—Fui yo.
Las palabras de Sofia cayeron sobre nosotros con una violencia mayor que cualquier disparo.
Durante unos segundos nadie reaccionó.
Yo simplemente la miré.
La mujer que acababa de descubrir que era mi verdadera madre acababa de confesar que había matado al hombre que me había criado.
Mi padre.
Alessandro Bellini.
El único hombre al que había amado sin reservas durante toda mi infancia.
El hombre cuya voz todavía podía escuchar cuando cerraba los ojos.
El hombre que me había enseñado a montar en bicicleta.
El hombre que me había cantado aquella canción antes de dormir.
El hombre que, según todos los secretos que acababa de descubrir, había dedicado su vida a protegerme.
Y ahora Sofia decía que lo había matado.
—No —susurré.
Sofia bajó la mirada.
—Sí.
—No te creo.
—Lo sé.
—Mi padre murió en un incendio.
—Sí.
—Tú acabas de decir que lo mataste.
—Lo hice.
—Entonces ¿por qué murió en un incendio?
Sofia respiró profundamente.
—Porque yo provoqué el incendio.
Sentí que las piernas me temblaban.
Damián se colocó inmediatamente a mi lado.
—No tienes que escuchar esto si no quieres.
—Sí quiero.
—Clara…
—No me llames así.
Damián guardó silencio.
Lo miré.
—Lo siento.
—Está bien.
—No sé cómo llamarme.
—Entonces no necesitas hacerlo.
Sofia continuó:
—Yo no quería matarlo.
La miré con incredulidad.
—Pero lo hiciste.
—Sí.
—Entonces no digas que no querías.
—Tienes razón.
—¿Por qué?
—Porque si te digo toda la verdad, quizá puedas comprenderlo.
—No quiero comprenderte.
Mi voz se quebró.
—Quiero saber por qué mataste a mi padre.
Sofia levantó los ojos.
—Porque Alessandro me pidió que lo hiciera.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué?
Damián frunció el ceño.
—Explícate.
—Alessandro sabía que Vittorio estaba vivo.
Vittorio permanecía al fondo de la habitación, observándonos con una expresión imposible de descifrar.
—Sabía que Rinaldi también seguía vivo.
Sofia continuó.
—Sabía que todos ellos estaban intentando encontrar a Valentina.
Mi corazón se aceleró.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque tú eras la única persona que podía destruir lo que habían construido.
—No entiendo.
—Tu padre había descubierto la estructura completa de la organización.
—¿La lista?
—Sí.
—¿Y qué tenía que ver conmigo?
Sofia me miró.
—Tu padre comprendió que la lista podía ser reconstruida utilizando tu memoria.
Damián dio un paso.
—Eso ya lo sabemos.
—No.
Sofia negó lentamente.
—No lo saben.
—Entonces habla.
—La memoria de Valentina no contiene solamente nombres.
—¿Qué contiene?
—Contiene la ubicación del archivo original.
Gabriel levantó la cabeza.
—¿Dónde?
Sofia respondió:
—En la casa donde nació.
Mi respiración se detuvo.
—Yo nací en la mansión.
—No.
—¿Entonces dónde?
Sofia miró a Vittorio.
—En la propiedad de los Moretti.
Damián apretó la mandíbula.
—Venecia.
Sofia asintió.
—Venecia.
Elena intervino:
—Entonces Rinaldi nos ha estado llevando hacia allí desde el principio.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque necesita que Valentina recuerde.
Damián se volvió hacia mí.
—No vas a recordar nada hasta que sepamos qué intenta hacer.
—Damián…
—No.
—Necesito respuestas.
—Y las tendrás.
—¿Cuándo?
—Cuando pueda garantizar que nadie pueda utilizarte para obtenerlas.
Lo miré.
—No puedes garantizar eso.
—Lo sé.
—Entonces no me prometas cosas imposibles.
Damián bajó la mirada.
—Tienes razón.
Por primera vez parecía completamente agotado.
—Pero voy a intentarlo.
Me acerqué a él.
—Eso sí puedes prometerlo.
