—Se llama Adriano Costa.
Las palabras salieron de mi boca apenas como un susurro.
Damián no respondió inmediatamente.
Lo vi mirar hacia la villa y después volver sus ojos hacia mí.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Lo recuerdas?
—No como recuerdo una persona que conocí ayer.
Me llevé una mano a la sien.
—Lo recuerdo como una pesadilla.
—Entonces dime qué viste.
Cerré los ojos.
La villa desapareció durante unos segundos y regresé al pasado.
Fuego.
Humo.
Una puerta.
Un hombre corriendo.
Una mano sujetando la mía.
Y aquella voz.
—No tengas miedo, pequeña.
Abrí los ojos de golpe.
—Me estaba llevando.
—¿Hacia dónde?
—Hacia la casa.
Damián frunció el ceño.
—¿La villa?
—Sí.
—¿Estás segura?
—Sí.
—Entonces Adriano no te estaba salvando.
Negué lentamente.
—No.
—¿Qué hacía?
—Me estaba entregando.
Damián apretó la mandíbula.
—¿A quién?
—A él.
Señalé la ventana.
El hombre seguía allí.
Alessandro ya no aparecía.
Solo quedaba aquella figura.
—Tenemos que entrar —dijo Damián.
Matteo negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque eso es exactamente lo que quiere.
—Mi padre está herido.
—Lo sé.
—Entonces voy.
—Damián…
Lo miré.
—Yo también.
Él negó.
—No.
—No vuelvas a hacerlo.
—¿Qué?
—Decidir que debo quedarme atrás.
—No quiero ponerte en peligro.
—Ya estoy en peligro.
—Precisamente.
—Entonces déjame elegir cómo enfrentarlo.
Damián sostuvo mi mirada.
Durante unos segundos pareció luchar contra sí mismo.
Finalmente asintió.
—Bien.
—¿Bien?
—Sí.
Se acercó hasta quedar frente a mí.
—Pero vas a permanecer a mi lado.
—No soy una niña.
—Lo sé.
—Entonces no me des órdenes.
—No son órdenes.
—¿Qué son?
—Una petición desesperada.
Aquello me desarmó.
—Está bien.
Damián tomó mi mano.
—No te separes de mí.
—No lo haré.
Matteo observó la villa.
—Hay una entrada por el canal.
—Vamos.
La lancha avanzó lentamente.
La lluvia comenzó a caer sobre Venecia.
Las luces de la villa se reflejaban sobre el agua negra.
Cada metro parecía acercarnos a una verdad que ninguno estaba preparado para conocer.
Cuando llegamos al embarcadero, Gabriel fue el primero en bajar.
—No hay guardias.
Damián frunció el ceño.
—Eso es peor.
—¿Por qué?
—Porque quieren que entremos.
—Entonces entraremos.
Damián me miró.
—Juntos.
Subimos las escaleras.
La puerta principal estaba abierta.
Dentro había un silencio extraño.
Demasiado perfecto.
—Alessandro —llamé.
Nadie respondió.
—Papá.
Mi voz tembló.
Damián apretó mi mano.
—Estoy aquí.
Entramos.
El vestíbulo estaba iluminado por una sola lámpara.
En el suelo había una pequeña mancha de sangre.
Me arrodillé.
—Es suya.
Damián examinó el suelo.
—Sí.
—Entonces está vivo.
—Probablemente.
—¿Dónde está?
Matteo señaló el corredor.
—Hacia allí.
Avanzamos.
Llegamos a una habitación.
La puerta estaba entreabierta.
Damián levantó el arma.
—Atrás.
Entró primero.
—¡Despejado!
Entré.
Alessandro estaba sentado contra la pared.
Tenía una herida en el hombro.
Estaba pálido.
Pero vivo.
—Papá.
Él levantó la mirada.
Durante unos segundos no dijo nada.
Después sonrió.
—Valentina.
Corrí hacia él.
Me arrodillé y lo abracé.
—Estás vivo.
Sus manos temblaron al rodearme.
—Perdóname.
—No.
—Debí volver antes.
—No importa.
—Sí importa.
—Estás aquí.
—No por mucho tiempo.
Me separé.
—¿Qué quieres decir?
Alessandro miró a Damián.
—Él.
Damián se acercó.
—¿Qué?
—Cuida de ella.
Damián asintió.
—Lo haré.
—No.
—¿Qué?
—No como crees.
Damián frunció el ceño.
—Entonces habla.
