—El heredero será quien mate a Damián Varela.
Leí aquella frase una vez.
Después otra.
Y otra más.
Pero las palabras no cambiaron.
Seguían allí, negras sobre el papel blanco, como si alguien hubiera esperado veinticinco años para escribir mi sentencia.
Levanté lentamente la mirada.
Damián estaba a mi lado.
Sentí su mano aferrándose a la mía.
No temblaba.
Yo sí.
—No —susurré.
La mujer que estaba frente a nosotros permanecía inmóvil.
Tenía el cabello oscuro, ligeramente plateado en las sienes, y unos ojos que me resultaban dolorosamente familiares.
Había pasado años intentando recordar aquella mirada.
Ahora la tenía delante.
—¿Mamá?
La mujer cerró los ojos.
Una lágrima recorrió su mejilla.
—Sí, hija.
Sofia cayó de rodillas.
—No puede ser.
La mujer la miró.
—Sí puede.
—Tú estabas muerta.
—Eso fue lo que hicieron creer.
—Yo te vi…
—Viste un cuerpo.
—¿Quién eres? —preguntó Damián.
La mujer lo observó.
—Isabella Orsini.
Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.
Isabella.
El nombre que Alessandro había pronunciado.
Mi abuela.
La mujer que supuestamente había muerto antes de que yo naciera.
La mujer que ahora decía ser mi madre.
—Eso es imposible —dije.
Isabella se acercó un paso.
—Sé que lo parece.
—Mi padre dijo que Isabella Orsini era mi abuela.
—Alessandro se equivocó.
—¿Mi padre se equivocó?
—No.
—Entonces…
Isabella bajó la mirada.
—Alessandro creía que yo era su madre.
—¿Y no lo eras?
—No.
—¿Quién eres?
La mujer respiró profundamente.
—La hermana gemela de Isabella Orsini.
El silencio fue absoluto.
—¿Tenía una hermana gemela?
—Sí.
—¿Cómo se llamaba?
Isabella me miró.
—Elisabetta.
Sentí un escalofrío.
—Entonces tú eres Elisabetta.
—Ese era mi nombre.
—¿Por qué te haces llamar Isabella?
—Porque la verdadera Isabella murió la noche en que naciste.
—¿Y tú?
—Tomé su identidad para protegerte.
Damián frunció el ceño.
—Otra identidad.
Elisabetta lo miró.
—En esta familia todos aprendimos a sobrevivir con nombres prestados.
—¿Y por qué ahora?
—Porque ya no puedo esconderme.
Damián dio un paso hacia ella.
—¿Qué significa el documento?
Elisabetta miró la mesa.
—Significa que alguien ha decidido que Damián debe morir.
—¿Quién?
—Los hombres que controlan la organización.
—¿Y por qué?
—Porque creen que él es el último obstáculo.
Damián soltó una risa amarga.
—Qué honor.
—No lo tomes a la ligera.
—No lo hago.
—Si mueres, Valentina será proclamada heredera.
—No quiero ser heredera.
—No importa.
—Sí importa.
Elisabetta negó.
—En este mundo, querer no siempre es suficiente.
Yo me interpuse.
—No voy a matarlo.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué me trajiste aquí?
—Porque quería que vieras la verdad antes de que ellos te obligaran a elegir.
—¿Quiénes son ellos?
—Moretti.
—¿Rinaldi?
—También.
—¿Vittorio?
Elisabetta tardó unos segundos.
—Depende de cuál Vittorio.
—Estoy cansada de esa respuesta.
—Lo sé.
—Todos tienen una versión diferente.
—Porque durante veinticinco años hubo una guerra silenciosa.
—¿Y yo qué soy?
Elisabetta me miró directamente.
—La razón por la que comenzó.
Damián apretó mi mano.
—No.
—Sí.
—Ella no provocó nada.
—No dije que lo hiciera.
—Entonces no vuelvas a hablar de ella como si fuera responsable.
