.
Reconocí el rostro.
Era la mujer que había aparecido junto a mi madre en aquella fotografía.
La mujer que decía ser la madre de Gabriel.
Sofia.
—No —susurró Gabriel.
Sofia dio un paso atrás.
—Yo no…
Mi padre habló:
—La mujer que aparece en esta imagen no es la madre de Gabriel.
Gabriel la miró.
—¿Entonces quién es?
Mi padre respondió:
—Es la madre de la cuarta heredera.
Sofia comenzó a llorar.
—No quería que ocurriera así.
Gabriel la miró con incredulidad.
—¿Quién es ella?
Sofia no respondió.
La pantalla mostró una fotografía de una niña.
Tenía aproximadamente cinco años.
Llevaba un vestido blanco.
Y en el cuello llevaba un collar idéntico al mío.
Mi corazón se detuvo.
—¿Quién es?
Mi padre pronunció una sola palabra.
—Valentina.
Damián me miró.
—Esa eres tú.
Negué.
—No.
Mi padre continuó:
—Pero la niña que ves no es la que tú crees.
La imagen cambió.
Apareció otra niña.
Era prácticamente idéntica.
—Las dos niñas nacieron el mismo día.
Mi madre comenzó a llorar.
—No…
—Una era hija de Vittorio.
—¿Y la otra? —pregunté.
Mi padre respondió:
—La otra era hija de Alessandro.
Sentí que el mundo se detenía.
—Entonces…
Damián me miró.
—Tú podrías ser…
No terminó.
Mi padre continuó:
—Para protegerlas, intercambiamos sus identidades.
Mi madre se cubrió el rostro.
—Yo no quería.
—Pero Vittorio descubrió el intercambio.
La pantalla mostró una imagen de Vittorio.
—Y ordenó que una de las dos muriera.
La grabación se detuvo.
Elena se acercó a la pantalla.
—¿Cuál?
La respuesta apareció escrita.
“NO LO SÉ.”
El dispositivo emitió un sonido.
Después mostró otra frase:
“LA RESPUESTA ESTÁ EN EL RECUERDO DE VALENTINA.”
Me quedé paralizada.
—Otra vez mi memoria.
Damián se acercó.
—No tienes que recordar ahora.
—Sí.
—No.
—Si mi memoria puede salvarnos…
—No quiero que te obligues.
—¿Y si es la única manera?
—Encontraremos otra.
—¿Cómo?
Damián no respondió.
Me acerqué a él.
—Mírame.
Lo hizo.
—Si algo me ocurre…
—No.
—Escúchame.
—No.
—Damián.
—No quiero escuchar eso.
—Si algo me ocurre, no permitas que conviertan mi vida en una venganza.
Él me sostuvo la mirada.
—No voy a perderte.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
—Aunque yo descubra algo horrible.
—Aunque descubras que eres mi peor enemiga.
—¿Me seguirías amando?
Damián se acercó.
—No sé cómo dejar de hacerlo.
Sus palabras me quebraron.
—Eso es peligroso.
—Lo sé.
—Podrías destruirte.
—Ya me destruyeron una vez.
—¿Quién?
—Mi padre.
—¿Y ahora?
—Ahora tú eres la razón por la que quiero reconstruirme.
Nos abrazamos.
No fue un abrazo de deseo.
Fue un refugio.
Una promesa silenciosa.
Pero entonces escuchamos un ruido.
Alguien estaba detrás de nosotros.
Damián levantó el arma.
—¡Sal!
Una figura apareció.
Era Luciano.
—No disparen.
Damián apuntó directamente a su pecho.
—¿Dónde está Rinaldi?
—No lo sé.
—¿Dónde está Isabelle?
—Viva.
Mi madre avanzó.
—¿Dónde?
—No puedo decirlo.
—¡Luciano!
—Si hablo, la matarán.
Damián se acercó.
—Entonces dime quién te dio las órdenes.
Luciano miró hacia mí.
—Ella.
—¿Quién?
—La cuarta heredera.
Elena levantó el arma.
—¿Dónde está?