Alessandro respiró con dificultad.
—No sabes quién está detrás de todo esto.
—Adriano.
Alessandro me miró.
—¿Lo recuerdas?
—Sí.
—Entonces ya es demasiado tarde.
—¿Por qué?
—Porque él sabe que recuerdas.
—¿Quién es realmente?
Alessandro cerró los ojos.
—Mi hermano.
El silencio fue absoluto.
—¿Qué?
Damián quedó inmóvil.
—Adriano Costa es mi hermano.
Sentí que el corazón se detenía.
—Pero…
—Adriano no es un apellido real.
—Entonces ¿cuál?
Alessandro me miró.
—Bellini.
Matteo retrocedió.
—¿Mi tío?
Alessandro asintió.
—Sí.
—Entonces…
—Adriano Bellini.
Damián preguntó:
—¿Por qué usó el nombre Costa?
—Para esconderse.
—¿De quién?
—De Vittorio.
—¿Y por qué quería a Valentina?
Alessandro miró hacia mí.
—Porque él cree que eres su hija.
Mi respiración se detuvo.
—¿Qué?
—Adriano cree que tú naciste de una relación entre él y Sofia.
Sofia dio un paso atrás.
—Eso es mentira.
Alessandro la miró.
—Sí.
—Entonces ¿por qué lo cree?
—Porque Vittorio se lo hizo creer.
Damián apretó la mandíbula.
—Otra manipulación.
—Sí.
—¿Y cuál es la verdad?
Alessandro tardó en responder.
—La verdad es que Valentina es mi hija.
Sofia cerró los ojos.
—Sí.
—Entonces…
Alessandro miró a Matteo.
—Tú y Valentina son hermanos.
Matteo asintió.
—Lo sabía.
—No sabes toda la historia.
—Entonces cuéntamela.
Alessandro respiró profundamente.
—Adriano nació tres años antes que yo.
—¿Y qué ocurrió?
—Nuestro padre era uno de los fundadores de la organización.
—¿Moretti?
—No.
—¿Quién?
Alessandro respondió:
—Enzo Bellini.
El nombre cayó como una piedra.
—¿Quién era?
—Nuestro padre.
—¿Y qué tiene que ver con Moretti?
—Enzo trabajó con él.
—¿Y Vittorio?
—Vittorio era su rival.
—Entonces ¿cómo terminó todo?
—Con una traición.
Alessandro cerró los ojos.
—Enzo descubrió que Moretti quería convertir la organización en una estructura criminal.
—¿Y qué hizo?
—Intentó detenerlo.
—¿Y Adriano?
—Adriano estaba de acuerdo con Moretti.
Sentí un escalofrío.
—Entonces mi tío…
—Sí.
—¿Participó en todo?
—No al principio.
—¿Cuándo cambió?
—Cuando murió Enzo.
—¿Quién lo mató?
Alessandro miró hacia la puerta.
—Vittorio.
Damián cerró los ojos.
—Siempre él.
Alessandro negó.
—No.
—¿Qué?
—Vittorio ordenó el ataque.
—¿Y quién disparó?
Alessandro respondió:
—Adriano.
El silencio fue absoluto.
—¿Adriano mató a su propio padre?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Moretti le prometió poder.
Matteo apretó los puños.
—Entonces la guerra empezó mucho antes de nosotros.
—Mucho antes.
—¿Y tú qué hiciste?
Alessandro me miró.
—Intenté arreglarlo.
—¿Cómo?
—Creando una nueva rama de la familia.
—¿La mía?
—Sí.
—No entiendo.
—Tú no naciste para heredar un imperio.
—Entonces ¿para qué?
Alessandro tomó mi mano.
—Para demostrar que una familia podía romper el ciclo.
Sentí lágrimas en los ojos.
—¿Por qué me llamaste Valentina?
—Porque era el nombre de tu abuela.
—¿Y Clara?
Alessandro sonrió tristemente.
—Clara era el nombre que te dieron para esconderte.
—Entonces mi nombre verdadero…
—Siempre fue Valentina.
—Pero ¿por qué todos dicen que Clara murió?
—Porque necesitábamos que todos creyeran que Valentina había muerto.
Damián intervino:
—Entonces ella vivió bajo una identidad falsa durante veinticinco años.
—Sí.
—¿Y tú la observaste?
—Sí.
—¿Por qué no volviste?
Alessandro lo miró.
—Porque si volvía, Adriano te habría encontrado.
