La llamada terminó, pero la voz de Moretti continuó resonando dentro de mi cabeza.
—Tienes otro hermano.
Luciano.
Durante unos segundos nadie dijo una palabra.
Venecia seguía respirando alrededor de nosotros, indiferente a la guerra que acababa de estallar en nuestras vidas. La lluvia golpeaba los tejados. El agua corría por las piedras. A lo lejos, una campana marcaba una hora que ninguno de nosotros parecía capaz de comprender.
Yo solo podía pensar en una cosa.
Luciano era mi hermano.
—No puede ser —dijo Matteo.
Lo miré.
—Moretti lo ha dicho.
—Moretti miente.
—Pero yo lo recuerdo.
—¿Qué recuerdas?
Cerré los ojos.
La imagen volvió.
Un incendio.
Humo.
Una habitación.
Yo era pequeña.
Un niño estaba arrodillado frente a mí.
Tenía unos años más que yo.
Me sostenía la mano.
Y lloraba.
—No tengas miedo.
Abrí los ojos.
—Era él.
Matteo negó lentamente.
—No.
—Sí.
—¿Estás segura?
—Me llamó hermana.
Alessandro cerró los ojos.
—Entonces Moretti lo encontró.
Damián se acercó.
—¿Quién es Luciano realmente?
Alessandro tardó en responder.
—El hijo que tuve que entregar.
Sentí que el corazón me golpeaba con fuerza.
—¿Entregar?
—Sí.
—¿A quién?
—A Moretti.
—¿Por qué?
—Para salvarte.
La rabia me atravesó.
—¡Siempre la misma respuesta!
Alessandro me miró.
—Porque es la verdad.
—¡Todos dicen que hicieron cosas terribles para salvarme!
—Lo sé.
—¡Pero nadie me preguntó si quería ser salvada de esa manera!
Mi voz se quebró.
Alessandro bajó la mirada.
—Tienes razón.
—¿Por qué Luciano?
—Porque Moretti había descubierto que existía otro heredero.
—¿Heredero de qué?
—De nuestra sangre.
—¿De los Bellini?
—No.
—¿Entonces?
Alessandro miró a Elisabetta.
Ella comprendió.
—De los Orsini.
Sentí un escalofrío.
—¿Luciano también es Orsini?
Alessandro asintió.
—Sí.
—Entonces ¿por qué yo soy la heredera?
—Porque tú eres la última línea directa.
—¿Y él?
—Una rama secundaria.
Damián intervino.
—¿Y Moretti lo necesita?
—Sí.
—¿Para qué?
—Para controlar la segunda llave.
—¿Qué segunda llave?
Alessandro me miró.
—La cámara tiene dos accesos.
—Uno responde a mi sangre.
—Y el otro a la de Luciano.
Me quedé inmóvil.
—Entonces Moretti necesita a los dos.
—Exactamente.
—Pero me dijo que tenía que elegir entre Damián y Luciano.
Alessandro negó.
—Esa no es su verdadera intención.
—¿Entonces?
—Quiere que creas que tienes que elegir.
Damián apretó la mandíbula.
—Quiere dividirnos.
—Sí.
—Y utilizará a Luciano para hacerlo.
—Sí.
Miré hacia Damián.
—No voy a dejarlo.
—Lo sé.
—Aunque sea mi hermano.
—Lo sé.
—Aunque esté en peligro.
—Lo sé.
—Voy a salvarlo.
Damián asintió.
—Entonces iremos por él.
Alessandro negó.
—No.
Damián lo miró.
—¿Por qué?
—Porque Moretti sabe que vendrán.
—Precisamente por eso.
—No entiendes.
—Explícame.
Alessandro respiró profundamente.
—Moretti no quiere que rescaten a Luciano.
—¿Entonces qué quiere?
—Quiere que Valentina vaya sola.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque hay algo que solo ella puede escuchar.
—¿Qué?
—La confesión de Luciano.
—¿Qué confesión?
Alessandro me miró directamente.