Elisabetta sonrió tristemente.
—Ahora entiendo por qué te eligió.
Damián frunció el ceño.
—¿Quién?
—Alessandro.
—¿Para qué?
—Para protegerla.
—¿Solo eso?
—No.
—Entonces habla.
Elisabetta se acercó a nosotros.
—Alessandro sabía que tú eras el único hombre que podía romper el ciclo.
—¿Por qué yo?
—Porque eres hijo de Vittorio.
—Eso no me convierte en nada.
—Precisamente.
Damián guardó silencio.
—Tu padre construyó su vida alrededor del poder.
—Sí.
—Tú podías elegir no hacerlo.
—Y elegí.
—Por ella.
Damián me miró.
—Sí.
Elisabetta sonrió.
—Entonces el plan funcionó.
—¿Qué plan?
—El de Alessandro.
Sentí una punzada de rabia.
—Otra vez un plan.
—Sí.
—Todos tenían un plan para mí.
—Yo también.
—¿Cuál?
Elisabetta señaló el documento.
—Quería que tú tuvieras la oportunidad de elegir a quién salvar.
—¿A Damián?
—A ti misma.
La frase me desconcertó.
—No entiendo.
—Durante toda tu vida te han dicho quién eras.
—Sí.
—Hija.
—Sí.
—Heredera.
—Sí.
—Víctima.
—Sí.
—Salvadora.
—Sí.
—Pero nunca te preguntaron qué querías ser.
Negué lentamente.
—No.
—Por eso estás aquí.
—¿Para elegir?
—Sí.
Damián miró el documento.
—¿Y si ella no acepta?
—Entonces el imperio se divide.
—¿Y si lo destruye?
Elisabetta sonrió.
—Entonces finalmente será libre.
Me quedé mirando el papel.
—¿Qué pasa si lo rompo?
—La guerra comenzará.
—¿Y si lo conservo?
—La guerra también.
—Entonces no hay salida.
—Siempre hay una salida.
—¿Cuál?
Elisabetta miró a Damián.
—Que él muera.
Sentí que algo dentro de mí se quebraba.
—No.
—O que tú renuncies a todo.
—Eso sí.
Damián negó inmediatamente.
—No.
Lo miré.
—¿Qué?
—No vas a renunciar a tu vida por mí.
—No estoy renunciando a mi vida.
—Estás renunciando a tu libertad.
—Mi libertad no está en un documento.
—Entonces ¿dónde está?
Damián me miró.
—En elegirte.
Mi corazón dio un vuelco.
—Damián…
—No voy a dejar que nadie te convierta en una heredera.
—¿Y qué quieres que sea?
—Lo que quieras.
—¿Y si quiero estar contigo?
—Entonces estarás conmigo.
—¿Aunque eso te mate?
—Aunque me cueste todo.
—No quiero perderte.
—Entonces no me pierdas.
Nos quedamos mirándonos.
Elisabetta observaba en silencio.
—Esto era lo que ellos temían —dijo.
Me separé lentamente de Damián.
—¿Qué?
—Que se eligieran.
—¿Quiénes?
—Los dos.
—¿Por qué?
—Porque si la heredera Orsini y el heredero Varela permanecen juntos, ninguna de las familias podrá controlar el futuro.
Damián frunció el ceño.
—¿Yo soy heredero?
—Por sangre.
—No por elección.
—Exactamente.
—Entonces tenemos algo en común.
—¿Qué?
Damián me miró.
—Ninguno quiere ser lo que ellos decidieron.
Elisabetta sonrió.
—Quizá por eso estaban destinados a encontrarse.
Un ruido seco resonó detrás de nosotros.
Matteo levantó el arma.
—Tenemos compañía.
Rinaldi apareció en la entrada.
—Qué escena tan conmovedora.
Damián se colocó delante de mí.
—No te acerques.
Rinaldi levantó las manos.
—No he venido a luchar.
—Entonces ¿para qué?
—A entregar un mensaje.
—Habla.