—Te lo prometo.
Vittorio soltó una risa baja.
—Qué conmovedor.
Damián giró hacia él.
—Cállate.
—Sigues creyendo que puedes protegerla.
—Puedo.
—No.
—Sí.
—No sabes siquiera quién es.
Damián se volvió hacia mí.
—No necesito saber su apellido para saber quién es.
Vittorio sonrió.
—Exactamente igual que Alessandro.
—No vuelvas a mencionar a mi padre.
—Tu padre cometió errores.
—Pero me quiso.
—Eso no lo discuto.
—Entonces no lo insultes.
Vittorio dejó de sonreír.
—Alessandro fue un hombre valiente.
—¿Y tú?
—Yo fui un hombre que hizo lo necesario.
—Eso es lo que todos los monstruos dicen.
Vittorio sostuvo la mirada de Damián.
—Y tú estás empezando a hablar como tu padre.
—Quizá porque finalmente entiendo quién era.
Yo miré a Sofia.
—Quiero saberlo todo.
—No sé si estás preparada.
—Nadie me preguntó si estaba preparada cuando decidieron mentirme durante veinticinco años.
Sofia cerró los ojos.
—Tienes razón.
—Entonces habla.
—La noche del incendio…
La voz de Sofia comenzó a temblar.
—Alessandro sabía que iban a entrar en la casa.
—¿Quiénes?
—Hombres de Vittorio.
Vittorio no reaccionó.
—Pero también sabía que Rinaldi había dado la orden.
—¿Qué orden?
—Matar a Valentina.
Sentí un escalofrío.
—¿A mí?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Vittorio había descubierto que Alessandro te había ocultado.
—¿Qué había descubierto?
—Que tú eras su hija.
Damián me miró.
—Entonces Vittorio sabía que eras hija de Alessandro.
Sofia asintió.
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes de que nacieras.
—¿Por qué no me mató?
Sofia miró a Vittorio.
—Porque no podía.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué?
Vittorio respondió:
—Porque había una condición.
Todos lo miramos.
—¿Qué condición? —pregunté.
Vittorio permaneció en silencio.
—Habla —dijo Damián.
Vittorio suspiró.
—Alessandro tenía información que podía destruirme.
—¿La lista?
—Parte de ella.
—¿Y qué hiciste?
—Negocié.
—¿Con quién?
—Con Rinaldi.
—¿Qué pactaron?
Vittorio me miró.
—Tu muerte quedaría suspendida mientras Alessandro entregara la ubicación del archivo.
Sentí un nudo en el estómago.
—¿Y él no lo hizo?
—No.
—¿Por qué?
Vittorio respondió:
—Porque eligió a su hija.
Damián apretó los puños.
—Por eso lo mataron.
Vittorio negó.
—No.
—¿No?
—Alessandro no murió por negarse.
—Entonces ¿por qué?
Vittorio miró a Sofia.
—Pregúntale a ella.
Todos volvimos los ojos hacia Sofia.
Ella comenzó a llorar.
—Alessandro quería desaparecer.
—¿Desaparecer?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque comprendió que mientras él viviera, todos seguirían buscando a Valentina.
—Entonces fingió su muerte.
—Sí.
—¿Y el incendio?
—Fue parte del plan.
—¿Quién lo organizó?
—Alessandro.
Me quedé inmóvil.
—Entonces tú no lo mataste.
Sofia negó.
—No exactamente.
—¿Qué significa eso?
—Alessandro estaba herido.
—¿Por quién?
—Por un hombre de Rinaldi.
—¿Y tú?
—Yo llegué después.
—¿Qué hiciste?
Sofia cerró los ojos.
—Alessandro me pidió que terminara con su sufrimiento.
Sentí que me faltaba el aire.
—¿Lo mataste porque él te lo pidió?
—Sí.
—¿Y después provocaste el incendio?
—Sí.
—¿Para que todos creyeran que había muerto?
—Sí.
—¿Entonces mi padre sabía que iba a morir?
—Sí.
—¿Y me dejó sola?