—La verdad sobre aquella noche.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿La noche del incendio?
—Sí.
—¿Luciano estaba allí?
—Sí.
—¿Cuántos años tenía?
—Ocho.
—Era un niño.
—Sí.
—Entonces ¿qué pudo haber hecho?
—No hizo nada.
—¿Qué vio?
Alessandro cerró los ojos.
—Vio quién ordenó el incendio.
El silencio fue absoluto.
Damián se acercó.
—¿Quién?
Alessandro respondió:
—Vittorio.
Damián se quedó inmóvil.
—¿Mi padre?
—Sí.
—Pero dijiste que Moretti fue quien disparó.
—Moretti ejecutó la orden.
—Entonces Vittorio la dio.
—Sí.
Damián bajó la mirada.
—Mi padre…
Su voz se apagó.
—No sabía que fuera capaz de eso.
—Yo sí —dijo Alessandro.
Damián levantó la mirada.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque eras un niño.
—Ya no lo soy.
—Lo sé.
—Entonces dime todo.
Alessandro respiró profundamente.
—Vittorio no quería matarte a ti.
Damián frunció el ceño.
—¿A quién quería matar?
Alessandro me miró.
—A Valentina.
Sentí un escalofrío.
—¿Por qué?
—Porque había descubierto quién eras.
—¿Mi sangre Orsini?
—Sí.
—¿Y qué tenía de malo?
—Que la familia Orsini poseía el control legal de los fondos que sostenían toda la estructura.
—Entonces quería mi herencia.
—No solamente eso.
—¿Qué más?
—Quería que te casaras con Damián.
Damián quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Vittorio pensaba que si tú te casabas conmigo… —Damián corrigió— con su hijo, la sangre Orsini quedaría unida a los Varela.
—¿Y el poder?
—Pasaría a ustedes.
—Entonces…
Damián me miró.
—Toda mi vida pudo haber sido diseñada para llegar hasta ti.
Sentí un nudo en la garganta.
—No quiero que pienses eso.
—¿Por qué?
—Porque lo nuestro empezó cuando ninguno sabía quién era el otro.
—Exactamente.
—Entonces quizá eso sea lo único verdadero.
Damián me sostuvo la mirada.
—Lo único que nunca pudieron planear fue que yo te amara.
Alessandro sonrió débilmente.
—Eso fue lo que salvó el plan.
Damián lo miró.
—¿Qué plan?
—El de destruirlo.
—No entiendo.
—Vittorio quería que ustedes se casaran por conveniencia.
—Sí.
—Alessandro quería que se conocieran por elección.
—Entonces…
—Quería demostrar que el amor podía romper una alianza basada en el poder.
Damián bajó la mirada.
—Y ella me cambió.
—Sí.
Me quedé mirándolo.
—¿Te cambié?
Él levantó los ojos.
—Más de lo que imaginas.
—¿Cómo?
—Antes de conocerte, yo creía que amar era poseer.
Sentí un estremecimiento.
—¿Y ahora?
—Ahora sé que amar es proteger incluso cuando eso significa dejarte ir.
No pude contener las lágrimas.
—No quiero que me dejes ir.
Damián se acercó.
—Entonces no lo haré.
—¿Aunque sea peligroso?
—Aunque sea lo más peligroso que haya hecho en mi vida.
Alessandro observó la escena.
—Ahora entiendo por qué no pude detenerlo.
—¿Detener qué? —pregunté.
—A ustedes.
Damián sonrió.
—No podrás.
Alessandro negó.
—No quiero.
El momento terminó cuando Matteo recibió un mensaje.
Su rostro cambió.
—¿Qué ocurre? —pregunté.
—Encontraron la ubicación de Luciano.
Damián se acercó.
—¿Dónde?
Matteo mostró la pantalla.
—Un antiguo astillero en Murano.
Alessandro palideció.
—No.
—¿Qué?
—No es un astillero.
—¿Entonces?
—Es uno de los lugares de Moretti.
