La puerta se cerró detrás de nosotros con un estruendo metálico.
Durante unos segundos no pude escuchar nada.
Ni las voces.
Ni los pasos.
Ni siquiera mi propia respiración.
Solo podía sentir la mano de Damián entrelazada con la mía.
Habíamos cruzado juntos.
Y ahora estábamos solos.
Frente a nosotros se extendía una enorme cámara subterránea, antigua y majestuosa, construida bajo las entrañas de Venecia. Las paredes estaban cubiertas de símbolos, escudos y nombres grabados en piedra. En el centro había una estructura circular de mármol negro, rodeada por cuatro columnas.
Sobre ella descansaba una caja de madera oscura.
La reconocí.
No sabía cómo.
Pero la reconocí.
—Es aquí —susurré.
Damián observó el lugar.
—¿Qué recuerdas?
—Nada concreto.
Di un paso.
—Pero siento que ya estuve aquí.
—Quizá cuando eras niña.
—Sí.
Me acerqué al círculo de mármol.
Había dos espacios marcados en el suelo.
Uno tenía grabado un símbolo de una corona.
El otro, una serpiente.
Damián miró el segundo.
—Ese símbolo pertenece a los Varela.
—¿Y la corona?
—Orsini.
Sentí un escalofrío.
—Entonces debemos colocarnos ahí.
—Probablemente.
—¿Y después?
—No lo sé.
—Qué tranquilizador.
Damián sonrió apenas.
—Intento mantenerte entretenida.
—En una cámara secreta debajo de Venecia, mientras nuestra familia intenta matarnos.
—Exactamente.
Me quedé mirándolo.
—¿Tienes miedo?
—Sí.
—No parece.
—Aprendí hace mucho que tener miedo no significa demostrarlo.
—Yo todavía no aprendí.
—No tienes que hacerlo.
Se acercó.
—Puedes tener miedo conmigo.
Aquellas palabras me atravesaron.
—Damián…
—¿Sí?
—Si lo que dijo Alessandro es verdad…
—¿Qué parte?
—Que tú me salvaste aquella noche.
—No lo sé.
—¿Cómo no lo sabes?
—Porque yo también era un niño.
—Pero estabas allí.
—Eso parece.
—Y mi padre te separó de mí.
—Eso también parece.
—¿Por qué?
—Lo descubriremos.
—¿Y si tú fuiste quien me llevó?
Damián se quedó en silencio.
—No lo recuerdo.
—¿Nada?
—Solo fragmentos.
—¿Cuáles?
—Fuego.
—¿Qué más?
—Una niña.
—¿Yo?
—Creo que sí.
—¿Qué hacías?
—Llorabas.
—¿Y tú?
—Intentaba sacarte de allí.
Mi respiración se detuvo.
—Entonces eras tú.
Damián negó.
—No puedo asegurarlo.
—¿Por qué?
—Porque después del incendio mi padre me hizo olvidar.
—¿Cómo?
—Me enviaron lejos.
—¿Dónde?
—A Suiza.
—¿Cuánto tiempo?
—Tres años.
—¿Y cuando regresaste?
—Ya no recordaba tu rostro.
Sentí un nudo en la garganta.
—Yo tampoco recordaba el tuyo.
Damián me acarició la mejilla.
—Quizá por eso tuvimos que encontrarnos dos veces.
—¿Dos veces?
—Una cuando éramos niños.
—Y otra ahora.
—Sí.
—Entonces no fue casualidad.
—No.
—¿Fue el destino?
Damián sonrió.
—No creo demasiado en el destino.
—¿Entonces?
—Creo en las decisiones.
—¿Y qué decisión tomaste?
—Elegirte.
Me acerqué a él.
—Yo también te elegí.
Nuestros labios se encontraron.
Fue un beso lleno de miedo, pero también de una certeza que ninguno de los dos había tenido antes.
Cuando nos separamos, apoyé la frente contra la suya.
—No quiero que la verdad cambie esto.
—No podrá.
—¿Cómo estás tan seguro?
—Porque la verdad puede cambiar lo que sabemos.
—¿Pero no lo que sentimos?
—Eso depende de nosotros.
Entonces escuchamos un sonido.
Un clic.
La caja del centro se abrió.
Nos separamos.
—No la toques —dijo Damián.
—No iba a hacerlo.
—Estabas a punto.
—Quizá.
—Valentina…
—Está bien.