—¿A mí?
—A ti.
—¿Por qué?
—Porque sabía que eras la única persona capaz de hacer que ella recordara.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Entonces tú sabías que nos conoceríamos?
—No.
—¿Entonces?
—Esperaba que ocurriera.
—Eso es diferente.
—Sí.
Alessandro miró hacia mí.
—Nunca quise decidir quién amarías.
—Pero preparaste todo.
—Preparé una oportunidad.
—¿Para qué?
—Para que pudieras elegir una vida diferente.
Damián bajó la mirada.
—Y ahora ella está en peligro por mi culpa.
Alessandro negó.
—No.
—¿Entonces?
—Está en peligro porque Adriano la necesita.
—¿Para qué?
—Para abrir la cámara.
Matteo frunció el ceño.
—La cámara de Venecia.
—Sí.
—¿Qué contiene?
Alessandro miró hacia mí.
—Tu nacimiento.
—¿Mi nacimiento?
—El registro original.
—¿Y por qué es tan importante?
—Porque demuestra quién es el verdadero heredero.
—¿Y quién es?
Alessandro no respondió.
Damián preguntó:
—¿Valentina?
Alessandro negó.
—No.
Sentí un escalofrío.
—Entonces ¿quién?
Alessandro miró a Matteo.
—No es ninguno de ustedes.
Matteo palideció.
—¿Entonces quién?
—El heredero no es una persona.
—¿Qué?
—Es una línea de sangre.
Damián frunció el ceño.
—Explícate.
—La organización fue creada para proteger una fortuna familiar.
—¿Y?
—La fortuna pertenece a una familia anterior a los Bellini, los Varela, los Moretti y los Rinaldi.
—¿Cuál?
Alessandro respondió:
—Los Orsini.
Elena abrió los ojos.
—¿La familia Orsini?
—Sí.
—Pensé que habían desaparecido.
—Eso es lo que todos creen.
Yo sentí que algo dentro de mí volvía a moverse.
Una imagen.
Un jardín.
Una mujer.
Una casa.
Un niño.
Y un hombre con un anillo de corona.
—Conozco ese apellido.
Alessandro me miró.
—¿Dónde lo escuchaste?
—En mi memoria.
—¿Qué recuerdas?
—Una mujer diciendo: “La sangre Orsini debe sobrevivir.”
Alessandro palideció.
—Entonces recuerdas más de lo que pensaba.
—¿Qué significa?
—Que tu madre no era la única persona que te protegía.
—¿Quién más?
Alessandro miró hacia la ventana.
—Tu abuela.
—¿Quién era?
—Isabella Orsini.
Damián frunció el ceño.
—¿Y por qué nunca hablamos de ella?
Alessandro respondió:
—Porque murió antes de que nacieras.
—¿Cómo?
—La mató Adriano.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque ella conocía el secreto de la herencia.
—¿Qué secreto?
Alessandro respiró profundamente.
—Que la verdadera heredera no era quien todos creían.
—Otra vez.
—Sí.
—¿Quién es entonces?
Alessandro me miró.
—Tú.
El silencio fue absoluto.
—Pero acabas de decir que no soy la heredera.
—No de la organización.
—Entonces…
—Eres heredera de algo mucho más grande.
—¿Qué?
—De una fortuna que puede destruir el imperio de todos ellos.
Damián comprendió.
—Por eso quieren matarla.
—Sí.
—¿Y por qué Rinaldi la necesita viva?
—Porque sin ella no puede acceder a las cuentas.
—¿Qué cuentas?
—Las que financian la organización.
—¿Dónde están?
—En Suiza.
Damián negó.
—No.
—Sí.
—¿Por qué nunca las encontraron?
—Porque necesitan la sangre Orsini.
—La de Valentina.
—Sí.
Me quedé inmóvil.
—Entonces todo esto…
—Comenzó antes de tu nacimiento.
—Y yo…
—Fuiste el secreto que todos intentaron controlar.
Damián se acercó.
—No volverán a hacerlo.
Alessandro lo miró.
—Eso depende de ti.
—¿Por qué?
—Porque Adriano sabe cuál es tu punto débil.
—Ella.
—Sí.
Damián me miró.
—No soy una debilidad.
—Para mí no.
Alessandro sonrió.
—Entonces quizá hice bien.
Un ruido fuerte resonó en el pasillo.
Damián levantó el arma.
—Nos encontraron.
Matteo se asomó.