—¿Qué hay allí?
—Una prisión.
Sentí un escalofrío.
—¿Cómo sabes?
—Porque yo estuve allí.
—¿Cuándo?
—Hace veinticinco años.
—¿Para qué?
—Para sacar a Luciano.
—¿Y no pudiste?
Alessandro negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque alguien llegó antes.
—¿Quién?
—Vittorio.
Damián apretó la mandíbula.
—Mi padre.
—Sí.
—¿Y qué hizo?
—Se llevó a Luciano.
—¿Para matarlo?
—No.
—¿Entonces?
Alessandro me miró.
—Para convertirlo en un arma.
Sentí un escalofrío.
—¿Contra mí?
—Contra todos.
—¿Y lo consiguió?
—Durante un tiempo.
—Pero Luciano nos ayudó.
—Sí.
—Entonces cambió.
—Gracias a ti.
—¿A mí?
—Sí.
—No entiendo.
—Cuando eras niña, Luciano te vio.
—¿Dónde?
—En el incendio.
—¿Qué pasó?
—Te protegió.
—Pero acabas de decir que tenía ocho años.
—Precisamente.
—¿Cómo pudo?
Alessandro sonrió tristemente.
—Los niños pueden hacer cosas que los adultos olvidan.
—¿Qué hizo?
—Te escondió.
—¿Dónde?
—En una habitación secreta.
—¿Y después?
—Moretti lo encontró.
—¿Y me encontró a mí?
—No.
—Entonces…
—Luciano mintió.
—¿A Moretti?
—Sí.
—¿Qué le dijo?
—Que habías muerto.
Sentí que las lágrimas aparecían.
—Me salvó.
—Sí.
—Y luego lo entregaron.
—Sí.
—¿A Moretti?
—Sí.
—Entonces no puedo abandonarlo.
Damián me miró.
—No lo haremos.
Alessandro negó.
—No puedes ir.
—Voy.
—Valentina…
—No.
Lo miré.
—Toda mi vida me han dicho que me quede atrás.
—Quiero protegerte.
—Y yo quiero proteger a mi hermano.
Damián se acercó.
—Entonces iremos juntos.
—No.
—¿Por qué?
—Porque si vamos todos, Moretti puede matarlo.
—¿Y si vas sola?
—Quizá crea que tiene el control.
Alessandro negó.
—Es demasiado peligroso.
—Lo sé.
—Podría ser una trampa.
—Lo sé.
—Podrías morir.
—Lo sé.
Damián me sostuvo la mirada.
—No voy a permitirlo.
—Damián…
—No.
—¿Qué?
—No voy a discutir contigo.
—¿Entonces?
—Voy a encontrar una manera de estar cerca sin que Moretti lo sepa.
—¿Cómo?
—Todavía no lo sé.
Matteo sonrió.
—Yo sí.
Todos lo miramos.
—¿Qué?
—Hay un túnel de servicio debajo del astillero.
—¿Cómo lo conoces?
—Porque lo construyó mi padre.
—Entonces iremos por ahí.
Damián negó.
—No.
—¿Por qué?
—Porque Moretti sabrá que conocemos el lugar.
Matteo respondió:
—No si entramos por el agua.
Damián lo miró.
—Explícate.
—Hay un canal secundario.
—¿Y?
—Podemos llegar hasta el interior sin pasar por los guardias.
—¿Cuántos hombres?
—No lo sé.
—¿Y armas?
—Las suficientes.
Damián miró a Alessandro.
—¿Puedes caminar?
—Sí.
—No te creo.
—Puedo.
—Entonces vienes.
Alessandro sonrió.
—¿Me estás dando órdenes?
—Sí.
—Me recuerdas a Vittorio.
Damián se quedó inmóvil.
—No vuelvas a compararme con él.
Alessandro bajó la mirada.
—Perdón.
Damián respiró profundamente.
—No quiero parecerme a él.
—No lo eres.
—¿Cómo lo sabes?