Nos acercamos.
Dentro había documentos.
Fotografías.
Un pequeño medallón.
Y una grabadora antigua.
Damián tomó la grabadora.
—Todavía funciona.
Presionó un botón.
La voz de Alessandro llenó la cámara.
—Si estás escuchando esto, significa que Valentina y Damián han entrado juntos.
Me estremecí.
—Sabía que entraríamos.
Damián apagó la grabadora.
—No.
—¿Qué?
—Escuchemos.
Volvió a reproducirla.
—No sé cuánto tiempo quedará antes de que Moretti descubra la ubicación exacta de la cámara. Por eso debo ser claro.
La voz de Alessandro sonaba cansada.
—Valentina, durante toda tu vida te han dicho que eres una heredera. No lo eres. Eres algo mucho más importante.
Me acerqué al aparato.
—¿Qué?
La grabación continuó.
—Eres la única persona que conoce la verdad completa, aunque todavía no la recuerdes.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué verdad?
—La organización no nació para el crimen. Nació para proteger a las familias que habían sido perseguidas durante generaciones. Pero cuando murió Enzo Bellini, todo cambió.
La voz de Alessandro hizo una pausa.
—Adriano eligió el poder.
Otra pausa.
—Yo elegí proteger a mi familia.
—Y mi madre…
La grabación continuó.
—Elisabetta eligió proteger a sus hijos.
Sentí un nudo en la garganta.
—Entonces ¿qué ocurrió?
—Moretti eligió destruirnos.
Damián preguntó:
—¿Y Vittorio?
La respuesta llegó desde la grabación.
—Vittorio eligió el poder por encima de su propio hijo.
Damián bajó la mirada.
—Eso ya lo sé.
—Pero hay algo que nunca te dije, Damián.
La voz de Alessandro cambió.
—Tu padre no fue quien ordenó el incendio.
Damián levantó la cabeza.
—¿Qué?
Me quedé inmóvil.
La grabación continuó.
—Vittorio creyó que había dado la orden. Eso es lo que le hicieron creer.
Damián frunció el ceño.
—¿Quién?
—Moretti.
Sentí un escalofrío.
—Entonces…
—Moretti utilizó el nombre de Vittorio para ordenar el ataque.
Damián cerró los ojos.
—Mi padre no lo ordenó.
—No.
—Entonces todo lo que…
—Tu padre creyó durante años que había sido responsable.
—¿Por qué?
—Porque Moretti falsificó las órdenes.
—Y utilizó mi nombre.
—Sí.
Damián apretó los puños.
—Por eso todos creían que yo había participado.
—Exactamente.
Sentí que las lágrimas aparecían.
—Entonces Moretti destruyó nuestras vidas utilizando nombres falsos.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba que tú odiaras a Damián.
Me quedé helada.
—¿Por qué?
La voz de Alessandro respondió:
—Porque solo si lo odiabas podría controlar tu herencia.
Damián me miró.
—Nunca fue el dinero.
—No.
—Era el odio.
—Sí.
—¿Qué tenía que ver el amor?
Alessandro respondió:
—El amor era el único elemento que no podía controlar.
Sentí un escalofrío.
—Por eso intentaron separarnos.
—Sí.
La grabación continuó.
—Y ahora debo decirte algo que quizá no quieras escuchar.
El sonido se volvió más grave.
—La noche del incendio, Damián no solo intentó salvarte.
Me quedé inmóvil.
—¿Qué hizo?
—Se interpuso entre tú y el hombre que intentó matarte.
Damián abrió los ojos.
—¿Quién?
La voz de Alessandro respondió:
—Adriano.
Damián quedó inmóvil.
—Mi tío.
—Sí.
—¿Y él intentó matarla?
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque creía que eras su hija.
Sentí un escalofrío.
—Entonces…
—Adriano no sabía que Valentina era hija mía.
—¿Qué creía?
—Creía que Sofia había tenido una hija con él.
—Y quería protegerla.
—No.
—¿Entonces?
—Quería utilizarla.
Damián apretó la mandíbula.
—¿Y yo?
—Tú la protegiste.
—¿Cómo?
—Recibiste un golpe en la cabeza.
Damián se llevó una mano a la sien.
—Por eso no recuerdo.
—Sí.
—¿Y ella?
—Perdió la memoria por el humo y el trauma.
Sentí las lágrimas caer.