—Hay hombres afuera.
Gabriel apareció.
—Más de diez.
—¿Rinaldi?
—No lo sé.
Alessandro intentó levantarse.
—Tenemos que irnos.
—No puedes caminar.
—Puedo.
Damián lo sostuvo.
—Yo lo llevo.
Alessandro lo miró.
—Gracias.
—No me agradezcas todavía.
—¿Por qué?
—Porque también voy a sacarte de aquí.
—Eso esperaba.
Comenzamos a movernos.
De repente se escuchó una voz.
—¡Alessandro!
Todos nos detuvimos.
Era Adriano.
—Sé que estás ahí.
Damián me colocó detrás de él.
—No respondas.
Adriano volvió a hablar.
—Valentina.
Sentí un escalofrío.
—Tu padre te ha mentido.
—No.
—Él no es tu padre.
Alessandro cerró los ojos.
—No lo escuches.
—Dime la verdad —grité.
Damián me miró.
—No.
—Necesito saber.
Adriano rio.
—Eso es lo que quería.
—¿Qué quieres?
—Que vengas conmigo.
—No.
—Entonces Alessandro muere.
Alessandro negó.
—No vayas.
—Papá…
—No.
Adriano volvió a hablar.
—Yo sé quién es tu verdadero padre.
Mi respiración se detuvo.
—¿Quién?
—Yo.
Sofia cerró los ojos.
—Miente.
Adriano rio.
—Pregúntale a Sofia.
La miré.
—¿Es verdad?
—No.
—¿Tuviste una relación con Adriano?
Sofia guardó silencio.
—Mamá.
Ella lloró.
—Sí.
El mundo pareció detenerse.
—¿Cuándo?
—Antes de que nacieras.
Damián me miró.
Alessandro cerró los ojos.
—Eso no significa que seas su hija.
—Entonces ¿de quién?
Sofia respondió:
—De Alessandro.
Adriano gritó desde el otro lado:
—¡Mientes!
Damián levantó el arma.
—Se acabó.
Los hombres comenzaron a entrar.
Hubo disparos.
Gabriel respondió.
Matteo tomó a Elena.
Sofia protegió a Isabelle.
Damián sostuvo a Alessandro.
Yo permanecí junto a ellos.
—¡Por aquí! —gritó Gabriel.
Corrimos hacia una puerta lateral.
Llegamos a una escalera.
Bajamos.
El ruido de los disparos quedó atrás.
Alessandro respiraba con dificultad.
—No podemos salir por el canal.
—¿Por qué?
—Hay hombres esperando.
—Entonces ¿por dónde?
—Por debajo.
Matteo abrió una puerta.
Había un túnel.
—¿Adónde lleva?
—A la cámara.
Damián lo miró.
—¿La cámara del archivo?
—Sí.
—Entonces vamos.
Descendimos.
El túnel era estrecho.
El agua llegaba hasta nuestros tobillos.
Yo caminaba junto a Damián.
—¿Estás bien?
—No.
—¿Qué pasa?
—Tengo miedo.
—Yo también.
—¿De Adriano?
—De lo que pueda recordar.
Damián tomó mi mano.
—No importa qué recuerdes.
—¿Y si descubro que él es mi padre?
—Entonces seguirá sin cambiar lo que siento.
—¿Cómo puedes decirlo?
—Porque no amo tu sangre.
—¿Entonces?
—Te amo a ti.
Sentí que las lágrimas aparecían.
—Damián…
—Y si alguien intenta usar tu pasado para quitarte el futuro, tendrá que pasar primero por mí.
—No quiero que mueras por mí.
—No pienso morir.
—No puedes prometer eso.
—Entonces te prometo que voy a luchar.
—Eso sí puedo aceptarlo.
Llegamos a una enorme puerta de hierro.
Tenía una inscripción.
“ORIGEN.”
Alessandro se acercó.
—Aquí está.
—¿Qué?
—La verdad.
Damián miró la puerta.
—¿Cómo se abre?
Alessandro me señaló.
—Con ella.
—¿Otra vez mi sangre?
—No.
—¿Entonces?
—Su voz.
Me quedé inmóvil.
—¿Mi voz?
—Sí.
—¿Qué tengo que decir?
Alessandro respondió:
—Tu nombre verdadero.
Damián me miró.
—Valentina.
Me acerqué a la puerta.
Apoyé la mano sobre el metal.
—Mi nombre es Valentina Bellini.