—No.
—¿Qué?
—Dejó instrucciones para que te protegiera.
—¿A mí?
—A ti.
—¿Y tú me protegiste?
—Durante veinticinco años.
La rabia me golpeó de repente.
—¡Me mentiste durante veinticinco años!
—Sí.
—¡Me hiciste creer que eras mi madre cuando ni siquiera sabía quién eras!
—Sí.
—¡Me quitaste la posibilidad de conocer mi verdadera historia!
—Sí.
—¿Y quieres que te perdone?
Sofia lloró.
—No.
—¿Entonces qué quieres?
—Que algún día entiendas que hice todo lo que pude para mantenerte viva.
Me alejé.
—No sé si puedo perdonarte.
—No te lo pido.
Damián me observó.
No intentó abrazarme.
No intentó detenerme.
Solo permaneció a mi lado.
Eso fue suficiente.
—Necesitamos salir de aquí —dijo Gabriel.
Damián asintió.
—Sí.
Pero antes de que pudiéramos movernos, las puertas del archivo se cerraron nuevamente.
Vittorio miró hacia arriba.
—No fui yo.
Damián levantó el arma.
—Entonces ¿quién?
Las luces comenzaron a parpadear.
Una voz surgió de los altavoces.
—Yo.
Mi sangre se heló.
Rinaldi.
—Sabía que llegarían hasta aquí.
Damián gritó:
—¡Sal!
—No.
—¡Te voy a encontrar!
—Ya me encontraste.
—¿Dónde estás?
—Muy cerca.
Las paredes comenzaron a vibrar.
Gabriel miró el techo.
—Hay explosivos.
Damián se volvió.
—¿Cuánto tiempo?
—No lo sé.
—¡Encuentra una salida!
Todos comenzaron a moverse.
Yo me quedé inmóvil.
Una voz seguía hablando.
—Valentina.
—¿Qué quieres?
—Quiero que recuerdes.
—No voy a hacerlo.
—Lo harás.
—Nunca.
—Entonces morirán todos.
Damián tomó mi mano.
—No lo escuches.
—Tiene a mi madre.
—No sabe dónde está.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque Rinaldi no controla todo.
—¿Y si sí?
—Entonces lucharemos.
La voz volvió a sonar.
—Damián…
—¿Qué?
—Tengo algo para ti.
La pantalla de la pared se encendió.
Apareció una imagen.
Una mujer estaba sentada en una habitación.
Mi madre.
Isabelle.
Tenía las manos atadas.
—¡Mamá!
Damián me sujetó.
—Es una transmisión.
—Está viva.
—Sí.
La imagen cambió.
Ahora aparecía Elena.
Después Gabriel.
Después Sofia.
Finalmente apareció otra persona.
Mi corazón se detuvo.
Alessandro.
Estaba vivo.
Sentado frente a una cámara.
—Papá…
La grabación mostró su rostro.
Parecía mayor.
Cansado.
Pero era él.
—Si estás viendo esto, hija, significa que finalmente me encontraron.
Me acerqué a la pantalla.
—¿Dónde estás?
No podía escucharme.
—Quiero que sepas algo.
Alessandro hizo una pausa.
—Nunca te abandoné.
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Te vi crecer.
—¿Qué?
—Te observé desde lejos.
Mi respiración se detuvo.
—Cada cumpleaños.
—No.
—Cada vez que te graduaste.
—No…
—Cada vez que lloraste.
Damián me miró.
—Tu padre estaba vivo.
La grabación continuó.
—No podía acercarme a ti porque hacerlo habría puesto tu vida en peligro.
Alessandro bajó la mirada.
—Y entonces apareciste tú, Damián.
Damián se quedó inmóvil.
—No sabía si podía confiar en ti.
—¿Por qué?
—Porque llevabas la sangre de Vittorio.
—Pero también llevabas algo que él no tenía.
—¿Qué?
—La posibilidad de elegir.
Damián apretó la mandíbula.
La grabación continuó.
—Por eso te dejé una carta.
La misma carta que habíamos encontrado.