—Entonces nos borraron.
—No exactamente.
—¿Qué quieres decir?
—El recuerdo fue enterrado.
La grabación se detuvo.
Damián volvió a presionar el botón.
La voz de Alessandro regresó.
—Hay algo más.
Su tono cambió.
—Si ustedes están juntos en esta cámara, significa que el plan que preparé funcionó.
—¿Qué plan? —pregunté.
—No quería que heredaran el imperio.
—Entonces ¿qué?
—Quería que lo destruyeran.
Damián frunció el ceño.
—¿Cómo?
—La cámara tiene dos funciones.
—Lo sabemos.
—Pero ninguna de ellas es la que Moretti cree.
—¿Qué hace?
—La primera revela los nombres.
—¿Y la segunda?
—Borra la estructura.
Damián me miró.
—Entonces…
—Sí.
—¿Qué significa?
—Que si Valentina activa la segunda función, la organización perderá todo su poder.
—¿Y qué ocurre con nosotros?
—Quedarán libres.
Me acerqué a la grabadora.
—¿Y la primera?
—Los nombres serán enviados automáticamente a las autoridades.
Damián se quedó inmóvil.
—Entonces podría destruirlos.
—Sí.
—¿Y morirían inocentes?
—No.
—¿Estás seguro?
—La información ha sido filtrada.
—¿Filtrada?
—Cada nombre está vinculado a pruebas.
—Entonces…
—No habrá una guerra.
—¿Qué habrá?
—Una caída.
La grabación terminó.
El silencio fue absoluto.
—Tenemos que hacerlo —dije.
Damián me miró.
—No.
—¿Por qué?
—Porque no sabemos qué consecuencias tendrá.
—Pero Alessandro…
—Tu padre también ocultó cosas.
—Lo sé.
—Entonces no podemos obedecer ciegamente.
—¿Qué propones?
—Encontrar la prueba original.
—¿Dónde?
Damián señaló la caja.
—Aquí.
Buscamos entre los documentos.
Había fotografías antiguas.
Contratos.
Cartas.
Nombres.
Y finalmente encontramos un sobre.
En la parte frontal estaba escrito:
“Para Valentina. Solo abrir cuando Damián esté contigo.”
Sentí un escalofrío.
—Esto es para nosotros.
Abrí el sobre.
Dentro había una sola fotografía.
Éramos dos niños.
Yo.
Y Damián.
Estábamos sentados juntos frente a una fuente.
Yo llevaba un vestido blanco.
Él, una camisa oscura.
Nos mirábamos.
Y sonreíamos.
En el reverso había una fecha.
Veinticinco años atrás.
—Nos conocíamos.
Damián tomó la fotografía.
—Sí.
—¿Por qué no lo recordamos?
—Porque alguien quiso que olvidáramos.
Había otra nota.
La leí.
“Si algún día llegan juntos hasta aquí, significa que la parte más importante del plan se cumplió.”
Debajo había una frase:
“Pero no confíen en Adriano.”
Sentí un escalofrío.
—Alessandro sabía.
—Sí.
—Sabía que aparecería.
—Sí.
—Entonces la verdad todavía no terminó.
Damián miró la puerta.
—Nunca termina.
Un sonido apareció detrás de nosotros.
La puerta de la cámara comenzó a abrirse.
Damián tomó el arma.
—Quédate detrás de mí.
—No.
—Valentina…
—Esta vez no.
Me coloqué a su lado.
—Si entran, entramos juntos.
Él me miró.
—Está bien.
La puerta se abrió.
Adriano apareció.
Pero no estaba solo.
Detrás de él estaba Rinaldi.
Y detrás de Rinaldi, dos hombres armados.
—Se terminó —dijo Adriano.
Damián apuntó.
—No.
Adriano sonrió.
—Siempre fuiste igual que tu padre.
—No me compares con él.
—¿Por qué?
—Porque yo elijo por mí mismo.
Adriano miró hacia mí.
—¿Y ella?
—También.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces pregúntale.
Lo miré.
—¿Qué?
Adriano señaló el centro de la cámara.
—La elección está ahí.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué quieres?
—Que Valentina active el mecanismo.
—No.
—Si no lo hace, todos los archivos serán destruidos.
—¿Y?
—Con ellos desaparecerán las pruebas de que Alessandro es inocente.
Mi padre.
Sentí un nudo en el pecho.
—¿Y tú?