Rinaldi miró a Elisabetta.
—Moretti ya sabe que ella está aquí.
Elisabetta palideció.
—¿Cómo?
—Porque alguien habló.
Todos miramos a Sofia.
Ella negó.
—No fui yo.
Rinaldi sonrió.
—No.
—¿Entonces?
—Fue alguien mucho más cercano.
Damián levantó el arma.
—¿Quién?
Rinaldi señaló hacia mí.
—Ella.
Sentí un escalofrío.
—¿Yo?
—Tu memoria.
—No entiendo.
—Cada vez que recuerdas algo, alguien puede localizarte.
Elisabetta cerró los ojos.
—No…
—Sí.
—¿Cómo?
Rinaldi respondió:
—La memoria de Valentina está vinculada al archivo.
Damián apretó la mandíbula.
—Eso ya lo sabíamos.
—No todo.
—¿Qué falta?
Rinaldi miró hacia mí.
—Cada recuerdo contiene una coordenada.
—¿Qué?
—Un lugar.
—¿Para qué?
—Para encontrar las cuentas.
—Las cuentas suizas.
—Exactamente.
Gabriel se acercó.
—Entonces cada vez que ella recuerda, abre una parte del mapa.
—Sí.
—¿Y Moretti puede seguirla?
—Sí.
Sentí que el cuerpo me temblaba.
—Entonces cada recuerdo pone a todos en peligro.
Rinaldi asintió.
—Ahora lo entiendes.
Damián me tomó de los hombros.
—No.
—¿Qué?
—No eres responsable.
—Pero…
—No.
—Si mis recuerdos…
—No son armas.
—Rinaldi acaba de decir…
—Rinaldi dice lo que necesita para manipularte.
Rinaldi sonrió.
—Quizá.
—¿Entonces es mentira?
—No completamente.
Damián apretó la mandíbula.
—Te odio.
—Eso también estaba previsto.
—¿Por quién?
Rinaldi miró a Elisabetta.
—Por ella.
Elisabetta palideció.
—No.
—Sí.
—Nunca.
—Tu madre sabía que un día tendrías que elegir.
—No así.
—No importa cómo.
Rinaldi sacó una pequeña tarjeta.
—Moretti quiere verla.
—No voy a ir —dije.
—Entonces matará a Alessandro.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Dónde está?
—A salvo.
—No confío en ti.
—No tienes que hacerlo.
—Entonces ¿por qué debería seguirte?
—Porque él tiene algo que te pertenece.
—¿Qué?
Rinaldi sonrió.
—Tu partida de nacimiento.
Sentí un escalofrío.
—La verdadera.
—Sí.
—¿Dónde?
—Con Moretti.
Damián negó.
—Es una trampa.
—Por supuesto.
Rinaldi lo miró.
—Pero es la única forma de conocer la verdad.
—Podemos encontrar otra.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Moretti ha destruido todos los demás caminos.
Rinaldi se acercó.
—Y hay algo más.
—¿Qué?
—El tiempo se terminó.
—¿Qué significa eso?
—Dentro de una hora, Alessandro será trasladado.
—¿Adónde?
—A un lugar del que nunca saldrá.
Damián miró a Matteo.
—¿Puedes encontrarlo?
Matteo asintió.
—Quizá.
—¿Cuánto tardarías?
—Veinte minutos.
—Hazlo.
—¿Y ustedes?
Damián miró a Rinaldi.
—Nosotros iremos con él.
Matteo negó.
—Es peligroso.
—Todo esto es peligroso.
—Damián…
—No voy a dejar que ella vaya sola.
Lo miré.
—No quiero que vayas por mí.
—No voy por ti.
—Entonces ¿por qué?
—Porque quiero asegurarme de que vuelvas.
—¿Y tú?
—También.
Elisabetta intervino.
—No pueden ir directamente.
—¿Por qué?
—Porque Moretti estará esperando.
—Entonces ¿qué hacemos?
—Entrar por debajo.