—Quería que, cuando llegara el momento, protegieras a mi hija.
Damián bajó lentamente el arma.
—Lo estoy haciendo.
La grabación pareció continuar con una respuesta que nadie podía oír.
Alessandro sonrió tristemente.
—Sé que la amas.
Sentí que el corazón se detenía.
Damián me miró.
—Lo sé.
La voz de mi padre se quebró.
—Y por eso tengo miedo.
La pantalla se apagó.
—¡No! —grité.
Rinaldi volvió a hablar.
—Ahora entiendes.
—¿Dónde está?
—Cerca.
—¡Dímelo!
—Primero tendrás que recordar.
—¿Qué quieres que recuerde?
—La noche del incendio.
—No.
—Sí.
—No puedo.
—Puedes.
—No sé cómo.
—Yo sí.
La pantalla volvió a encenderse.
Apareció una habitación.
Reconocí el lugar.
Era la casa donde había vivido durante mi infancia.
Pero había algo extraño.
La cámara mostraba una habitación infantil.
Una cama.
Un pequeño armario.
Una ventana.
Y sobre la cama, una niña.
Yo.
Tenía aproximadamente cinco años.
Mi corazón se aceleró.
—No recuerdo esto.
Sofia palideció.
—Yo tampoco.
Rinaldi dijo:
—Porque este recuerdo fue borrado.
Damián miró la pantalla.
—¿Qué quieres demostrar?
—Que la niña que ves allí no es Valentina.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Qué?
La grabación mostró a la niña.
Después apareció otra niña.
Prácticamente idéntica.
Estaban juntas.
—Dos niñas.
Damián susurró:
—Elena y Valentina.
Rinaldi negó.
—No.
La imagen se acercó.
Una de las niñas llevaba el collar.
La otra llevaba el brazalete.
—¿Cuál soy yo?
Rinaldi respondió:
—La que llevaba el collar.
Me llevé la mano al cuello.
—Yo.
—Sí.
—Entonces soy Valentina.
—No.
—¿Qué?
—La niña del collar era Clara.
Sentí que el suelo desaparecía.
—No.
Rinaldi rio.
—Finalmente estás entendiendo.
—¡No!
—Tu nombre original no era Valentina.
—Entonces ¿quién soy?
—Clara.
Mi madre gritó desde la transmisión:
—¡No lo escuches!
—¿Quién dice la verdad?
Rinaldi respondió:
—Nadie.
La palabra me dejó inmóvil.
—¿Qué?
—Todos te han mentido.
—¿Por qué?
—Porque nadie quiere que descubras quién eres.
Damián se acercó.
—Entonces dilo tú.
—Todavía no.
—¿Qué estás esperando?
—Que ella recuerde.
—¿Y si no recuerda?
—Entonces la ayudaré.
La pantalla cambió.
Apareció una imagen del incendio.
Sentí un dolor agudo en la cabeza.
Me llevé las manos a las sienes.
—No…
Damián me sostuvo.
—Clara.
—¡No!
—Mírame.
—No puedo.
—Sí puedes.
—Estoy viendo…
—¿Qué?
—Fuego.
—¿Qué más?
—Mi padre.
—¿Alessandro?
—Sí.
—¿Qué está haciendo?
—Me lleva.
—¿Adónde?
—A una puerta.
—¿Quién está allí?
—Un hombre.
—¿Quién?
Cerré los ojos.
La memoria se volvió más clara.
Un anillo.
La serpiente.
Una voz.
Pero entonces apareció algo que nunca había recordado.
Una segunda persona.
Una mujer.
—Hay una mujer.
Sofia palideció.
—¿Quién?
—No lo sé.
—Mírala.
—No puedo.
—Intenta.
La imagen se aclaró dentro de mi mente.
La mujer estaba llorando.
Tenía una herida en el rostro.
Me miraba.
Y me decía:
—No tengas miedo.
Abrí los ojos.
Miré a Sofia.
—Eras tú.
Sofia comenzó a llorar.
—Sí.
—Estabas allí.
—Sí.
—Y había otro hombre.