—Yo sobreviviré.
—¿Qué quieres realmente?
Adriano respondió:
—Venganza.
—¿Contra quién?
—Contra todos.
Damián dio un paso.
—No vas a conseguirla.
—Ya la conseguí.
—¿Cómo?
—Hice que todos se destruyeran entre sí.
—No.
—Sí.
—No mientras ella esté conmigo.
Adriano sonrió.
—Ese es tu problema.
—¿Cuál?
—Crees que el amor puede salvarla.
—Puede.
—No.
—Sí.
—El amor la convertirá en objetivo.
Damián respondió:
—Entonces seré el objetivo contigo.
Sentí lágrimas en los ojos.
Adriano me miró.
—Y tú.
—¿Qué?
—Todavía no sabes lo que significa ser una Orsini.
—No necesito saberlo.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque si activas el mecanismo, nunca volverás a tener una vida normal.
—Ya no tengo una vida normal.
—Entonces elige.
Damián me miró.
—No tienes que hacerlo.
—Sí tengo.
—No.
—Hay demasiadas personas sufriendo.
—No eres responsable de ellas.
—Quizá no.
—Entonces…
—Pero sí soy responsable de lo que haga ahora.
Adriano sonrió.
—Exactamente.
Me acerqué al mecanismo.
Había dos símbolos.
Una corona.
Una serpiente.
Puse una mano sobre la corona.
Damián tomó mi otra mano.
El mecanismo comenzó a vibrar.
Una voz electrónica surgió desde las paredes.
—HEREDERA ORSINI IDENTIFICADA.
Adriano sonrió.
—Ahora.
La voz continuó:
—SEGUNDA SANGRE IDENTIFICADA.
Damián apretó mi mano.
—Varela.
—Sí.
—CONFIRMACIÓN DUAL.
La cámara se iluminó.
Rinaldi dio un paso atrás.
—No.
Adriano lo miró.
—¿Qué ocurre?
—No deberían poder activar ambos mecanismos.
—¿Qué?
La voz volvió:
—SELECCIÓN DISPONIBLE.
Aparecieron dos opciones sobre una pantalla.
REVELAR.
DESTRUIR.
Mi corazón latió con fuerza.
Damián me miró.
—No elijas todavía.
—¿Por qué?
—Porque algo no encaja.
—¿Qué?
—Adriano quiere que destruyamos los archivos.
Adriano sonrió.
—Correcto.
—Y Moretti quiere que los revelemos.
—Correcto.
—Entonces ninguno está diciendo la verdad.
Adriano dejó de sonreír.
—¿Qué quieres decir?
—Que ambos necesitan que Valentina elija una opción.
—Sí.
—Entonces existe una tercera.
Adriano palideció.
Damián se acercó a la pantalla.
—Busca una opción oculta.
—No existe.
—Debe existir.
—No.
—Esta cámara fue diseñada por Enzo.
—¿Y?
—Mi padre me enseñó algo sobre él.
—¿Qué?
—Nunca construía dos puertas sin una tercera salida.
Adriano se quedó inmóvil.
Damián comenzó a examinar la pared.
—Aquí.
Había una pequeña inscripción.
“La verdad no se revela. Se devuelve.”
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa?
Damián respondió:
—No lo sé.
Adriano levantó el arma.
—Apártate.
Damián no se movió.
—No.
—Última advertencia.
—No.
Adriano apuntó.
Yo me interpuse.
—No.
Damián me miró.
—Valentina, atrás.
—No voy a dejar que dispare.
Adriano bajó ligeramente el arma.
—Hija…
—No me llames así.
—Lo eres.
—No sé si quiero serlo.
Adriano se quedó en silencio.
—Durante años pensé que me pertenecías.
—No pertenezco a nadie.
—Lo sé ahora.
—Entonces déjanos.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque necesito reparar lo que hice.
—No puedes reparar una vida entera.
—No.
—Entonces ¿qué quieres?
Adriano me miró.
—Quiero que me odies.
—¿Qué?
—Porque si me odias, no tendrás que perdonarme.
Sentí un nudo en la garganta.
—Eso no tiene sentido.
—Sí.
—No.
—Tu madre me amó.
—¿Sofia?
—Sí.
—Y tú la traicionaste.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque creía que el poder podía devolverme a mi familia.
—Y ahora…
—Ahora sé que el poder solo me quitó lo que más quería.