—¿Dónde?
—En la antigua iglesia.
Matteo asintió.
—Conozco el acceso.
Rinaldi sonrió.
—Sabía que encontrarían una forma.
Damián lo apuntó.
—¿Vienes con nosotros?
—No.
—¿Por qué?
—Porque mi trabajo termina aquí.
—No te creo.
—No tienes que creerme.
Rinaldi dejó la tarjeta sobre la mesa.
—Solo recuerden algo.
—¿Qué?
—Cuando encuentren a Moretti, no miren sus manos.
Damián frunció el ceño.
—¿Por qué?
Rinaldi sonrió.
—Miren sus ojos.
Y desapareció por el corredor.
Damián lo siguió con la mirada.
—No me gusta.
—A mí tampoco.
—Entonces estamos de acuerdo.
Matteo se acercó.
—Tenemos que movernos.
Elisabetta tomó el documento.
—Esto viene con nosotros.
—¿Por qué?
—Porque alguien intentará destruirlo.
—¿Y si lo destruyen?
—Entonces perderemos la única prueba de la herencia.
—No necesito ninguna herencia.
—Quizá no.
—Entonces ¿para qué sirve?
—Para demostrar que no eres una pieza de Moretti.
—¿Qué soy?
Elisabetta respondió:
—La última descendiente de los Orsini.
—Eso no cambia quién soy.
—No.
—Entonces no me importa.
Elisabetta sonrió.
—Ahora sí eres hija mía.
La miré.
—Todavía no sé si puedo llamarte mamá.
—No tienes que hacerlo.
—Necesito tiempo.
—Tómate todo el que necesites.
Damián tomó mi mano.
Salimos de la cámara.
El recorrido hasta la iglesia fue silencioso.
Venecia parecía haberse convertido en otra ciudad.
Las calles estaban casi vacías.
La lluvia golpeaba las piedras.
Las luces de los canales temblaban sobre el agua.
Yo caminaba junto a Damián.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En todo.
—Eso es demasiado.
—Lo sé.
—¿Quieres hablar?
—Sí.
—Te escucho.
—Si descubro que soy hija de Alessandro…
—Ya sabes que lo eres.
—Pero si descubro que soy heredera…
—Eso no cambiará nada.
—Y si descubro que mi madre es Elisabetta…
—Tampoco.
—Y si descubro que mi vida entera fue construida sobre una mentira…
—Eso ya lo sabes.
—Entonces ¿qué queda?
Damián se detuvo.
Me tomó suavemente del rostro.
—Tú.
—¿Yo?
—Sí.
—¿Y si no sé quién soy?
—Entonces empezaremos desde cero.
—¿Contigo?
—Si quieres.
—Quiero.
Damián me besó.
Fue breve.
Pero en aquel instante el mundo pareció detenerse.
Cuando nos separamos, apoyé la frente contra la suya.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—No quiero que mueras.
—No voy a morir.
—Otra promesa imposible.
—Entonces una promesa posible.
—¿Cuál?
—Voy a luchar para volver contigo.
—Eso me gusta más.
—Bien.
—Damián.
—¿Sí?
—Si algún día tienes que elegir entre el poder y yo…
—Ya elegí.
—¿Sin pensarlo?
—Sin pensarlo.
—¿Y si te cuesta todo?
—Entonces que me cueste.
Llegamos a la iglesia.
Matteo abrió una pequeña puerta lateral.
Descendimos por unas escaleras.
El túnel estaba completamente oscuro.
El agua llegaba hasta nuestros tobillos.
Después hasta nuestras rodillas.
—Esto no me gusta —dijo Gabriel.
—A mí tampoco —respondió Matteo.
Seguimos.
De pronto escuchamos voces.
Damián levantó una mano.
Todos nos detuvimos.
—Hay alguien adelante.
Matteo apagó la linterna.
Esperamos.
Una voz masculina habló.
—Sé que están ahí.
Damián me miró.
—¿Quién es?