Luciano negó.
—No lo sé.
—Mientes.
—No.
—Entonces ¿quién es?
Luciano miró a Sofia.
Sofia palideció.
—No.
Luciano bajó la mirada.
—Ella.
Todos miramos a Sofia.
—¿Yo? —preguntó.
—Sí.
—No soy la heredera.
Luciano negó.
—No.
—Entonces…
—Eres la madre de la heredera.
Sofia quedó inmóvil.
—¿De quién?
Luciano me miró.
—De Clara.
Sentí que el mundo desaparecía.
—¿Qué?
Sofia comenzó a llorar.
—No.
—Dilo —exigió Damián.
Sofia negó.
—No puedo.
—Dilo.
—No.
—¡Dilo!
Sofia me miró.
—No eres hija de Alessandro.
—¿Entonces?
—Tampoco eres hija de Vittorio.
El silencio fue absoluto.
—¿De quién soy hija?
Sofia lloró.
—De alguien que nunca debió existir.
—¿Quién?
Sofia abrió la boca.
Pero antes de pronunciar el nombre, un disparo atravesó la habitación.
Luciano cayó.
—¡Luciano! —gritó Elena.
Damián me empujó al suelo.
Otro disparo.
Después otro.
—¡Todos detrás de la pared!
Gabriel respondió.
—¡Hay alguien en el túnel!
Damián me sostuvo.
—No te muevas.
—¿Quién está disparando?
—No lo sé.
—Damián…
—Estoy aquí.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque esta vez no sé contra quién estoy luchando.
Los disparos cesaron.
El silencio volvió.
Gabriel avanzó lentamente.
—No hay nadie.
—¿Cómo?
—Desapareció.
Damián miró a Luciano.
—¿Está vivo?
Elena se arrodilló junto a él.
—Sí.
—¿Herido?
—En el hombro.
—Sáquenlo.
Gabriel ayudó a levantarlo.
Luciano apenas podía hablar.
—Rinaldi…
—¿Dónde está?
Luciano tosió.
—No…
—¿Dónde?
—No es Rinaldi.
Damián se inclinó.
—¿Quién?
Luciano miró hacia mí.
—El hombre que creen muerto.
Sentí un escalofrío.
—¿Alessandro?
Luciano negó.
—No.
—Entonces ¿quién?
Sus ojos se cerraron.
—Vittorio.
Damián quedó inmóvil.
—Mi padre murió hace quince años.
Luciano abrió los ojos.
—Eso fue lo que todos creyeron.
Mi madre se llevó una mano a la boca.
—No puede ser.
—Está vivo —susurró Luciano.
—¿Dónde?
Luciano miró hacia la puerta.
—Aquí.
Un golpe seco resonó desde el corredor.
Todos levantamos las armas.
La puerta comenzó a abrirse.
Una figura apareció lentamente.
Cabello canoso.
Traje negro.
Una cicatriz sobre la ceja.
Damián dejó caer ligeramente el arma.
—No…
El hombre dio un paso.
—Hola, hijo.
Damián retrocedió.
—Tú…
Vittorio Varela sonrió.
—Has crecido.
—Te vi morir.
—No.
—¡Te vi morir!
—Viste morir a otro hombre.
Damián levantó nuevamente el arma.
—¿Por qué?
Vittorio miró hacia mí.
—Porque necesitaba que todos creyeran que estaba muerto.
—¿Y nosotros?
—Eran piezas.
—¿Clara?
Vittorio sonrió.
—La pieza más importante.
Damián apretó el arma.
—No vuelvas a llamarla pieza.
Vittorio rio.
—Ahora entiendo.
—¿Qué?
—Por qué Alessandro estaba tan seguro de que tú serías capaz de cambiar.
Damián dio un paso.
—¿Qué hiciste con él?
Vittorio respondió:
—Nada.
—¿Dónde está?
—Lo sabrás.
—Ahora.
—No.
—¡Ahora!
Vittorio miró hacia mí.
—Valentina, ven conmigo.
—No.
—Soy tu abuelo.
Mi sangre se heló.