Damián lo observó.
—¿Quieres redención?
Adriano bajó el arma.
—No sé si la merezco.
—Nadie decide eso por ti.
—¿Entonces?
—Tus acciones.
Adriano miró a la pantalla.
—Activa la tercera opción.
—No existe.
—Sí existe.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque yo la escondí.
Damián levantó el arma.
—¿Qué hiciste?
Adriano sonrió.
—El mecanismo nunca fue creado para destruir ni revelar.
—¿Entonces?
—Fue creado para devolver.
—¿Devolver qué?
Adriano me miró.
—Las identidades.
La cámara se iluminó.
Una tercera palabra apareció.
DEVOLVER.
Sentí que el corazón se detenía.
—¿Qué significa?
Adriano respondió:
—Todos los nombres falsos desaparecerán.
—¿Y?
—Cada persona recuperará su identidad original.
—¿Incluidos nosotros?
—Sí.
—¿Y qué pasará con la organización?
—Perderá su estructura.
—¿Y las cuentas?
—Serán congeladas.
—¿Y los documentos?
—Volverán a sus propietarios legales.
Damián frunció el ceño.
—Entonces no destruye.
—No.
—No revela.
—No.
—Devuelve.
—Sí.
Me quedé mirando la pantalla.
DEVOLVER.
Una palabra.
Una elección.
Una posibilidad.
—Si lo hago…
—No sabrás qué ocurrirá.
—¿Tú sí?
Adriano asintió.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque yo ayudé a construirlo.
—Entonces dime la verdad.
Adriano me miró.
—Si activas “Devolver”, todas las personas que han vivido bajo una identidad falsa recuperarán sus nombres.
—¿Y tú?
—También.
—¿Y qué nombre recuperarás?
Adriano bajó la mirada.
—Enzo Bellini.
El silencio fue absoluto.
—¿Tú eres Enzo?
—Sí.
Damián quedó inmóvil.
—Entonces…
—Sí.
—Mi padre creyó que estabas muerto.
—Todos lo creyeron.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba desaparecer.
—¿Para qué?
—Para descubrir quién había traicionado a nuestra familia.
—¿Y descubriste quién?
Enzo miró a Rinaldi.
Rinaldi palideció.
—No.
Enzo sonrió.
—Sí.
Rinaldi levantó el arma.
Damián reaccionó primero.
Un disparo.
Rinaldi cayó de rodillas.
Los hombres detrás de él retrocedieron.
Enzo no apartó la mirada.
—Fue Rinaldi.
Damián frunció el ceño.
—¿Qué?
—Él fue quien falsificó las órdenes.
—¿Para Moretti?
—Sí.
—¿Y Moretti?
—Creía que controlaba todo.
—¿Y Vittorio?
—También fue utilizado.
Sentí un escalofrío.
—Entonces todos…
—Fueron piezas.
—¿Y tú?
Enzo me miró.
—Yo fui quien movió algunas.
—¿Por qué?
—Porque quería encontrar a la persona que realmente podía terminar con todo.
—Yo.
—Sí.
—¿Y Damián?
—La otra mitad.
Damián dio un paso.
—Entonces nos manipulaste.
—Sí.
—¿Por qué?
—Porque necesitaba que ustedes se encontraran.
—¿Y si no nos hubiéramos amado?
Enzo respondió:
—Entonces el plan habría fracasado.
—Pero funcionó.
—Sí.
Me quedé mirando a Damián.
—Nos manipularon para que nos encontráramos.
—Sí.
—Pero no pudieron obligarnos a amarnos.
—No.
Damián tomó mi mano.
—Eso fue nuestro.
Enzo asintió.
—Y por eso ganaron.
Sentí lágrimas en los ojos.
—No quiero seguir viviendo como una pieza.
—Entonces deja de hacerlo.
Miré la pantalla.
DEVOLVER.
Damián se acercó.
—¿Qué quieres hacer?
Lo miré.
—Quiero que todos recuperen lo que les robaron.
—¿Estás segura?
—No.
—Entonces no lo hagas.
—Pero quiero elegir.
—Eso es suficiente.
Puse mi mano sobre DEVOLVER.
Damián colocó la suya sobre la mía.
La pantalla comenzó a brillar.
—CONFIRMACIÓN FINAL.
Una voz preguntó:
—¿ACEPTA LA HEREDERA RENUNCIAR AL PODER?
