El nombre de Vittorio apareció en la pantalla del teléfono de Matteo como una sentencia.
Vittorio Varela.
El hombre al que habíamos visto morir.
El hombre que acababa de aparecer vivo.
El hombre que había convertido nuestras vidas en un laberinto de mentiras.
Pero había algo que me perturbaba todavía más.
La frase.
“Nos vemos en Venecia, Valentina.”
Me quedé mirando esas palabras hasta que comenzaron a desenfocarse.
—No quiero ir —dije finalmente.
Damián me miró.
—Entonces no iremos.
Lo miré sorprendida.
—¿Así de fácil?
—Sí.
—Pero Alessandro está allí.
—Lo encontraremos en otro momento.
—Y mi madre.
—También.
—Y Matteo sabe dónde están.
—Lo sé.
—Entonces tenemos que ir.
—No.
—¿Por qué?
Damián se acercó.
—Porque esta vez no voy a dejar que nadie convierta tu deseo de salvar a tu familia en una obligación.
—Pero es mi padre.
—Precisamente.
—Damián…
—Si quieres ir, iremos.
—¿Y si tengo miedo?
—También iremos.
—¿Y si no sé quién soy cuando llegue?
—Entonces iré contigo hasta que vuelvas a encontrarte.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Por qué haces esto?
—Porque te amo.
La respuesta fue tan directa que me dejó sin palabras.
—No tienes que decirlo para convencerme.
—No intento convencerte.
—Entonces ¿por qué?
—Porque durante demasiado tiempo todos decidieron qué debía sentir, qué debía recordar y a quién debía pertenecer.
Tomó mi mano.
—Yo no voy a decidir por ti.
—Pero acabas de decir que no iremos.
—Porque estoy intentando protegerte.
—Eso también es decidir por mí.
Damián sonrió apenas.
—Entonces retiro lo dicho.
—¿Así?
—Así.
—¿Y qué hacemos?
—Vamos a Venecia.
Matteo nos observaba desde unos pasos más atrás.
—Es lo que esperaba escuchar.
Damián lo miró.
—No confundas mi decisión con confianza.
—No lo hago.
—Todavía no confío en ti.
—Lo sé.
—Pero sabes dónde está mi padre.
—Sí.
—Y sabes quién está con él.
Matteo bajó la mirada.
—Sí.
—Entonces vas a contarnos todo antes de subir al automóvil.
Matteo respiró profundamente.
—No puedo.
Damián se acercó.
—¿Por qué?
—Porque si digo su nombre aquí, alguien morirá.
—¿Quién?
—Mi madre.
Sofia cerró los ojos.
—Matteo…
—Lo siento.
—No tienes nada que lamentar.
—Sí tengo.
—No.
Sofia se acercó a él.
—He ocultado demasiadas cosas.
Matteo la miró.
—Entonces empieza ahora.
Sofia tardó unos segundos en responder.
—El hombre que está con Rinaldi no es Vittorio.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué?
—Es alguien que utiliza su nombre.
—¿Quién?
Sofia miró hacia mí.
—Tu abuelo.
—¿Vittorio?
—Sí.
—Entonces ¿qué quieres decir?
—Que el hombre que todos conocieron como Vittorio Varela no era quien creían.
Gabriel se acercó.
—¿Un impostor?
Sofia asintió.
—Durante los últimos quince años.
Sentí un escalofrío.
—Entonces ¿a quién vi morir?
Sofia respondió:
—A un hombre que había sido preparado para morir en su lugar.
Damián apretó los dientes.
—¿Mi padre está vivo?
—Sí.
—¿Dónde?
—No lo sé.
—Pero acabas de decir que el hombre de Venecia no es Vittorio.
—Porque hay dos personas utilizando el mismo nombre.
—¿Dos Vittorio?
—Uno es el verdadero.
—¿Y el otro?
Sofia me miró.
—El hombre que estuvo detrás del incendio.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Quién?
Sofia cerró los ojos.
—Octavio Moretti.
Gabriel reaccionó inmediatamente.
—¿Moretti?
—Sí.
—Entonces Rinaldi trabaja para él.
—Sí.
Damián levantó la mirada.
—Y el verdadero Vittorio…
—Está desaparecido.
—¿Desde cuándo?
—Desde antes del incendio.