Alessandro miró hacia mí.
—Porque ella te cambió.
Damián me miró.
—Sí.
Matteo abrió el mapa.
—Salimos en diez minutos.
Me acerqué a Elisabetta.
Ella estaba observando el agua.
—¿Tú vienes?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque Luciano también es mi hijo.
La miré.
—¿Por qué nunca me dijiste que existía?
—Porque no quería que sintieras que te reemplazaba.
—Nunca habría pensado eso.
—Yo sí.
—¿Por qué?
—Porque durante años creí que había perdido a los dos.
—¿A los dos?
—A ti y a él.
—¿Y ahora?
—Ahora los tengo cerca.
—Entonces vamos a traerlo de vuelta.
Elisabetta me tomó la mano.
—Sí.
—Mamá…
Ella levantó la mirada.
Fue la primera vez que pronuncié aquella palabra.
Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Dime.
—No sé cómo perdonarte.
—No tienes que hacerlo todavía.
—Pero quiero intentarlo.
—Eso es suficiente.
La abracé.
No fue un abrazo perfecto.
Había demasiadas preguntas entre nosotras.
Demasiados años.
Pero por primera vez sentí que podía empezar a conocerla.
Después de unos minutos, nos dirigimos hacia la lancha.
Damián estaba esperando.
—¿Lista?
—No.
—Yo tampoco.
—Entonces estamos empatados.
Él sonrió.
Subimos.
El viaje hasta Murano fue silencioso.
Las luces de Venecia quedaron atrás.
El cielo se había oscurecido.
El agua golpeaba suavemente la embarcación.
Me senté junto a Damián.
—Tengo miedo de encontrarlo.
—Lo sé.
—¿Y si está cambiado?
—Puede estarlo.
—¿Y si me odia?
—No creo.
—¿Y si Moretti lo convirtió en alguien terrible?
—Entonces lo ayudaremos a recordar quién era.
—¿Y si no quiere volver?
—Entonces respetaremos su decisión.
—¿Incluso si se queda con Moretti?
—Sí.
—Eso duele.
—Lo sé.
—¿Por qué siempre dices que lo sabes?
—Porque también tengo miedo.
Lo miré.
—¿De perderme?
—Sí.
—¿Y qué haces cuando tienes miedo?
—Te miro.
—¿Por qué?
—Porque entonces recuerdo por qué vale la pena luchar.
Sentí un calor en el pecho.
—Te amo.
Damián se quedó inmóvil.
Era la primera vez que yo lo decía.
—¿Qué dijiste?
—Que te amo.
—Repítelo.
Sonreí.
—Te amo.
Damián cerró los ojos por un segundo.
Después tomó mi rostro entre sus manos.
—No sabes cuánto necesitaba escucharlo.
—Ahora lo sabes.
—Sí.
Me besó.
Un beso intenso, pero breve.
Cuando nos separamos, apoyó su frente contra la mía.
—Pase lo que pase, no dudes de esto.
—No dudaré.
—Ni siquiera cuando aparezcan nuevas mentiras.
—No.
—Ni siquiera cuando descubras cosas de mí.
—¿Qué cosas?
Damián sonrió con tristeza.
—Todavía quedan secretos.
—¿Más?
—Sí.
—¿Qué secretos?
—Mi padre.
—¿Qué pasa con él?
—Hay cosas que nunca te conté.
—¿Por qué?
—Porque no estaba seguro de quién era yo.
—¿Y ahora?
—Ahora sí.
—¿Quién eres?
Damián me miró.
—El hombre que te ama.
—Eso me basta.
La lancha se detuvo.
Matteo señaló unas estructuras oscuras.
—Llegamos.
Apagamos el motor.
El astillero parecía abandonado.
Pero todos sabíamos que no lo estaba.
Desembarcamos.
Elisabetta permaneció junto a Alessandro.
Gabriel y Elena cubrieron la entrada.
Damián me acompañó.
—¿Dónde está el túnel?
—Por aquí —susurró Matteo.