Nada ocurrió.
Alessandro negó.
—No.
—¿Qué?
—Ese no es tu nombre completo.
Mi corazón se aceleró.
—Entonces ¿cuál es?
Alessandro me miró.
—Valentina Orsini Bellini.
La puerta vibró.
Damián quedó inmóvil.
—Orsini.
—Sí.
La puerta comenzó a abrirse.
Una luz blanca apareció detrás.
Y entonces escuchamos pasos.
Alessandro palideció.
—No.
—¿Qué?
—Llegó.
Damián levantó el arma.
—¿Quién?
Alessandro miró hacia el túnel.
—Adriano.
Una figura apareció lentamente en la oscuridad.
Adriano Costa.
O Adriano Bellini.
El hombre que había estado escondido durante veinticinco años.
El hombre que había participado en el incendio.
El hombre que afirmaba ser mi padre.
Y detrás de él apareció Rinaldi.
Pero no venían solos.
Entre ellos caminaba un hombre mayor.
Cabello blanco.
Traje oscuro.
Una cicatriz sobre el rostro.
Al verlo, Alessandro dejó escapar una palabra.
—Enzo.
Matteo se quedó completamente inmóvil.
—No puede ser.
Adriano sonrió.
—Sí puede.
Damián apuntó.
—¿Quién es?
Alessandro respondió con voz quebrada:
—Nuestro padre.
Sentí un escalofrío.
—Pero dijiste que murió.
Alessandro me miró.
—Eso creíamos.
El hombre de cabello blanco sonrió.
—No morí.
Miró hacia mí.
—Y ahora que has abierto la puerta, hija…
Sentí que el corazón se detenía.
—…finalmente puedo recuperar lo que me pertenece.
Damián se colocó delante de mí.
—Ella no pertenece a nadie.
El anciano sonrió.
—Eso es lo que tú crees.
Levantó una pequeña fotografía.
Era la misma imagen que había visto en mi memoria.
Una niña.
Una mujer.
Un hombre.
Y en el reverso había una inscripción.
“Valentina Orsini, heredera de la sangre.”
El hombre dio un paso.
—Tu padre te ocultó.
—¿Por qué?
—Porque sabía que algún día yo volvería por ti.
—¿Para qué?
—Para terminar lo que comenzó hace veinticinco años.
Damián apretó el arma.
—No vas a tocarla.
El anciano lo observó.
—Tú eres el hijo de Vittorio.
—Sí.
—Entonces sabes lo que significa desafiar a tu familia.
Damián respondió:
—Sí.
—¿Y aun así lo harás?
Damián me tomó de la mano.
—Por ella, sí.
El anciano sonrió.
—Entonces la profecía se cumplió.
—¿Qué profecía?
—La misma que Alessandro intentó evitar.
Miró hacia mí.
—La heredera debía enamorarse del heredero enemigo.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué?
El anciano continuó:
—Porque solo así los dos imperios podrían unirse.
—No —susurré.
—Sí.
—No somos piezas.
—Eso depende de lo que hagas ahora.
Señaló la puerta abierta.
—Dentro está el documento que decide quién gobernará la organización.
—No lo quiero.
—No importa.
—Lo destruiré.
—Puedes intentarlo.
Damián me miró.
—No estás sola.
El anciano sonrió.
—Todavía no.
—¿Qué significa eso?
—Que hay alguien dentro de la cámara.
Damián levantó el arma.
—¿Quién?
El anciano respondió:
—La persona que Valentina amó antes de recordar que la había olvidado.
Sentí un escalofrío.
—¿Quién?
La puerta terminó de abrirse.
Dentro había una habitación iluminada.
Y una mujer estaba de pie frente a una mesa.
La reconocí inmediatamente.
Era la mujer de mis recuerdos.
La mujer que me cantaba.
La mujer que me abrazaba cuando era niña.
La mujer que creía muerta.
—Mamá…
Sofia dejó escapar un sollozo.
—No…
La mujer sonrió.
—Hola, hija.
Yo no podía moverme.
Damián apretó mi mano.
—¿Quién es?
Miré a Sofia.
Después a la mujer.
Y finalmente comprendí.
Había otra mentira.
Otra identidad.
Otro secreto.
Porque la mujer que tenía delante no era Sofia.
Era alguien mucho más importante.
Mi verdadera madre.
Y detrás de ella, sobre la mesa, había un documento con una sola frase:
“El heredero será quien mate a Damián Varela.”