—Entonces todo este tiempo…
—Todo este tiempo, alguien utilizó su identidad para manipularlos.
Me llevé una mano al pecho.
—¿Por qué?
Sofia respondió:
—Porque Vittorio era el único hombre que podía reclamar legalmente el control de la organización.
—¿Y Moretti?
—Quería ese poder.
—¿Y Alessandro?
—Quería destruirlo.
—¿Y mi madre?
—Quería protegerte.
—¿Y Damián?
Sofia lo miró.
—Era la herramienta perfecta.
Damián no reaccionó.
—¿Para qué?
—Para convertirse en heredero.
—Pero él no quería.
—Eso no importaba.
—¿Y yo?
—Tú eras la llave.
—Otra vez esa palabra.
—Porque es la verdad.
Damián tomó mi mano.
—Ya basta.
Sofia lo miró.
—¿Qué?
—Dejen de hablar de ella como si fuera una llave, una pieza o una heredera.
—Entonces ¿qué es?
Damián respondió:
—Una mujer.
Sofia sonrió con tristeza.
—Eso mismo dijo Alessandro.
—¿Y qué hizo?
—Intentó salvarla.
—¿Lo consiguió?
Sofia me miró.
—Eso dependerá de ti.
No entendí.
—¿Qué quieres decir?
—Porque salvarte nunca significó mantenerte viva.
—¿Entonces?
—Significó permitirte elegir.
La frase se quedó dentro de mí.
Quizá eso era lo que todos habían olvidado.
Yo podía elegir.
No mi apellido.
No mi sangre.
No mi destino.
Yo.
Subimos a los vehículos.
El convoy salió de la mansión poco después del amanecer.
La carretera hacia Venecia atravesaba paisajes que parecían pertenecer a otro mundo.
Los Alpes quedaron atrás.
Después aparecieron pequeñas ciudades italianas.
Finalmente, el paisaje comenzó a cambiar.
Y cuando vi por primera vez el agua extenderse frente a nosotros, sentí que algo dentro de mí se cerraba.
Venecia.
La ciudad donde, según Matteo, había nacido.
La ciudad donde Alessandro estaba escondido.
La ciudad donde quizá encontraría la verdad.
Pero también la ciudad donde podía perderlo todo.
Damián viajaba a mi lado.
No había soltado mi mano desde que salimos.
—¿Estás bien? —preguntó.
—No.
—Gracias por ser sincera.
—Estoy intentando no romperme.
—No tienes que hacerlo.
—¿Qué quieres decir?
—Puedes romperte.
—¿Y después?
—Yo estaré ahí.
Lo miré.
—No puedes arreglarme.
—No quiero arreglarte.
—¿Entonces?
—Quiero acompañarte mientras tú decides cómo reconstruirte.
Sonreí.
—Eso fue hermoso.
—No te acostumbres.
—¿Por qué?
—Porque me incomoda decir cosas bonitas.
—Mentiroso.
—¿Por qué?
—Porque contigo las palabras bonitas siempre parecen amenazas.
Damián sonrió.
—Quizá sea mi encanto.
—Quizá.
Durante unos minutos permanecimos en silencio.
Después me animé a preguntar:
—¿Qué sabes realmente sobre Venecia?
Damián miró hacia adelante.
—Muy poco.
—Eso no es cierto.
—No quiero adelantarte cosas que podrían ser falsas.
—Entonces dime lo que recuerdes.
—Mi padre viajaba allí.
—¿Cuándo?
—Cuando yo era niño.
—¿Con quién?
—Con Vittorio.
—¿Y Alessandro?
—No lo sé.
—¿Qué hacían?
—Nunca me lo dijeron.
—¿Y qué ocurrió después?
—Mi padre dejó de viajar.
—¿Por qué?
—Porque alguien intentó matarlo.
—¿Quién?
—No lo sé.
Matteo intervino desde el vehículo que viajaba detrás.
—Yo sí.
La comunicación se abrió por el sistema de radio.
Damián respondió:
—Habla.
—Fue Moretti.
—¿Por qué?
—Porque Vittorio descubrió que Moretti había creado una identidad falsa.
—¿Para quién?
—Para un hombre llamado Adriano Costa.
Sentí un escalofrío.
—Adriano.
Damián me miró.