Caminamos hasta una pequeña compuerta.
La abrió.
Descendimos.
El túnel olía a humedad y metal.
Después de unos metros escuchamos voces.
Nos detuvimos.
—Hay guardias —susurró Matteo.
Damián señaló hacia la derecha.
—¿Podemos rodearlos?
—Sí.
Avanzamos lentamente.
Finalmente llegamos a una puerta metálica.
Detrás escuchamos un golpe.
Después otro.
Y una voz.
—¡Déjenme salir!
Me quedé paralizada.
—Luciano.
Damián me sostuvo.
—Espera.
—Es él.
—Lo sé.
—Tengo que verlo.
—Lo veremos.
Matteo abrió la puerta.
Entramos.
Luciano estaba sentado en una silla.
Tenía las manos atadas.
El rostro golpeado.
Pero estaba vivo.
Al verme, quedó inmóvil.
—No…
—Luciano.
Él negó.
—No deberías estar aquí.
Corrí hacia él.
Damián intentó detenerme.
—¡Espera!
—¡Es mi hermano!
Me arrodillé frente a Luciano.
Él me miró con lágrimas en los ojos.
—Te encontré.
—¿Qué?
—Te encontré otra vez.
—¿Me recuerdas?
—Siempre.
—¿Desde cuándo?
—Desde aquella noche.
—¿Por qué nunca me lo dijiste?
—Porque Moretti habría sabido que estabas viva.
—Pero me ayudaste.
—Porque eras mi hermana.
—¿Por qué trabajabas para él?
Luciano bajó la mirada.
—Porque no tenía opción.
—Siempre hay una opción.
—No cuando tienes ocho años.
Sentí un nudo en la garganta.
—Lo siento.
—No tienes que sentirlo.
—Sí.
—No.
—Debí encontrarte.
Luciano sonrió débilmente.
—Tú eras una niña.
—Tú también.
—Pero yo tenía una misión.
—¿Cuál?
—Protegerte.
—¿Quién te la dio?
Luciano miró hacia la puerta.
—Nuestro padre.
Sentí un escalofrío.
—¿Alessandro?
—Sí.
—¿Entonces él sabía que estabas vivo?
—Sí.
—¿Y nunca vino?
—No podía.
—¿Por qué?
Luciano cerró los ojos.
—Porque Moretti tenía a nuestra madre.
Me giré.
Elisabetta estaba allí.
—¿Qué?
Luciano la miró.
—Mamá.
Elisabetta comenzó a llorar.
—Hijo.
Luciano intentó levantarse.
Ella corrió hacia él.
Se abrazaron.
Yo los observé.
Por primera vez comprendí que no era la única persona a la que le habían robado una familia.
Todos habíamos perdido algo.
Todos habíamos sido manipulados.
Y todos estábamos intentando recuperar los pedazos.
Damián se acercó.
—Tenemos que salir.
Luciano asintió.
—No.
—¿Qué?
—No podemos.
—¿Por qué?
—Porque Moretti quiere que salgan.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué significa eso?
Luciano levantó la mirada.
—No fui capturado.
—¿Entonces?
—Me dejé capturar.
El silencio fue absoluto.
—¿Por qué?
Luciano miró hacia mí.
—Para traerte aquí.
Sentí un escalofrío.
—¿Tú?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque sabía que si te decía dónde estaba, vendrías.
Damián apretó la mandíbula.
—Entonces esto es una trampa.
Luciano asintió.
—Sí.
Las puertas se cerraron de golpe.
Las luces se encendieron.
Una voz comenzó a sonar por los altavoces.
—Bienvenidos.
Moretti.
Damián levantó el arma.
—¡Muéstrate!
—No es necesario.
—¡Sal!
—Damián…
La voz se volvió más grave.
—Quiero que Valentina vea algo.
Una pantalla apareció al fondo.
La imagen mostró una habitación.
Había una mujer sentada.
Era Sofia.
Tenía las manos atadas.