La voz volvió a escucharse.
—Valentina.
Sentí un escalofrío.
Era Moretti.
—No quiero hacerte daño.
Damián levantó el arma.
—No te creemos.
—No necesito que me crean.
—Entonces ¿qué quieres?
—Quiero que ella escuche.
Moretti encendió una luz.
Estaba al otro lado del túnel.
Y junto a él había un hombre.
Alessandro.
Mi padre estaba atado a una silla.
—¡Papá!
Alessandro levantó la mirada.
—No vengas.
—Voy a sacarte de aquí.
—No.
—Sí.
—Valentina, escucha.
—No voy a dejarte.
—Si cruzas esa línea, Moretti activará el mecanismo.
Damián miró al suelo.
—Hay explosivos.
Moretti sonrió.
—Muy inteligente.
—Suéltalo.
—No.
—Entonces ¿qué quieres?
Moretti miró hacia mí.
—La llave.
—No tengo ninguna llave.
—Sí tienes.
—¿Cuál?
—Tú.
Sentí un escalofrío.
—No.
—Sí.
—No soy una llave.
—Eres la única persona que puede abrir la bóveda.
Damián se interpuso.
—No va a hacerlo.
Moretti sonrió.
—Entonces Alessandro muere.
Mi padre negó.
—No lo hagas.
—Papá…
—Escúchame.
—Te escucho.
—No entregues tu vida por mí.
—No lo haré.
—Entonces vete.
—No.
—¡Vete!
—No.
—¡Valentina!
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Te encontré después de veinticinco años.
—Y por eso quiero que vivas.
—Quiero que tú vivas.
—No puedes salvarme.
—Déjame intentarlo.
Moretti levantó una pequeña caja.
—Dentro está tu partida de nacimiento.
—Dámela.
—Primero abre la bóveda.
—No.
—Entonces…
Apuntó a Alessandro.
Damián levantó el arma.
—Baja esa pistola.
—Tú también.
—Si disparas, moriremos todos.
—No.
—¿Qué?
—Porque ella abrirá la bóveda antes.
Moretti me miró.
—Y entonces tendrá que decidir.
—¿Decidir qué?
—Si quiere convertirse en la heredera.
—No quiero.
—Entonces Damián morirá.
—No.
—Si eliges la herencia, él vive.
—¿Y si elijo a Damián?
Moretti sonrió.
—Entonces pierdes todo.
—No me importa.
—Todavía.
Damián me miró.
—No lo escuches.
—Pero…
—No.
—¿Qué quieres que haga?
—Elige lo que quieras.
—¿Incluso si te cuesta la vida?
—Incluso.
Moretti soltó una carcajada.
—Qué noble.
Damián lo miró.
—No soy noble.
—¿Entonces?
—Estoy enamorado.
El silencio fue absoluto.
Moretti dejó de sonreír.
Alessandro cerró los ojos.
Yo sentí que el corazón se me rompía.
—Damián…
—No voy a dejar que te conviertan en algo que no quieres ser.
—Pero pueden matarte.
—Sí.
—No puedo aceptar eso.
—Entonces encuentra otra salida.
Miré alrededor.
Las paredes.
El agua.
La bóveda.
La caja.
Los explosivos.
Y entonces recordé algo.
Una puerta.
Una voz.
Una mujer.
Una frase.
“La corona no abre la puerta. La sangre abre el camino.”
Miré hacia el techo.
—La bóveda no se abre con sangre.
Moretti frunció el ceño.
—¿Qué?
—Se abre con memoria.
Alessandro palideció.
—No.
—Papá, recuerdo.
—Valentina, no.
—Recuerdo la noche del incendio.
—No.
—Recuerdo quién me llevó.
—No.
—Recuerdo quién estaba allí.
Moretti dio un paso atrás.
—¿Qué recuerdas?
Cerré los ojos.
La imagen apareció.
Fuego.
Humo.
Adriano.
Sofia.
Alessandro.