—¿Qué sabes de él?
—Fue quien te sacó del incendio.
Mi respiración se detuvo.
—¿Dónde está?
Matteo respondió:
—En Venecia.
—¿Trabaja para Moretti?
—No.
—¿Entonces?
—Trabaja para tu padre.
—¿Alessandro?
—Sí.
—¿Desde cuándo?
—Desde la noche del incendio.
Damián intervino:
—¿Por qué nunca nos lo dijiste?
—Porque Adriano desapareció.
—¿Dónde?
—En Venecia.
Sentí un escalofrío.
—Entonces tenemos que encontrarlo.
—Sí.
Damián negó.
—Primero encontraremos a Alessandro.
—No —respondió Matteo.
—¿Por qué?
—Porque si encontramos a Alessandro antes que a Adriano, quizá nunca sepamos quién organizó realmente el incendio.
Damián se quedó en silencio.
—¿Y qué propones?
—Buscar la antigua casa Bellini.
—¿Dónde está?
—En Dorsoduro.
Sentí un escalofrío.
—¿Esa era mi casa?
—Sí.
—¿Viví allí?
—Durante los primeros cinco años.
Cerré los ojos.
De repente apareció una imagen.
Una ventana.
Agua.
Una góndola.
Una mujer cantando.
Abrí los ojos.
—Recuerdo algo.
Damián se volvió.
—¿Qué?
—Una canción.
—¿Qué canción?
—No sé.
—¿Quién cantaba?
—Una mujer.
—¿Sofia?
—No.
—¿Isabelle?
—No.
—Entonces ¿quién?
—No lo sé.
Matteo respondió:
—Puede ser mi padre.
—¿Tu padre?
—Alessandro.
—¿Mi padre cantaba?
—Sí.
Sentí que las lágrimas aparecían.
—No recuerdo su voz.
—Quizá sí.
—¿Cómo?
—La memoria no siempre vuelve como una imagen.
—¿Entonces?
—A veces vuelve como una sensación.
Damián me miró.
—¿Qué sientes?
—Seguridad.
—Entonces quizá estás recordando algo bueno.
Sonreí débilmente.
—O quizá estoy recordando una mentira.
—Lo descubriremos.
La ciudad apareció frente a nosotros.
Los vehículos se detuvieron en un estacionamiento privado.
Desde allí continuamos a pie.
Venecia nos recibió con sus calles estrechas, puentes y canales.
Era hermosa.
Demasiado hermosa para contener tantos secretos.
—Es extraño —dije.
—¿Qué?
—Siento que conozco este lugar.
Damián observó mi rostro.
—Quizá porque naciste aquí.
—O porque alguien quiere que crea eso.
—También puede ser.
Llegamos a un pequeño puente.
Me detuve.
—Es aquí.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué?
—No sé.
Miré el agua.
—Estuve aquí.
—¿Cuándo?
—Cuando era niña.
Matteo se acercó.
—¿Qué recuerdas?
—Una noche.
—¿Qué ocurrió?
—Estaba lloviendo.
—¿Y después?
—Alguien me llevaba de la mano.
—¿Quién?
—No sé.
—¿Hombre o mujer?
—Hombre.
—¿Alessandro?
—No.
Damián preguntó:
—¿Cómo era?
Cerré los ojos.
—Llevaba un anillo.
—¿La serpiente?
—No.
—¿Qué anillo?
—Una corona.
Matteo palideció.
—No.
—¿Qué?
—Ese símbolo pertenece a la familia Bellini.
—¿Mi familia?
—Sí.
—Entonces…
—Alguien de tu familia te sacó de aquí.
—¿Quién?
Matteo negó.
—No lo sé.
Damián miró alrededor.
—Tenemos compañía.
Todos nos giramos.
Al otro lado del canal, un hombre vestido de negro nos observaba.
En cuanto Damián lo miró, desapareció.
—¿Quién era?
—No lo sé —respondió Gabriel.
Damián sacó el teléfono.
—Quiero dos hombres en cada salida.
—Sí.
—Y nadie se separa.
—Entendido.
Seguimos caminando.
Llegamos a una antigua casa de piedra.
La puerta estaba cubierta de hiedra.
Matteo sacó una llave.
—Aquí.
Me quedé inmóvil.
—¿Esta es?