Sentí un nudo en la garganta.
—Sí.
Damián me miró.
—¿Estás segura?
—Sí.
—¿Y si lo pierdes todo?
—Nunca lo tuve.
Presioné.
La cámara tembló.
Una luz atravesó las paredes.
En algún lugar de Venecia, comenzaron a sonar alarmas.
Las pantallas se encendieron.
Los archivos comenzaron a desaparecer.
Los nombres falsos se borraron.
Las cuentas quedaron congeladas.
Los registros cambiaron.
Y entonces la voz anunció:
—IDENTIDAD RESTAURADA.
Miré mis manos.
No sentí nada.
Hasta que escuché mi nombre.
—Valentina Orsini Bellini.
La voz continuó:
—HEREDERA RECONOCIDA.
—¿Y ahora?
Damián me miró.
—Ahora eres libre.
Pero antes de que pudiera responder, una alarma diferente comenzó a sonar.
Enzo palideció.
—No.
—¿Qué ocurre?
—El sistema encontró una identidad que no debía existir.
—¿Cuál?
Enzo miró la pantalla.
Apareció un nombre.
LUCIANO ORSINI.
Después otro.
DAMIAN VARELA.
Y finalmente uno que me hizo estremecer.
VALENTINA ORSINI.
Pero debajo de nuestros nombres apareció una línea roja.
—¿Qué significa? —pregunté.
Enzo no respondió.
—¡Dime!
Finalmente levantó la mirada.
—Que alguien activó el protocolo de sucesión.
—¿Qué protocolo?
—El que se activa cuando la heredera renuncia al poder.
—¿Y qué hace?
Enzo tragó saliva.
—Elige al sucesor.
Damián frunció el ceño.
—¿Quién?
La pantalla comenzó a cambiar.
Un nombre apareció lentamente.
Uno que ninguno de nosotros esperaba.
VITTORIO VARELA.
Sentí que el corazón se detenía.
—No.
Damián dio un paso atrás.
—Está muerto.
Enzo negó.
—No.
—¿Qué?
—Nunca murió.
—Entonces…
La pantalla mostró una transmisión en directo.
Un hombre estaba sentado frente a una mesa.
Cabello oscuro.
Traje negro.
Una cicatriz en la ceja.
Sonrió.
—Hola, hijo.
Damián quedó completamente inmóvil.
Vittorio.
Vivo.
—Te dije que algún día entenderías quién era realmente tu padre.
Damián apretó los puños.
—¿Qué quieres?
Vittorio sonrió.
—Recuperar lo que me pertenece.
—No tienes nada.
—Ahora sí.
La pantalla mostró un documento.
El protocolo de sucesión.
—Tu mujer acaba de renunciar al poder.
Vittorio sonrió.
—Y eso me convierte en el nuevo heredero.
Sentí que el mundo se detenía.
—No soy su mujer.
Vittorio rio.
—Todavía no.
Damián dio un paso hacia la pantalla.
—Nunca.
Vittorio lo miró.
—Eso no dependerá de ti.
—¿De quién?
—De ella.
—¿Qué quieres decir?
Vittorio respondió:
—Porque el protocolo también contiene una última condición.
—¿Cuál?
Vittorio miró directamente hacia mí.
—Para que la renuncia sea válida, la heredera debe casarse con el sucesor.
Sentí que la sangre abandonaba mi rostro.
Damián quedó inmóvil.
—No.
Vittorio sonrió.
—Sí.
La transmisión terminó.
Durante unos segundos nadie habló.
Después Damián me miró.
—No vas a casarte con nadie.
—No.
—Nunca.
—No.
—Entonces encontraremos otra forma.
Enzo observó la pantalla.
—Existe una.
Damián se volvió.
—¿Cuál?
—Romper el protocolo.
—¿Cómo?
Enzo miró a Valentina.
—La heredera debe rechazar públicamente al sucesor.
—¿Y qué ocurre?
—El poder pasa a la siguiente línea de sangre.
—¿Quién?
Enzo miró a Damián.
—Tú.
El silencio fue absoluto.
Damián negó.
—No quiero el poder.
—No importa.
—¿Y ella?
—Ella tendría que elegir.
—¿Elegir qué?
Enzo respondió:
—Si se convierte en tu esposa…
Hizo una pausa.
—…o si destruye para siempre la línea sucesoria.
Lo miré.
—¿Cómo?