Una niña.
Y un hombre.
Un hombre que sostenía una pistola.
Abrí los ojos.
—Recuerdo quién disparó.
Moretti palideció.
Damián me miró.
—¿Quién?
Miré directamente a Moretti.
—Tú.
Moretti quedó inmóvil.
Alessandro cerró los ojos.
—Ahora lo recuerdas.
—Sí.
—Entonces ya no pueden controlarte.
Moretti levantó el arma.
—¡Mátenlos!
Los hombres comenzaron a disparar.
Damián me abrazó y me tiró al suelo.
Matteo respondió.
Gabriel cubrió la retirada.
El agua salpicó por todas partes.
Los explosivos comenzaron a emitir un sonido.
—¡Tenemos treinta segundos! —gritó Matteo.
—¡Hay que sacar a Alessandro!
Damián corrió hacia él.
Moretti desapareció en la oscuridad.
—¡Damián!
—¡Estoy aquí!
Liberó a Alessandro.
—¡Corre!
—¡No puedo!
—¡Entonces te llevo!
Damián cargó a mi padre sobre sus hombros.
Corrimos.
El túnel comenzó a temblar.
Una explosión sacudió la estructura.
Caí al suelo.
Damián regresó.
—¡Levántate!
—No puedo.
—¡Sí puedes!
Me levantó.
—Agárrate de mí.
—Tengo miedo.
—Yo también.
—¿Vamos a salir?
—Sí.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque todavía tengo una promesa que cumplir.
Corrimos.
Una segunda explosión hizo que el techo comenzara a caer.
Matteo gritó:
—¡A la derecha!
Giramos.
Llegamos a una puerta.
Damián la golpeó.
No cedió.
—¡Está cerrada!
—¡Retrocede! —gritó Gabriel.
Disparó.
La cerradura saltó.
Salimos.
Caímos sobre el suelo de la iglesia.
El silencio nos envolvió.
Durante unos segundos nadie se movió.
Después miré a Alessandro.
—Papá.
Él me miró.
—Estoy vivo.
Corrí hacia él.
Lo abracé.
—Pensé que iba a perderte.
—Yo también.
—¿Por qué nunca volviste?
—Porque tenía miedo.
—¿De qué?
—De que si volvía, Moretti te encontraría.
—Pero ahora…
—Ahora ya te encontró.
Damián se acercó.
—Tenemos que irnos.
Alessandro lo miró.
—No.
—¿Qué?
—Ella tiene que saberlo.
—¿Saber qué?
Alessandro me miró.
—La razón por la que Moretti te necesita.
—¿La herencia?
—No.
—¿La sangre Orsini?
—No.
—¿Entonces?
Alessandro respiró profundamente.
—Porque tú no eres solamente una heredera.
—¿Qué soy?
—Eres la única persona que puede destruir el sistema desde dentro.
—¿Cómo?
—Porque la organización reconoce tu voz.
—¿Por qué?
—Porque tu abuelo creó un mecanismo.
—¿Enzo?
—Sí.
—¿Qué mecanismo?
—Uno que solo responde a la sangre Orsini.
—¿Y qué hace?
Alessandro me miró con tristeza.
—Puede borrar todos los registros.
Damián entendió.
—Incluidos los nombres.
—Sí.
—Las cuentas.
—Sí.
—Los secretos.
—Sí.
—Todo.
Alessandro asintió.
—Todo.
Sentí un escalofrío.
—Entonces Moretti quiere obligarme a abrirlo.
—Sí.
—¿Para qué?
—Para borrar las pruebas que podrían destruirlo.
Damián se acercó.
—Y si ella lo abre…
—Moretti será libre.
—Entonces no lo hará.
Alessandro negó.
—No necesariamente.
—¿Qué quieres decir?
—El mecanismo tiene dos opciones.
—¿Cuáles?
—Borrar los registros.
—¿Y la otra?
Alessandro me miró.
—Revelarlos.
El silencio fue absoluto.