—Sí.
La puerta se abrió.
El interior estaba cubierto de polvo.
Pero algo me resultó familiar.
El olor.
La escalera.
Una pequeña lámpara.
Subimos.
Llegamos a una habitación.
Había una cama infantil.
Me acerqué.
Toqué la madera.
Y entonces recordé.
Una mujer me abrazaba.
—Duerme, pequeña.
—¿Quién eres?
La mujer lloraba.
—Soy tu madre.
Abrí los ojos.
Sofia estaba detrás de mí.
—Eras tú.
Ella asintió.
—Sí.
—¿Viví aquí contigo?
—Sí.
—¿Dónde estaba Alessandro?
—Trabajando.
—¿Y Vittorio?
Sofia negó.
—No estaba con nosotros.
—Entonces ¿quién me perseguía?
Sofia no respondió.
—Mamá.
Ella levantó los ojos.
—No puedo.
—Tienes que hacerlo.
—No.
—¿Quién me perseguía?
Sofia comenzó a llorar.
—Moretti.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué?
—Porque sabía que Valentina era hija de Alessandro.
—¿Y qué quería?
—La niña.
—¿Para qué?
—Para utilizarla como garantía.
—¿De qué?
—Del archivo.
Damián golpeó la pared.
—Otra vez el archivo.
Matteo intervino.
—Hay algo más.
—¿Qué?
—El archivo no contiene dinero.
—¿Entonces?
—Contiene nombres.
—¿De quién?
—De todos los hombres que participaron en la organización.
—¿Y por qué es tan importante?
Matteo miró a Damián.
—Porque algunos de ellos gobiernan países.
El silencio fue absoluto.
—Entonces esto es más grande de lo que pensábamos —dije.
—Mucho más —respondió Matteo.
De repente escuchamos un golpe en el piso inferior.
Damián levantó el arma.
—Todos detrás de mí.
Bajamos lentamente.
La puerta principal estaba abierta.
Había huellas mojadas sobre el suelo.
—Alguien entró —dijo Gabriel.
Seguimos las huellas.
Llegaban hasta una habitación.
La puerta estaba entreabierta.
Damián la abrió.
Dentro había una mesa.
Sobre ella, una fotografía.
La tomé.
Era Alessandro.
Estaba junto a una mujer.
La misma mujer de la fotografía anterior.
Sofia.
Pero había algo diferente.
En los brazos de Sofia había un bebé.
Yo.
Y junto a ellos aparecía un niño.
Matteo.
Sentí que el corazón se detenía.
—Entonces crecimos juntos.
Matteo asintió.
—Sí.
—¿Por qué no lo recuerdo?
—Porque te separaron de mí.
—¿Cuándo?
—La noche del incendio.
—¿Quién me llevó?
Matteo bajó la mirada.
—Adriano.
—¿Por qué?
—Porque Alessandro se lo pidió.
—Entonces Adriano me salvó.
—Sí.
—¿Y después?
—Te entregó a Isabelle.
—¿Por qué?
—Porque era la única persona en quien Alessandro confiaba.
Mi madre se acercó.
—Eso no es completamente cierto.
Todos la miramos.
—¿Qué quieres decir? —pregunté.
Isabelle respiró profundamente.
—Alessandro no me pidió que te cuidara.
—¿Entonces?
—Fue Vittorio.
Damián quedó inmóvil.
—¿Mi padre?
—Sí.
—¿Por qué?
Isabelle comenzó a llorar.
—Porque Vittorio sabía que si te entregaba a una familia que no tuviera relación con la organización, estarías a salvo.
—¿Y por qué tú?
—Porque yo era amiga de Sofia.
—¿Entonces me criaste para protegerme?
—Sí.
—¿Y nunca pensaste decirme la verdad?
—Nunca.
—¿Por qué?
—Porque cada vez que intentaba hacerlo, alguien aparecía.
—¿Quién?
—Tu padre.
Mi corazón se detuvo.
—¿Alessandro?
Isabelle asintió.
—Él me visitó una vez.
—¿Cuándo?
—Cuando cumpliste dieciocho años.
—¿Qué te dijo?
Isabelle cerró los ojos.
—Que si alguna vez te enamorabas…
Se quedó en silencio.
—¿Qué?
—Que debía permitirte elegir.