—¡Mamá! —grité.
Elisabetta quedó inmóvil.
Luciano bajó la cabeza.
—No…
Moretti habló.
—Ahora sí tienes que elegir.
—No.
—Tu madre o tu hermano.
—No voy a elegir.
—Entonces morirán ambos.
Damián se colocó delante de mí.
—No la obligarás.
Moretti rio.
—Eso no depende de mí.
—¿Entonces de quién?
—De ella.
La pantalla cambió.
Ahora apareció Alessandro.
—Papá…
Moretti continuó:
—Puedes salvar a tu madre.
La imagen cambió a Sofia.
—Puedes salvar a tu hermano.
Apareció Luciano.
—O puedes salvar a tu padre.
Apareció Alessandro.
Finalmente apareció Damián.
—Y si quieres salvar al hombre que amas…
La pantalla mostró una cuenta regresiva.
00:10:00.
Sentí que el corazón se me detenía.
—No.
Moretti habló lentamente.
—Solo tienes diez minutos.
Damián me miró.
—No vas a hacerlo.
—¿Qué?
—No vas a elegir.
—Pero…
—Confía en mí.
—¿Qué tienes pensado?
—No lo sé todavía.
—Damián…
—Solo sé una cosa.
—¿Qué?
Tomó mi mano.
—Moretti cree que tiene cinco vidas en sus manos.
—¿Y no las tiene?
Damián levantó la mirada hacia la cámara.
—No.
—¿Por qué?
Damián sonrió.
—Porque se olvidó de contar la sexta.
La voz de Moretti se volvió fría.
—¿Quién?
Damián respondió:
—Yo.
Y en ese instante las luces se apagaron.
Escuchamos un estruendo.
Después un disparo.
Luego otro.
La puerta se abrió violentamente.
Una figura entró entre el humo.
Damián levantó el arma.
—¿Quién eres?
La figura levantó las manos.
—Un aliado.
—¿Nombre?
El hombre dio un paso hacia la luz.
Sentí que el corazón se detenía.
Era Adriano.
El hombre que había provocado el incendio.
El hermano de Alessandro.
El hombre que había jurado que era mi padre.
Y estaba apuntando directamente hacia Luciano.
—No —susurré.
Adriano me miró.
—Valentina, escucha.
—¿Qué quieres?
—Decirte la verdad.
—Ya estoy cansada de verdades.
—Entonces escucha esta.
Apuntó hacia Luciano.
—Él no es tu hermano.
Todos quedaron inmóviles.
—¿Qué?
Adriano bajó lentamente el arma.
—Luciano no es hijo de Alessandro.
—Entonces ¿de quién?
Adriano me miró.
—De mí.
El silencio fue absoluto.
—Eso es imposible.
Adriano dio un paso.
—No.
—Mi padre dijo…
—Tu padre mintió.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba protegerte.
—¿De qué?
Adriano respondió:
—De mí.
Sentí que el mundo se detenía.
—Entonces ¿eres mi padre?
Adriano cerró los ojos.
—Sí.
Damián se interpuso.
—No te acerques.
Adriano lo miró.
—Tú eres el hombre que cambió a mi hija.
Damián apretó el arma.
—Y volvería a hacerlo.
Adriano sonrió.
—Eso era exactamente lo que quería.
—¿Qué?
—Que ella te amara.
Damián quedó inmóvil.
—¿Por qué?
Adriano me miró.
—Porque necesitaba que el heredero Varela se enamorara de la heredera Orsini.
—¿Para qué?
—Para destruir a Moretti.
—¿Y nosotros?
—Ustedes son la última parte de mi venganza.
Sentí un escalofrío.
—¿Entonces todo nuestro amor fue una manipulación?
Adriano negó.
—No.
—¿Cómo sé que dices la verdad?
—Porque hay algo que jamás pude controlar.
—¿Qué?
Adriano miró a Damián.
—Que él se enamorara de ti de verdad.
Damián bajó lentamente el arma.