Sofia asintió.
—Sí.
—¿Quién?
—No puedo decirlo.
—¡Dímelo!
—No.
Damián intervino.
—Sofia, si sabes quién era, tienes que hablar.
Ella negó.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque si digo su nombre, Rinaldi matará a Isabelle.
Mi madre apareció nuevamente en la pantalla.
Estaba llorando.
—No digas nada.
Sofia la miró.
—Lo siento.
—No.
—Lo siento.
La transmisión se cortó.
Damián se volvió hacia mí.
—Tenemos que salir.
—No.
—Sí.
—Mi madre está allí.
—Vamos a encontrarla.
—¿Y Alessandro?
—También.
—¿Y si Rinaldi los mata?
—No lo hará.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque todavía necesita algo de nosotros.
Gabriel se acercó.
—¿La memoria?
Damián negó.
—Más que eso.
—¿Qué?
Damián me miró.
—Necesita que Clara abra el archivo.
—¿El archivo original?
—Sí.
—¿Dónde está?
Damián miró a Sofia.
Ella entendió.
—Venecia.
—¿Qué hay allí?
—La cámara principal.
—¿Y qué contiene?
—El origen de la organización.
Elena intervino:
—Entonces debemos ir.
—Sí —dijo Damián.
Vittorio seguía observándonos.
—No irás.
Damián lo miró.
—¿Por qué?
—Porque Venecia es una trampa.
—Todo esto es una trampa.
—Esta es diferente.
—¿Por qué?
Vittorio respondió:
—Porque allí murió mi hermano.
Gabriel frunció el ceño.
—¿Qué hermano?
—El verdadero fundador.
—¿Moretti?
Vittorio negó.
—No.
—Entonces ¿quién?
—Alessandro.
Sentí un escalofrío.
—¿Mi padre fundó la organización?
Vittorio asintió.
—Sí.
Damián se volvió hacia mí.
—Entonces todo lo que creíamos saber…
—Era falso —dijo Vittorio.
—¿Y por qué Alessandro quería destruirla?
—Porque descubrió en qué se había convertido.
—¿Qué era al principio?
Vittorio respondió:
—Una alianza.
—¿Y después?
—Un imperio.
—¿Y ahora?
—Una guerra.
Vittorio se acercó.
—Y tú eres el motivo de esa guerra.
Me quedé inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque Alessandro dejó todo a tu nombre.
—¿Todo qué?
Vittorio sonrió.
—Todo.
—No entiendo.
—La organización.
—No.
—Las cuentas.
—No.
—Los archivos.
—No.
—Los secretos.
—No.
—El poder.
—No lo quiero.
—No importa.
—¿Por qué?
—Porque ya es tuyo.
Damián se interpuso.
—No.
Vittorio lo miró.
—Sí.
—Ella no tendrá nada de esto.
—No puedes decidirlo.
—Sí puedo.
—¿Por qué?
Damián respondió:
—Porque ella puede decidir por sí misma.
Vittorio sonrió.
—Entonces ya la cambiaste.
Damián apretó la mandíbula.
—No.
—Sí.
—¿Qué quieres decir?
—Tu padre intentó convertirte en heredero.
—Y fracasó.
—Porque ella te convirtió en otra cosa.
Damián miró hacia mí.
—En un hombre.
La palabra quedó suspendida.
No supe qué decir.
Damián se acercó.
—No voy a heredar el imperio.
Vittorio levantó una ceja.
—¿Qué harás entonces?
—Lo destruiré.
Todos quedaron en silencio.
Vittorio rio.
—Ahora sí eres mi hijo.
—No.
Damián levantó el arma.
—Soy el hombre que va a acabar con todo lo que hiciste.
Vittorio lo miró.
—Si haces eso, ella perderá todo.
—No.
—¿Por qué?
Damián me miró.
—Porque ella nunca necesitó tu imperio.
—¿Entonces qué necesita?
Damián respondió:
—La verdad.
Sofia comenzó a llorar.
—Alessandro estaría orgulloso.
Damián la miró.