—¿A quién?
—A quien quisieras.
Damián me miró.
Isabelle continuó:
—Pero me dijo que había una persona que debía evitar.
—¿Quién?
—Damián.
Él quedó inmóvil.
—¿Por qué?
—Porque temía que Vittorio hubiera convertido a su hijo en algo parecido a él.
Damián bajó la mirada.
—Entonces Alessandro desconfiaba de mí.
—Sí.
—Pero luego escribió que debía protegerla.
—Porque cambió de opinión.
—¿Cuándo?
—Cuando te vio con ella.
Damián levantó los ojos.
—¿Dónde?
Isabelle me miró.
—En la boda de una familia amiga.
Sentí un escalofrío.
—Yo tenía veinte años.
—Sí.
—¿Él estaba allí?
—Sí.
—¿Me vio?
—Sí.
—¿Y me siguió?
—Sí.
—¿Durante cuánto tiempo?
—Dos años.
Damián me miró.
—Entonces Alessandro sabía quién era yo antes de que yo supiera quién eras tú.
—Sí.
—¿Y por qué permitió que estuviéramos juntos?
Isabelle respondió:
—Porque comprendió que eras la única persona capaz de cambiarlo.
Sentí un nudo en la garganta.
—¿Eso fue lo que escribió?
—No.
—¿Entonces?
Isabelle sonrió entre lágrimas.
—Dijo algo diferente.
—¿Qué?
—Dijo: “Si ella consigue que Damián Varela ame sin miedo, habrá ganado.”
Damián quedó completamente inmóvil.
—¿Ganado qué?
Isabelle respondió:
—Su libertad.
Un ruido apareció detrás de nosotros.
La ventana se rompió.
Damián me empujó al suelo.
—¡Agáchate!
Los disparos comenzaron.
Gabriel respondió.
Matteo llevó a Sofia hacia otra habitación.
Elena cerró una puerta.
—¡Por aquí! —gritó Damián.
Corrimos hacia la parte trasera.
Salimos por una puerta que daba a un pequeño canal.
Una lancha estaba esperando.
—¡Suban! —gritó Matteo.
Nos subimos.
El motor arrancó.
Los disparos continuaron detrás.
Damián me abrazó para cubrirme.
—¿Estás herida?
—No.
—¿Segura?
—Sí.
—Mírame.
Lo hice.
—Estoy bien.
Damián respiró aliviado.
—Gracias a Dios.
—Damián.
—¿Sí?
—Alessandro sabía quién eras.
—Sí.
—Y aun así permitió que te acercaras.
—Sí.
—Entonces quizá nunca fuiste mi enemigo.
—Quizá.
—¿Y si todo esto fue preparado?
—No lo sé.
—¿Y si nuestro amor también forma parte del plan?
Damián sostuvo mi mirada.
—Entonces hay algo que nadie pudo planear.
—¿Qué?
—Lo que siento por ti.
La lancha avanzó por el canal.
Pero Matteo recibió un mensaje.
Su rostro cambió.
—¿Qué ocurre? —preguntó Gabriel.
—Encontraron a Alessandro.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Dónde?
—En una villa.
—¿Está vivo?
—Sí.
—¿Quién lo tiene?
Matteo tardó en responder.
—Rinaldi.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Y mi madre?
—También.
—¿Dónde?
Matteo levantó el teléfono.
—En el mismo lugar.
—Entonces vamos.
—No.
—¿Por qué?
Matteo me miró.
—Porque hay otra persona con ellos.
—¿Quién?
Matteo tragó saliva.
—Vittorio.
—¿El verdadero?
—Sí.
Damián quedó inmóvil.
—Entonces vamos a buscarlo.
Matteo negó.
—No podemos.
—¿Por qué?
—Porque la villa está protegida por hombres de Moretti.
—Los enfrentaremos.
—No es eso.
—Entonces ¿qué?
Matteo me miró.
—La villa está construida sobre la antigua cámara del archivo.
Sentí un escalofrío.
—Entonces es allí.
—Sí.
—¿Qué hay allí?
Matteo respondió:
—La prueba de quién es la verdadera heredera.
Damián me tomó la mano.
—No importa qué diga.
—¿Por qué?
—Porque tú ya elegiste.
—¿Qué elegí?
—Elegiste venir conmigo.