—No eres nada mío.
Vittorio sonrió.
—Eso también lo descubriremos.
Damián se colocó delante de mí.
—Ella no va a ninguna parte.
Vittorio lo miró.
—Siempre fuiste débil cuando se trataba de mujeres.
—No.
—Sí.
—No soy como tú.
—Eso lo veremos.
Vittorio levantó una pequeña caja.
—Dentro está la prueba.
—¿De qué?
—De quién es realmente Clara.
—Valentina —corrigió Damián.
Vittorio sonrió.
—¿Todavía crees que ese es su nombre?
Me miró.
—Abre la caja.
—No.
—Si no la abres, nunca sabrás quién eres.
Damián habló:
—No lo hagas.
Vittorio sonrió.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que alguien intenta decirle quién es, termina destruyendo algo.
Vittorio rio.
—Entonces pregúntale a ella.
Todos me miraron.
Sentí que el corazón me golpeaba el pecho.
—Quiero saber.
Damián negó.
—No.
—Necesito hacerlo.
—No tienes que hacerlo ahora.
—Sí.
Me acerqué a Vittorio.
Damián me tomó de la muñeca.
—No.
Lo miré.
—Confía en mí.
—Confío.
—Entonces déjame.
Damián soltó lentamente mi mano.
Me acerqué a Vittorio.
Él me entregó la caja.
La abrí.
Dentro había un pequeño sobre.
Lo saqué.
Tenía una inscripción.
“Para la verdadera hija de Alessandro Bellini.”
Mi respiración se detuvo.
—Entonces…
Vittorio sonrió.
—Ábrelo.
Abrí el sobre.
Dentro había una fotografía.
Mi padre estaba abrazando a una mujer.
Una mujer que nunca había visto.
Y entre ellos había una niña.
Yo.
Pero en el reverso de la fotografía había una fecha.
El día de mi nacimiento.
Y una frase escrita con la letra de mi padre:
“Mi hija, la única verdad que Vittorio nunca podrá descubrir.”
Miré a Vittorio.
—¿Qué significa?
Su sonrisa desapareció.
—Significa que tú eres la hija de Alessandro.
Mi madre comenzó a llorar.
Damián cerró los ojos.
Elena quedó inmóvil.
Gabriel miró a Sofia.
—Entonces…
Vittorio dio un paso atrás.
—Pero hay algo más.
—¿Qué?
Vittorio señaló la fotografía.
—La mujer que está junto a Alessandro.
—¿Quién es?
Vittorio sonrió.
—Tu verdadera madre.
Miré la imagen.
El rostro de aquella mujer me resultaba familiar.
Demasiado familiar.
Sentí que un recuerdo olvidado intentaba regresar.
Una canción.
Una habitación.
Un perfume.
Una voz.
“Cuando la noche termine, busca la luz donde nadie mira.”
Cerré los ojos.
Y de pronto vi algo.
Una mujer.
Me abrazaba.
Lloraba.
Me decía:
—Perdóname, hija.
Abrí los ojos.
Miré a Sofia.
Ella estaba llorando.
—Eres tú.
Sofia retrocedió.
—No.
—Tú eras la mujer de la fotografía.
—No.
—Te recuerdo.
Sofia comenzó a llorar.
—No deberías recordarme.
—¿Por qué?
—Porque si me recuerdas…
Su voz se quebró.
—…recordarás quién mató a Alessandro.
Sentí que el aire desaparecía.
—¿Quién?
Sofia miró a Vittorio.
Vittorio sonrió.
—Ahora sí llegamos a la parte interesante.
Damián levantó el arma.
—Habla.
Sofia cerró los ojos.
—No fue Vittorio.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Entonces quién? —pregunté.
Sofia abrió los ojos.
—Fui yo.
El silencio fue absoluto.
Damián bajó lentamente el arma.
—¿Qué?
Sofia comenzó a llorar.
—Yo maté a Alessandro.
Y en ese instante comprendí que la mujer que había pasado veinticinco años intentando protegerme podía ser también la persona que había destruido la única familia que yo creía tener.




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