Enzo señaló una pequeña caja que acababa de abrirse en la pared.
Dentro había un anillo.
No era un anillo de compromiso.
Era una corona diminuta.
—Ese anillo contiene la última autorización.
—¿Qué autorización?
—La única capaz de terminar con la herencia.
—¿Y qué tengo que hacer?
Enzo me miró.
—Ponértelo.
—¿Y después?
—Pronunciar una frase.
—¿Cuál?
Enzo bajó la voz.
—“No pertenezco a ningún imperio.”
Tomé el anillo.
Damián me observaba.
—¿Qué pasará?
—No lo sé —dijo Enzo.
—¿Puede matarme?
—No.
—¿Puede quitarme mi identidad?
—No.
—Entonces lo haré.
Me puse el anillo.
La cámara comenzó a temblar.
Una voz resonó:
—ÚLTIMA DECLARACIÓN.
Respiré profundamente.
Miré a Damián.
—Te amo.
Él sonrió.
—Yo también.
Miré la cámara.
—No pertenezco a ningún imperio.
La luz explotó.
Todos los documentos comenzaron a arder sin fuego.
Los símbolos de las paredes se apagaron.
La corona de mi dedo se volvió blanca.
Y una última frase apareció:
—HERENCIA CANCELADA.
Damián soltó el aire.
—Lo hiciste.
—Sí.
—¿Qué significa?
Enzo miró la pantalla.
—Que el imperio acaba de morir.
Pero antes de que pudiéramos celebrar, apareció una nueva transmisión.
Vittorio.
Su rostro ya no sonreía.
—Creyeron que podían destruirlo.
Damián se acercó.
—Lo hicimos.
—No.
—¿Qué quieres?
Vittorio levantó una fotografía.
Era antigua.
Mostraba a un niño.
Damián.
Y a una mujer.
Yo.
—No pueden destruir algo que nunca estuvo en los documentos.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué significa?
Vittorio sonrió.
—El verdadero imperio no está en las cuentas.
—Entonces ¿dónde?
—En la sangre.
La pantalla se apagó.
Damián me miró.
—¿Qué hacemos ahora?
Lo miré.
—Seguimos juntos.
—¿Aunque todo haya cambiado?
—Precisamente porque todo cambió.
Él tomó mi mano.
Pero antes de que pudiéramos salir, Enzo levantó la voz.
—Esperen.
—¿Qué ocurre?
Señaló la pantalla.
Había aparecido una última imagen.
Un documento antiguo.
Un acta de nacimiento.
Y debajo de mi nombre había una línea que ninguno de nosotros había visto antes.
“Padre: Vittorio Varela.”
Sentí que el corazón dejaba de latir.
Damián palideció.
—No.
Enzo se acercó.
—Eso no puede ser.
Yo miré el documento.
Después a Damián.
—¿Y si…?
Damián negó inmediatamente.
—No.
—¿Y si Vittorio realmente es mi padre?
—No.
—¿Cómo lo sabes?
Damián me miró.
—Porque mi padre nunca tuvo una hija.
—¿Entonces quién falsificó el documento?
Enzo palideció.
—No lo falsificó Vittorio.
—¿Quién?
Enzo miró hacia la puerta.
—Alguien que tenía acceso a todos nuestros archivos.
—¿Quién?
La puerta se abrió lentamente.
Una figura apareció en el umbral.
Sofia.
Pero no estaba sola.
A su lado estaba Rinaldi, herido, sosteniendo un arma.
Y detrás de ellos apareció una mujer que no habíamos visto desde hacía años.
Isabelle.
Mi madre adoptiva.
Me miró con lágrimas en los ojos.
—Valentina…
Damián se puso delante de mí.
—¿Qué haces aquí?
Isabelle negó.
—No vine a hacerte daño.
—Entonces ¿por qué?
Ella miró el documento.
—Porque ya no puedo seguir ocultándolo.
—¿Qué?
Isabelle dio un paso.
—El documento es auténtico.
Sentí que el mundo se detenía.
—No.
—Sí.
—Entonces Vittorio…
—Es tu padre.
Damián quedó inmóvil.
Isabelle continuó:
—Y eso significa que tú y Damián…
No terminó la frase.
No pudo.
Porque en ese instante comprendí que la próxima verdad no solo podía destruir nuestro amor.
Podía convertirlo en algo que ninguno de los dos sería capaz de perdonar.