Lo miré.
—Sí.
—Entonces pase lo que pase…
Entrelazó sus dedos con los míos.
—…no voy a dejar que nadie nos separe.
La lancha giró hacia un canal más estrecho.
La noche había caído.
Venecia brillaba bajo la luna.
Pero al final del canal apareció una enorme villa iluminada.
Había hombres armados en los accesos.
Y en una de las ventanas, alguien estaba observando.
La lancha se detuvo.
Matteo apagó el motor.
—Hemos llegado.
Damián miró la villa.
—¿Dónde está Alessandro?
Matteo señaló una ventana.
—Allí.
Miré.
Y lo vi.
Mi padre.
Vivo.
Alessandro Bellini.
Estaba de pie detrás del cristal.
Me vio.
Su expresión cambió.
Se llevó una mano al pecho.
Y entonces pronunció algo que no pude escuchar.
Pero pude leer sus labios.
“Perdóname.”
Sentí que las lágrimas comenzaban a caer.
—Papá…
Damián se acercó.
—No estás sola.
Entonces apareció otro hombre detrás de Alessandro.
Un hombre alto.
De cabello oscuro.
Con una cicatriz en el rostro.
Mi padre retrocedió.
El hombre levantó un arma.
—¡No! —grité.
El disparo atravesó el cristal.
Alessandro cayó.
—¡Papá!
Damián me sujetó antes de que pudiera saltar de la lancha.
—¡Suéltame!
—¡No!
—¡Está herido!
—¡Lo sé!
—¡Damián!
—¡Si bajas ahora, te matarán!
Miré desesperadamente hacia la ventana.
Alessandro seguía en el suelo.
La figura permanecía detrás.
Entonces el hombre giró lentamente la cabeza.
Miró directamente hacia mí.
Y sonrió.
No era Rinaldi.
No era Moretti.
No era Vittorio.
Era un rostro que no había visto nunca.
Pero mi memoria sí.
Sentí un golpe dentro de la cabeza.
Una imagen.
Una voz.
Un hombre sosteniéndome cuando era niña.
Una frase.
“Algún día volverás a mí.”
Me llevé las manos a las sienes.
—Yo lo conozco.
Damián me miró.
—¿Quién es?
—No lo sé.
—¿Qué recuerdas?
—Me tenía en brazos.
—¿Cuándo?
—Cuando era pequeña.
—¿Qué te dijo?
Cerré los ojos.
La voz regresó.
“Tu padre te mintió.”
Abrí los ojos.
—Damián…
—¿Qué?
—Él estuvo en el incendio.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Quién es?
Lo miré.
—No lo sé.
Entonces el hombre de la ventana levantó una mano.
Tenía el mismo anillo de la corona que había aparecido en mi memoria.
Y comprendí que la verdad que habíamos venido a buscar no estaba dentro de la villa.
Estaba dentro de mí.
La memoria regresaba.
Y con ella, una revelación que podía destruirlo todo.
La voz de aquel hombre volvió a resonar en mi cabeza.
“Valentina, tú no eres la hija de Alessandro.”
Sentí que el mundo se detenía.
Y una segunda voz apareció.
La voz de mi verdadero padre.
—Hija, si alguna vez recuerdas a ese hombre, corre.
Miré a Damián.
—¿Qué pasa?
Las lágrimas me cegaron.
—Mi padre me advirtió sobre él.
—¿Quién es?
Volví a mirar la villa.
El hombre seguía observándome.
Entonces recordé su nombre.
Un nombre que había sido enterrado durante veinticinco años.
—Se llama Adriano Costa.
Damián quedó inmóvil.
—¿El hombre que te salvó?
Asentí.
—Sí.
—Entonces ¿por qué te disparó?
No pude responder.
Porque en ese instante recordé algo más.
La noche del incendio.
Adriano no me estaba salvando.
Me estaba llevando hacia alguien.
Y aquel alguien no era Alessandro.
Era el hombre que ahora estaba dentro de la villa.
El hombre que todos habían creído muerto.
El hombre que había estado moviendo los hilos desde el principio.
Mi verdadero padre.
Y entonces comprendí que Venecia no era el lugar donde encontraríamos la verdad.
Era el lugar donde descubriríamos por qué habían mentido sobre mi nacimiento.