—¿Revelarlos a quién?
—A todo el mundo.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
—Que si Valentina activa la segunda opción, todos los nombres, cuentas, documentos y secretos serán expuestos.
—¿Y qué pasará?
—El imperio caerá.
—¿Y ella?
Alessandro bajó la mirada.
—También quedará marcada.
—¿Por qué?
—Porque todos sabrán que es la heredera.
Damián me miró.
—Entonces tendrá que huir.
Alessandro respondió:
—No.
—¿Qué?
—Tendrá que luchar.
Me quedé inmóvil.
—¿Yo?
—Sí.
—No sé luchar.
Damián tomó mi mano.
—Yo te enseñaré.
—¿Y si no quiero?
—Entonces encontraremos otra forma.
Alessandro sonrió.
—Eso es exactamente lo que esperaba de ti.
De repente, un teléfono comenzó a sonar.
Era el mío.
Miré la pantalla.
Número desconocido.
Contesté.
—¿Hola?
No hubo respuesta.
—¿Quién es?
Una voz masculina susurró:
—Valentina.
Reconocí la voz.
Moretti.
—¿Qué quieres?
—Quiero hacerte una oferta.
—No me interesa.
—Debería.
—No.
—Porque tengo algo que no sabes que tienes.
—¿Qué?
—Tu hermano.
Miré a Matteo.
Él estaba detrás de mí.
Moretti continuó:
—No hablo de Matteo.
Mi sangre se heló.
—¿Entonces?
—Tienes otro hermano.
Alessandro palideció.
—No.
—Sí.
—¿Quién?
Moretti rio.
—El hijo que Alessandro entregó para salvarte.
Mi padre cerró los ojos.
—No…
—¿Dónde está?
Moretti respondió:
—Conmigo.
—¿Cómo se llama?
Hubo un silencio.
Después llegó la respuesta.
—Luciano.
Sentí que el mundo se detenía.
Luciano.
El hombre que nos había ayudado.
El hombre que había recibido un disparo.
El hombre que creíamos aliado.
Moretti volvió a hablar:
—Y ahora tienes una elección mucho más difícil.
—¿Cuál?
—Puedes salvar a Damián.
—O puedes salvar a tu hermano.
La llamada terminó.
Miré a Damián.
Después a Matteo.
Después a Alessandro.
Y finalmente a Elisabetta.
Todos estaban en silencio.
Pero había una última cosa que nadie sabía.
Porque en ese momento recordé el rostro de Luciano.
Y comprendí que aquella mirada no había sido la de un enemigo.
Había sido la mirada de alguien que me conocía desde antes de que yo pudiera recordarlo.
Alguien que me había llamado por otro nombre.
Un nombre que nunca había entendido.
Hasta ahora.
—No era Luciano —susurré.
Damián se acercó.
—¿Qué?
Las lágrimas comenzaron a caer.
—Cuando me salvó del incendio…
—¿Sí?
—Me llamó hermana.
Alessandro palideció.
—No.
—Sí.
—Valentina…
—Papá, él es mi hermano.
Damián quedó inmóvil.
—¿Entonces Matteo no es tu único hermano?
Negué.
—No.
Miré hacia la oscuridad de la calle.
—Y Moretti acaba de convertirlo en la única persona que puede obligarme a elegir entre mi familia y el hombre que amo.
Damián apretó mi mano.
—Entonces no elegiremos.
—¿Qué?
—Los salvaremos a todos.
—¿Cómo?
Damián miró a Alessandro.
—Destruyendo el juego.
Alessandro asintió lentamente.
—Entonces ya no hay vuelta atrás.
Damián me miró.
—Nunca la hubo.
Y mientras Venecia comenzaba a despertar bajo una lluvia fría, comprendí que el verdadero peligro ya no estaba detrás de nosotros.
Estaba delante.
Y esta vez, para salvar a los que amaba, tendría que entrar voluntariamente en el corazón del imperio que había intentado destruirme.