—Entonces tú también fuiste utilizado.
Adriano sonrió.
—Todos lo fuimos.
La cuenta regresiva continuaba.
00:06:41.
Moretti volvió a hablar.
—Qué reunión tan conmovedora.
Adriano levantó la mirada.
—Se acabó, Octavio.
Moretti respondió:
—No.
—Sí.
—Todavía tengo la llave.
—No tienes nada.
—Tengo a Sofia.
—No por mucho tiempo.
—Tengo a Alessandro.
—Tampoco.
—Tengo a Valentina.
Adriano miró hacia mí.
—No.
Moretti rio.
—¿No?
Adriano respondió:
—Ella ya no pertenece a nadie.
Miré a Damián.
Él me sostuvo la mano.
Y comprendí que quizá esa era la verdadera razón por la que me había enamorado de él.
No porque fuera fuerte.
No porque fuera dominante.
No porque pudiera protegerme.
Sino porque, por primera vez, alguien había mirado toda la oscuridad que me rodeaba y había decidido no utilizarla para poseerme.
Había decidido quedarse.
La cuenta regresiva llegó a cinco minutos.
Y entonces Moretti pronunció las palabras que cambiaron todo:
—Si no vienes conmigo, Valentina, mataré a la persona que más amas.
Miré a Damián.
—No lo hagas —susurró él.
—¿Qué?
—No vayas.
—Pero…
—Confía en mí.
—¿Y si te mata?
Damián sonrió.
—Entonces habré tenido algo que ninguno de ellos pudo quitarme.
—¿Qué?
—Tu amor.
Lo abracé.
—No pienso perderte.
—Entonces no me pierdas.
La voz de Moretti volvió a sonar.
—Tres minutos.
Adriano se acercó.
—Hija.
Lo miré.
—¿Qué?
—Hay una puerta detrás de ti.
—¿Dónde?
—A tu derecha.
Miré.
Había una pequeña puerta de hierro.
—¿Qué hay detrás?
—La cámara.
—¿La segunda llave?
—Sí.
—¿Y qué tengo que hacer?
Adriano respondió:
—Elegir.
—¿Entre qué?
—Entre destruir el imperio…
Hizo una pausa.
—…o salvar al hombre que amas.
Sentí que el corazón se detenía.
—No puedo elegir.
Adriano sonrió.
—Precisamente por eso eres la única capaz de ganar.
—¿Qué quieres decir?
—Porque existe una tercera opción.
—¿Cuál?
Adriano señaló a Damián.
—Que él entre contigo.
Damián levantó la mirada.
—¿Qué ocurre si entro?
Adriano respondió:
—La cámara reconocerá las dos sangres.
—¿Y después?
—Se abrirá completamente.
—¿Y qué habrá dentro?
Adriano me miró.
—La prueba definitiva.
—¿De qué?
—De quién ordenó realmente el incendio.
Las luces volvieron a encenderse.
La cuenta regresiva se detuvo.
Y una voz que no esperaba escuchar salió de los altavoces.
No era Moretti.
No era Rinaldi.
No era Vittorio.
Era la voz de Alessandro.
—Valentina, no abras esa puerta.
Me quedé inmóvil.
Damián me miró.
—¿Por qué?
La grabación continuó.
—Porque si la abres, descubrirás que el hombre al que amas fue quien realmente te salvó aquella noche.
Sentí que el corazón se me detenía.
La voz continuó:
—Y también descubrirás que yo fui quien ordenó que te separaran de él.
Las puertas de la cámara comenzaron a abrirse.
Damián me miró.
—¿Entramos?
Lo observé.
Había miedo en sus ojos.
Pero también una decisión.
Tomé su mano.
—Sí.
Y mientras cruzábamos juntos el umbral, comprendí que la verdad que había buscado durante veinticinco años estaba a pocos pasos de mí.
Pero también comprendí algo más aterrador.
Quizá la verdad no iba a decirme quién era.
Quizá iba a obligarme a decidir quién quería ser.