—Entonces ayúdame a encontrarlo.
Sofia asintió.
—Lo haré.
—¿Dónde está?
—En Venecia.
—¿Seguro?
—Sí.
—¿Quién lo tiene?
Sofia bajó la mirada.
—No lo sé.
—¿Rinaldi?
—No.
—¿Entonces?
Sofia respondió con una voz casi inaudible:
—El hombre que lo salvó.
—¿Quién?
—El cuarto heredero.
Elena frunció el ceño.
—¿Quién es?
Sofia miró hacia mí.
—Tu hermano.
Mi corazón se detuvo.
—¿Tengo un hermano?
—Sí.
—¿Quién?
Sofia cerró los ojos.
—El hombre que estuvo observándote desde que eras niña.
Damián levantó el arma.
—¿Nombre?
Sofia respondió:
—Matteo Bellini.
Sentí que el mundo se detenía.
—¿Bellini?
—Sí.
—¿Es hijo de Alessandro?
—Sí.
—¿Entonces es mi hermano?
Sofia asintió.
—Tu medio hermano.
Gabriel se acercó.
—¿Y él tiene a Alessandro?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Alessandro le pidió que lo escondiera.
Damián comprendió.
—Entonces Rinaldi nunca lo encontró.
—No.
—¿Y Matteo?
—Está en Venecia.
—¿Dónde?
Sofia respondió:
—En la casa donde nació Valentina.
Mi respiración se detuvo.
—Quiero ir.
Damián me miró.
—Iremos.
—¿Aunque sea peligroso?
—Sí.
—¿Aunque Rinaldi nos esté esperando?
—Sí.
—¿Aunque pueda descubrir algo que me destruya?
Damián tomó mi mano.
—No importa qué descubramos.
—¿Por qué?
—Porque ya no voy a dejar que otros decidan quién eres.
—¿Y si descubro que soy alguien terrible?
—Entonces te ayudaré a elegir quién quieres ser.
—¿Y si no puedo?
—Lo haré contigo.
Me acerqué.
—Damián…
—¿Sí?
—Gracias por quedarte.
—No pienso irme.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Nos miramos durante unos segundos.
Y entonces, sin pensar, fui yo quien se acercó primero.
Nuestros labios se encontraron.
No fue un beso desesperado.
Fue un beso lleno de miedo.
De incertidumbre.
De todo aquello que todavía no sabíamos.
Cuando nos separamos, Damián apoyó su frente contra la mía.
—Ahora sí estamos en problemas.
Sonreí entre lágrimas.
—¿Por qué?
—Porque ya no puedo fingir que esto es solo protección.
—Nunca lo fue.
—Lo sé.
Vittorio nos observaba desde el fondo.
—El amor siempre fue la debilidad de esta familia.
Damián se volvió.
—No.
—¿No?
—Esta vez será nuestra fuerza.
Las luces comenzaron a encenderse.
La puerta del archivo se abrió.
El temporizador se había detenido.
Pero nadie se movió.
Porque en el umbral había un hombre.
Alto.
Vestido de negro.
Cabello oscuro.
Una cicatriz sobre el labio.
Tenía un arma en la mano.
Damián apuntó inmediatamente.
—¿Quién eres?
El hombre bajó lentamente el arma.
—Matteo.
Sofia comenzó a llorar.
—Hijo…
Matteo miró a su madre.
Después a mí.
Sus ojos se llenaron de emoción.
—Hermana.
Sentí un escalofrío.
—¿Tú eres Matteo?
—Sí.
—¿Dónde está mi padre?
Matteo me sostuvo la mirada.
—Vivo.
Mi corazón se detuvo.
—Llévame con él.
Matteo negó.
—Todavía no.
—¿Por qué?
—Porque antes tienes que saber algo.
—¿Qué?
Matteo dio un paso hacia mí.
—Tu padre no está escondido de Rinaldi.
—Entonces ¿de quién?
Matteo miró a Damián.
—De él.
Damián frunció el ceño.
—¿De mí?
—Sí.
—¿Por qué?
Matteo me miró.
—Porque Alessandro descubrió que Vittorio no fue el único responsable de la muerte de tu familia.
—¿Quién más?
Matteo respiró profundamente.
—Tu padre descubrió que el hombre que realmente ordenó el incendio…
Hizo una pausa.
—…fue Damián Varela.
El mundo dejó de existir.
Miré a Damián.
Él había perdido el color del rostro.
—Eso es imposible —susurró.
Matteo levantó la mirada.
—Eso mismo dijo Alessandro.
—Yo tenía cinco años.
—Lo sé.
—Yo no pude haberlo ordenado.
—No.
—Entonces ¿por qué me acusa?
Matteo negó.
—No te acusa.
—¿Entonces?
—Dice que alguien utilizó tu nombre.
—¿Quién?
Matteo miró hacia la puerta.
—Tu padre.
—¿Vittorio?
—Sí.
Damián apretó los puños.
—¿Para qué?
Matteo respondió:
—Para convertirte en el monstruo que todos creerían que eras.
—¿Y lo consiguió?
Matteo me miró.
—Casi.
Damián dio un paso atrás.
—Entonces todo esto…
—Fue diseñado para que un día Valentina odiara a Damián.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
Matteo respondió:
—Porque el verdadero plan nunca fue quedarse con el imperio.
—¿Entonces cuál?
Matteo me miró directamente.
—Separarlos.
—¿Quién?
Matteo tragó saliva.
—Alessandro.
El silencio fue absoluto.
—No —susurré.
Matteo bajó la mirada.
—Tu padre sabía que si tú y Damián se amaban, juntos podían destruir el imperio.
—¿Y por qué querría destruirlo?
Matteo respondió:
—Porque el amor de ustedes era la única cosa que Vittorio nunca pudo controlar.
Damián me miró.
—Entonces…
Matteo asintió.
—Sí.
—¿Qué?
—Alessandro los reunió.
—¿Para salvarnos?
—Para utilizarlos.
Sentí que el corazón se me quebraba.
—No.
Matteo dio un paso atrás.
—Y ahora debes decidir si todavía puedes amar a un hombre cuya vida entera fue construida sobre las mentiras de nuestros padres.
Miré a Damián.
Él no apartó los ojos de mí.
—No quiero que decidas ahora —dijo.
—¿Por qué?
—Porque quiero que me elijas cuando conozcas toda la verdad.
Sentí lágrimas en mis ojos.
—¿Y si la verdad cambia todo?
—Entonces cambiará todo.
—¿Y tú?
—Yo seguiré aquí.
Matteo abrió la puerta.
—Entonces prepárense.
—¿Para qué?
—Para Venecia.
—¿Qué hay allí?
Matteo miró a Damián.
—Alessandro.
Después me miró a mí.
—Y la verdad sobre quién ordenó realmente aquella noche.
Damián tomó mi mano.
—Vamos.
Pero cuando salimos del archivo, el teléfono de Matteo vibró.
Lo miró.
Su rostro cambió.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
Matteo levantó lentamente la pantalla.
Había una fotografía.
Alessandro estaba sentado en una silla.
Vivo.
Pero detrás de él había un hombre.
Un hombre cuyo rostro conocíamos demasiado bien.
Rinaldi.
Debajo de la fotografía aparecía una frase:
“Venecia será el lugar donde terminará vuestro amor.”
Damián apretó la mandíbula.
—Que venga.
Matteo negó.
—No entiendes.
—¿Qué?
—Rinaldi no está solo.
—¿Con quién está?
Matteo miró la fotografía una vez más.
—Con la única persona capaz de destruir a Clara sin tocarla.
—¿Quién?
Matteo levantó los ojos.
—Su padre.
Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.
—¿Alessandro?
Matteo negó.
—No.
—Entonces ¿quién?
Matteo respondió:
—El hombre que Alessandro creyó muerto.
Y antes de que pudiera preguntar nada más, apareció un último mensaje en el teléfono.
“Nos vemos en Venecia, Valentina.”
Debajo había una firma.
Vittorio Varela.